Santiago Sierra o la ética de la memoria

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Santiago Sierra, artista nacido en Madrid en 1966 y afincado en México desde 1995, obtuvo un notable reconocimiento mediático en 2003 gracias a su participación en el pabellón español de la Bienal de Venecia. Su “exposición” consistió en tapar con plástico negro el nombre que figura inscrito en piedra en el propio edificio, tapiar su entrada principal con un muro de ladrillos y no permitir el acceso al mismo más que por la puerta trasera y sólo a quien mostrara previamente el documento nacional de identidad español. La medida causó bastante revuelo. La prensa contó que alguien, indignado, exigió la entrada al pabellón sin atender a la exigencia de acreditarse como ciudadano de España; aunque no se citase quién en concreto, se daba a entender que se trataba de alguna “autoridad” española. El interior del pabellón, por cierto, no contenía nada, y ni falta que hacía, pues la “obra” propuesta consistía sobre todo en la reacción del público a un edificio mudo, cerrado a cal y canto y cuyo acceso sólo se permitía a los dispuestos a someterse a una medida con todo el aspecto de caprichosa, injusta y arbitraria. Se trataba, entre otras cosas, de una buena metáfora de los problemas fronterizos.

La última exposición de Sierra en nuestro país, celebrada durante los meses de verano en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga, abordaba problemas relativos a la ética de la memoria histórica. En ella se documentaban tres acciones artísticas recientes sobre aspectos poco favorecedores de la Europa del siglo XX; con más precisión: la Rumania de Ceausescu y el Holocausto judío. Tubos negros y gastados serpenteando por el suelo, fotografías, vídeos y sonidos indescifrables bajo una iluminación tenue contribuían a crear en las salas del Cacmálaga una atmósfera opresiva, intolerable, indignante.

En 245 m3, por ejemplo, se documentaba una acción que tuvo lugar en marzo del presente año en la Sinagoga de Stommlen, en el municipio alemán de Pulheim, actualmente habilitada como espacio artístico. El título se refiere a los metros cúbicos que se llenaron del humo procedente del tubo de escape de varios automóviles aparcados en las calles adyacentes; el público podía acceder a este lugar provisto de máscaras de gas y asistido por personal sanitario. En otra de las acciones, Casa del pueblo, que tuvo lugar en Bucarest, se invitaba al espectador a recorrer un largo pasillo de paredes negras, apenas iluminado, y poblado de mujeres que pronunciaban incansablemente “dame dinero”.

Todo, en el Cacmálaga, nos recordaba que entre los muchos pecados del europeo del siglo XX destaca no sólo el de haber dejado el panorama repleto de víctimas inocentes, sino el haber sembrado la confusión entre víctima y verdugo. Ése parece haber sido precisamente el efecto de la acción que tuvo lugar en la sinagoga, que, sorprendentemente, suscitó la airada protesta no, como era de suponer, de neonazis o antisemitas –los grupos contra los que se dirigía la acción, como es evidente–, sino de la comunidad judía de la ciudad, a la que la obra le pareció una falta de respeto contra su colectivo.

Santiago Sierra defiende que sus propuestas se plantean contra la banalización de la memoria del Holocausto, y muy probablemente su forma de proceder entraña una mayor complejidad que la del tradicional monumento a las víctimas.

Aun compartiendo, en términos generales, los puntos de vista del artista, y puesto que entrañan una postura ética y política determinadas, comprometidas con la sociedad civil del presente, es difícil resistirse a la pregunta por sus efectos para paliar el miedo o el déficit de democracia que se cierne sobre las sociedades actuales. ¿Cómo interviene la obra de Sierra, desde un centro de arte contemporáneo, en la sociedad en cuyo seno se genera y a la que va dirigida?

Me pregunto si esas dudas tienen que ver con la peculiar circunstancia que entraña el hecho de pretender activar discursos políticos en entornos tan altamente especializados como un centro de arte contemporáneo, un tipo de ámbito, por eso mismo, que tiende a neutralizar la eficacia de esos discursos. Advierte otro artista cuya obra también presenta una dimensión claramente crítica, Rogelio López Cuenca, contra esa idea del arte como reserva india, esa idea tan cara a la Administración, consistente en que algo sea inmediata e inconfundiblemente percibido como arte para desactivar al máximo sus posibilidades. Quizá se puedan percibir las acciones artísticas de Sierra como algo que se confunde intencionalmente con la realidad. Expuestas en un espacio dedicado al arte actual, sólo es posible apreciarlas en su verdadera dimensión si tenemos en cuenta que, hoy en día, cualquier planteamiento artístico de naturaleza política debe hacer frente a este problema de su confinamiento en el mundo del arte contemporáneo como un ámbito especial y especializado, con todo su glamour e indiferencia. ~

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