Los poemas inéditos de Borges

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La historia es conocida y será olvidada. Abad, un novelista colombiano azorado por haber hallado un poema manuscrito de Borges entre la ropa de su padre recién asesinado, da con la revista que imprime ese y otros versos de dudosa procedencia y después con el orgulloso y beligerante autor, un poeta que defiende sus imitaciones con celo de cancerbero. El cuento es largo y termina, provisoriamente, introduciendo en la trama a un remoto escritor francés, a un pintor argentino y a su esposa, quienes habrían recibido de Borges los poemas inéditos publicados, en una falsa edición anónima de falsos apócrifos, en Mendoza. En la narrativa reconstruida por Abad, en el departamento de Borges en la calle Maipú, aparece un gato, que es el gato que se podría ver trescientos años atrás en el mismo lugar si se lograra refutar el tiempo, y Fanny, la célebre mucama guaraní de Borges. María Kodama ha negado que esos poemas sean de Borges. El presunto autor, un verdadero menardista, insiste; cinco especialistas niegan la autoría.1

Alejandro y yo, antes de la primavera, nos interesamos en las primeras noticias del asunto. Estábamos en mi estudio de Coyoacán. Los poemas perdidos de Borges nos remitían a Adolfo Bioy Casares cuando recordaba famosamente que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los poemas. Buscamos, después, la página del Borges de Bioy donde Alejandro creía haber leído, durante aquella época feliz en que todos leíamos ese libro y ningún otro, cómo Borges le había negado y luego dado al francés Jean-Dominique Rey los poemas que se le atribuyen.2

Mi estudio de Coyoacán, donde estábamos, poseía un ejemplar del Borges. De julio de 1979, fecha en que Rey visita a Borges por primera vez, no se registran entradas, y el 28 de septiembre ocurre la visita de Borges (esa noche, extrañamente, no comió con Bioy) referida por Abad, cuando junto a su excelente aspecto traía consigo el contrato de Los orilleros y El paraíso de los creyentes para la traducción italiana, pero no se dice una palabra sobre el francés ni sobre sus cómplices argentinos. Alejandro, un poco azorado, interrogó el pésimo índice del Borges. Agotó en vano todas las entradas imaginables… Antes de irse me dijo que estaba seguro de haberla leído. Confieso que asentí con alguna incomodidad.

Al día siguiente Alejandro me llamó desde San Ángel. Me dijo que tenía a la vista las entradas, en las páginas 1529 y 1587 del Borges. Constaba el nombre de Rey y lo ocurrido durante sus dos visitas. Primero me leyó por teléfono, de su ejemplar de Borges, una suerte de justificación apodíctica del caso: “Poems and mirrors are abominable. Para uno de los gnósticos, el visible universo era una ilusión (o más precisamente) un sofisma. Los poemas y la paternidad son abominables (poems and fatherhood are hateful) porque se multiplican y se divulgan.” Le dije, sin faltar a la verdad, que me gustaría verlo todo. A los pocos días lo trajo. Lo cual me sorprendió, porque en los escrupulosos índices de Martino no aparecen ni Rey ni Roux ni la señora Beer. A esos índices, que el bibliógrafo se negó a dar a la imprenta, sólo pueden acceder, en la red, algunos iniciados.3

La edición que trajo Alejandro era efectivamente la del Borges de Bioy, Destino, Imago Mundi, Volumen 101. En la falsa carátula y en el lomo, la indicación era la de mi ejemplar, pero en vez de 1663 páginas constaba de 1667. Esas cuatro páginas adicionales –no son necesariamente las últimas– comprendían las entradas sobre Rey y sus acompañantes; no previstas (como habrá advertido el lector) por el índice reservado. Comprobamos después que no hay otra diferencia aparente entre los volúmenes de Coyoacán y de San Ángel. Los dos (creo haberlo indicado) son primeras ediciones del Borges de Bioy. Alejandro había adquirido su ejemplar, en línea, en la preventa de Alibris.

Leímos con algún cuidado las entradas. El pasaje recordado por Alejandro tal vez no sea el único sorprendente:

 

 

Miércoles 15 de agosto, 1979. Come en casa Borges. Está flaco, tembloroso, con desvanecimientos. Tiene azúcar. Lo operan la semana próxima de próstata.

 

Viernes 17 de agosto. Me encuentro en la calle con Godel; me dice: “Lo vi a Borges. Está muy mal. No sé si saldrá de ésta.”

 

Sábado, 18 de agosto. Como alguien me dijo, los pequeños fuegos del encono están siempre listos para convertirse en verdaderos incendios. Borges, en vísperas de la operación de próstata, piensa decirle a su clínico que tal vez no convenga que siga la relación entre un paciente y su médico si el primero perdió la confianza en el segundo. Le va a decir que ellos viven en mundos distintos, que él (el médico) vive en el mundo de la propaganda (como Mujica Láinez) y que él (Borges) no cree en la gente de ese mundo. Me atrevo a recomendarle el urólogo que me operó: el doctor Montelongo.

Le cuento a Borges que en Inglaterra existe la revista Pierre Menard. Evidentemente, la noticia le agrada. Dice que eligió ese nombre porque había más de un Menard en la literatura francesa y quería dar la impresión del déjà-vu.

Por segunda vez, me refiere que lo visitó Jean-Dominique Rey en julio pasado; lo habrían traído el pintor Roux y su esposa: “Me pidió que le diera unos poemas para la revista Supérieur Inconnu. Le dije que yo no tenía. Que si él quería parodiar cualquier poema mío, que lo hiciera. Que no hablara con nadie. Que lo hiciera. Tuvo escrúpulo. No quiso. Es común entre los franceses esa reticencia. De la vanguardia deducen lo académico. Pero yo les estoy agradecido: en Francia me han leído con mayor inteligencia de la que yo he puesto en escribir. ¿Quién es Rey? ¿Lo conocés? A mí me gustó. No es pandillero como suelen ser los escritores franceses. Dice tener un libro sobre Michaux. Hacia 1935 conocí en Buenos Aires a Henri Michaux. Lo recuerdo como un hombre sereno y sonriente, muy lúcido, de buena y no efusiva conversación y fácilmente irónico. No profesaba ninguna de las supersticiones de aquella fecha. Descreía de París, de los conventículos literarios, del culto, entonces de rigor, de Pablo Picasso. Con pareja imparcialidad descreía de la sabiduría oriental. Todo esto se confirma en su libro Un barbare en Asie, que yo traduje al castellano no como un deber sino como un juego.”4

 

Domingo, 19 de agosto. Llamo a Borges. Soñó que vomitaba relojes de oro. Está deseando dejar a su médico clínico, romper con Emecé, pasar a Sudamericana o a Losada. Me asegura que el urólogo es bueno.

 

 

Alejandro y yo nos saltamos, en las páginas de su ejemplar único del Borges, del año 80 al 85 y leemos la entrada donde Bioy refiere la narración de Borges de la nueva visita de Rey:

 

 

Martes, 1 de octubre de 1985. Come en casa Borges. BORGES: “Es asombroso cómo algunos escritores ilegibles engañan a personas más inteligentes y complejas que ellos. El culto de Lautréamont ha decaído, pero en Europa la gente habla en serio de Gombrowicz. Uno de ellos, Rey, que volvió. Me pide poemas inéditos. No se atreve a parodiarme. En América Latina sí se atreven, le digo. Los hacen en Colombia, en México, en Entre Ríos. Circulan por todo el planeta, bajo el signo del azar y fatalmente me llegan. Soy un imán que atrae las parodias. Entonces me siguió al estudio, le dije que abriera un cajón y sacara unos poemas mecanografiados. Había unos veinte, veinticinco. Sonetos sobre todo. Se cree que rimar es más fácil.”

Entonces Borges le pidió que leyera unos cuantos. “Leo muy mal español”, le respondió Rey. Tras una primera lectura, Borges desechó algunos, las parodias más torpes. Las parodias menos paródicas. Las más impuras.

“Le explico al francés –sigue Borges– que está bajo el dominio del azar y sus leyes que se escriban cuentos y poemas en mi nombre. Han visto en el Menard y en otras cosas mías obras irrepetibles que dejan de ser obras de arte para entrar en el museo filosófico de los modelos arquetípicos. Así, algunos de mis poemas, algunas de mis ficciones, salen sobrando, como el pobre Cervantes y su modesto y contingente Quijote…”

Rey no se decide a dar por concluida su misión y llevarse los poemas y hacerlos circular. Ah, bof, recuerda Borges, a quien no le gusta citar en francés, que dice Rey, la coupure entre le monde des enchantements et l’univers objectif paraît instituer un secret... “La conversación –continúa Borges– pierde interés para él: es un supersticioso de la originalidad. Para animarlo le hablo del Menard, que tanto gusta a los franceses, y le digo que nadie ha reparado en que su primer párrafo es una ironía contra la Acción Francesa y sus doctrinarios, una defensa de la tendencia protestante de Gide y de algunos amigos suyos… Que no soy francófobo, como sugiere el hombre de Santa Fe…5 Que Drieu la Rochelle, cuyo nombre ha sido justamente infamado por su doble destino como traidor y como hereje, fue uno de quienes le encontraron valor augural a mi obra… Que si Roger Caillois es miembro de la Academia Francesa, no creo que dé mucha importancia al hecho de que lo elijan, con una complicidad más bien propia del compadrito, como miembro de la Academia Argentina de Letras, que es una sucursal de otra academia…”

Refiere Borges que el francés, dándose acaso por vencido, lo inquiere de cómo le llegan las parodias. “Me las acercan los visitantes. No faltan quienes, al ayudarme a cruzar la calle, creen hacerme una caridad al introducirme, subrepticios, en el bolsillo de mi saco una nueva versión del Poema de los dones o algunas otras líneas que pude haber escrito o perdido en 1922 o en 1979… O llegan por correo o aparecen abajo de la puerta. Ya son pocos quienes me piden originales o inéditos, como usted, Rey. Predomina la idea de que la contribución a mi obra es una empresa colectiva. Que todos, al imitarme, se conjuran conmigo. Asumo que algunos serán buenos lectores míos y no me creerán capaz de escribir ‘¡Cuántas hermosas cosas!’ Todos somos Borges, dirán, somos los conjurados. Atiendo con escepticismo esa nueva superstición, que crecerá, Rey, se lo aseguro. Me asociarán los parodistas a la violencia política, al asesinato a mansalva de sus padres o de sus hermanos, y eso es justo, dado el destino de mis ancestros, tan conocido ya, en manos de la Montonera. Yo, que no soy, ni he sido jamás, lo que antes se llamaba un fabulista o un predicador de palabras y ahora un escritor comprometido, me he convertido en el más político de los escritores.”

“Son parodias”, le insiste Borges al francés, que se va de prisa al aeropuerto, pues vuela a las tres de la tarde de regreso a París, “me siento cansado de los laberintos y de los espejos y de los tigres y de todo ese género de cosas. Especialmente ahora que otros las están usando… Esa es la ventaja de los imitadores. Le curan a uno de sus enfermedades literarias. Ya que uno piensa que si hay gente haciendo ese tipo de cosas actualmente, no es necesario que uno las siga haciendo. Que otros lo hagan y que les aproveche.”6

 

 

Alejandro murió en junio. No sé dónde habrá quedado su fugitivo ejemplar del Borges de Bioy. ~

 

 

 

 

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1. Véase Héctor Abad Faciolince, “Un poema en el bolsillo”, en Letras Libres, núm. 128, México, agosto de 2009.

2. Hubiera preferido Alejandro averiguar sobre la estancia mexicana, dedicado al cine (escribió guiones para películas de Marga López y Arturo de Córdova), del poeta Ulyses Petit de Murat (1907-1983), amigo y colaborador de Borges antes de que el primer peronismo lo forzara al destierro en México. Fui yo quien, intoxicado de actualidad, lo distraje. Juan Villoro no me dejará mentir.

3. http://www.borgesdebioycasares.com.ar/images/indice—analitico.pdf

4. Discípulo de Menard y Funes, Borges fue más lejos que sus intérpretes franceses. Descártese a Blanchot, a Genette y a Michel Foucault, un propagandista venal. Fue Borges quien podía leerse a sí mismo, quien repite para Bioy artículos enteros de su obra todavía no escrita, la que escribirá. Borges sobre Michaux es idéntico al que publicará en 1988 (Obras completas, IV, Buenos Aires, Emecé, 1996, p. 4 79).

5. Se refiere a Juan José Saer (1937-2005) y a su “Borges, francófobo”, que aparecerá en Punto de vista, Buenos Aires, en 1989, tres años después de la muerte de Borges.

6. Una declaración similar a esta la reprodujo George Steiner en “Tigers in the Mirror”, The New Yorker, 20 de junio de 1970. Ese artículo de Steiner provocó la cólera del germanista colombiano Rafael Gutiérrez Girardot, cólera devenida en una querella que dividió irremediablemente a los borgesianos.