Tlön y Benigni

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Las multitudes en estado de arrobo que salen de ver La vida es bella, película del comediante italiano Roberto Benigni, parecen haber visitado una estación paradisiaca donde la risa lo puede todo: desde burlar el implacable engranaje del universo concentracionario nazi hasta consagrar el sacrificio como una de las formas extremas de la cursilería. Benigni es un actor deplorable, pero eso no es, ni con mucho, lo peor; también es un inmoral y un oportunista. Alguna vez fue dirigido por Jim Jarmusch y por Federico Fellini, pero su mezquina inmortalidad está y estará cifrada en el engendro sobre el Holocausto que le ha valido los Óscares de los comerciantes de Hollywood y que él ha propuesto a la humanidad cinéfila (lo de cinéfila es un decir), sonriente —con esa misma sonrisa de servilismo que lucía cuando le besó los zapatos en Cannes a Martin Scorsese—, nada menos que como una visión feliz del genocidio.
     Con un desenfado repugnante y con el aplauso de millones, Benigni ha llevado su chantaje a las últimas consecuencias y ha hecho descender varios grados el ya de por sí maltratado sentido estético de las generaciones finiseculares. Ha conseguido poner en las pantallas de todo el mundo lo que el mal gusto de Jerry Lewis no pudo lograr con su frustrada película The Day the Clown Cried (1972) —que se quedó enlatada: era demasiado desagradable aquello de un payaso en un campo de exterminio durante la Segunda Guerra Mundial—, cinta en la que Benigni parece haberse “inspirado”.
     Asombra que los mexicanos que aprendieron a reírse con el genial Tin Tan y el Cantinflas de las películas en blanco y negro consideren a Benigni un actor admirable. Es apenas, en sus momentos menos nauseabundos, un Clavillazo en muy mala forma. Acaso el mérito principal de La vida es bella sea que nos permite asomarnos al revoltijo psicológico, moral y estético que constituye lo que en otro lugar he llamado “la torrencial sensiblería” que pasa por gusto artístico en estos tiempos. Como en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, el inquietante cuento de Borges, se está apoderando del mundo ese torrente de dimensiones planetarias que acaso termine por avasallar todos los espíritus. Uno, entonces, ya no hará caso, y seguirá revisando sus indecisas construcciones de la poesía gongorina. –

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