Tláhuac: nosotros no fuimos

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Fue aquí donde murieron los agentes de la Policía Federal Preventiva; doce horas después del linchamiento, la sangre sigue adherida al pavimento: es una costra negra que huele a gasolina quemada. Un reportero de televisión se había acercado hasta ellos:
     —¿Qué están haciendo?
     —Somos de la pfp, estamos investigando.
     —¿Qué? ¿Qué investigaban?
     —Narcomenudeo. Somos de Inteligencia, de Terrorismo de la pfp.
     —Dice la gente que abordaron un taxi con dos niños.
     —No hay nada de eso, es mentira, o sea, no sé si sean las señoras, están inventando cosas. Nosotros nos identificamos desde el principio…
     Ahora, las casas están cerradas y el viento arrastra un calcetín a lo largo de la calle. Entre los terrenos baldíos y las casas a medio construir de San Juan Ixtayopan van apareciendo: una camiseta, un palo roto, un trozo de cuerda ennegrecido por las llamas.
     Bajo el árbol donde perdió la vida el subinspector Víctor Mireles, encuentro dos vales de cortesía buenos para “un desayuno” y “una comida”. Tienen el logo de la pfp, pero ya nadie podrá canjearlos. Son la posibilidad más tangible de algo que los agentes perdieron cuando la muchedumbre empezó a arrancarles la ropa.
     Vi a Víctor Mireles por primera vez una tarde borrosa a finales de 2002. Un amigo de la procuraduría capitalina acababa de pasarme un informe que contenía la ubicación de las ciento cincuenta “narcotiendas” más importantes del Distrito Federal, y con el documento en la mano llamé a la pfp para pedir una entrevista con los encargados de batir el “narcomenudeo”. Desde la oficina de comunicación social, Raúl Tovar me advirtió:
     —Si publicas esa lista, los vendedores de droga van a darse a la fuga. Mejor, canaliza ese asunto a través de nosotros.
     Yo no estaba dispuesto a perder una exclusiva para que la pfp hiciera su trabajo. Sostuvimos media hora de gritos. Al fin, llegamos a un acuerdo: le entregaría cien direcciones; las otras cincuenta serían publicadas a la semana siguiente. Tovar anotó mi número:
     —Te van a llamar de mi parte.
     Esa tarde, en una escena que parecía extraída de una novela de John Le Carré (Mireles esperándome en una esquina; dos hombres vigilando desde la esquina contraria; un tercero aguardando dentro del auto, con el motor encendido) entregué las direcciones. Le dije a Mireles:
     —No si esto va a servir de algo. Créame que le doy la lista con mucha desconfianza.
     Contestó:
     —No desconfíes. A pesar de nuestra mala imagen, habemos muchos policías que seguimos creyendo en el trabajo.
     Volví a verlo dos años más tarde. Esta vez, por televisión. Tenía la cara desfigurada y la camiseta manchada de sangre. Alguien le jalaba el pelo. Lo acusaban del secuestro de dos niños. El reportero lo interrogó:
     —¿Qué es lo que están haciendo?
     —Trabajando.
     —¿Se llevaron en un taxi…?
     —No señor, nosotros no fuimos…
     Y ahora, doce horas después, yo estaba allí recogiendo sus vales de desayuno en una calle lejana de la delegación Tláhuac.
     Las tres horas de parálisis, la ausencia de autoridades que esa noche ocasionó la muerte de dos agentes, y el envío al hospital de uno más, resumen la historia de San Juan Ixtayopan. Invisibles para el poder, excedentes para lo que no sea política electoral, desdeñados por el Infonavit, olvidados por el Fovissste, los cerros de la comunidad se poblaron de manera precaria. Si la imagen de una sociedad está dada por cómo se transita por sus calles, la alarma de lo que iba a ocurrir el 23 de noviembre debió haberse encendido hace mucho tiempo. El arribo a San Juan, desde el centro de la ciudad, lleva alrededor de una hora. Ese tiempo está ocupado solamente por construcciones en obra negra, calles sin pavimentar, basureros a cielo abierto y camiones suburbanos entre cuyas nubes de humo desaparece a trechos la ciudad de la esperanza. Gueto del olvido y el resentimiento social, obligado a formar un sistema de regulación comunitaria, San Juan era el caldo de cultivo adecuado para convertirse en el sitio aterrador de la barbarie colectiva, “la caverna del instinto” que esa noche vimos brotar por televisión.
     El coordinador territorial, Mario Ríos, denunciaba desde hacía meses la venta de droga al menudeo. Los vecinos protestaban por la falta de vigilancia, alegaban un aumento en la inseguridad. La delegada no asistía nunca. Había robos frecuentes: tanques de gas, autopartes, bicicletas. “Parece poca cosa, pero es mucho para nosotros”, me dijo Hilda Martínez, integrante del Comité Vecinal.
     Con el pri, con el prd o con el pan, los vecinos llevaban lustros descubriendo que “no hay manera de canalizar la inconformidad”. Ríos mostraba a los reporteros algunas estadísticas: el 68 por ciento de la población no terminó la primaria; en el pueblo hay cinco fiestas religiosas que duran varios días cada año; los índices de consumo de alcohol y violencia intrafamiliar figuran entre los más altos de la capital. En sólo dos años, en la ciudad de México han ocurrido veintiocho intentos de linchamiento. Sólo San Juan pudo consumar el suyo en tiempo real.
     En la mañana que siguió a la tragedia, alguien pegó en la fachada de una iglesia un letrero que contenía esta pregunta: “¿Por qué?” En la plaza, una turba con cámaras y micrófonos la repetía ante el aún vociferante grupo de pobladores. Pero en San Juan Ixtayopan nadie había cobrado conciencia de la magnitud de sus actos. A principios del siglo xvi, Lope de Vega convirtió en comedia un linchamiento ocurrido en 1476 en tierras de Córdoba: indignados por las afrentas de sus gobernantes, hombres, mujeres y niños asaltaron la casa de Hernán Pérez de Guzmán; lo defenestraron vivo y luego despedazaron su cuerpo. Cinco siglos después, Tláhuac se apegaba a las líneas del libreto: “No fuimos nosotros, sino el desfiguro de la autoridad.” El abogado del pueblo, Javier Rosas, gritaba a voz en cuello: “No somos asesinos. Somos un pueblo indignado ante la pobreza y la inseguridad. Que no nos engañen, somos las víctimas, no los verdugos.”
     Me dijo después:
     —Ellos decían que eran policías. Pero andaban grabando a los niños y es ilegal grabar a los niños. Ser policía no significa no ser delincuente. ¿No vimos hace unas semanas que un subdirector de la judicial fue detenido cuando andaba secuestrando a una persona?
     El 23 de noviembre, Víctor Mireles y sus hombres llegaron a Tláhuac con el supuesto propósito de hacer investigaciones sobre “narcomenudeo”. El grupo estaba a punto de retirarse, pero a Mireles se le ocurrió de pronto verificar el nombre de la escuela que se hallaba frente a ellos. El agente Édgar Moreno Nolasco bajó del coche y se acercó al plantel. Las madres de familia que esperaban a sus hijos le preguntaron qué estaba buscando. Moreno les dijo que iba a comprar un jugo, vio que la escuela se llamaba “Popol-Vuh” y regresó al vehículo. No pudieron salir. El auto fue rodeado por varios vecinos que golpearon los vidrios y las portezuelas durante quince minutos. Luego, sacaron a los policías a empellones y los arrastraron rumbo a la primaria. “Para que no siguieran pegándonos, pedí que me dejaran hablar con mi jefe. Le marqué a Manuel Lugo y le pedí ayuda. El señor Lugo me respondió: “No te desesperes, vamos para allá de inmediato”, declaró el único sobreviviente.
     Consta que a esa hora el secretario Marcelo Ebrard, que había delegado la seguridad capitalina en su segundo (el subsecretario Gabriel Regino, a quien se achaca haber informado a la pfp que la turba estaba controlada), sostenía una reunión a la que asistieron varios periodistas: no recibió tarjetas ni llamadas telefónicas antes de las 20:30, minutos antes de que los agentes comenzaran a ser rociados con gasolina. El comisionado de la pfp, José Luis Figueroa, confesó que se había enterado de los hechos por televisión. Cuando la noticia daba ya la vuelta al mundo, y Víctor Mireles y Cristóbal Bonilla se calcinaban en la calle oscura, elementos de la procuraduría capitalina vieron en San Juan Ixtayopan al director de Agrupamientos Metropolitanos, Marco Antonio del Prado. Le preguntaron por qué no actuaba. Les contestó que tenía órdenes “de hacer presencia, no de intervenir”.
     Un perro huele la sangre seca frente a la escuela “Popol-Vuh”. Los niños que van a clases se detienen a mirar, por un momento, los restos de lo que hicieron sus padres. Los funcionarios hacen interpretaciones, alegatos. Aparecen ante los medios para defenderse, y descargar la culpa en otros. Tláhuac reveló que no se coordinan, que sólo compiten por las cifras. Desde el 23 de noviembre, San Juan Ixtayopan no es sólo el emblema de un país que toca fondo en materia de respuestas colectivas, sino el símbolo oscuro de su barbarie política.
     Coloco el vale ensangrentado dentro de mi libreta de notas. Atravieso calles sin pavimentar, construcciones en obra negra, basureros a cielo abierto. Lo hago pensando en Mireles. Esa noche, de regreso en mi casa, me pongo a revisar archivos sepultados hace tiempo. Entonces la encuentro. No puede ser cierto. Sonrío con tristeza. La lista que aquella tarde entregué al agente de la pfp incluía sólo una “narcotienda” en el rumbo de Tláhuac. La dirección era ésta: Lago de la Muerte, manzana 141, lote 8, colonia Ampliación Selene. –