La puerta ósea

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Un lector atento no tarda en descubrir que el principal interruptor de la obra de Haruki Murakami (1949) son los símbolos y no los signos, una distinción que se expone casi al arranque de Sputnik, mi amor. El símbolo, dice K., el narrador de obvia estirpe kafkiana, es una “flecha que apunta en una sola dirección”, en tanto el signo implica una forzosa equivalencia —una vía de doble sentido— entre las partes de la ecuación. Así pues, símbolos son por ejemplo la piedra y la serpiente que una anciana que “cura el espíritu de la gente y predice sus sueños” detecta en Satsuki, la protagonista de “Tailandia”, uno de los seis cuentos incluidos en After the Quake, el libro más reciente de Murakami. Luego de asistir a un congreso mundial sobre tiroides celebrado en Bangkok y de recluirse varios días en un hotel de las montañas, Satsuki acude con la vieja adivina —familiar de los y las videntes que pululan en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (Tusquets, 2001), opus magnum del autor japonés—, que le toma la mano para revelarle dos cosas: la primera, que dentro de su cuerpo hay una piedra “dura y blanca”, tan primitiva como la inscripción en caracteres negros que la cubre, de la que debe deshacerse porque de lo contrario será lo único que quedará de ella al cabo de su muerte; la segunda, que pronto soñará con una serpiente que brota de una pared. Satsuki, dice la anciana, tendrá que aferrarse al reptil con todas sus fuerzas, “como si fuera su vida”, y no soltarlo hasta despertar, ya que él se tragará la piedra; el cuento, gracias a un gran olfato narrativo, concluye justo antes de que el sueño ocurra. ¿Y qué significa, a qué equivale ese par de símbolos de clara raigambre oriental: la piedra, la serpiente? Al orbe anímico y el orbe onírico, las esferas en las que respira a sus anchas Murakami, ese minero que ha bajado al pozo del subconsciente moderno —los pozos abundan en Crónica del pájaro…— para deslumbrarnos con un insólito fulgor literario. Pero, como sucede con los autores impredecibles, siempre hay más. Mucho más.
     “¡Amo a Myû! Si esta situación se prolonga, yo me iré perdiendo poco a poco […] Dentro de poco, mi existencia se habrá diluido en la corriente y yo me habré convertido en nada […] Debo hacer el amor con Myû. Penetrar en su interior. Y que ella penetre en mi interior. Como dos voraces y aterciopeladas serpientes.” Quien habla de modo tan apasionado, apelando de nuevo a la figura del ofidio, es Sumire, escritora en ciernes, uno de los vértices del triángulo que echa a andar el mecanismo de Sputnik, mi amor; los otros dos vértices son Myû, una bonne vivante especializada en la importación de vinos cuya pulsión erótica se ha esfumado merced a una traumática experiencia vivida en Suiza catorce años atrás —una experiencia que la hizo encanecer por completo en una noche—, y K., el narrador hechizado y retribuido sólo en el plano amistoso por Sumire y sus encantos beatnik (la confusión entre beatnik y Sputnik da pie para que la imagen del satélite, cuyo nombre en ruso significa “compañero de viaje”, se vuelva una alegoría de la desolación humana). En este caso, no obstante, la serpiente opera como símbolo no del sueño, sino del deseo y la obsesión /posesión sexual, asuntos que Murakami lleva a sus límites más enigmáticos, límites en los que se yergue, antes que la serpiente, el emblema del pórtico. Si en Crónica del pájaro… el mundo era comparado con una puerta giratoria, en Sputnik… se diría que esa puerta ha dejado de girar para que los personajes la traspongan y accedan al “otro lado”, o lo que es lo mismo, a su otro yo. Es una puerta similar a las que, según refiere K., se abrían en las murallas que rodeaban las ciudades de la China antigua: puertas construidas con los huesos de los guerreros caídos en el campo de batalla, bañadas con la sangre de perros recién degollados para que “las viejas almas [adquirieran] un poder mágico”. Puertas que son “metáfora del proceso a través del que un relato atrapa la magia”; un relato, este que leemos, “de estilo fluido y elegante [que produce] la sensación de ponerte instintivamente alerta”. ¿Alerta a qué? En principio, a las semejanzas con otros libros del autor, sobre todo Crónica del pájaro… En Sputnik… están también los dispositivos tecnológicos —el teléfono, la computadora— como nexos con el orbe íntimo y la alteridad, la manía por la cultura pop y la música clásica, la disociación de la personalidad detonada por el impulso erótico y el análisis de algo que Murakami ha patentado y que podríamos llamar el vaciamiento femenino a partir de una situación extrema:

Yo me quedé en este lado [confiesa Myû, mujer vacía por antonomasia, al hablar de su experiencia suiza]. Pero mi otro yo, o quizá tendría que decir mi otra mitad, se fue a la orilla opuesta. Llevándose mi pelo negro, mi deseo sexual, mi menstruación, mi ovulación y, tal vez, mis ganas de vivir.

A diferencia de su antecesor Tooru Okada, el narrador de Crónica del pájaro… cuyo sedentarismo doméstico lo empuja a una pesquisa que se traslada al plano metafísico, K. opta por la movilidad al enfrascarse en su propia búsqueda. Decidido a cumplir el anhelo de fuga que en aquella novela cristalizaba en la imagen de Creta, deja Tokio y viaja a una isla griega cercana a Rodas para resolver —para intentar resolver— la misteriosa desaparición de Sumire. Lo que halla en ese pequeño edén, sin embargo, no es lo que fue a buscar sino algo más, mucho más: la puerta que da sentido a Sputnik, mi amor. Una puerta ósea, simbólica —”Todo es demasiado simbólico”, revela Sumire—, que se abre hacia cuatro puntos cardinales: la pasión sexual y sus turbulencias, la pérdida del ser amado, la figura del doppelgänger —hay pistas suficientes para suponer que K. y Sumire son un solo yo escindido— y la buena literatura, esa que se consigue luego de haber “degollado algo. Con el cuchillo afilado y el corazón de piedra”. De nuevo, siempre la piedra. Y la serpiente. Y la puerta. ~

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