Relecturas de Gabriel Zaid. V. Vindicación de la microempresa

AÑADIR A FAVORITOS

Desde el título del libro ya se puede inferir que no estamos frente a un texto convencional. La simple idea de subvertir la muy extendida noción de que los empresarios son los opresores, se convierte en el primer desafío que este libro le plantea al pensamiento tradicional. Y no se trata, por supuesto, del único. El libro está lleno de ellos. El autor, Gabriel Zaid, es un experto en provocar al lector, en cuestionar sus prejuicios, en orillarlo a que se replantee lo que cree saber sobre diversos temas económicos y en trastocar la forma de razonar sobre estos.

Este libro es una versión revisada y ampliada del libro que se titulaba hasta hace unos años Hacen falta empresarios creadores de empresarios. Esta edición mantiene 23 de los artículos originales y agrega otros 33 trabajos para un total de 56 artículos que versan sobre una amplia gama de temas económicos. La mayor parte de los artículos, sin embargo, se refieren al sector privado que produce en pequeña escala (es decir, lo que ahora conocemos como microempresarios), así como a las políticas públicas que impiden el desarrollo de este. Los artículos fueron escritos a lo largo de los últimos treinta años, aunque su vigencia es irrefutable y, por lo mismo, sorprendente.

Y es que lo que mucha gente no sabe es que Zaid es un precursor en la discusión sobre el enorme potencial de los pequeños empresarios en una economía como la mexicana. Así es: antes de que se pusiera de moda el tema de los microcréditos en México y antes de que se hablara a nivel mundial de la contribución de Muhammad Yunus, del Grameen Bank o del desarrollo de las microfinancieras y, por supuesto, mucho antes de la propuesta de changarrización del presidente Fox o del éxito financiero del Banco Compartamos, ya Zaid había enfatizado las ventajas de productividad de las pequeñas empresas, lo relativamente barato que podría ser el generar ingresos por esta vía y la gran contribución que esto podría tener para el verdadero progreso de la economía mexicana.

A lo largo del libro, el autor expone con gran claridad las ventajas de fomentar las actividades empresariales individuales. De igual forma, también cuestiona muchas de las políticas públicas que impiden el desarrollo y expansión de las microempresas. Así, critica a la Secretaría de Hacienda por la enorme carga fiscal (en términos proporcionales) que le impone a las pequeñas empresas. También critica las políticas de empleo (empleomanías) que buscan ofrecer miles o millones de empleos asalariados o, peor aún, empleos burocratizados y que serían mucho más costosos de crear que promover el trabajo empresarial independiente. Zaid escribe sin contemplaciones. Es directo y sus argumentos están solidamente construidos. Cuando es necesario, aporta cifras o referencias precisas. No se excede en el uso de ninguna de estas y eso garantiza artículos sencillos, sin rebuscamientos y de lectura fácil pero que, en el fondo, son profundamente complejos y que son capaces de explicar en unas cuantas líneas lo que volúmenes enteros son incapaces de transmitir. Así, por ejemplo, con un simple artículo (“Bendita informalidad”) Zaid destruye el mito y condena generalizada que se ha creado en torno a la informalidad. Para Zaid, la informalidad es un fenómeno natural resultado de una costosa y enorme normatividad. Por eso, para él, la informalidad “es una bendición incomprendida que despierta sentimientos equivocados. Es el refugio del sentido común”.

A pesar de lo anterior, Zaid no es infalible y, en particular, hay dos temas en los cuales considero que no tiene razón: por un lado, en su crítica, implícita o explícita, a las empresas grandes (a lo que él llama “gigantismo improductivo”); y, por el otro, en sus comentarios sobre la aparente inutilidad de la educación superior. En ambos casos me parece que Zaid se deja llevar por una cierta visión romántica tanto de las empresas pequeñas como del trabajo manual.

Es claro que Zaid es un ferviente admirador de las pequeñas empresas y que considera que la promoción y multiplicación de estas podría ser la solución a muchos de los problemas económicos de nuestro país. Creo que, en esencia, esto es fundamentalmente correcto. Sin embargo, de ahí no se puede inferir que las empresas pequeñas sean mejores o que deban ser preferidas a las empresas grandes. En realidad, en una economía deben coexistir todo tipo de empresas, ya que cumplen diferentes funciones. Si no fuera así, ¿por qué querrían crecer las microempresas? ¿Por qué, para empezar, una empresa grande habría querido expandirse para llegar a ser lo que es hoy? Es cierto que la mayoría de las empresas en cualquier economía del mundo son micro y pequeñas empresas. Sin embargo, no hay muchas ventajas en ser una empresa pequeña: son más vulnerables, tienden a desaparecer más rápidamente del mercado y, por lo mismo, deben pagar tasas de interés mayores (eso, cuando tienen suerte de conseguir un crédito). Así, es natural que las empresas exitosas quieran y tiendan a crecer. No hay nada malo en ello. Eso no las hace mejores ni peores, aunque sin duda es cierto que el capital se vuelve cada vez menos productivo. Esto es el resultado natural de la ley de los rendimientos marginales decrecientes que tan bien entiende el autor. Así pues, el gigantismo también es natural y, en algunos casos, incluso deseable. Sólo de esa forma puede explotarse lo que se conoce como economías de escala y, ahora cada vez más, economías de red.

Por otro lado, la crítica de Zaid a la educación superior se concentra en un par de artículos: “Licenciados en natación” y “Universitarios desempleados”. En el primero, Zaid se pregunta: “¿Para qué sirve un título universitario?” Su respuesta es lapidaria: “Para no empezar cobrando como aprendiz, sino como licenciado. […] Para entrar por arriba en el mundo del trabajo. […] Un título es una patente de corso para cobrar por aprender.” Así, para Zaid, un título se convirtió no en una forma de cultivarse sino en una “credencial trepadora”. Para él, no hay valor agregado en la educación universitaria recibida. No sólo eso sino que percibe la educación superior como un gran desperdicio de recursos y que, para colmo, ni siquiera les sirve a los que pretende ayudar ya que, según él, vas “a divertirte más y a ganar más siendo un gran plomero” que estudiando en la universidad. Esta percepción la continúa en el segundo artículo: “A los plomeros no les falta trabajo, y lo encuentran más fácilmente que los graduados universitarios. No sólo eso: muchos plomeros ganan más que muchos universitarios.” De aquí Zaid concluye que en vez de destinar recursos a la formación de “licenciados en vaguedades” se deberían de otorgar créditos para herramientas y materiales a aquellos que demuestren el dominio de un oficio (como plomero, electricista, carpintero o soldador).

En este argumento Zaid se equivoca al poner en una misma canasta a todos los estudios universitarios. Es probable que lo que se enseña en algunas carreras universitarias o en algunas instituciones no agregue mucho valor a la formación de sus estudiantes. Es posible también que algunos plomeros ganen más o que tengan más trabajo que algunos universitarios. Sin embargo, esto no es la regla. Múltiples estudios han demostrado, tanto en México como en cualquier otra economía de mercado, que a mayor nivel educativo de un individuo le corresponden, en promedio, mayores ingresos.* Esto no puede explicarse por un mecanismo simple de credencialización. Esto implica también que hay en la educación universitaria un valor agregado que se refleja en las remuneraciones de las personas. De hecho, el problema en México no es que tengamos demasiados universitarios, sino más bien que tenemos muy pocos. El porcentaje de jóvenes entre 18 y 25 años que asiste a la escuela en México es equivalente al que tenían países como Corea o España hace treinta años o Estados Unidos hace más de cincuenta. Debemos invertir más y no menos en la educación superior en México. Y, a diferencia de lo que asegura Zaid, yo creo que si los jóvenes mexicanos realmente pudieran optar entre estudiar una carrera y ejercer un oficio estoy seguro de que la mayoría optaría por lo primero. No hay nada glamoroso en los oficios y no necesariamente ganan más que un universitario. Si lo sabré yo, que mi padre fue (y aún es) plomero, carpintero y electricista.

A pesar de estas dos diferencias con el autor, insisto en resaltar las innumerables contribuciones de este libro. Zaid ha hecho un gran favor a los lectores al actualizar y revisar sus contribuciones sobre temas económicos. Zaid es, entre muchas otras cosas, el precursor intelectual de los microcréditos y de las microempresas. Si seguimos discutiendo estos temas todavía es porque las autoridades económicas de este país no lo han leído o, si lo han hecho, no han entendido la importancia de sus análisis y de sus propuestas. Por eso, y por su lucidez y claridad al escribir, es por lo que creo que reeditar este libro era algo imprescindible. ~

 

____________________

* Véase, por ejemplo, F. Barceinas y J.L. Raymond, “Hipótesis de señalización versus capital humano. El caso de México”, El Trimestre Económico, no. 277, enero-marzo 2003, pp. 167-194.