Manuel Ponce

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Manuel Ponce ocupa un lugar destacado en la poesía mexicana del siglo xx. La principal virtud que destaca Zaid en este ensayo bio-bibliográfico es su capacidad, rara en un poeta religioso, de originalidad formal, estética y moral.
Hace medio siglo, Editorial Jus publicó dos libros notables en la historia de la poesía mexicana: Subordinaciones de Carlos Pellicer (1949) y El jardín increíble de Manuel Ponce (1950). Cada uno siguió su propia órbita, pero exactamente a los cincuenta años vuelven a coincidir en la segunda edición: Subordinaciones en 1999 (Fondo de Cultura Económica) y El jardín increíble en el 2000 (nuevamente en Jus). Además de esta curiosa coincidencia, se puede señalar otra: el tratamiento religioso de la naturaleza. En la selva de Pellicer, lo natural se vuelve connatural; recuerda la fraternidad de San Francisco con todas las criaturas:

Cuando a un árbol le doy la rama de mi mano
siento la conexión y lo que se destila
en el alma cuando alguien está junto a un hermano.
En el jardín de Ponce, lo natural se vuelve sobrenatural. Recuerda a los místicos arrobados por el trino de un pájaro entre los árboles:
Nos ha traído una muerte lejana
a este puro silencio de bosque partido,
en el canto de ayer que se delata en nido,
en el silente nido que cantará mañana.

Callamos por la luz que se rebana,
por la hoja que se ha distraído
y cae. Yo estoy herido
de muerte, una muerte venial y liviana.

El jardín increíble reaparece en la colección de Clásicos Cristianos, con dos buenos textos de presentación: "La teofanía en El jardín increíble" de Javier Sicilia, compilador (con Jorge González de León) de la Poesía 1940-1984; y "Poesía y revelación" de María Teresa Perdomo, autora de La poesía de Manuel Ponce, libro que recoge mucha información y entra acertadamente a lo más difícil de todo: el análisis literario de los poemas.
     Ponce nació en Tanhuato, Michoacán, el 15 de febrero de 1913 y murió en la ciudad de México el 5 de febrero de 1994. Como Pellicer, no le daba importancia a las fechas exactas. Tardíamente, se me ocurrió buscar el acta de nacimiento (que no existe) y la partida de bautismo (que acabo de obtener, gracias a la eficacia de la parroquia de Tanhuato, que me dio el servicio por correo, con una simple llamada telefónica), porque la Academia Mexicana de la Lengua prepara un libro de Semblanzas de académicos para su aniversario 125 y, al encargarme la de Ponce, me entregó su currículo, que discrepaba de la información que él me había dado sobre su nacimiento (y no objetó cuando la publiqué).
     A continuación, corrijo errores. Nació el 15, no el 19. Le pusieron J. Manuel Salvador. Sus padres fueron Lorenzo Ponce y María Josefa Zavala. Sus padrinos, Manuel Cerrato y María Hernández Martínez, no el párroco del lugar, José C. Figueroa, que él recordaba como padrino (y quizá lo fue de confirmación, o de primera comunión, o simplemente de protección al niño huérfano). Entró a los once años, no a los trece, al Seminario de Morelia, según los registros escolares que fue a ver la doctora Perdomo. Ella también verificó que la fecha de ordenación fue el 15 de noviembre de 1936, no el 8 de diciembre (aunque esta fecha figura en el folleto Bodas de oro sacerdotales, Libros de México, 1987). Pero la discrepancia en este caso se explica, porque se trata de dos liturgias distintas: la ordenación y la primera misa o cantamisa, poco después.
     Lejanamente emparentado con el músico del mismo nombre, fue el segundo de tres hijos (Adolfo, Manuel, Olivia) de una familia de Puruándiro que, estando de visita en Tanhuato, donde el párroco era su pariente (y se volvió el modelo del niño) tuvo que prolongar su estancia por el cuartelazo del 9 de febrero, inicio de la Decena Trágica. Su padre era comerciante en semillas (quizá llegó a Tanhuato de negocios) y murió en 1918. Su madre lo interna en el Seminario de Morelia en 1924. En 1934, por la persecución religiosa, sale con sus maestros (entre ellos, el poeta Francisco Alday) hacia un refugio clandestino en León, Guanajuato. Recibe la ordenación en Morelia sigilosamente, no en la catedral, que hubiera sido lo normal, sino en la capilla de San José, de manos de otro poeta michoacano: Luis María Martínez, entonces obispo auxiliar de Morelia y luego arzobispo de México y académico de la lengua. (En 1950, todavía quedaban polvos de la persecución: monseñor Martínez tuvo la osadía de presentarse a una sesión solemne de la Academia en el Palacio de las Bellas Artes vestido de arzobispo, por lo cual su colega Martín Luis Guzmán le recordó el artículo 130 de la Constitución y armó un escándalo, contado por él mismo en su sabroso libro sobre la Academia, Compañía General de Ediciones, 1959.)
     Pero el joven poeta y sacerdote no se fue del seminario: se quedó como profesor de literatura 25 años más. En esa larga etapa de claustro (1924-1961), hace vida de estudio y oración, vida de libros y de amor "en fórmulas abstractas", como dice el irónico "Romance a lo Divino". Así, casi en secreto provinciano, lejos del Pío Latino, del Instituto Católico de París, de la Universidad de Notre Dame, un profesor enamorado de Dios escribe algunos de los mejores poemas de la poesía católica moderna.
     Gabriel Méndez Plancarte (también sacerdote, michoacano, poeta y miembro de la Academia) celebró su poesía juvenil en la revista Ábside, donde publicó "Ocho poemas inéditos" de un "artista original y profundo" (enero de 1939). Además, publicó su primer cuaderno poético, Ciclo de vírgenes (1940), que fue muy bien recibido entre los escritores de Taller, Tierra Nueva y Romance: páginas dedicadas al libro; cena homenaje de León Felipe, José Moreno Villa, Alí Chumacero y otros, con palabras de Octavio Paz; artículos elogiosos de José Luis Martínez y Adolfo Sánchez Vázquez; publicación de poemas suyos en Letras de México y El Hijo Pródigo. Y se comprende: no era común que un sacerdote escribiera poesía de vanguardia. Como dijo Cyril Conolly en The Modern Movement: "Fuera de Hopkins, los escritores católicos casi nunca experimentan."
     Después de este cuaderno, publica otros dos, también Bajo el Signo de Ábside: Quadragenario y segunda pasión (1942) y Misterios para cantar bajo los álamos (1947), este último con jaicús a lo
     divino que llamaron mucho la atención. En 1944, funda la revista literaria Trento, que dirige hasta el último número en 1968. En 1969, deja Morelia para residir en México y hacerse cargo de la Comisión Nacional de Arte Sacro, órgano del episcopado mexicano, cuya fundación promovió y de la cual fue secretario hasta su muerte. Organizó la publicación del libro Il barocco del Messico (Jaca Book, Milán,  1991) y la celebración del Primer Simposio Internacional de Arte Sacro en México (1992). Por sus trabajos en favor del arte sacro, Juan Pablo II, al formar la Comisión Pontificia para la Guarda y Fomento del Arte y de la Historia, lo nombró consultor (1991); y en mayo de 1992 le concedió el título honorífico de Capellán del Papa, con la prerrogativa (que no usó) de ser llamado monseñor.
     En 1962, publicó Cristo (recital poético, 1959), María (recital poético, 1961) y en 1968, Elegías y teofanías, ambos en Editorial Jus. El 14 de octubre de 1977 ocupó la silla XIV de la Academia Mexicana de la Lengua con un discurso sobre La elocuencia sagrada en México, respondido por Alí Chumacero (ambos publicados por la Academia en sus Memorias, tomo XXIV, pp. 138-157 y también como opúsculo, 1977).
     Leyó mucha poesía en español, francés, italiano y latín. Siendo seminarista, leyó a Góngora (para saber de qué se trataba, porque lo acusaban de gongorino) y luego a los poetas españoles seguidores de Góngora, especialmente Rafael Alberti (cuyo libro Sobre los ángeles influye en Ciclo de vírgenes) y Gerardo Diego (cuya musicalidad igualó). Leía poco el inglés, y se enteró muy tarde de Gerard Manley Hopkins, con el cual tuvo paralelismos. Sacerdotes, poetas, innovadores, cuya originalidad les ganó incomprensiones del medio religioso y admiración del medio literario; que estuvieron dispuestos a sacrificar su vocación poética a su vocación sacerdotal; que se interesaron en la música hasta intentar la composición; que llevaron al verso su interés musical, con invenciones de una música refinada y difícil; que inventaron cosas todavía más difíciles: nuevos sentimientos religiosos, un frisson nouveau donde menos se esperaría. En sus mejores poemas, las ideas, los temas, los sentimientos, el vocabulario, la adjetivación, las imágenes, la métrica, rompen las convenciones de la poesía religiosa: inventan su propia forma de religiosidad poética, renuevan el lenguaje poético de la experiencia de Dios.
     El jardín increíble, que ahora se reedita, es su libro principal. Aquí despliega con mayor audacia y extensión las revelaciones de sus primeros cuadernos. Un lenguaje inusitado para expresar lo religioso. Una experimentación técnica que no se queda en las búsquedas interesantes, sino que culmina en formas de admirable belleza. Una maestría renovadora de los metros tradicionales y de los menos frecuentados (el verso blanco, el eneasílabo, el endecasílabo agudo). Un oído de compositor de música de cámara. Metáforas audaces. Sentido del humor y del juego. Una sorprendente originalidad moral, religiosa y artística.
     Fue antologado en La poesía mexicana moderna de Antonio Castro Leal (FCE, 1953); Antología mexicana de poesía religiosa. Siglo veinte de Carlos González Salas (Jus, 1960); Anuario de la poesía mexicana 1961 de Porfirio Martínez Peñaloza (INBA, 1962); Mil y un sonetos mexicanos, del siglo XVI al XX de Salvador Novo (Porrúa, 1963); La poesía mexicana del siglo XX de Carlos Monsiváis (Empresas Editoriales, 1966); Jardín moreliano de poetas de Ramón López Lara, Agustín García A. y Porfirio Martínez Peñaloza (Balsal, Morelia,  1970); Ómnibus de poesía mexicana de Gabriel Zaid (Siglo XXI, 1971); Museo poético de Salvador Elizondo (UNAM, 1974); Flor y canto de poesía guadalupana. Siglo XX de Joaquín Antonio Peñalosa (Jus, 1984); Breve historia y antología del haikú en la lírica mexicana de Ty Hadman (Domés, 1987); La rosa de los vientos. Antología de poesía mexicana actual de Francisco Serrano (Conaculta, 1992); Poesía religiosa mexicana. Siglo XX de Jorge Eugenio Ortiz Gallegos (Lajas de Papel, 1998); Poesía en segundos de Víctor Manuel Mendiola (Cal y Arena, 2000).
     En 1980, publiqué una Antología poética de su obra (Letras Mexicanas del FCE, reeditada en Lecturas Mexicanas del Conaculta en 1991). En 1982, apareció Manuel Ponce, antología de Jorge González de León y Javier Sicilia (UNAM, Material de Lectura). En 1987, Some of my poems con traducciones y presentación de María-Luisa Rodríguez Lee (Pittsburgh, Latin American Literary Review). En 1988, Poesía 1940-1984, edición preparada por Javier Sicilia y Jorge González de León (UNAM). Ese mismo año, también en la UNAM, la colección Voz Viva de México publicó el disco Manuel Ponce, donde lee sus poemas, presentados por Vicente Quirarte. En 1993, Fernando Díaz de Urdanivia editó un disco de Poesía religiosa (Editart) con cuatro "Misterios" cantados por Margarita Pruneda, con música de Leonardo Velázquez. En 1994, María Teresa Perdomo publicó La poesía de Manuel Ponce con prólogo de Alejandro Avilés (Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo) y Tarsicio Herrera Zapién, Dos patriarcas sonrientes: Mons. Manuel Ponce y Mons. Octaviano Valdés (Obra Nacional de la Buena Prensa).
     Solitario, pero siempre cordial; contemplativo (y hasta con algo de poeta despistado), pero lleno de iniciativas de servicio; cumplía con sus funciones pastorales (fue párroco más de una vez), pero le daba especial importancia a la revelación de Dios en el arte. Tocaba el piano y compuso algunas sonatas que prefirió no publicar. Organizó en Morelia el Instituto Arca (Arte y Caridad) con talleres de poesía, música y pintura; y en la ciudad de México una Casa de la Poesía. Promovió que el arte moderno entrara a la vida religiosa y defendió el antiguo de la incuria oficial y parroquial. Parecía tener la fe religiosa expresada por Dostoyevski: La belleza salvará el mundo. –

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