Manuel Camacho Solís

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Pocos días antes del aniversario del asesinato de Luis Donaldo Colosio, Manuel Camacho Solís, candidato a la presidencia del Partido de Centro Democrático, convocó a una conferencia de prensa en las oficinas de campaña. Se esperaba algún mensaje sensacional. Lo que vimos fue el reciclaje de una vieja imagen.
En la pantalla apareció Luis Donaldo Colosio sentado detrás de un escritorio. Era una grabación del extinto noticiero 24 Horas con un mensaje que Colosio dio poco después de que Camacho hubiera declarado que él no estaba buscando la candidatura a la presidencia. Colosio encomiaba la labor de Camacho como comisionado.
     Terminada la grabación, Camacho ponderó a su vez la figura de Colosio. Señaló que ambos se habían reunido en casa de un amigo común, a finales de marzo de 1994, y que allí Colosio le preguntó conciliatoriamente qué quería: ¿convertirse en senador?, ¿la Secretaría de Gobernación? Camacho le dijo que no estaba en busca de un puesto. Ambos acordaron una alianza estratégica para hacer avanzar la democracia en el país y prometieron encontrarse en una reunión para definir los puntos.
     Dijo Camacho que la reunión había trascendido y que durante los días siguientes estuvo muy atento a las reacciones de los políticos del momento. Ocurrieron, dijo Camacho, algunos hechos sin explicación. Por ejemplo, en la concentración de Lomas Taurinas, donde fue asesinado el candidato del PRI, apareció una manta que decía: "Colosio, Marcos y Camacho te vigilan". Camacho concluyó que si bien no se podía asegurar concluyentemente que hubo un complot para asesinar a Luis Donaldo, sí hubo uno después para borrarlo a él del mapa político. Señaló, entre otras evidencias, al grupo de acarreados congregados en la sede del PRI y en Gayosso, que gritaban "Camacho asesino".
     Días después de esta conferencia de prensa, el 23 de marzo, durante las ceremonias de conmemoración de la muerte de Colosio, Francisco Labastida señaló a Manuel Camacho como el responsable moral del asesinato. Camacho no dejó pasar esta oportunidad.
     El 24 en la mañana convocó a los reporteros a otro acto en las afueras de una oficina de la Procuraduría General de la República. Después de dos horas de espera, el ex regente salió del edificio. Repitió los fundamentos de su denuncia: que Labastida había actuado de forma dolosa y que pretendía desacreditarlo y someterlo al desprecio de la sociedad acusándolo de ser el responsable "moral" del asesinato. Dijo que el Ministerio Público debería citar a Labastida a responder y señaló que, si no lo hacía, se iba a ver si el poder de veras servía a la gente.
     El asunto apenas trascendió a la opinión pública y desapareció sin pena ni gloria. El Ministerio Público nunca citó a Labastida y yo me quedé pensando por qué Camacho gastaba tanto tiempo en dirimir viejas rencillas del grupo en el poder. "No se trata de una lucha personal", dijo Camacho en alguna ocasión, "esto va más allá de los votos. La causa de mi partido es el desmantelamiento del régimen autoritario".
     Después de pasar varias semanas cerca de la campaña de Camacho, uno se llega a convencer de que, en efecto, su candidatura podría tener esta dimensión política. De acuerdo con el estratega del PCD, el diputado Marcelo Ebrard, el partido fue concebido como una opción de centro que, frente a la polarización de las oposiciones, pudiera aglutinarlas con el propósito de derrotar al PRI y transformar al Estado.
     Pero otra de las dimensiones del pcd es muy personal. Lo que ha estado en juego es la supervivencia política de él y un reducido equipo de colaboradores. A estas alturas, sin embargo, es difícil discernir si tratan de mantener a flote un razonable proyecto de reforma del Estado o de evitar que se los coma la vida política y desaparecer públicamente.
      
     Metido en la sala de juntas del segundo piso de la sede del PCD, rodeado de sus libros y junto a un retrato de Juárez que lo ha acompañado por varias oficinas, Camacho habla de su fortuna política después del asesinato de Colosio. Tiene la mentalidad del sobreviviente.
     A diferencia de los actos públicos, donde invariablemente se ve un poco por encima de la gente, en privado Camacho está en su terreno. Por la manera en que habla no es difícil hacerse una imagen de la popularidad que alguna vez tuvo este hombre. Pero la bala que mató a Colosio liquidó políticamente a Camacho. Sus enemigos en el PRI, que había cultivado durante todo el sexenio de Salinas debido a su estilo independiente, sus ambiciones y su inclinación a negociarlo todo, se dispusieron a eliminarlo también.
     Por ejemplo, Camacho dice que después de que el EZLN decidió no firmar los acuerdos de paz, se dio cuenta de que algunos sectores del partido planeaban una manifestación pública, una especie de linchamiento moral, en donde lo iban a hacer culpable del asesinato y del fracaso de la negociación. Camacho amenazó a los "operadores" (no aclaró quienes) con la promesa de exhibirlos si actuaban en su contra. Semanas más tarde se robaron las memorias de su casa, que se publicaron en El Economista en octubre de 1994. Luego apareció un libro. En febrero de 95, Zedillo invitó a Camacho a tomar un café en su oficina. Le ofreció la embajada de Francia para que se alejara del país mientras se aclaraba el asunto Colosio. "Y entonces me di cuenta de lo que se trataba", dice Camacho. "Le dije a Zedillo que no le iba a permitir que me volviera a sacar el asunto porque yo no tenía nada que ver". La conversación se hizo bastante tensa. Camacho le preguntó a Zedillo cuál era su preocupación real. Zedillo habló de que Camacho tenía los puentes con la oposición; "unidos serían un peligro", dijo el presidente. Después de que Camacho dejó claro que no se iba a salir del país, ambos pactaron, en cambio, que Camacho le ayudaría a pensar la transición democrática. A Camacho la oferta le pareció razonable. Redactó los puntos en unas tarjetas, donde explicaba la necesidad de redefinir el régimen presidencial, y la reforma del PRI. Las elecciones del 2000 se llevarían a cabo ya dentro del nuevo régimen. Cuando Camacho presentó el proyecto, el presidente le dijo que estaba bien, pero que la parte sustancial del programa se ejecutaría pasado el 2000.
     Luego Reforma dio a conocer una carta que Zedillo, en su calidad de coordinador de la campaña de Colosio, había mandado al candidato. Allí se hablaba de la necesidad de sacar al ex comisionado de la jugada. En aclaraciones posteriores, Zedillo subrayó que seguía pensando que Camacho era un estorbo. Por esas fechas, el secretario de Gobernación, Emilio Chuayffett, pidió a los concesionarios de la radio y la televisión que no hablaran de Manuel Camacho (sin decir su nombre) en sus emisoras. Hubo un intercambio epistolar entre los dos personajes. Finalmente Camacho decidió renunciar al pri en octubre de 95. Pasó los meses siguientes defendiéndose de los ataques.
     Le pregunté a Camacho por qué no se había sumado después a un partido. Me dijo que al final de la mesa de negociación de las reformas electorales de 1996, en donde se discutieron asuntos relativos al IFE, el financiamiento de las campañas y las reformas del Distrito Federal, el gobierno puso como última condición para aprobar el paquete un artículo transitorio que prohibía a los regentes ocupar el cargo de jefe de gobierno. Camacho sintió que se trataba de una cláusula ad hominem, y así fue reconocido por los columnistas políticos y en el Congreso, cuando el diputado Alejandro Rojas protestó y los priistas confirmaron que se trataba de una cláusula contra Camacho.
     Pasando las elecciones del 97, él y su grupo se propusieron formar una nueva organización política.
     La tarea no fue grata. Todos los que obtuvieron el registro para las elecciones de 2000 coinciden en señalar las dificultades de organizar un partido bajo la actual legislación. Se les exige organizar diez asambleas estatales con tres mil simpatizantes cada una. El PCD organizó estas asambleas sin dinero, y en muchas ocasiones enfrentando obstáculos puestos por el gobierno, como cuando en Jalapa, a 45 minutos de la hora del evento, se apareció el dueño de los camiones que iban a recoger a los recién afiliados al PCD en distintas comunidades para decir que cancelaba el contrato por causas de fuerza mayor.
     Finalmente, en enero de 99, el PCD celebró su asamblea constitutiva en la Ciudad de México. Camacho invitó a los líderes de la oposición al acto y allí habló a favor de una alianza para obligar al régimen a pactar las reformas del Estado.
     "Ha sido la ilusión de mi vida —dice Camacho— promover una gran reconciliación nacional". A principios de abril Camacho tomó un avión a San Cristóbal de las Casas. Allí lo recibió una comitiva del PCD local, quien lo llevó en una camioneta al hotel Diego de Mazariegos, testigo de algunas jornadas del 94, donde daría una conferencia de prensa. Yo había visto a Camacho en otros actos electorales en la Ciudad de México, donde el candidato había estado realmente gris y se veía como si lo hubieran forzado a salir a la calle. Nada comparado con su expresión en San Cristóbal. Estaba feliz, sonreía y saludaba a la gente que lo reconocía. Alguien le preguntó qué significaba Chiapas para él. "Fue el mejor momento de mi carrera", declaró. En efecto, debió de haber sido una experiencia realmente fuerte y, conociendo el pasado de Camacho, el desenlace natural de una carrera como mediador, papel que ha tratado de reactivar en 2000 con poco éxito.
     Camacho entró a la vida política después de haber estudiado Economía en la UNAM. Hizo una maestría en la Universidad de Princeton. Trabajó un periodo corto en la Secretaría de la Presidencia, elaborando discursos para todo el mundo y, desencantado, se incorporó al cuerpo académico de El Colegio de México. En junio de 1977 publicó un ensayo, "Los nudos históricos del sistema político mexicano", donde hablaba ya de la necesidad de reformar el Estado. El texto capturó la atención de Jesús Reyes Heroles, secretario de Gobernación, quien se convirtió en interlocutor y mentor del joven maestro. Por la misma época, Carlos Salinas de Gortari lo invitó a colaborar con él en Programación y Presupuesto.
     Junto con Salinas, elaboró el Plan Global de Desarrollo, que fortaleció la posición de De la Madrid frente a José López Portillo, y finalmente lo llevó a la presidencia. Salinas se fue a Programación y Presupuesto. Nombró a Camacho subsecretario de desarrollo regional. Cuenta Camacho que en una ocasión acompañó a De la Madrid a una gira presidencial a Puerto Madero, territorio de La Quina. Los simpatizantes del ex líder petrolero recibieron al presidente de manera violenta. Camacho medió y solucionó el asunto.
     A partir de entonces, el presidente De la Madrid echó mano de Camacho para enfrentar conflictos. Tomó las riendas de las negociaciones en la Ciudad de México a raíz del temblor de 1985, después de que los priistas tradicionales se mostraron incapaces de negociar con los movimientos sociales de la ciudad. Medió en el conflicto universitario de 1986. Fue el negociador de Salinas en las jornadas posteriores a la elección del 88. Como regente del Distrito Federal negoció con los maestros, quienes hicieron un plantón multitudinario en el Zócalo. Negoció con los comerciantes ambulantes, con los comerciantes de Tepito, negoció una reforma con la oposición.
     Cuando estalló el conflicto en Chiapas, mientras fungía como recién estrenado secretario de Relaciones y después de que había estado a punto de romper con el sistema por el nombramiento de Colosio, el hábito negociador lo capturó de nuevo. Era tan fuerte que el equipo de Camacho inmediatamente se puso a elaborar un análisis del conflicto y las soluciones posibles. En poco más de una semana, convenció a Salinas de que la única salida era la negociación, de la que él se hizo cargo.
     Dice Ignacio Marván, colaborador cercano de Camacho Solís, que la fuerza negociadora de Camacho descansaba en algo muy sencillo. A diferencia de otros priistas, Camacho sabía que los conflictos eran reales, que requerían soluciones reales. Camacho, dice Marván, se había formado en los nudos del sistema y podía solucionarlos… hasta que el sistema le quitó su apoyo.
     Una imagen de la poca fuerza reconciliadora que tiene ahora quedó en evidencia en aquella última visita a Chiapas, el 9 de abril pasado, aniversario de la firma de los acuerdos de San Andrés. Entrando al hotel Diego de Mazariegos, inmediatamente se organizó la conferencia de prensa y Camacho hizo un llamado a las fuerzas políticas del país para que se reactivara el diálogo con los zapatistas. Esa mañana mandó una copia de su discurso a los candidatos del PRD y el PAN pidiendo que se le unieran en un programa que incluía la reactivación del diálogo, el control del ejército y el establecimiento de las garantías para los comicios. Al final su propuesta no tuvo mucho eco. Busqué a Luis H. Álvarez, para saber qué opinión tenían los partidos de oposición sobre Camacho. ¿Era cierta esta capacidad mediadora y de diálogo? Álvarez fue presidente del PAN cuando la elección de 1988. Sabía además que su esposa había sido testigo de la boda de Camacho en 1996. El senador me recibió en sus oficinas. Me sorprendió que don Luis se expresara en forma tan negativa y lacónica sobre Camacho, a quien no le concedió ningún papel en las negociaciones postelectorales del 88. "Camacho, dijo, sólo trataba de convencernos del triunfo de Salinas". (Camacho, en cambio, dice que él fue quien promovió dentro del gabinete que se declarara el fin del régimen de partido único, entre otras cosas.)
     Busqué a Demetrio Sodi de la Tijera, ex priísta, miembro de la Asamblea Legislativa durante la segunda mitad del periodo camachista en el D.F., quien se pasó al PRD y promovió la reforma política del Distrito Federal. Sodi dijo que no dudaba de las aspiraciones democráticas de Camacho. "Yo creo que siempre estuvo de acuerdo con la reforma política del Distrito Federal, pero se movía dentro de los márgenes que le permitía el sistema".
     Después del descalabro electoral del 88, cuando la izquierda ganó la ciudad, Salinas ofreció una reforma al Distrito Federal (y nacional). Pero el compromiso se fue diluyendo conforme el presidente se legitimaba. Después de las elecciones de medio periodo de 1991, cuando el PRI ganó terreno electoral, la reforma política del D.F. se frenó. Algunos sectores del PRI propusieron una reforma de maquillaje. ¿Y Camacho? "Camacho flota, presiona para que se abra algo el sistema, pero ante la cerrazón salinista se alinea totalmente. Por eso hicimos el plebiscito", dijo Sodi. El PAN y el PRI organizaron, en efecto, un plebiscito donde preguntaron a la gente si quería que se eligiera al jefe de gobierno, a los delegados, y si estaba de acuerdo con que el D.F. se convirtiera en el estado 32. Le dije a Sodi que Marván, asesor de Camacho, me había dicho que el gobierno del D.F. había visto secretamente el plebiscito con buenos ojos.
     "Y qué, dijo Sodi, si Camacho estaba de acuerdo con el plebiscito en su fuero interno a quién le importa. La vida pública es pública, y cuando uno actúa públicamente en forma diferente a lo que uno piensa, no sirve de nada".
     ¿Y desde que Camacho rompió con el PRI, podría desempeñar un papel relevante como catalizador de la oposición?
     "Una cosa es hablar con la oposición y otra es tener la confianza de la oposición", dijo Sodi. "Yo creo que Camacho no es un buen intermediario. Para hablar con el PAN, no necesitamos de nadie".Había una enorme esperanza sobre el papel que Camacho podría desempeñar en el debate presidencial de finales de abril. Camacho había dicho que le daría una sorpresa a Labastida y todo el mundo especulaba sobre si iba a declinar a favor del PAN. Después de todo, el PRD y el PCD ya habían negociado en el D.F. Marcelo Ebrard, candidato del PCD a la jefatura de gobierno, declinó en favor de Manuel López Obrador. A cambio consiguieron la candidatura de Marván al Senado y otras diputaciones en la lista del PCD. Ese día en la tarde, Ebrard negó que ahora el PCD declinara en el ámbito nacional en favor del PAN, en parte por la desconfianza que les daban Vicente Fox y el papel del PAN en destrabar el asunto del rescate bancario.
     Ebrard, en cambio, estaba realmente optimista por el debate y lo veía como una oportunidad de aumentar sustancialmente el reconocimiento público de su candidato. Hablamos de la alianza opositora que se propuso desde mediados de 1999, del papel de Camacho en la formación de un programa común, y de la gran oportunidad perdida para derrotar al régimen cuando los dos partidos grandes decidieron no ir juntos. La apuesta del PCD por la alianza había sido tan grande que cuando la alianza no se formó el pcd tuvo que plantearse de qué manera, con su propio esfuerzo, podría seguir por el camino de derrotar al PRI y precipitar las reformas necesarias.
     Que horas más tarde a esta conversación Camacho haya decidido comenzar el debate atacando a Labastida, responde a esta estrategia. "Dudaba si me iba a ir por una línea de reconciliación nacional", dijo Camacho unos días después, "y decir por qué estaba en la política (que era lo que tenía ganas de hacer), pero pensé que le iba a quitar votos a la oposición y le iba a ser funcional al PRI. Preferí demostrar que Labastida no tenía agallas".
     La estrategia fue poco menos que desastrosa. En la sala de prensa del World Trade Center, los periodistas allí reunidos abucheaban y se reían de la imagen de Camacho en la televisión (la única forma de ver el debate). Y mientras el equipo de Democracia Social, por ejemplo, se paseaba triunfalmente por los salones del centro de convenciones, el equipo de Camacho desapareció de la sala al final del evento.
     Se reunieron en el restaurante Hoyo 19. Cuando entré, Manuel Camacho hijo, quien ha estado al lado de su padre durante toda la campaña, se acercó para preguntarme cómo había visto el debate. Di una respuesta de compromiso. Más bien quería saber cómo se sentía todo el equipo, un pequeño grupo de convencidos. El ambiente era más bien sombrío. Hablé con David Gaxiola, el encargado de prensa, y con el coordinador de la campaña, Héctor Antuñano. Ambos me dijeron que se sentían bien, muy bien. No les creí.
     Camacho se preparó para la entrevista con Joaquín López Dóriga. Se sentó frente a una cámara y el ayudante del camarógrafo encendió las luces, esperando el enlace. Un reportero borracho se fue a colocar junto al candidato, para escuchar de cerca lo que iba a decir. Lo corrieron de la escena. Finalmente vino la comunicación y Camacho subrayó su papel en la exposición de las mentiras de Labastida. Daba más bien una imagen de resentimiento gigantesco.
      
     Días después, en la sede del partido, Camacho dijo que la semana posterior al debate fue difícil de transitar. No sabía si había cometido o no un error. "Pero yo creo que logramos, dijo, bajar la figura de Labastida. Logramos que se provocara una crisis y que tuviera que recurrir al viejo PRI para apuntalar su campaña".
     Estaba en un tono más bien reflexivo. Al principio de nuestras entrevistas había dicho que me iba a dar algunas explicaciones de su comportamiento pasado. Llegué a esa última entrevista, el 5 de mayo, pensando si aquella declaración no iba a ser como la sorpresa a Labastida, que prometió más de lo que cumplió. Aparentemente no fue así. A propósito de otra cuestión que estábamos examinando, comenzó a decir que la gente le ha preguntado mil veces por qué no se postuló en el 94. Dijo que entonces se dio cuenta de que su candidatura podía provocar una crisis económica. La prueba de ello es que un año después, en una reunión con banqueros de Nueva York, le revelaron que existía un plan para forzar la devaluación. Hubiera sido terrible, encima de todo le habrían echado la culpa de eso. "Pero viendo las cosas con honestidad, me dijo, yo creo que el error no estuvo en no lanzar mi candidatura en 94, o alinearme con el PRI. El error lo cometí en noviembre de 93, cuando Salinas nombró a Colosio. Debí haberme ido a mi casa y decirles adiós. No quise tomar esa decisión porque pensé, en parte, que eso es lo que quería Salinas".
     Seguramente el devenir político de Camacho hubiera cambiado con ese acto de congruencia. Ahora, aislado, con una intención de voto del 0.5% y declarado el gran perdedor del debate, no le queda más que apechugar.
     ¿Qué quiere hacer en el futuro? Consolidar el partido, no dejar tirada a la gente que ha creído en su proyecto.
     ¿Y qué ha ganado?
     "Por lo menos ya no se meten conmigo, dijo Camacho, y eso es una ganancia enorme". –