¿Porqué Argentina es Argentina?

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Sería una excelente noticia para los argentinos saber que su país está en crisis. Las crisis son movimientos conflictivos cuyo desenlace no está asegurado. Hay crisis de crecimiento como hay crisis que desencadenan fuerzas de aceleración y otras que resisten los cambios. Pero es distinto cuando se habla de decadencia. No quiero decir crisis termi-
nal para no ser patético y porque la palabra terminal no le corresponde decirla a un ser humano, y menos a un argentino.
     Las decadencias son síntomas del fin de un ciclo, sólo que no podemos identificar un ciclo único para ilustrar lo que sucede en la Argentina. Lo que más nos duele a los argentinos es que se nos desprecie. Que se rían de nuestro malestar. Escuchar que nuestro país no tiene importancia en el mundo, que es un pequeño estuche vacío que a nadie importa; que en ee.uu. se lo conoce por ser un refugio para nazis, que en España se diga que los argentinos trabajan poco porque están todo el día en un diván psicoanalítico, que un argentino lo único que reconoce superior es su propio ego, que porque siempre nos creímos ricos hemos terminado por ser pobres, etcétera.
     Todos los estereotipos dicen una verdad, lo triste es cuando sólo queda el estereotipo. Tomaremos distancia respecto de cierto tipo de risa. Además, tenemos experiencia en eso de ser nuevos ricos.
     Dividiré en dos partes este trayecto: un análisis descriptivo y otro conceptual. El descriptivo recorre cuatro momentos constitutivos de lo que considero una genealogía de la crisis argentina. El conceptual se refiere a dos nociones que empleo para aclarar lo que de todos modos resultará siempre oscuro.
      
     Las cuatro crisis
     La crisis y la decadencia argentina tienen cuarenta años. Es a partir de 1960 que en nuestro país se inicia un proceso de destrucción que fue gastando no sólo las reservas, sino también los amortiguadores. Todas las defensas tienen un punto más allá del cual ceden las paredes.
     Dividido este proceso destructivo en sus partes, comienzo por la primera:
     1. De 1958 a 1962 gobernó a la Argentina el último presidente que tenía una idea. Cuando digo idea no quiero decir que se le ocurrió algo, porque, lamentablemente, la clase dirigente argentina está llena de ocurrencias, sino que tuvo una visión. Un gesto de estadista. Propuso y sentó las bases de la última modernización industrial. Atrajo inversiones de la más alta tecnología. Puso en movimiento una economía que se había detenido luego de que Perón se quedara sin recursos. El país desarrolló la siderurgia, la petroquímica, la primera industria de automotores. Frondizi decía que el país granero del mundo estaba terminado. Los capitales y la financiación no se obtendrían más del trigo y de la carne, debido a la caída de los precios relativos. Sostenía que las inversiones extranjeras debían participar del desarrollo económico. No eran factores necesariamente imperiales: podían ganar dinero y al mismo tiempo generar riqueza social. Pretendió que el movimiento popular, el peronismo, participara de esta nueva etapa, que también lo hicieran la Iglesia, los partidos políticos —para empezar, el propio—, la izquierda intelectual, las fuerzas armadas, los sindicatos, todos.
     Bien, Frondizi fue uno de los presidentes más odiados de nuestra historia moderna. Fue condenado como el Gran Judas, el traidor. Se lo echó a patadas y fue encarcelado en una isla. Esto sucedió inmediatamente después de que recibiera al Che Guevara en la Argentina. Fue la gota que derramó el vaso. La Iglesia lo odiaba porque tenía colaboradores judíos e ínfulas de izquierda. El peronismo lo odiaba porque no era Perón. Su propio partido, el radical, porque no respetaba el primer principio ético del partido: no hacer nada. La derecha, porque regalaba nuestras riquezas y por las mismas razones que la Iglesia. La izquierda, porque tenía amigos en la Iglesia y por las mismas razones que la derecha. Los militares, porque no era confiable, y por las mismas razones que la Iglesia, la derecha y la izquierda.
     El lector puede estar sorprendido porque percibe que en el país todo el mundo estaba de acuerdo. Parece que era un buen momento para iniciar una etapa de sólido consenso. Pero no, todo lo contrario, todos estaban contra todos, y todos estaban contra Frondizi.
     Este ciclo termina en 1962 y sella la crisis política. Argentina mostraba que era un país políticamente inviable. Dos años más tarde Brasil emprende una política igual a la de Frondizi, pero con una dictadura militar. Hoy es un país con una poderosa industria.
     2. La segunda crisis es la de 1968. Es la crisis económica. El acontecimiento que la corona se llama El Cordobazo, una gesta popular con el pueblo en las calles que da por terminado el gobierno del general Onganía. Esta gesta es recordada como símbolo patriótico. No lo fue ni dejó de serlo. Posiblemente haya sido un error, aun con sus víctimas. El gobierno de Onganía siguió ciertas líneas de fuerza que había iniciado el gobierno de Frondizi. El país seguía creciendo, pero había conflictos con los sindicatos, cuyos dirigentes se mataban entre sí. Onganía tenía una particularidad: estaba enamorado de Franco, quería ser como él. Parecía una pasión algo anacrónica, pero Argentina no había tenido su Franco, y las fuerzas armadas, con la ayuda de altas y profusas capas de la dirigencia argentina, consideraron que era el momento para fabricarlo. Sus admiradores lo veían como el jefe del Escorial Rosado, por el color de la casa de gobierno. Era muy católico. El Opus Dei llenó de funcionarios los ministerios. Los cursos de cristiandad estaban de moda. La higiene espiritual y urbana se constituyó en cruzada. Tres elementos antisociales fueron perseguidos: los hippies, secta recién brotada en nuestras calles, los judíos, que seguían reproduciéndose, y los ateos, la basura del Occidente nihilista.
     El Cordobazo fue el punto final de un gobierno que no encontraba una forma institucional apta para perpetuarse. La democracia era un veneno que restituía a la demagogia peronista, y un gobierno militar tampoco podía durar una eternidad, pues su legitimidad era molesta nacional e internacionalmente. Las oscilaciones eran permanentes. Una vez desencadenada la revuelta popular, un nuevo golpe de Estado puso en el trono a un nuevo general. Se llamó Lanusse. Quiso reconciliarse con el pueblo, es decir, autorizó el retorno de Perón, proscrito hacía más de diez años. Desde ese momento el país detuvo su marcha económica. Poco tiempo después se inició la destrucción del aparato productivo.
     3. La tercera crisis es moral, y tiene fecha entre 1975 y 1976. El líder popular argentino había vuelto al país. Millones de personas querían recibirlo. A la clase obrera, tradicionalmente peronista, se le unía la clase media intelectual y profesional que quería formar parte de un gran movimiento popular.
     En este momento sí, todo el mundo parecía estar de acuerdo. "¡Viva Perón!" era un solo grito. Pero el peronismo es un movimiento complicado. Es una olla en la que se mete de todo: los nazifascistas, la izquierda guerrillera, el populismo federal o regional, los mitómanos y muchos esnobs que se sentían orgullosos de desfilar con proletarios. Perón era más selectivo. Le sonreía a todo el mundo, daba palmaditas a todas las espaldas, pero su círculo íntimo era compacto y cerrado. Y era el único que tenía un poder efectivo. Me refiero a la esposa de Perón, un ser apolítico y ambicioso, que tenía de padre espiritual al secretario de Perón, un siniestro astrólogo que combinaba de un modo criollo las figuras de Rasputín y Goering.
     Bombas, secuestros y muertes arreciaban en aquellos años setenta. Un país burgués como la Argentina tenía sueños de Cuba. Los chicos de las universidades manejaban armas casi sin balas, sacerdotes y otros cristianos introducían la piedad y la culpa en los análisis políticos, militantes e intelectuales estimulaban el coraje de otros. Todo parecía posible, y lo fue, hasta lo imposible fue real. Pero no es que hubiera llegado al poder la imaginación, sino que llegó el sadismo más vengativo.
     Muerto Perón, y ya desencadenado el terror, el golpe de Estado de 1976 lo institucionalizó. Comenzó el terrorismo de Estado. Una máquina de torturas se instaló en varios lugares del país. Se mató, se violó y se secuestró durante años. Mientras tanto, la mayor parte de la sociedad civil realizó sus tareas cotidianas. Se ganó un mundial de futbol. Muchos fueron al exilio, muchos más consideraron esta etapa como necesaria, y otros sintieron temor y vergüenza.
     Esta es la crisis moral, un golpe, uno de los más fuertes, de la decadencia argentina.
     4. El retorno de la democracia luego de la guerra de Las Malvinas fue esperanzador. Esta ilusión duró tres años, de 1984 a 1987. Luego el gobierno de Alfonsín comenzó a desmoronarse. Las fuerzas militares que eran juzgadas por los tribunales iniciaron un movimiento sedicioso. El gobierno civil no lo pudo controlar. No hubo golpe de Estado, pero el poder oficial se desangró. El poder sindical salió a la calle en doce huelgas generales, ninguna de ellas para defender a la democracia amenazada por siniestros grupos militares. Dificultades financieras y un enorme déficit estatal interrumpieron el pago de los intereses de la deuda externa. Se sumaron factores de disgregación que tornaron al país ingobernable. Alfonsín dio por terminado su mandato antes de tiempo con una incontrolable hiperinflación. Entramos en la década de los noventa.
     Esta cuarta crisis es la crisis social. Los primeros seis años del gobierno de Menem fueron transformadores. Este cambio se hizo con audacia e irresponsabilidad. Se privatizaron las principales empresas públicas, que habían dejado de cumplir hacía años su rol integrador y estratégico para convertirse en nidos de corrupción.
     Desde 1989 el mundo había cambiado. Se lo llamó globalización. Los argentinos no entendieron su significado hasta 1995. La comprensión llegó por una crisis: el efecto tequila de México. No se entendía la razón por la cual un gobierno que había acatado las recetas del neoliberalismo veía caer su economía por los efectos del mismo modelo neoliberal. Luego el sudeste asiático, más tarde Rusia, Brasil. Desde mediados de los noventa los argentinos debimos tomar nota de que éramos parte de un nuevo grupo: los países emergentes.

     A partir de 1997 se detuvo el importante crecimiento económico del país y se inició una crisis social aguda con una desocupación policlasista enorme. Los datos son confusos, pero superó el 20%, con una subocupación del 15%, y ningún seguro de desempleo. ¿Por qué sucedió esto? El reparto de culpas y responsabilidades está en permanente discusión. El crecimiento de la Argentina entre 1991 y 1995 fue el resultado de inversiones que compraron barato los bienes productivos públicos, y la entrada de capitales de corto plazo que aprovecharon las fuertes ganancias financieras de un país que había establecido una nueva moneda —el Plan de Convertibilidad— con el valor del peso equivalente al del dólar, y una inercia inflacionaria de 50% anual.
     Una vez que la tasa de interés se equilibró, los capitales se retiraron, y una vez que cayeron los mercados emergentes de tres continentes, la atracción financiera por nuestro país se esfumó. El dinero vino, se fue y no volvió —por eso se llaman capitales golondrina. El golpe fue tremendo. Argentina había renegociado mediante el Plan Brady su deuda externa, hasta bajarla a sesenta mil millones de dólares. Era el 20% del producto bruto de aquel entonces. Hoy es el 50%. Nuevamente, ¿por qué?
     La deuda externa y el pago de amortización e intereses volvieron prácticamente inviable cualquier proyecto de reactivación de la economía. ¿En qué se usó el dinero? Una buena parte en solventar el déficit de un Estado ineficiente y corrupto, y en nuevos préstamos pedidos a organismos internacionales y, absurdamente, a corporaciones recientemente fundadas que se llevaron los aportes jubilatorios que recaudaba el Estado. Debo seguir hablando de economía porque es en estos términos que se tejen los intereses de los poderes en nuestra era. No entraré en detalles, pero la deuda del 50% del pib, que en un país Europeo es aceptable, no lo es en el nuestro. No somos un país exportador: las exportaciones constituyen menos del 10% del pib. Nuestra moneda está sobrevaluada para evitar la fuga de divisas y la inflación. Los sueldos argentinos respecto de otros países emergentes son mucho más altos, el costo argentino por su régimen cambiario también lo es.
     Por otra parte, Argentina es el único país del continente, además de Uruguay, que tiene una tradición de integración democrática y social que no ha existido en otros mercados emergentes. Las inmigraciones europeas y el peronismo popular de la década de los cincuenta crearon instituciones y una conciencia democrática y social que no se ve en la cultura de castas de otros países de la región. Décadas con una enorme clase media con aspiraciones de bienestar educacional y económico, y una clase obrera con sindicatos fuertes que nunca han dejado de luchar por su cuota de poder, no hacen a la Argentina un país con la modestia y la sumisión necesarias para que las inversiones corporativas multinacionales tengan asegurada una rentabilidad diferencial respecto de sus países de origen.
     Hoy estos antecedentes históricos de una Argentina más rica y feliz constituyen un obstáculo cultural que impide analizar la situación con el realismo necesario para salir del estancamiento y la pobreza. Hay una continua remisión a un pasado mejor, y un ánimo resentido respecto al presente. El futuro no existe.
      
     Dos conceptos
     a) Supresión ética. Argentina no tiene una tradición republicana a la manera de los países nórdicos y protestantes, o de otros países que no son tan nórdicos ni tan protestantes. La integración social de las mayorías se hizo por la vía de la hospitalidad de una población generosa, de las posibilidades de crecimiento de un país joven y rico en suelos, subsuelos y clima, y un aparato estatal y corporativo que tomó decisiones que una democracia parlamentaria soslayaba.
     Argentina no es simplemente un país que recibió contingentes inmigratorios. Fue una situación más extrema. La intensidad del aluvión de extranjeros provocó un shock inmigratorio. Entre 1900 y 1920 cambiaron el idioma y el componente poblacional, de tal modo que en la ciudad de Buenos Aires, nuestra megalópolis, había más extranjeros que nativos. Es casi imposible que un sistema democrático republicano, con voto secreto e individual, más la participación ciudadana, pueda funcionar integradamente en forma irrestricta en un lapso que no sea el de varias generaciones. Los inmigrantes, como todo inmigrante, no saben cuánto tiempo se han de quedar. Es así que el respeto por las minorías y por los derechos del individuo, por su singularidad y diferencia, no es una parte consistente de nuestra idiosincrasia cultural. Se lo debemos a la fresca inmigración y a una oligarquía que de las aristocracias imitó fundamentalmente su parasitismo y su desprecio por lo que llamaban populacho. En cambio, sí es parte bastante consistente un cierto fascismo cultural que tuvo momentos de intensidad en varias ocasiones, y que puede volver a brotar en cualquier momento y oportunidad. No olvidemos que hace pocos años volaron la sede de la Mutual judía y la embajada de Israel, con cien muertos, y esto no sucedió en medio de una consternación, sino más bien de una pasividad general, además de la complicidad de grupos paramilitares argentinos que por supuesto jamás han sido capturados.
     Pero ese es un ejemplo de un fenómeno cultural más vasto que tiene que ver con corrientes nacionalistas y católicas que hicieron de la Argentina la mejor amiga de Franco, y un país simpatizante del Eje. No tuvimos la suerte de España de disolver higiénicamente la tiranía en una sólida Europa. La noción de supresión ética corresponde específicamente a un periodo histórico, pero no queda acotado por él. La caza criminal de "subversivos" fue la última fase de una cruzada moral que se intensificó en tiempos de Onganía y se ejecutó en el Proceso de Reorganización Nacional. El subversivo tiene el lugar y la función del hereje medieval, que no era culpable por sus actos sino por su pensamiento. Más aún, era culpable de ser. Un ser así debe ser eliminado de acuerdo a la preceptiva de una matanza desde el Estado, cuya finalidad trasciende los objetivos comunes de las situaciones de guerra. Se trata de eliminar de la memoria colectiva las huellas de una cultura. De sus creencias, de su visión del mundo, de sus costumbres, de sus formas de sociabilidad. Esto corresponde a una conversión de una identidad política en otra psicológica y cultural que, por ejemplo, Hannah Arendt analizó con lucidez en sus estudios sobre el antisemitismo moderno y la transformación del judaísmo en "judeidad".
     Por eso la palabra genocidio, que no debe ser usada abusivamente para que no pierda su contenido de denuncia y alarma, puede ser aplicada en su sentido amplio a lo que sucedió en nuestro país. Por supuesto que no se trata de la aplicación del racismo de Estado ni de la eliminación programada de una etnia como se dio en el Tercer Reich contra judíos y gitanos, o en Armenia o Bosnia —hay varias formas de eliminación de poblaciones enteras en las estrategias totalitarias de nuestro tiempo. La defensa del Occidente occidental y cristiano en la política argentina derivó en los atroces actos de criminalidad que se conocen en todo el mundo. Y esta defensa algo extemporánea en tiempos en que ya no existen la Guerra Fría ni la lucha contra el comunismo rebrota en nuestra cultura política cada vez que un candidato político ve peligrar su triunfo y sabe que le sirve alguna campaña contra el nihilismo de los abortistas o el ateísmo de nuevos asesinos de Dios, con lo que recibe la bendición de los cancerberos de la espiritualidad argentina, me refiero a la Iglesia de Roma. Democracia y ética republicana han sido postergadas entre las virtudes ciudadanas por esta tradición de espiritualidad custodiada que representa un fuerte poder en la Argentina. Las principales fuentes de ingreso del Vaticano se encuentran en nuestra región, y el apoyo financiero que recibe de grupos financieros y corporativos argentinos le es sustancial (bien vale una misa).
     No es un asunto de comefrailes, porque no es un asunto de fe, ni de superstición, ni de un laicismo que también puede ejercer otras formas del puritanismo, sino de políticas protofascistas, o de una abundancia de microfascismos que conforman nuestra vida cotidiana y que se aplica a los problemas de la juventud, las drogas, la situación y los derechos de los detenidos, la libertad de la mujer, o la situación de los inmigrantes de los países limítrofes.
      
     b) Realismo trágico. La globalización se presenta en nuestro país como un Destino. La Moira de los griegos quería decir lote: la unidad de una distribución de lugares para ser ocupados por cada ser humano. A cada hombre le corresponde un lugar, y en cada lugar se teje una vida. Pasarse a otro lugar, ambicionar otro espacio, desencadena fuerzas imprevisibles y terminales. Este proceso es llevado a cabo por los dioses cuyos designios son inalcanzables. Así vivimos la globalización. La diferencia reside en que ya no hay dioses, y que la asignación de lugares depende de lo que llamamos "cosas". Es un realismo trágico. Cuando, para citar un caso no tan antiguo, el financista George Soros se deshizo de la moneda malaya y provocó un derrumbe bursátil y monetario en Malasia, enunció un argumento interesante. Más allá de sus temores por la mala administración de los negocios en aquel país, contribuyó a su drástica decisión el hecho de que un país dictatorial, Birmania, fuera admitido en el bloque de los países de la península malaya. Soros, hombre democrático, presidente de una fundación cuyo nombre es toda una misión y un recuerdo, el de su maestro de filosofía y tutor de licenciatura en la London School of Economics, Karl Popper —me refiero a la organización que quiere la distribución universal de la democracia llamada Sociedad Abierta—, Soros, entonces, no desea estar presente con su dinero en sociedades totalitarias.
     Por el nuevo efecto mariposa que trasmite la globalización, la caída de un mercado emergente —en este caso el malayo— provoca la debacle de los papeles argentinos, la desconfianza de los mercados, la retracción de la demanda y de los créditos, y la paralización de obras en la ciudad de Buenos Aires. En una empresa constructora de la Argentina, el obrero José Pérez es despedido por el jefe de personal, y se le explica que en nada se debe a fallas en el cumplimiento de su labor, sino a factores empresariales determinados por situaciones financieras cuya causa es ilegible —salvo que se le aclare que su despido se debe a la convicción democrática de un señor húngaro que vive en Nueva York y que no tiene más confianza en la sociedad malaya—, y que, además, por las nuevas leyes del capitalismo competitivo y bastante salvaje, su indemnización es casi nula. De un día al otro le sobrevienen la miseria y la desesperación, su vida de desocupado sin subsidios.
     ¿Cuál es la relación entre José Pérez y George Soros? Es la misma que existe entre Joseph K y el emisor de su orden de detención en El proceso de Kafka. Este es el mundo de la globalización: no es un globo, es un nudo sin moño alrededor del cuello de mucha gente. Un mundo sin culpas, con pocas o ninguna responsabilidad, un mundo metonímico en el que las decisiones siempre se toman más allá, en otra oficina de otro pasillo que da a un nuevo corredor. Esto no hace a la gente inocente, aunque a muchos sí los hace víctimas, y a otros grandes maestros del azar.
     Por supuesto que en un mundo así las formas de la práctica política se reducen a una serie de gestos teatrales, ya que la fuente de la política es la voluntad, es decir, la creencia en que por decisiones colectivas es posible cambiar la situación presente. En el mundo del realismo trágico y del efecto mariposa, las posibilidades de las agrupaciones de ciudadanos y sus representantes son escasas. Nadie puede decir nulas.
     Dije que este fenómeno no hace de nadie un angelito a la intemperie, y menos a la clase dirigente y a los grupos de poder de la Argentina. Es habitual en nuestro país manifestar el deseo de linchar al ministro de economía, ya que de él es toda la culpa de los sinsabores colectivos. Hoy en día se le suma a esta pulsión declamatoria y mortuoria el ferviente deseo de una opinión pública tan bien armonizada por los medios de comunicación de hacer lo mismo con los políticos. Las encuestas siempre dicen alegremente que los más creíbles de la sociedad son los miembros de la Iglesia y los periodistas, siempre que aparezcan con frecuencia en la televisión. Gloria tienen los voceros de Dios y los del ágora electrónica.
     En la Argentina se dice que los políticos tienen la culpa. Es la frase del día. Debo decir que es un lugar común de décadas. Antes la válvula de escape eran los golpes de Estado. Luego la culpa la tenían los militares. Pero se debe ser comprensivo con una población que ve desmoronarse lo que arduamente aún retiene, y con el ciudadano común que vive en una permanente inseguridad. Estimo que la culpa no es de los políticos. Esta afirmación es entendible de parte de quienes padecen situaciones que no controlan, pero es cinismo disfrazado cuando lo dicen quienes también han participado de la república tal cual es y se ubican en el lugar del puro espectador. Es una actitud esteticista cubierta de moralina. La eterna victimización.
     Hay un problema cultural en Argentina, quiero decir de idiosincrasia. La zona de la responsabilidad no está acotada a la corporación de los políticos profesionales, ni a los ministros de economía. Las medidas económicas que se toman en la Argentina no son malas, ni buenas, ni nada. Toda medida económica se enuncia y aplica desde un poder político. Y la enorme creatividad de los economistas argentinos es una fuga hacia adelante impulsada por la presión de la insuficiencia. Por eso los fracasos no se acumulan porque las medidas estén equivocadas, sino para disimular el fracaso anterior. Los ministros de economía han inventado la inflación cero, la tablita financiera, el plan Austral, la Convertibilidad, la Competitividad, el megacanje, el blindaje, el plan Bonex, la incautación de los depósitos y una serie de trompos de la fantasía que no voy a explicar al lector foráneo porque igual no entendería nada. El problema —y es bueno que haya uno— es la política, no los políticos. Me refiero a las instituciones que tienen que ver con la autoridad. La ley. Nadie cree en nada en la Argentina, al tiempo que se piensa que todo es posible. Por otro lado la verdad no se disimula, se dice y se sabe. Nadie dice yo robo, pero se sonríe cuando se es interrogado por una denuncia de robo.
     Son síntomas de lo que los pensadores de la política han llamado totalitarismo. Por un lado las instituciones se tambalean, pues nunca han sido demasiado sólidas en un país que desde 1930 ha vivido cincuenta años bajo regímenes militares o bajo tutela armada. Pero además hay un festival entre frívolo y macabro en desprestigiarlas aún más y bailar sobre sus escombros. Denigrar a la universidad, a la salud pública, a los jueces, a la policía, al presidente, a los diputados, a los estudiantes, un corre, ve y dile de resentimientos, envidias y degradaciones. Eso es malo. Es necesario rescatar lo bueno, salvar a los que luchan por mejorar la situación colectiva, apoyar lo que nace, acompañar lo que sigue. Otro espíritu. Al menos para los que aman nuestra tierra. –