La poesía desde Los Pinos

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—¡Paren las prensas!— debió de haber gritado el editor de Letras Libres para incluir en la lista de poetas mexicanos vivos el de la Primera Dama que, justo en el frío de diciembre, dejó a la revista Quién publicar un estracto de su inspiración. Faltó también el elogio de la “voz entrecortada, falsamente —lo sé— titubeante” con que René Bejarano leyó, trémulo, lo sé, de un cuaderno Scribe.

 
     También a mano —sólo la caligrafía es ya un don para el caso—, Doña Marta le escribió un poema —”pensamiento”, deben decir en Vamos México— a su marido. Pero, ¿de qué tipo es? Las primeras líneas nos dan la impresión de que se trata de un poema de amor sin la canción desesperada. Escribe la Primera Dama: “Voy a poner tu nombre a una estrella / No sé si te guste o si se pueda…” De entrada, está la duda de ser incomprendida, de no gustar o de que lleguen los de derechos de autor de las estrellas a cobrar o, peor, que ella sea acusada de usurpación de funciones y tenga que entrar en la controversia constitucional con Stephen Hawking que, se sabe, es un afiliado de la Sogem. Sigue: “hay mitos de estrellas sin nombre, sin dueño…” Hábilmente, la autora nos deja en la duda de a qué mito se refiere —su intención es más cosmogónica—, pero claro que hay estrellas sin nombre. Ella desconoce si las hay, pero su intención no es otra que la de desconocerlo. La astrónoma Julieta Fierro acaso le contestaría: “Son todas las que no puede ver desde la Tierra / Escoja una al azar y póngale como quiera.” Y es justo lo que hace: “Pero sólo hay una / una que destaca en todo mi cielo / una que es así, azul intenso / y está arriba al centro del cielo…” Repetir que es una y que está en el cielo es aquí un recurso literario de la autora para que no nos confundamos entre el objeto que mira —la estrella que es una sola— y donde está —el cielo. La referencia al azul no se trata de lo que en teoría literaria se denomina “vil propaganda panista”, sino a un color que tiene connotaciones menos locales y más universales, porque si, en vez de estrella, hubiera escogido al sol, ya la estarían acusando de protoperredista. Estamos, justo en estas líneas, pasando de un poema de amor a uno de muy distinto tema: “Desde cualquier punto desde donde tú la veas / su influencia alumbra a todos los senderos…” Que la Primera Dama utilice la palabra “influencia” no debe de extrañarnos, no así el uso de la luz que alumbra senderos. ¿Qué es esto? ¿El Hasta Siempre Comandante? ¿El Hasta Nunca Fidel? ¿Comes y ya luego te vas a la isla de Cuba o a donde tú gustes? Sigamos: “Esa luz da fuerza completa a un entero…” Aquí la autora juega con la noción matemática del absoluto. Se trata de dar fuerza a un entero, no a una fracción, no a un quebrado, que buena falta le haría, sino de dar energía a lo que ya la tendría por definición. Fortalecer lo que ya ocupa todo. Interesante visión del “empoderamiento” que abunda: “y en un entero forma a todo nuestro pueblo…” Aquí el célebre entero pasa a ser alguien que forma. Una especie de profesor sin rostro que actúa espontáneamente. Una alusión, sin duda, a la Enciclomedia. Lo del pueblo, quizás se refiera a San Felipe Torres Mochas, pero todavía hay discusión entre los especialistas sobre este punto (Ver: Olga Wornat, 2004). “Por eso a esa estrella le puse Vicente / tu destino marca y en fe se convierte…” Nuevamente se juega aquí con la ambigüedad: la estrella Vicente marca el destino del Presidente y, a la vez, es tan sólo una fe. El destino está establecido, no necesita que alguien crea en él o no. Pero no para la autora que termina su breve incursión con un ingenioso final: “Te amo, Marta.”
     Se sabe que existió un ofrecimiento para que este texto fuera antologado en el Ómnibus de poesía mexicana, pero la Señora de Fox se negó. Ella prefiriría aparecer en la Limosine. –