Qué quiero decir con México

Invitado a pasar una temporada en la costa oaxaqueña, James Fenton aceptó el desafío que representaba el soberbio espectáculo de su entorno: encontrar palabras para describirlo.
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"México”, dice uno: y lo que queremos decir, después de todo, es que hay un pueblecito al sur en una república: y que, en este pueblecito, hay una casa de adobe carcomido construida a los costados de un patio enjardinado: y, de esta casa, un sitio alejado, una terraza cubierta frente a los árboles, donde hay una mesa de ónix y tres sillas mecedoras y una sillita de madera, un florero con claveles, y una persona con una pluma en la mano. Hablamos rimbombantemente, con letras mayúsculas, de la Mañana en México. Y a lo que se reduce es a un individuo ínfimo, mirando retazos de cielo y árboles y luego volviendo la vista a su cuaderno de notas.

D. H. Lawrence, Mañanas en México (traducción de Elena Madrigal Rodríguez)

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O, en mi caso, algo más bien grande –inconcebiblemente grande, en comparación con lo que Lawrence o Graham Greene estuvieron dispuestos a soportar en los veinte y los treinta, respectivamente–. Una casita de concreto, una de seis, con techo de palma y una terraza para dos tumbonas junto al mar. El ruido de la estruendosa rompiente, al que mi oído dormido no se acostumbra: pienso que en algún lugar se ha soltado una tormenta, o en el tráfico matinal, los camiones de basura de Harlem dándose sus rondas. Pienso en Wallace Stevens: “Aquel noviembre, por Tehuantepec / la loma del mar se alzó quieta una noche…” Pero no es una loma, y no se aquieta. Como todo, es inconcebiblemente grandioso.

2

Debo haber llegado por la ladera, porque mi primera impresión fue un montón de piedras, como si por casualidad me hubieran vaciado de una bolsa. Y entre rocas y cactus, un árbol sin hojas, con flores amarillas, un floreador profuso, desconocido para mí. Y bien: algunas cosas han de ser desconocidas: nunca antes estuve en esta parte del mundo. Pero suele ser verdad que la flora de los trópicos parece internacional –las adelfas, bugambilias, jacarandas y, luego, las plantas económicas: papayos, mangos, cocoteros y así–. Se ha extendido hace mucho. La pequeña lantana roja, naranja o roja y naranja que crece al pie de un nopal, apenas a veinte metros de donde escribo esto, se da junto al asfalto en las carreteras de Filipinas. Cada vez que vi lantanas, durante las excursiones por las montañas de Luzón, me acordaba de que seguramente hubo ahí, alguna vez, una pequeña choza y, en torno, algunas viejas latas con sus flores plantadas y algunas orquídeas halladas en el bosque cercano colgaban de las cornisas. Ahora los cultivadores han puesto cuidado en las lantanas y desarrollado versiones puras, además del característico bicolor –un rojo más intenso, un amarillo uniforme– y también un bicolor de tonos pasteles, amarillo prímula y rosa, que llaman huevos con jamón. Las he cultivado en Harlem, junto con otras plantas mexicanas; mis preferidas, los girasoles y las salvias. No las he visto aquí –quizá sean más de las montañas–. Pero sé por qué resulta ajeno el árbol de las flores amarillas. Su aparente hábito de florear sin hojas debe haber jugado en su contra. Nadie me puede decir su nombre.

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Llegamos a través de las pedregosas colinas, confusas y cundidas de flores amarillas, y rumbo a la llanura costera, con pastura y garcetas blancas entre el ganado, y algunos grupos de árboles de mangos y yo como esperando ver arrozales. Pero siguiendo el trayecto nos desviamos por un camino arenoso hasta una especie de matorral de arena y pitahayas y nopales y un malhadado arbolito brilloso y pardo, con la misma pinta que un arce chino gris: es decir, que su corteza delgada y traslúcida se pela como envoltura de papel. Luce mejor justo tras el amanecer, cuando la luz traspasa su corteza.

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Estos matorrales entre las dunas son lo que, en el actual estado de mi conocimiento, digo cuando digo México. Tuvieron que podarlos cuando construyeron Casa Wabi, pero cuando terminaron la obra repusieron los matorrales hasta el borde de nuestras casitas y, a su tiempo, crecerán hasta invadir el terraplén pavimentado con sus tumbonas gemelas, y taparán la vista del mar. Supongo que este es un modo de estabilizar las dunas. También podría ser una medida de seguridad, porque la maleza parece impenetrable. Y la misma idea paisajista ha sido adoptada por nuestros vecinos del Hotel Escondido. Quiere decir que las aves, sobre todo las palomas color arena, conservan su hábitat. Y lo mismo las famosamente esquivas culebras de franjas negras. Y luego quedan las boas constrictoras, una de las cuales apareció a cincuenta pies de la cocina, donde un empleado le arrojó piedras, para espantarla. En vez de largarse, la boa trepó a uno de los malhadados arbolitos de los matorrales, y ahí se quedó. Otra boa, no tan grande (la primera estaba impresionantemente gruesa), se refugió del sol en uno de los estudios de los artistas.

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Uno prende la luz. Uno mira por el suelo. Luego, uno revisa el techo. Uno busca serpientes primero, luego arañas (se habla de tarántulas), y al fin murciélagos. He de añadir que más vale evitar la saliva de los sapos gigantes. Hay un hueco entre el borde de los muros de concreto y las palmas del techo de la palapa. Se le sugirió al arquitecto, el japonés Tadao Ando, que se cubriera el hueco con las mismas persianas que se usan para las ventanas. Rechazó la idea. El hueco es integral en el diseño. Uno mira de nuevo el hueco. Luego uno recuerda el consejo de sacudir las sábanas antes de meterse en la cama. Es la precaución contra arañas y alacranes. A veces, uno olvida la precaución.

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Es imposible saberse los nombres correctos de todo, pero qué difícil es escribir sin ese conocimiento. “Un árbol sin hojas, con flores amarillas”, vaya confesión de derrota. Qué crudo, comparado con “garcetas blancas entre el ganado” o, mejor, “garcetas blancas entre los cebúes” o “garcetas blancas entre los cebúes blancos”. La primera vez que vi estas garcetas me remonté mentalmente hasta Camboya, en 1973, cuando caminaba por una carretera justo al norte de Nom Pen, rumbo a la línea del frente que entonces estaba en Prek Phneou. Allí estaban estas aves blancas, entre los búfalos de agua. Le pregunté a mi colega, el fotógrafo Neal Davies: “¿Qué son esas aves? ¿Son garcetas?” Y lo vi contener una sonrisa. ¿En qué anda pensando este inglés orate? En cualquier momento nos pueden disparar. Pero Neal no tenía que describir la escena con palabras: él tenía su cámara. Yo necesitaba el arsenal completo de los vocablos: flamboyán, jacaranda, garcetas, búfalo, Howitzer 105 mm disparando, fuego incidental de armas cortas, cuerno de chivo. Sin las palabras, uno se queda atascado. Uno resulta tan impreciso. Le digo a mis alumnos: es su obligación saber qué es todo lo que les rodea. Pueden no necesitar todas las palabras, pero deben tenerlas disponibles. ¿Qué árbol es ese? ¿Qué estilo tiene ese edificio?

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La casa cercana de un pescador. Su capital de trabajo: un motor fuera de borda, una sierra de cadena y sus redes. No toda la casa es de concreto o de ladrillo, aunque a eso se encamina. Su hijo, según supongo, deja ahí su motocicleta. Se entrevista con el dueño de la casa y escucho sin entender gran cosa. Le gusta hablar. Tengo el tiempo solamente para mirar. Cuelgan tres piezas de tela estampada –quizá manteles–. La primera tiene un patrón de tulipanes loro, la clase de tulipán que tiene un borde dentado en los pétalos y una franja de color contrastante, como un brochazo. Una flor holandesa, una cosa cultivada en el siglo XVII. La segunda tela lleva un diseño de lámparas eléctricas chinas. Me trae un tufo de las cafeterías de los sesenta. El tercer diseño me resulta más difícil de ver: son unas copas de martini, pero –hasta donde distingo– con un camarón o una gamba dispuesta en el borde. Parece decir: coctel de mariscos.

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El descubrimiento de explosiones de ornamento y patrones regulares se le revelan más a uno tras algunos días en Casa Wabi, donde –a menos que uno cuente el tejido de la canasta o el bejuco del asiento de la silla– no hay patrón alguno. Está el interior de la techumbre de palma. Hay huecos regulares en los bloques de concreto. Está la textura pedregosa de los pisos. Y como ornato hay un florero con rojas y amarillas heliconias, la flor que parece pinza de langosta y que la gente por acá llama “pico de loro”. Las superficies de la madera son casi todas rústicas y sin tratamiento. El concreto es concreto. Esto es modernismo. Esto es austeridad japonesa.

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Uno se vuelve hacia las flores de las dunas, esas plantas especialistas que pueden sobrevivir en el calor de la arena. Una es una flor rastrera, magenta, de cinco lóbulos, con hojas rugosas y glaucas, cuyos botones abren al alba y duran un día. Otra es una especie de caléndula amarilla, una Tagetes. Están las lantanas rojas. Y luego orquídeas que crecen en los pequeños árboles de la maleza. Mi lista no es exhaustiva, pero ya me quedé sin nombres.

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Dos avistamientos de ballenas; docenas de pelícanos; aves marinas de cola horquillada que parecen ser fragatas; ostreros de largos picos; palomas color de arena con alas avellana; pájaros negros cuyo nombre ignoro. Mariposas. Un murciélago chico en mi baño. Boa constrictora. Culebra de franjas negras. Daniel vio una coralillo muerta, de las peligrosas. Sapo gigante debajo de la mesa del bufet. Caballos. Cebú. Ganado. Burros. Pollos. Cocodrilos que han sido vistos por acá, pero no por mí. El cachorro de ocelote, en su jaula, junto a la puerta de la cocina (que espera su traslado a una reserva). Los perros.

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En algún momento del siglo XVIII unos cuantos esclavos africanos llegaron a Acapulco. No se sabe de qué parte de África venían. Miembros o más bien descendientes de este grupo se convirtieron en peones de los campos algodoneros tras la abolición de la esclavitud. A los peones no se les pagaba con dinero sino en especie, y a veces con vales que podían canjear con el dueño de la plantación. En el siglo xix, lo que he llamado llanura costera era selva todavía. Los peones despejaban la selva para crear las plantaciones de algodón y café. El tabaco y el azúcar precedieron a los actuales pastizales, los campos donde las garcetas ganaderas conviven con el cebú. Estas familias de origen africano se asentaron en una zona de la costa oaxaqueña, que aún hoy resulta apenas accesible por carretera, en la desembocadura de una gran laguna. El aislamiento sin duda les vino bien, de varios modos. Su comunidad sobrevivió, y ahora viven de la pesca y de una especie de turismo que se reduce a un par de temporadas por año.

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Al salir en bote de Zapotalito, con un sobresalto pude ver un avetoro sentado en su típica pose de “hombros jorobados” sobre la jarcia de un navío cercano. En Inglaterra, los avetoros no se hallan en áreas de actividad humana. Llevan una existencia más solitaria: el verso de Scott, “el avetoro que alza el vuelo desde el juncal somero”, encierra su llamado y su hábitat de marisma. En las Filipinas, por los estanques de peces entre los manglares, resultaban más familiares. Pero estas eran más grandes que la especie filipina.

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Cuando visitas la laguna comienzas a comprender lo que ya viste en la costa: la abundancia de aves, los pelícanos por docenas, las fragatas, cuya vida depende de su reserva ahora protegida. Las aves despliegan sus expediciones pesqueras rumbo al mar abierto, pero viven y se aparean en la laguna. Vi más de doce pelícanos en una percha. También cormoranes, en cantidad. El bote nos llevó por una ruta escénica, a través de los túneles entre los mangles; de entre las ensenadas estrechas unas grandes garzas alzaron vuelo frente a la nave, perturbadas (aunque no mucho) por el motor. Todas las especies de aves pescadoras –con la posible excepción de los martines pescadores– parecían tener su representante aquí: águilas, garzas, garcetas, fragatas, huizotes, gaviotas y los pelícanos con sus misteriosas expresiones de cerámica victoriana. Y encima, hay cocodrilos (que no vimos hasta nuestra visita al cocodrilario), que rondan por las aguas salobres de la laguna y solo ocasionalmente salen al mar, cuando se trasladan de una desembocadura de río a otra. En uno de esos viajes, hallaron un cocodrilo, recuperándose del agua marina, en la alberca de Casa Wabi, cuando estaba en construcción.

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Pájaros por todos lados. Peces por todos lados. Y cuando llegamos junto al océano comenzamos a toparnos con pescadores de origen claramente africano. Su aldea tiene dos aspectos: el lado turístico, que mira al mar y a una playa amplia; y el lado pesquero, que mira a la laguna, y parece un pequeño paraíso. Uno debe recordar que si el aislamiento fue una ventaja para sus fundadores, peones de la clase más baja de aquella época, también debió ser –como la costa entera– un lugar cundido a diario por la infección y otras formas del peligro. La pesca (además de los cocodrilos) bien pudo ser su labor más sencilla. Hoy, tal cual, la aldea está toda pintada con propaganda de salud pública y explicaciones sobre riesgos y síntomas de tuberculosis, influenza y demás.

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Las casas suelen estar pintadas de colores brillantes, combinaciones que probablemente se remonten a la mera disponibilidad de cada uno de los pigmentos en la época de su primera pintura. Pero en algunas resulta evidente que el colorido es intencional: una imponente fachada de verde brillante con una franja amarilla, o una amarilla con rayas magenta. Un pequeño albergue ostentaba un verde chillón en la base y distintos tonos de azul en su piso superior, separados por paneles contrastados de colores chocolate y avellana. Los jardines, donde hubiera, pugnaban por la insurgencia de los rojos. Una iglesia católica, sin cura ni liturgia, usada a veces para bodas y bautizos, estaba pintada de ese verdiazul que Benjamin Moore llamó Bermuda teal. Y en este ambiente apacible, las mujeres van con el cabello al estilo afro, pero los hombres, según la moda internacional, con crestas mohicanas.

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Uno dice, de cualquier asunto no abordado –México, por ejemplo–: “¡Ah! Ese es un gran desafío y requiere mucha preparación.” Y luego pasa algo y solamente tienes que ir allá, de todos modos, con toda tu ignorancia. Lo que sucede después es que adquieres un tantito de conocimiento, un tantito de experiencia, y este tantito se vuelve tu bastión. Lawrence se sienta a su mesita de ónix, oliendo a México, escuchando a las aves, pensando en los aztecas: está creando su bastión. O uno va en una lancha turística de fibra de vidrio y piensa: “A ver, espera: ¿no es ese un avetoro?” Y uno querría haber traído una guía de aves. Y luego ¿para qué? Esto es una guía de aves. Esta laguna con sus peones pescando en sus canoas, este lugar donde los pelícanos se pican en vertical del cielo al mar, este cabo blanqueado por el guano. Esto, por lo pronto, es México. Este es el bastión. Las complicaciones pueden esperar. ~

Casa Wabi, en Puerto Escondido, Oaxaca, fue fundada por Bosco Sodi, artista mexicano avecindado en Brooklyn, como un lugar de retiro para artistas, músicos y escritores de todo tipo. Fue diseñada por el arquitecto japonés Tadao Ando y se inauguró el año pasado. Los artistas visitantes trabajan en su propia obra pero se les pide que produzcan una bitácora como registro de su estancia. En enero, yo fui el primer escritor hospedado. Ocupé mi estancia en una obra teatral. Esta es mi bitácora.

 

 

 

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Traducción de Julio Hubard.

Publicado originalmente en

The New York Review of Books.

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