Por un cine sin escapatoria

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Ser aficionado al cine de terror se acerca al tormento. Pero no al que podría implicar sentarse frente a la proyección de alguna obra maestra del género. Ese sufrimiento sería bienvenido. El martirio por el que atraviesa cualquier fanático es, precisamente, la falta de tortura. Retratar el mal en la pantalla grande se ha convertido, con el paso de los años, en una labor casi imposible. Los que disfrutamos del buen cine de terror asistimos a las salas de cine esperando sólo un sobresalto, un buen susto, algo —un sonido, una imagen— que nos invite a seguir el reflejo de cerrar los ojos. Dos horas después, el resultado es, invariablemente, una decepción: me apena confesar que han pasado años desde la última vez que una cinta de terror logró estremecerme. Supongo que no soy el único.
     ¿En dónde radica la dificultad de retratar el mal en el cine? La pregunta ha sido motivo de innumerables charlas de café acompañadas del último ejemplar de Fangoria, la gran revista del gore. La respuesta es, quizá, la necesidad imperiosa de la industria cinematográfica de llevar todo a buen término, de asegurar el triunfo del bien sobre el mal. Nada hay peor, para quien gusta del cine de terror, que la victoria del bien. Nadie que se precie de disfrutar el género quiere, en realidad, que triunfen los buenos, los que no traen el largo machete, los que no tienen cuchillos por dedos ni vomitan tras un giro de cabeza. Pero siempre termina siendo lo mismo: la dama en peligro logra escapar, el muchacho que milagrosamente sobrevive alcanza a derrotar al enemigo, y los espectadores, al menos los que de verdad apreciamos el género, salimos de la sala habiendo tragado, una vez más, la fórmula de siempre.
     Hay, al fin y al cabo, una absoluta falta de compromiso con la realidad. En verdad no es mucho pedir: bien valdría la pena seguir las leyes de la lógica. Con tal de redondear la fórmula narrativa, los villanos del cine de terror pasan de ser genios invencibles a oligofrénicos absurdos. Pensemos, por ejemplo, en el “organismo perfecto” de Alien, de Ridley Scott. ¿En qué oblonga cabeza cabe descender lentamente de aquel metálico escondite, dando, así, la oportunidad de venganza a la temblorosa teniente Ripley? Si la lógica hubiera ganado, el dentado animalazo debió haber terminado, no con seis, sino con los siete tripulantes del Nostromo. Pero no: el final feliz, o al menos esperanzador, tenía que imperar.
     Por eso se agradece el cine de Michael Haneke. Basta recordar Funny Games. Ahí sí que no hay duda: los malos ganarán; pase lo que pase, se saldrán con la suya. La pequeña familia alemana no tiene salida: el plan de los dos dementes de guantes blancos es perfecto y el desenlace seguro. Nadie llegará a salvar a los angustiados padres ni al aterrado niño; ningún vecino providencial aparecerá de la nada; ninguna llamada milagrosa salvará la tarde. Ésa, por desgracia, es la auténtica naturaleza del mal: generalmente, la vileza logra su cometido y, a veces, lo hace sólo porque sí, sin buscar recompensa alguna. Una mente retorcida siempre será más astuta que una con los cables bien conectados. Y eso es lo que el cine de terror merecería: un paseo por los engranes verdaderos de la maldad. Porque en la vida real no hay escapatoria, y eso es lo que resulta, a final de cuentas, realmente aterrador. ~

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