Poesía: Contra el sopor

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Poesía sonora, poesía acción, poesía slam son térmnios con los que no estamos muy familiarizados. Pero en Londres, París o Chicago se usan y ponen en práctica desde hace décadas. Se trata de sacar la poesía de los libros y presentarla de manera activa, entretenida, ágil, en lecturas o performances frente a un público participativo y numeroso. Pensemos en nuestros recitales, sesiones generalmente soporíferas incluso para quien las protagoniza. Sin poder alguno de convocatoria, sin entusiasmo por parte de los participantes y sin imaginación por parte de los organizadores, nuestras lecturas de poesía han venido a ser un punto más de reunión para los cinco amigos de siempre cuya autoindulgencia sólo se puede pasar con muchas copas de vino chirle.
     Pienso que a nuestras lecturas les hace falta una buena dosis de Control Machete, por decirlo así. No sólo para granjearnos más lectores, sino para que el hecho mismo de la poesía cobre (o recobre) el placer original de escucharla. No es necesario que la temática sea vivaz, por favor, pero sí que la lectura sea vivificante. Pero somos solemnes, en el Conaculta nos dicen maestros, nos presentan con abultados currículos que sólo narran nuestras miserias locales, nos becan y nos la creemos, nos reseñamos con lambisconería y presentamos nuestros libros con idem, y a la hora de leer en público limpiamos la garganta con estudiado trago de agua, engolamos la voz y decimos: "Antes que nada, quiero agradecer al Centro Cultural…"
     En poesía no hay que hablar de usted jamás. Traslademos nuestras ruidosas tertulias y convivios (con todo y sus aderezos musicales y sus paraísos artificiales) a esos foros asépticos y vacíos antes de que matemos de aburrición incluso a nuestras mamás. –