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Durante un tiempo Proust dio en asistir, por las noches, dado que el maestro dormía de 8 de la mañana a las 3 de la tarde, al café Weber, un café cuyos parroquianos eran en su mayoría antidreyfusistas (protofascistas antisemitas contrarios a reivindicar al capitán judío Alfred Dreyfus). Proust era dreyfusista militante, pero su extrema sociabilidad lo hacía respetuoso de todas las opiniones. A ese café asistían, entre otros, el escritor León Daudet, célebre entonces, hoy olvidado, y, a veces, caía por ahí el gran Debussy. Debussy juzgó a Proust “delicado y preciosista, pero tiene algo de vieja”, juicio poco amable, pero con esa puntería característica de los juicios de Debussy. Las relaciones entre estos dos maestros del refinamiento de fin de siglo no eran todo lo buenas que hubiera sido deseable debido a que Reynaldo Hahn, músico también y amante de Proust, tenía concepciones opuestas a las de Debussy en el punto sensible de lo que debía ser la música. Esa rivalidad poco a poco había logrado que los dos músicos se aborrecieran.
     Hahn compuso música escuchable, sobre todo canciones y piezas para piano, pero frente a la monstruosa genialidad del maestro Debussy, no tiene nada qué hacer. Proust, claro, admiraba de lejos a Debussy (sobre todo a partir de su ópera Pelléas et Mélisande), pese al clacisismo algo trasnochado de Hahn, y trataba de aproximarse a él.
     Pero vayamos al incidente. Una noche de verano, con el pesado abrigo que usaba lo mismo en invierno que en verano, intensamente pálido, con ojos brillantes y con su elaborada cortesía siempre a mano, Proust entró al café y púsose a conversar con Monsieur Daudet. Entonces el Marqués de Lagrenée, diplomático retirado y feroz duelista, que estaba sentado en una mesa cercana vociferó: “Fuera de aquí, viejo dreyfusista”, y Proust creyó que estas palabras iban dirigidas hacia él.
     La pregunta es ¿cómo reaccionó Proust ante este insulto? ¿Qué sería de esperar del snob exquisito, delicado y asmático?
     Pues no, Proust fue arrebatado de ira incontenible al ver maculado su honor y ahí mismo encargó a Daudet y a Robert de Flers, presentes, que acudieran a la mesa del Marqués y le exigieran disculpas, y si no las ofrecía, que lo desafiaran a batirse con él. Pálido y temblando de rabia, Proust repetía: “Cree que le tengo miedo porque sabe manejar la espada. Y no, no le tengo miedo, no señor.”
     —Es maravilloso —al oír a los padrinos, el Marqués, alzando con entusiasmo sus hábiles manos de duelista, exclamó —su amigo Monsieur Proust debe ser una persona encantadora.
     Y procedió a explicar que en sus expansiones no se había referido en ningún momento a Proust. “Es un verdadero placer conocer a un joven que sabe defender su dignidad”, confesó al retirarse el Marqués.
     Está bien averiguada esta imprevista belicosidad de Proust. En otra ocasión, por ejemplo, retó a duelo, y se batió con serenidad y valentía. Fue en respuesta a una ofensa de Jean Lorrain, también escritor. Lorrain, alto, corpulento, bofo, maquillado, era gay de clóset, aunque notorio, dado a la peligrosa infamia de ocultarse acusando a otros de ser, como entonces se decía, “invertidos”. No era a Proust a quien Lorrain daba caza, sino a su amigo Montesquiou (modelo de Charlus en la novela de Proust y del refinadísimo esteta de Contranatura de Huysmans) y a quien Lorrain creía, erróneamente, amante de Proust. Y en este sentido, Lorrain sugirió de Proust en una reseña que era “uno de esos niños bonitos de la alta sociedad que han logrado quedar embarazados de literatura”. Y terminaba acusando de homosexualidad a Proust y a Lucien Daudet, hijo de León. Proust retó a duelo y, siempre snob, aprovechó para elegir padrinos encumbrados.
     Lo más probable es que ambos duelistas hayan disparado al aire, ya que estaba mal visto que en los duelos a pistola se diera en el blanco.
     Un gay acusa a otro gay de ser gay. Y ambos se baten a duelo. Qué época. Así como las notas del Quijote son tan interesantes como la novela magistral, la vida de Proust es tan fascinante como En busca del tiempo perdido. Sobre todo en la deliciosa biografía de George D. Pinter, en dos volúmenes (Alianza, 354-355). –

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