Puerto Rico: “… Y la hormiga sea dragón”

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Puerto Rico, ¿existe? Su condición de "Estado libre asociado" es un engendro hechizo pues en realidad la isla irrepetible no es propiamente un estado más de Usamérica; no pertenece a la federación; es un territorio definido anexado con la particularidad de que en él se hablan dos idiomas, el inglés y el español.
Así, los puertorriqueños son "peregrinos en su patria", extranjeros en su propia tierra, hermanos en ese sentido de los indios de América o de los palestinos. Cuando uno llega a Puerto Rico, no se tiene la sensación de entrar a un país de América Latina. El barullo y el vahído, el ruido, la aglomeración, aquellos ecos de un caos festivo que le hacen a uno reconocer de inmediato que se ha ingresado al continente ladino, no se advierten al entrar a Puerto Rico. Todo, limpio y liso, aséptico y vacío, sugiere que se ha llegado a otro de los ubicuos puntos de la utopía usamericana, a otro de los espacios creados por el no-lugar occidental pues —reconozcámoslo— nuestra civilización avanza sustituyendo la toponimia y la topografía aborígenes o tradicionales por una anomia y una atopía que lleva a vaciar a los lugares de sus nombres y de su ser y a inventar un espacio liso intercambiable: Miami, Puerto Vallarta, Tenerife, Cartagena, Santo Domingo, Puerto Rico son, desde el mirador de los grandes hoteles para turistas europeos, japoneses y usamericanos, desde el balcón de las avenidas con tiendas de souvenirs, lugares muy parecidos entre sí.
     Llego a Puerto Rico y me pregunto ¿dónde está Puerto Rico? No sé si conozco la respuesta, pero he venido a dar a esta isla invitado por el Centro de Estudios Avanzados del Caribe y por su director, el Dr. Ricardo Alegría, un noble octogenario que ha dedicado su vida al conocimiento de la historia y de la cultura locales y a quien se debe en amplia medida la restauración del centro histórico, la salvación del Viejo San Juan que se caía en ruinas y se desmoronaba en tugurios. Hijo de una familia ilustrada —su padre también fue escritor y se le deben no pocas narraciones costumbristas—, don Ricardo E. Alegría es un personaje querido por todos y cuyo nombre abre las más pesadas puertas. Al llegar al aeropuerto, el agente de migración me pregunta a qué vengo a la isla. Le explico que he acudido a una cita con el doctor Alegría. Me responde: "Pase usted. Él es muy buen doctor". Una pasajera del avión me ha hecho la misma pregunta: "Vengo a un encuentro sobre el estado de la lengua española en el Caribe". "Pero si aquí ya no hablamos español", me dice contundente. "No sé", le digo; "sólo le puedo decir que usted me ha respondido en español". Me desea una buena estancia y se va dejándome tan pensativo como ella misma —es evidente— lo está.
     Para llegar al Viejo San Juan, hay que atravesar una parte del nuevo: edificios modernos, lujosos, puentes limpios, rascacielos al borde de canales, maniguas y pantanos. Como voy llegando a la una de la mañana, todo está silencioso y desierto; poco a poco nos acercamos al Viejo San Juan, cuyas callejuelas estrechas cruza dificultosamente el taxi —un lanchón de cuatro ruedas piloteado por un negrazo risueño y tan ingenuo en apariencia como imponente en esencia. Le pido que me lleve —que me traiga— al hotel El Convento, un caserón inmenso. No pregunte usted por qué, pero la administración y la recepción se encuentran inaccesibles en el tercer piso y los cuartos no sólo son amplios sino altísimos, con techos tan altos como un acantilado pintados de gris-azul cielo.
     Me llama la atención que el encuentro no se dé dentro de los claustros universitarios sino en este Centro de Estudios Avanzados del Caribe situado en plena zona colonial.
     Bajo la superficie técnica, siento una corriente estremecedora: es la cabeza de Puerto Rico decapitada del cuerpo territorial que ha sido incorporado a otro cuerpo civilizatorio. Es esta cultura literaria e histórica que sobrenada penosa y marginalmente en las aguas del pantano consumista. Esta impresión se hace más aguda durante la cena que se ofrece en nuestro honor —y secretamente en el del Dr. Alegría, quien cumple 79 años ese 13 de abril. Y es que para amenizarla han llamado a los Villanueva, familia de trovadores que han venido a cantar y a improvisar décimas como aquellas que tan bien estudió y recopiló la puertorriqueña y ya casi mexicana Yvette Jiménez de Báez en La décima popular en Puerto Rico (Universidad Veracruzana, 1964). En cuanto empiezan a rasgar las cuerdas, salta la liebre de la lengua, la nostalgia de ese fantasma que atormenta a los desterrados en su patria, a los peregrinos en su tierra nativa, a los inválidos de cultura nacional que se han visto obligados a ser los puertorriqueños por la fuerza de la anexión. Los cantantes nos hacen olvidar con sus controversias nuestro coloquio, y por un momento nos distraemos del cuento de las costas que se comían a las consonantes y de las montañas que tragaban vocales; se nos olvida la explicación climatológica de la evolución dialectal, la dialectología del Caribe y el cuento de las siete vocales de la isla, el enigma del morfema perdido,  y nos distraemos de que no pocos puertorriqueños acaricien como utópica panacea, sueño imposible de tan dorado, la anhelada condición de Puerto Rico como estado usamericano con plenos deberes y derechos:

Cuando el mime sea león
y el alcatraz sea tormenta,
y el centavo sea vellón,
y la hormiga sea dragón
y lo seco sea humedad,
o cuando en la oscuridad
un ciego lea de corrido
es que a mi suelo querido
le darán la estadidad.
(Jiménez de Báez, p. 371)

¿Cuántas lenguas caben en una boca? Sólo una canta la trova —dos, pienso yo, cuando el beso es profundo. Los trovadores con sus décimas me hacen pensar en la diáspora sefardita; recuerdo la humanidad titánica y relampagueante del escritor puertorriqueño desterrado en México José Luis González, a quien veía yo discurrir en la Facultad de Filosofía y Letras; entreveo la imagen afantasmada del pintor y poeta Elizam Escobar, quien acaba de salir de la cárcel después de casi veinte años de encierro por conspirar en pro de la libertad de su país. Y al discurrir de las cuerdas y de las voces pienso en la paradoja de algunos puertorriqueños que suspiran por un Estado y una cultura nacionales cuando en el resto de la América Latina y ladina los pueblos se agolpan y hacen fila y cola para dejar de ser latinoamericanos, mexicanos, colombianos, venezolanos. Sí, las mayorías urbanas y suburbanas de nuestra dos veces milenaria edad quieren comida blanda y chistes fáciles, trabajo seguro y seguridad, ante todo certidumbres, ¿qué importa si el precio es servidumbre?
     Entreveo en la fantasía la silueta atormentada y dulce de Julia de Burgos —la gran poeta puertorriqueña— muriendo a la intemperie en una calle de Nueva York; evoco la ironía y la furia no siempre contenida de Rosario Ferré —quizá la escritora puertorriqueña más relevante de nuestros días (Vecindarios excéntricos; El coloquio de las penas), pero que es considerada por algunos en la isla como una autora "políticamente incorrecta", pues le ha tocado ser la hija de su padre, don Luis Ferrer, senador inmemorial y prócer del anexionismo; recuerdo la devoción de Concha Menéndez por Alfonso Reyes; la poesía sinfónica de Luis Palés Matos, que dio lugar a uno de los escritores más limpios y complejos de América; me vienen a la mente, en desorden, como el eco de una fiesta distante, los nombres de Nilita Vientos Gastón, las revistas Asomante, Sin nombre, las ediciones de La Torre, los nombres de Ana Lidia Vega, Edgardo Rodríguez Juliá y la voz del recitador David Ortiz Angleró; evoco, en fin, las caricaturas que nos ha enseñado don Ricardo E. Alegría y que amenizan una exposición donde se muestran las condiciones y desarrollos culturales que florecían en Puerto Rico antes de la llegada, para evocar el memorable título del memorable libro de José Luis González. Ahí se ven las figuras de un Tío Sam que funge como maestro ante una hilera de negritos inquietos y pobres, los países del Caribe: República Dominicana, Cuba, Puerto Rico. Pienso que esas caricaturas sin duda triunfaron en su momento y que, expresión del pensamiento dominante, fueron interiorizadas por los dominados. Pero me pregunto sinceramente: ¿qué pasará a la hora del multiculturalismo, cuando el ejemplo descastado de D.H. Lawrence y Lawrence de Arabia, de Leonora Carrington, de Ginsberg, Kerouac, H. Hiller cunde y se propaga y el Tío Sam corre el riesgo de ser coreano, chicano, híbrido de ruso y árabe? ¿Y cómo leer esa viñeta peyorativa a la luz del movimiento para impedir que la isla de Vieques siga siendo explotada por la marina usamericana como campo de prácticas para bombardeos pesados para susto y angustia de los vecinos que desde hace años allí resisten y moran pese a amenazas e intentos de desarraigarlos? ¿No es el movimiento civil en apoyo a Vieques signo esperanzador de una nueva política cimentada en la búsqueda de verdaderos consensos? ¿Quién podría dudar de que en el Caribe —ese cruce de fronteras— se cocina una política originaria, es decir de que, pese a las apariencias, es ahí: en la frontera de la frontera donde la política nace y se alumbran los nuevos consensos y pactos?
     La trova me envuelve en sus arpegios. Al terminar, le traen un pastel a don Ricardo y le cantan una especie de Happy Birthday puertorriqueño. Yo no resisto y me pongo a cantar a voz en cuello "Estas son las mañanitas que cantaba el Rey David…" ¡Qué sorpresa!, mi frase solitaria se ve repentinamente envuelta en un coro que repite las notas de este otro himno mexicano: "…ya los pajarillos cantan, la luna ya se metió…" Los troveros y los meseros se suman y yo, aliviado, pienso que, al encontrar a Puerto Rico, reencuentro también a ese otro continente llamado México.
     P.S. A principios de mayo, agentes federales usamericanos desalojaron de las playas de Vieques a los ciudadanos puertorriqueños acampados ahí como protesta.1

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