La esperanza de la ciudad (segunda parte)

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¿Por qué me irrita aceptar que esta es "la ciudad de la esperanza", como lo proclama su gobernante, el señor Lopejobradó? No puedo evitarlo: la esperanza me cae gorda. Se me antoja un impulso pedante, acomodaticio, propio de quien se considera con los méritos suficientes para ser la excepción en la tensa trama de la fatalidad. Que esa presunción ahora tenga sede en esta ciudad oprobiosa, y que sea la ciudad entera la que por arte de magia se crea capaz de evadir las consecuencias de sus actos, califica sólo como burla.
     Colocar por decreto a esta ciudad bajo la potestad de la temblorosa esperanza podría antojarse una manera de valentía: una que reconoce que es tal la hondura del desastre que sólo poderes diferentes y superiores a los humanos pueden enderezarlo, como cuando los burgos medievales le encargaban a la Virgen que los amparase bajo su manto contra el contagio de la peste negra.
     En el caso de la Ciudad de México, la esperanza, sin embargo, no es algo tan conjeturalmente eficaz como el favor de la Virgen vacuna, sino algo tan evanescente como los apetitos de un político con propensión a la demagogia. El jefe Lopejobradó no sólo tiene esperanzas para su propio, calculado destino, sino el poder para ordenarle a veinte millones de ciudadanos que las compartan. Temo a lo que pueda conducirnos. Hay demasiadas resonancias históricas de resultados poco gratos. La esperanza supone una dialéctica: promoverla implica la certidumbre de que algo sucederá que habrá de reemplazarla, y, en nuestra historia, ese algo siempre sirvió, si acaso, para requerir más esperanza aún.
     El futuro es el territorio natural del demagogo, una zona en perpetua inminencia hacia la que se empeña en acarrear a la turba indecisa o renuente bajo la guía infalible de su carisma o, en el mejor de los casos, de su pericia. El demagogo no ve más allá, no presiente, advierte o imagina un futuro hacia el cual pastorearnos, él ya está en ese más allá, impaciente ante nuestra renuencia. De azuzar pueblos hacia ese inminente futuro colectivo donde él nos espera es que fortalece su presente personal, el sabroso presente de su poder. Convertir a la esperanza en plan de gobierno ha sido el último giro de esa veterana gesticulación: un gobierno promotor de la esperanza reconoce tácitamente que la mercancía que vende es una promesa tan remota que, para lidiar con ella, no se proponen proyectos socioeconómicos financiables, sino que se invoca la fe o la magia colectiva, pródiga en peces y panes.
     Sostener que estamos en "la ciudad de la esperanza" me parece la ritualización política de la cursilería. Algo parecido dijo Carlo Emilio Gadda de las tácticas para manipular multitudes practicadas por Mussolini. Porque, desde luego, quien propone a la esperanza como actitud política asume no sólo que a él le sobra, sino que la encarna. Esta capitalización de la mexicana tendencia a depositar en las potencias celestiales la responsabilidad final de sus afanes no ha sido ajena al personaje que tan laboriosamente confecciona el jefe de gobierno, esa mezcla de Robin Hood y San Martín de Porres. Porque algo hay de apostólico en todo esto: la obvia voluntad de convertirse en paladín; ese tufo a tartufo de quien, sólo por ostentar en público sus imaginarias virtudes, decide que son auténticas.
     Así, la exhibición de su discreto automóvil es la ostentación de su modestia; el espectáculo cotidiano de su horario de lechero es el show de su tesón; la voluntad de convertir al pueblo, por medio de sus plebiscitos, en el aval colectivo de sus impulsos privados no sólo es la banalización de la democracia, sino la puesta en escena de su autoritarismo. Destilado de virtudes machaconas, este liderazgo inquietante combina desde el magisterio ejemplar hasta la ternura efusiva; la bravata y el mesianismo, la arenga y el sermón: el perenne estado de unipersonal y urgente asamblea resolutiva. En fin, cualquier cantidad de gestos tendientes a afianzar el comportamiento privado como moraleja pública.
     Y todo sistemáticamente apuntalado en la promesa (la esperanza) de la reivindicación histórica y sus ingredientes tópicos: el populismo y el chovinismo; la detección y denuncia de los enemigos del pueblo; el abrazo a toda teoría de la conspiración; el rechazo instintivo a las reglas del juego económico; el antiintelectualismo en las apologías de "la claridad y la sencillez" y un superior autismo moral. Y, claro, el empeñoso andare verso il popolo de la década de los treinta, de tan triste memoria: el líder que oficia ante el pueblo descamisado (o esperanzado) la cotidiana ceremonia de derrotar ritualmente al infame burgués.
     En este sentido, para el jefe de gobierno la esperanza es el administrable deseo de cobrarse cuentas pendientes. Esperanza es el nombre sentimental de su idea de la justicia histórica. La esperanza es el nombre decoroso del deseo de venganza; el apetito justicierista convertido en conducta y mercadotecnia electoral. Pocos sitios puede haber tan adecuados para practicar estas conveniencias como la Ciudad de México del año 2001. Desde el usufructo privatizado de la esperanza, el demagogo convoca a su pueblo: Conciudadanos, dadme vuestro voto. Nadie mejor que yo os conducirá hacia lo que es inconseguible. –

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