Proyecto de pájaros

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La primera vez que estuvo en México Víctor García de la Concha como director de la Real Academia Española, alguien le preguntó:

–¿Cómo se llaman esos pájaros?

–Gorriones.

–Así se llaman en México, pero el diccionario de la Academia los sitúa en España.

En efecto, la definición de gorrión que da el DRAE termina así: “Es sedentario y muy abundante en España.” Y esto se ha repetido desde la edición 18 (1956) hasta la 22 (2001), que es la última. De la 14 (1914) a la 17 (1947) había dicho, curiosamente: “Es muy abundante y sedentario en nuestros climas.” Y de la 7 (1832) a la 13 (1899) empezaba diciendo: “Pájaro muy común”. Las ediciones anteriores no incluyen la abundancia en la definición.

El Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española (www.rae.es) permite consultar en línea todas las ediciones y observar cómo va cambiando el contenido y la extensión de las entradas, ya sea porque las palabras adquieren nuevos significados o porque los redactores cambian de opinión sobre cómo definirlas. Se comprende el titubeo, porque no es fácil definir qué son los gorriones, aunque se dejan ver y escuchar por todas partes. Se posan en las antenas de televisión y en los cables de luz, bajan a las aceras, se acercan a los que comen al aire libre, se meten por las ventanas, se atreven a comer alpiste de la mano. Son quizá los pájaros más comunes del planeta.

Se supone que los lexicógrafos deben ocuparse de la palabra gorrión, no del gorrión, del cual se ocupan los zoólogos, etólogos, ecólogos y geógrafos. Se supone que los diccionarios se ocupan de las palabras y las enciclopedias de las cosas. Pero ¿cómo explicar una palabra sin describir la cosa? Descripción nada fácil, como puede comprobar el lector que lo intente. Lo fácil sería señalar con el índice: “Mira los gorriones”. Solución poco práctica (requiere la buena suerte de tenerlos a la vista), y que se presta a errores, porque hay pájaros parecidos. Hay quienes titubean cuando el gorrión tiene unas plumas amarillas sobre el pecho gris, aunque recuerden la canción del “gorrioncillo pecho amarillo”. Y hay quienes no distinguen una tórtola de un gorrión.

Abundan las canciones, poemas y refranes sobre gorriones. Hasta se pudiera hacer una antología universal del gorrión. Safo invoca a Afrodita que baja a la tierra en un carro tirado por gorriones (stroûthoi). Catulo dedica dos poemas al gorrión (passer) que comía de la mano de Lesbia. Edith Piaf fue llamada “El gorrión de París” por una canción donde hablaba de sí misma “Comme un moineau”. Gonzalo Correas recoge en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales (1627): “Abad y gorrión, malas aves son”.

Además del problema descriptivo, hay el problema clasificatorio: saber si un pájaro parecido es de otra especie, y si recibe el mismo nombre científico o popular. En el caso de los nombres científicos, no debería haber dudas: una especie recibe un solo nombre y ese nombre corresponde exclusivamente a una especie. Pero, en el caso de los nombres usados en el habla común, puede suceder que varias especies se agrupen bajo un solo nombre y que el nombre varíe de una región a otra o cambie con la época.

A principios del siglo XII, el gorrión se llamaba pardal; y así se llama todavía en algunas partes. En el XX, tuvo en México un nombre político despectivo: carrancista. En Sinaloa, según los informantes de Everardo Mendoza Guerrero (El léxico de Sinaloa), se llama gorrión, gorrioncillo, canario, calandria, burrión, burrioncillo, pisturrillo, pitorrillo, piturrio, pisturrio, pisturriu, jilguero y curidichis. En Costa Rica, según el DRAE 22, le dicen gorrión al colibrí; aunque el Diccionario de costarriqueñismos de Carlos Gagini (cuya segunda edición fue prologada elogiosamente por Rufino Cuervo en 1919) no incluye gorrión ni colibrí.

Que las mismas palabras se refieran a distintas cosas o que las mismas cosas reciban nombres distintos se presta a confusiones. De ahí la necesidad de precisar los significados y el afán de encontrar distingos útiles. (Si me encargaran el gobierno, dice Confucio en las Analectas XIII, 3, empezaría por estandarizar los términos.) El Diccionario de autoridades (la primera versión del DRAE) dice del gorrión que “su andar es a saltos”. Es una gran observación, porque los gorriones, a diferencia de las tórtolas, no caminan avanzando una pata y luego otra, sino impulsándose con las dos. Así como hay diccionarios de sinónimos, sería bueno que hubiera diccionarios de distingos.

La primera definición lexicográfica de gorrión fue redactada sabrosamente por Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española:

 

 

Avecica muy conocida, por criarse en los agujeros de las casas, dentro de los lugares, especialmente donde pueden hallar algún grano de trigo o migajas de pan que comer; y así acuden a los corrales donde hay aves, a los mesones y paraderos donde comen las bestias. Díjose [llamóse] gorrión del canto o chillido que tiene: girri o gurrí, y así muchos le llaman gurrión, quia garrit [porque gorjea]. Esta avecilla es muy astuta y recatada, y con andar siempre entre gente, nunca se domestica. Llámase en latín passer, a patiendo [padeciente], según la opinión de algunos, porque padece el mal caduco [el mal que hace caer al suelo, la epilepsia] o gota coral [la gota del corazón, otro nombre de la epilepsia]. Plinio [Naturalis historia], libro 10, capítulo 36, dice que este pajarillo es lujuriosísimo, y a esta causa vive tan poco que el macho no pasa de año, las hembras viven algo más. En sintiendo aire corrupto de pestilencia desamparan [desalojan] el lugar, y donde se conservan es señal de sanidad. Al que es pequeño de cuerpo y garañón, dicen que es un gorrión.

 

 

En este cúmulo descriptivo, es notable la observación de que viven como acompañantes de la especie humana, pero no se domestican (aunque el nombre científico del gorrión común es, precisamente, passer domesticus); y son llamativas algunas afirmaciones dudosas. Pero la cita milenaria tiene especial interés. Según Plinio, las palomas y las tórtolas viven ocho años, en contraste con los gorriones, que son igualmente amorosos y viven poquísimo. Pero, ¿cómo sabemos que el gorrión de Covarrubias (1611), el passer de Plinio (77) y de Catulo (-61), los stroûthoi de Safo (-600), el gorrión abundante en España (2001) y en México, el colibrí de Costa Rica (2001) o el canario de Sinaloa (2002) son lo mismo? Dos milenios y medio dan tiempo suficiente para la evolución de las especies, y más aún de sus nombres.

Según el Dictionnaire étymologique de la langue latine de Ernout y Meillet, passer (de origen incierto) designó al gorrión, antes de ser el nombre genérico de los pájaros [y así llegó al español: passer se transformó en pájaro, que nunca se usó exclusivamente para el gorrión]; y el verbo garrio (de donde viene gárrulo) significó ‘charlar’, antes de aplicarse a ‘gorjear’ [mientras que en español, por el contrario, del gorjeo de las cotorras se llamó cotorreo a la charla de las personas].

Según Corominas (Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico), la palabra gorrión se documenta por primera vez en el Libro de Alexandre (hacia 1250), es de origen incierto (no deriva de garrio) y empezó a usarse para no decir pardal (derivada de pardo, color de los gorriones), porque esta palabra se volvió obscena. (Afortunadamente, la palabra pájaro, que es tan musical, no ha sido objeto de la misma censura. Es absurdo que las palabras con segundo sentido pierdan el primero; y que, por ejemplo, se use feamente agarrar, que es prender con las garras, para no decir coger.)

La entrada de gorrión en el DRAE 22 es demasiado técnica para el habla común y no lo suficiente para un aficionado a observar los pájaros, ya no digamos para un trabajo científico. El problema de fondo es que no es fácil describir pájaros llana y brevemente para un diccionario de la lengua:

 

 

Pájaro de unos doce centímetros desde la cabeza a la extremidad de la cola, con el pico fuerte, cónico y algo doblado en la punta; plumaje pardo en la cabeza, castaño en el cuello, espalda, alas y cola, pero con manchas negras y rojizas, ceniciento en el vientre; en el macho, con babero negro en el pecho y garganta. Es sedentario y muy abundante en España.

 

 

Roger Tory Peterson y Edward L. Chalif hicieron una enciclopedia admirable de las Aves de México como una guía de campo patrocinada por el World Wildlife Fund (Editorial Diana, 1989). Incluye un millar de especies observables en México, Belice, Guatemala y El Salvador. Las descripciones son escuetas, pero eficaces. Viene el nombre en español, en latín (nombre científico) y en inglés, con índices en español y latín. Las ilustraciones resultan más claras que una foto. Hay muchas láminas a todo color, tanto del macho como de la hembra, con flechas hacia los rasgos distintivos en los cuales hay que fijarse. Indica la distribución geográfica y el hábitat. Incluso da idea del canto; por ejemplo, para el gorrión doméstico: “Voz variada y locuaz. Un sonoro chip. También chisís y varias notas gorjeadas y chirridos.” Y así para cada una de las 39 especies de gorrión que registra.

Todavía más notable (aunque no portátil) es el Museo de las Aves de México, creado por Aldegundo Garza de León en Saltillo, Coahuila. Tiene una colección de 2,500 aves disecadas, visitas guiadas, publicaciones, biblioteca, videoteca, hemeroteca y un catálogo en línea de las aves de México (www.museodelasaves.org), teléfono 01 (844) 4 14 01 67 al 69.

Hay un disco (Cantos de las aves de México) con grabaciones de campo de Fernando González-García del Instituto de Ecología: Xalapa, Veracruz, teléfono 01 (228) 8 42 18 00, libros@inecol.edu.mx. Ofrece algunas en línea (www.ecologia.edu.mx). Sorprendentemente, Olivier Messiaen, que compuso música para piano a partir del canto de los pájaros, no imitó al gorrión en su atractivo Catalogue d’oiseaux.

Entre los videos de YouTube, pueden verse y escucharse gorriones volando, gorjeando, caminando y comiendo, bajo las palabras gorrión, sparrow, moineau, spatz, etcétera.

Lo cual lleva a soñar en una enciclopedia virtual de todos los pájaros del planeta. Hay una impresa, que lleva publicados 13 volúmenes (Handbook of the birds of the world, www.hbw.com). La misma editorial tiene en línea The Internet Bird Collection, una base de datos que permite a los aficionados subir videos. Hay una base más formal del Committee on Classification and Nomenclature de The American Ornithologists’ Union, limitada a los países norteamericanos y centroamericanos (www.aou.org). Y está toda la información sobre pájaros de la Audubon Society (www.audubon.org). Existen sociedades semejantes en otros continentes, incluso una revista especializada en gorriones de la Academia Polaca de Ciencias (International Studies on Sparrows).

Apoyándose en todo esto, ya es posible ir construyendo una base lingüística y literaria sobre pájaros. Su núcleo fundamental sería la asociación de cada nombre científico con uno o más videos ilustrativos de esa especie, registrando el origen del video (quién, dónde, cuándo) y los datos científicos disponibles (descripción, hábitat, distribución geográfica). Añadiría todos los nombres en todos los idiomas que reciba esa especie, con los datos de rigor: quién es el informante, dónde y cuándo escuchó ese nombre que aporta; más lo que quiera añadir. Sumaría el contexto cultural: películas, grabaciones musicales, fotografías, dibujos, pinturas, esculturas, poemas y otros textos relativos (por ejemplo, Las aves en la poesía castellana de Salvador Novo). Finalmente, ofrecería vínculos a las descripciones registradas en diccionarios, enciclopedias, manuales y libros técnicos; a las bases de datos de especies en peligro o de comercio vedado y otras bases legislativas; a las dependencias oficiales, asociaciones y clubes de interés para el caso; a blogues y páginas personales de aficionados e investigadores. Toda la información se ligaría a mapas que muestren la distribución geográfica. Lo más difícil de todo sería crear un buscador que, a partir de fotos, videos, dibujos o descripciones, localice la especie de que se trata. Más sencillo sería un buscador que lleve de cualquiera de los nombres de un pájaro a su presentación virtual.

No sólo se extinguen las especies, también el vocabulario. Según el Génesis, la supremacía de la especie humana se mostró en su capacidad de nombrar a las otras. Según Lévi-Strauss (El pensamiento salvaje), hay tribus capaces de nombrar y distinguir miles de especies de memoria. Crear memorias virtuales de las lenguas y especies puede recuperar algo de eso. ~

 

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