Las primarias en Estados Unidos

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Hace algunos meses, cualquier observador hubiera apostado a que George W. Bush ganaría la nominación del Partido Republicano con facilidad y barrería en las elecciones presidenciales de noviembre al  vicepresidente Albert Gore. Bush, un carismático millonario tejano, contaba con el apoyo de la maquinaria financiera republicana, que logró reunir para su campaña cerca de setenta millones de dólares. Con el respaldo de un apellido respetado y popular, su nominación era no sólo un hecho: era una fiesta.
     Para Gore el panorama era diferente. Pocos electores lo conocían y los que  sabían quién era lo asociaban con un estilo mecánico y aburrido. A ojos del electorado, Gore era el niño mimado del establishment demócrata. Su candidatura era tan débil que Bill Bradley, un ex senador de Nueva Jersey, ex  estrella de basquetbol, repuntó hasta quitarle el liderato. Gore parecía ser un candidato en desgracia.
     Pero la política es impredecible y ahora, con las nominaciones prácticamente aseguradas, Bush es el candidato que naufraga, mientras Gore se ha afianzado como el probable próximo presidente de los Estados Unidos.
     Con la aparición de John McCain para pelear por la candidatura, el partido republicano sufrió un cortocircuito. McCain, héroe de guerra en Vietnam y senador por Arizona, lanzó una campaña feroz. En su vida en el Senado,  McCain siempre mantuvo un récord de votación conservador: repudió la legalización del aborto y apoyó a la Asociación Nacional del Rifle, vieja aliada  republicana, en su lucha por mantener libre el acceso al armamento personal. Mediante su aura heroica y su empuje en campaña, McCain intentó colocar su nombre en la mente del electorado. Lo logró al ganarle New Hampshire a Bush. Con esta victoria y una popularidad creciente, forzó a Bush, que en  realidad es un moderado en el contexto del Partido Republicano, a moverse hacia la derecha para ganar Carolina del Sur, un bastión de la llamada "derecha cristiana". Al final de la primera sesión de primarias, McCain se había convertido en el candidato de los republicanos moderados, los independientes y los demócratas, al aprovechar las leyes que permiten sufragar en ciertas primarias republicanas a votantes de distintos partidos. Este voto se hizo presente en las primarias abiertas de Michigan y Arizona y le dio el triunfo a McCain.
     Por su parte, Bush se transformó en el candidato de la línea dura republicana. El voto de la derecha lo favoreció en el resto de la contienda y le abrió las puertas de la nominación. Bush ganó la mayoría de los estados en disputa, aunque lo hizo gracias al voto de su propio partido: en muchos de esos estados sólo votaron los republicanos registrados. Pero el precio pagado por la nominación puede ser muy alto. Con su acercamiento a la derecha, Bush sacrificó al grupo de votantes más importante de los Estados Unidos: los independientes e indecisos del centro. Si a esa coyuntura política se suman sus constantes  tropiezos en la campaña, el resultado es un posible desastre para el Partido  Republicano en noviembre. Durante  febrero, Bush fue a dar un discurso en la universidad Bob Jones, que no  permite romances entre negros y blancos y es anticatólica. El precandidato no  dijo palabra en contra de las prácticas racistas de la Universidad cuando estuvo parado frente a los micrófonos.
     Bush vivió otro mal momento cuando se descubrió que había usado drogas en la juventud; se le olvidaron los nombres de los líderes de varias naciones y cuando los encargados de su campaña tuvieron la idea de invitar a su padre, el ex presidente Bush, a dar un discurso de apoyo, éste dijo: "Este muchachito nuestro no les fallará". Así, Bush pasó, en un par de meses, de ser un "conservador con compasión" a ser un miembro más de la intolerante derecha republicana, ex drogadicto, ignorante en política exterior e hijo de papá. El candidato soñado había desaparecido.
     La campaña de Gore es otra historia. Después de empezar como un  candidato desconocido, decidió reinventarse. Cambió la sede de su campaña a Tennessee —su estado natal—, olvidó su vida en Washington como un político clásico y se mezcló con el  electorado. Los mítines de campaña se convirtieron en largas y abiertas sesiones de preguntas y respuestas. El mensaje era claro: Gore estaba interesado en la voz del electorado y no era un político del orden tradicional.
     Pero quizás el cambio estratégico más importante de Gore fue enfrentar a Bradley como un rival serio. Gore invitó a su contrincante a debatir con frecuencia, y una vez que lo tuvo sobre el escenario no lo dejó salir vivo: es un político incisivo cuando llega la hora de discutir.
     Hoy Gore cuenta con una imagen que probablemente le permitirá | adueñarse del voto de la izquierda y el centro, gracias a un discurso inclusivo que hace énfasis en los logros de la administración Clinton. Bush, en cambio, tendrá que alejarse de la enquistada derecha de su partido para atraer votos del centro. Será una tarea difícil por muchas razones. La más importante es que la imagen del Bush conservador será un tema recurrente en la campaña de Gore. Tampoco hay que descontar el efecto que tendrá el candidato del Partido  Reformista, probablemente el ultraconservador Pat Buchanan, quien quitará miles de votos de derecha a Bush.
     Muchas cosas pueden cambiar de aquí a noviembre, pero todo parece  indicar que la dinastía Bush se detendrá, por el momento, en las afueras de  Washington. –

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