Siervos de la nación?

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"La silla presidencial está embrujada —comentó alguna vez Emiliano Zapata—, cualquier persona buena que se sienta en ella, se vuelve mala". Desde luego, no llegó a conocer los excesos presidenciales del México del siglo XX, pero su conocimiento de la "monarquía con ropajes republicanos" bajo el régimen de Díaz fue suficiente para sugerir, en 1914, que la única alternativa del país sería "quemar la silla".
     Bajo la célebre máxima "poca política, mucha administración" Porfirio Díaz enterró la importante tradición decimonónica del servicio público eficiente, honesto e independiente en todos sus niveles: de la presidencia de la nación al último peldaño de la administración pública. 34 años de dictadura bastaron para trastocar la ética de los servidores propiciando el servilismo y lealtad incondicional de la burocracia hacia el sistema porfiriano. El mismo don Porfirio hizo un retrato de los servidores públicos —vigente hoy en día:

Los mexicanos están contentos con comer desordenadamente antojitos, levantarse tarde, ser empleados públicos con padrinos de influencia, asistir a su trabajo sin puntualidad, enfermarse con frecuencia y obtener licencias con goce de sueldo, divertirse sin cesar, gastar más de lo que ganan y endrogarse para hacer fiestas onomásticas. Los padres de familia que tienen muchos hijos son los más fieles servidores del gobierno, por su miedo a la miseria; a eso es a lo que tienen miedo los mexicanos de las clases directivas: a la miseria, no a la opresión, no al servilismo, no a la tiranía.

Desde antes de que México viera consumada su independencia, la Constitución de Apatzingán (1814), en su artículo 52, contemplaba ya las virtudes imprescindibles para el ejercicio del poder. Los servidores públicos debían gozar de "buena reputación, patriotismo acreditado con servicios positivos, y tener luces no vulgares para desempeñar las augustas funciones de este empleo". Otro de sus artículos —adelantado para su época— ponía límites a los excesos del poder, al considerar delito de Estado, sin cortapisas, la "dilapidación de los caudales públicos".
     Inspirada en los Sentimientos de la Nación de Morelos, la Constitución de Apatzingán nunca llegó a tener vigencia. En las primeras décadas del México independiente, la mayor parte de los funcionarios mostraban un ánimo natural de servicio. Las posibilidades del nuevo país se presentaban inmensas; había optimismo en el futuro de la nación.
     Los pocos presidentes que pudieron ejercer el poder sin verse amenazados por las constantes revueltas y golpes de Estado lo hicieron con probada honestidad y cultura de servicio —aun los gobernantes que provenían de las "terribles entrañas" de la "reacción" predicaron con el ejemplo. Su objetivo era uno: el interés general.
     Después de Guadalupe Victoria —escribió Manuel Payno— los presidentes de la República, cualesquiera que hayan sido su conducta y opiniones políticas, continuaron viviendo en una especie de simplicidad y pobreza republicanas a que se acostumbró el pueblo. El sueldo señalado al primer magistrado de la República ha sido de 36,000 pesos cada año (equivalente hoy en día al sueldo de un profesionista de clase media), y de esta suma han pagado su servidumbre privada y sus gastos y necesidades personales. Para honra de México se puede asegurar que la mayor parte de los presidentes se ha retirado del puesto, pobres unos, y otros en la miseria.
     Desde luego la austeridad y honradez no eran suficientes para gobernar con acierto. No faltaba "uno que otro presidente —escribió Francisco Zarco— que suele dar audiencia al empezar a gobernar; después se cansa de oír una misma cosa y se declara incomunicado".
     La cultura de servicio tuvo su época de oro en el periodo de la República Restaurada (1867-1876). El Ejecutivo, los miembros del Congreso, magistrados y demás funcionarios gobernaron al país con apego irrestricto a la ley y con una moral política que difícilmente se puede encontrar en otro periodo de la historia mexicana. Con un sueldo de 333 pesos mensuales como magistrado de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Ignacio Manuel Altamirano escribió: "No tengo remordimientos. Estoy pobre porque no he querido robar. Otros me ven desde lo alto de sus carruajes tirados por frisones, pero me ven con vergüenza. Yo los veo desde lo alto de mi honradez y de mi legítimo orgullo. Siempre va más alto el que camina sin remordimientos y sin manchas. Esta consideración es la única que puede endulzar el cáliz, porque es muy amargo".
     Estos extraños seres —honrados, probos, austeros—, liberales y conservadores, presidentes, diputados, magistrados y demás funcionarios públicos que escribieron las páginas de la vida pública en el siglo XIX, aparecen como una especie casi en extinción en el México actual. Aquellos hombres entendieron el significado de la palabra "mandato", otorgado por el pueblo para dirigir con inteligencia, prudencia y acierto los destinos del país. Hoy, las palabras de Benito Juárez recobran su sentido: "A propósito de malas costumbres había otras que sólo servían para satisfacer la vanidad y la ostentación de los gobernantes. Las abolí porque tengo la persuasión de que la respetabilidad del gobernante le viene de la ley y de un recto proceder y no de trajes ni de aparatos militares propios sólo para los reyes de teatro". –


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