“Mátenlos a todos”

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Algo extraño sucede en Ecatepec. En menos de medio año, a su presidente municipal, Agustín Hernández Pastrana, se lo descubre ganando 45,000 dólares de salario mensual y a su hija la aprehenden por vínculos con un fraude. Su obispo trata de madrugarse al Vaticano, asegurando que el acto en el que Juan Pablo II oficiará la misa de canonización de Juan Diego se celebrará en los terrenos de Sosa-Texcoco, cuyo terregal sería convertido en un Versalles para tan gloriosa ocasión, y hace pocas semanas amenaza a todo el pueblo de Santa Clara con la excomunión por no querer al sacerdote local que niega la existencia de —nada menos— Santa Clara, en este caso Clara Zúñiga y Ontiveros, una nieta de Moctezuma Xocoyotzin. "Aquí sólo mis chicharrones truenan", dijo, florido, el obispo Onésimo, y cerró la parroquia local hasta que los levantiscos pobladores le pidan perdón frente a los medios.
     No sé si estas actitudes de las autoridades civiles y eclesiásticas de Ecatepec sienten un precedente o sólo son el clima picaresco para lo que ocurrió el lunes 6 de mayo. José Luis Nieto Dávila, un mecánico de 54 años, sale al mediodía a la calle de Clavel en la colonia Los Bordos y la encuentra bloqueada por unos niños de entre tres y cinco años que rinden honores a la bandera. Todo indica que Nieto tenía un año peleando con la directora de la escuela, Socorro Bribiesca, para que lo dejaran pasar —incluso se habían dividido la calle con una rayita amarilla. El mecánico pensaba que las actividades extraaulas —y no la desaceleración y los recortes de Hacienda— le habían mermado su economía y que necesitaba entregar la Pick-up que conducía para que le pagaran 200 pesos por el cambio de una bomba de agua. Todo indica, también, que la directora no tenía con él una actitud de buena vecina y que le guardaba una mezcla de rencor y temor: Nieto había intentado pasar sus autos en medio de festivales y se sabía que él y sus hijos, estudiantes del Poli, estaban armados. Así que ambos personajes, el mecánico y la directora, se encontraron de nuevo a las doce y media del día. Nieto salió a avisarles a unos niños distraídos y a unas maestras que cantaban "al sonoro rugir del camión", que contaría hasta tres. Se subió a la camioneta, contó, y se persignó. Tomó vuelo y arrolló a los niños. Así… Luego trató de huir a pie y fue detenido en la esquina de Avenida San Andrés de las Cañadas. El resultado, hasta hoy, es que hay dos niños muertos, Adriana de cinco años y Rodrigo de tres, y 22 heridos, entre ellos la directora y dos madres de familia, y que al kínder "Gabriela Mistral" los niños ya no quieren ir, y que hay daños psicológicos insondables. Nieto se va cincuenta años a la prisión de Chiconautla. Probablemente allí morirá.
     Una de las personas asistentes grababa en video la ceremonia escolar. La paralizante sorpresa le permitió grabar también lo que siguió. La televisión transmitió la forma en que una de las mujeres se arqueaba con el contorno de la defensa y terminaba debajo de las llantas, la dirección que los niños tomaban en el aire, los gritos y el llanto de los demás. Después oímos al autor del crimen: "Desde hace más de cinco meses se me está agrediendo, porque no me dejan paso a mi casa, porque en la otra calle se hizo un relleno. Llegamos a un acuerdo para que me dejaran media calle, pero no lo respetaron, y si no entran carros a mi taller, yo me quedo sin trabajo. Los maestros tienen más la culpa por poner a los niños de escudo y yo por mi necedad de pasar. Trabajo solo, entonces nunca recibo más de lo que puedo atender y ahora ya no tengo ni para comer; el día de ayer amanecí sin un quinto." Lo que siguió es la cascada de ineficiencias: los medios descubren que existía una calle que, aunque sin pavimentar, puede ser utilizada como salida, que las autoridades tenían ocho denuncias contra el mecánico, que para poner un kínder no se necesitan permisos porque los diputados no han aprobado la iniciativa que lo haga obligatorio. La escena que cierra el ciclo aparecerá en el Canal 40: el presidente municipal Hernández Pastrana pasa a la colonia Los Bordos y, de su cartera, reparte billetes a los deudos y a quien tenga algún problema con que él sea el funcionario público mejor pagado del país.
     Alrededor del caso —además de que los municipios vecinos, Tultitlán y Atizapán, tengan pícaras autoridades que se pagan películas de acción con el erario público, o sean consignadas por homicidio de una regidora que había descubierto que mantenían pistas de aterrizaje del narcotráfico— hay también ceguera. El mecánico, desesperado por llegar a cobrar, valora, de pronto, más una bomba de agua que a unos niños; valora más ganarle esa partida, de una vez por todas, a la desdeñosa directora del kínder, que la vida de unos niños; cree —quizás— que si logra correr tan rápido como el Chapo Guzmán o Rogelio Montemayor, su crimen quedará impune o, acaso, que se trata de una acción final: me voy a la cárcel, pero el kínder cierra. Todo está por encima de los niños, literalmente por encima. Lo que aterra es que el mecánico encontró su crimen justificable, y no pocos comunicadores equipararon la acción con sus deseos más íntimos de pasar por encima de manifestantes, ambulantes, limpiaparabrisas, conductores de peseros, valet-parkings de la vía pública. "Alguien sobra", es la idea atrás de esto. Y hay que hacer algo como, por ejemplo, "matarlos a todos", la propuesta que el ciego tiene para acabar con los jóvenes delincuentes en Los olvidados, de Buñuel. De "la privatización de las calles" se quejaba algún otro columnista, no tan valiente para criticar las otras privatizaciones. En una sobremesa de mayo, me ocurrió algo similar:
     —Es que hay veces que pierdes el control. Deberían permitir un día de venganza —escupió el cerebro de un amigo a quien creí conocer desde hace veinte años. De pronto, se había convertido en el mecánico Nieto. Tenía la mirada desbocada y también problemas de dinero.
     Esa tarde insistí en pagarle la cuenta. Cuando me ofreció un aventón, casi llamo a un policía. Pero no había ninguno cerca. ~


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