La rosa del tiempo

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Belleza americana es un título con tres implicaciones. Es el nombre de una rosa, una clásica variedad color rojo intenso, algo banal pero hermosa, carnosa y, al contrario de híbridos más exóticos, genuinamente fragante. También se refiere a la guapa, rubia y adolescente Angela (Mena Suvari) que se convierte en el objeto del deseo del publicista de 42 años Lester Burnham (Kevin Spacey). Y la frase también sugiere "belleza" como tal, condicionada por "América" en su forma suburbana frecuentemente ridiculizada, pero aún encontrable después de una afanosa búsqueda, una búsqueda que obsesiona al complicado joven Ricky Fitts (Wes Bentley) y que se convierte en la fuente de significado, en la columna vertebral y en el sistema nervioso de la película.
     Debut cinematográfico del director de escena inglés Sam Mendes, Belleza americana es una obra cuidadosamente construida, que se desenvuelve lentamente, sobre convenciones —sociales y narrativas— que, súbita o gradualmente, se desgarran para revelar tanto viejas heridas como inesperadas posibilidades de sentimientos en sus personajes. Al inicio la película parece a punto de formarse en una larga línea de sátiras válidas pero ya convencionales y reiterativas sobre la aridez de la vida burguesa en Estados Unidos. Tenemos al esposo que ha trabajado catorce años en un empleo que odia; a la esposa adoradora del dinero (interpretada por Annette
     Bening) con quien un vínculo sexual  ha dejado de existir; a la hija  adolescente y resentida, Jane (Thora Birch), cuya agresividad gimoteante enmascara su necesidad de amor.
     Antes del título, vemos un video granuloso en que una joven aparentemente desnuda habla sobre la molestia que es su padre, que desea a su amiga, y la voz de un joven pregunta si debería matar al padre de ella. La respuesta es sí. Pasa el título y es-
     cuchamos la voz en off bastante seca de Lester Burnham, que deja claro que, en efecto, está muerto. Pero la narrativa nos lleva de regreso a su vida, a un día típico, con la voz del hombre muerto comentando sobre la vacuidad de esa existencia y sobre cómo su mujer e hija lo ven como un fracasado. Sin embargo, momentos de muy buena escritura ya sugieren que aquí habrá más que una sátira convencional (el excelente guión, de Alan Ball, es también un debut). La hija Jane, a quien hemos visto en el video, responde a la fría y automática pregunta de Lester, "¿cómo estuvo la escuela?", con un áspero y excesivo "estuvo espectacular, papá". Y la cámara ya ha comenzado a dilatarse en el rojo  intenso de las rosas Belleza Americana, al principio en lujosos acercamientos a arreglos y envases florales cuya manera —la cámara se detiene y casi acaricia los pétalos— nos prepara para un más profundo uso de la rosa por sus vínculos tradicionales con la belleza como un discernimiento místico y con el centro sexual de la mujer.
     La señora Carolyn Burnham, aunque tiene rosas Belleza Americana en su jardín, parece muy alejada de su  propio centro sexual. Bajo la cuidadosa dirección de Mendes, es tan estirada como el largo tallo de una flor, siempre oscilando entre el borde de la explosión o del desplome (el inteligente manejo de los actores se extiende incluso a los papeles más insignificantes, como la  sucesión de clientes hoscos a los que Carolyn es incapaz de venderles una propiedad a lo largo de un día desesperante y por lo cual rompe en llanto).  Pero es la actuación de  Kevin Spacey, más que cualquier otra cosa, la que lleva y transfigura a la película —con su sorprendente gama de  toques cómicos, pasivo-agresivos, lúbricos y extasiados— conforme su Lester Burnham se desplaza del estatus de un Cualquiera suburbano  y banal al Mismísimo Cualquiera, todos nosotros, conforme deambulamos a través de lo inevitable  y de los accidentes de la condición  humana.
     Dos jóvenes echan a andar la transformación de Lester. Angela, la amiga de Jane, cuya imagen (de porrista) le fascina en un juego de basquetbol de la preparatoria a donde ha ido, a regañadientes, a ver la actuación de su propia hija en el equipo de porristas. Comienza a crear un caudal de bellas y masturbatorias fantasías sobre ella, en imágenes constantemente inventivas donde  pétalos de rosas Belleza Americana se derraman de su blusa o la rodean o  cubren sus senos y muslos desnudos. Y —para la molestia celosa de Jane— Angela descubre esa atención y llega a valorarla. La otra influencia "joven" es la  relación amistosa y comercial (el joven es un dealer de mariguana que Lester empieza a consumir como una remembranza de su juventud) con el hijo de un coronel del cuerpo de Marines que se ha mudado a la casa de al lado. Ricky (de quien Jane eventualmente se  enamora) es el rebelde y protoartista. Recorre el vecindario registrando la "belleza" con una minúscula cámara de video. Es el profeta de la independencia secreta (sus sentimientos y actividades absolutamente ocultos de su absurdo y brutal padre) y del valor transformador que hay en sorprender instantes de  belleza —el elegante diseño, por ejemplo, de un pájaro muerto en el suelo— incluso en las vidas más planas.
     Lester deja su trabajo publicitario (y se va a trabajar a un restaurante de comida rápida porque no quiere "ninguna responsabilidad"). Cultiva sus músculos porque escucha a Angela hablar sobre su pasión por los hombres musculosos. Eventualmente ella se le ofrecerá, pero, en la compleja conclusión de la película donde las expectativas son continuamente vueltas al revés, descubre que Angela —que frecuentemente ha alardeado con sus amigas sobre su experiencia sexual—, es realmente virgen y, en un momento de ternura exquisita y con una sonrisa que transfigura su cara, decide no ser su primer amante, decisión que, uno siente, no proviene del miedo o de la cautela convencional sino de una  genuina preocupación por ella, por la posible riqueza mayor de su experiencia futura. Y entonces, en la cumbre de su nuevo ser, es asesinado no por Ricky (de quien descubrimos que sólo hablaba del asesinato) sino por su padre, el coronel del cuerpo de Marines, quien intenta borrar la memoria de una equívoca y torpe propuesta homosexual que le ha hecho a Lester (a lo largo de la película este viejo Marine ha estado, por supuesto, despotricando contra los homosexuales). El momento de la muerte es una salpicadura de sangre sobre una pared, uno de los varios usos —más allá de las rosas— del color rojo como emblema de fuerza. Ricky, que ha sido golpeado  demasiadas veces por su padre, se irá con Jane a Nueva York, pero ésta no será una aventura sin centavos (ha ahorrado cuarenta mil dólares de sus negocios con la mota). Carolyn, que ha tenido un affair infeliz con un exitoso "rey" de las ventas de bienes raíces, abraza súbitamente, con amor y pesar, la ropa de  Lester en un clóset. Y tanto Lester en  vida como su voz después de la muerte transmiten un alto grado no de desesperación sino de gozo, de tal forma que la película —ante la misma presencia de la muerte— nos envuelve con una gran y abarcadora ternura final, por sus personajes, dentro de sus protagonistas, y por los súbitos regalos de la vida misma. –

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