¡Tráiganme la guitarra de Carlos Santana!

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Honor a quien honor merece. Autlán de Navarro, Jalisco —la antigua (de hecho prehispánica) Autlán de la Grana—, presenció la develación de una estatua en honor de Carlos Santana el pasado 27 de febrero. Es el monumento al hijo pródigo, todavía no predilecto. Lugareños y visitantes pasan junto a él y lo miran, por desgracia la mayoría sin acabar de saber qué hizo ese bigotón, tan parecido a los de por allí, para merecer la conmemorativa inmovilidad del bronce. Pero acaba de suceder que unos vándalos, a bordo de una camioneta con placas estadounidenses, se robaron otro icono local: la guitarra eléctrica, también de bronce, con la que empezaba la calle principal de la población, recién bautizada como Avenida Santana. Se robaron, pues, el monumento a la mejor guitarra que ha dado Autlán. Y, lo que es peor, el hecho se tomó más bien con indiferencia.
     Algunos amantes del mejor blues, jazz y rock, que ya imaginaban un museo como el de la casa natal de Elvis Presley, con objetos personales del ilustre emigrado autleco (junto con recuerdos de otras "luminarias latinas", como la pletórica Jennifer López), debieron de caer en la consternación. Además, ¿en qué cabeza cabe llevarse, así a la mala, el adorno ritual de la calle más importante en la cabecera municipal de un fértil huerto jalisciense de cítricos y guayabas, sin siquiera la indigna posibilidad de lucrar con eso? A las dos semanas, de madrugada y cerca del rancho El Roble, tirado al pie de un árbol, apareció el símbolo de las guitarras de Santana. Seguramente el ayuntamiento lo devolverá a su lugar, para permanente recordación de un músico excepcional. Y sin duda se asegurará de que resulte más difícil quitarlo de allí.
     Hijo de mariachi, pero nada proclive al género ranchero, Carlos Santana se aficionó a la música urbana negra estadounidense cuando su familia se mudó a la fronteriza Tijuana, la de las mil oportunidades. Allí tuvo como primer maestro al pionero local Javier Bátiz. Emigrado a San Francisco, Carlos encabezó su Santana Blues Band, e incorporó en ella a un percusionista africano, Olantunji, y a uno cubano, Mongo Santamaría; la creatividad de ambos, fundida con la eléctrica intensidad bluesera del jefe, se convertiría en la propuesta musical más exitosa y durable de la era jipi en el llamado "sonido San Francisco", bajo la tutela del empresario y promotor Bill Graham.
     El timbre de Santana es el rasgo más relevante e identificable del estilo que guitarrista y banda elaboraron con blues, rock, jazz y ritmos afroantillanos enfáticamente percusivos. Su conocida y gustada "voz" guitarrística subsiste intacta desde las sesiones de grabación en que debutó, como invitado en el segundo álbum Super Session de Al Kooper y Mike Bloomfield.
     Las guitarras que Carlos Santana ha pulsado, a lo largo de 33 años, integran una serie realmente de museo. Primero una Gibson Les Paul, grial de todo aspirante a bluesman; la sencilla SG Special con que incendió el legendario festival de Woodstock y la película que lo rescata (o denuncia), y la L6 de la misma marca, a la que hizo publicidad llamándola "mi arco iris" por su rica pluralidad de timbres. Y desde luego la Yamaha SG 2000, que el coloso industrial japonés del mismo nombre le construyó a su gusto en los años setenta. Más recientemente, sus instrumentos característicos son las finas, bellas y costosas guitarras Paul Reed Smith, cuyo Santana Model —reproducción de las guitarras que usa el virtuoso, y la segunda más cara del mundo de la laudería electrónica, con un costo de ocho mil dólares— tiene fonocaptores diseñados con el artista, y una gama de sonidos simplemente digna de él, a más de caprichosas sutilezas de estructura y decoración, como la tapa de vistoso arce tallado, el cuerpo y brazo de fina caoba fileteados con incrustaciones de concha de abulón, a las que se añaden unos marcadores de posición hechos de madreperla en forma de águilas en vuelo, y todavía otra gran ave que adorna el cabezal repujado con el símbolo del mantra energético fundamental, el "om", reproducido en sánscrita filigrana sobre la tapa metálica trasera que protege los controles electrónicos.
     Tal vez los vándalos de la guitarra de bronce pensaban en ese Stradivarius de los bluesistas cuando se dieron a la tarea de borrar —transitoriamente— la memoria física y de bulto de uno de los timbres de orgullo de Autlán de la Grana. Aquella camioneta de placas extranjeras sólo los pudo llevar, a ellos sí, al olvido. Falta, en cambio, que Carlos Santana, un día cualquiera, reafirme su fama imperecedera con un instrumento que, en el museo de su terruño, ocuparía quizá el lugar de honor: una guitarra tradicional del mero Paracho, de la que él sabría extraer rarezas deliciosas bastante más auténticas que un calzado femenino que de repente salta a la pantalla de la computadora: el modelo "Carlos, by Carlos Santana", con cuya compra por internet se ofrece, gratis, un ejemplar del sencillo Primavera, su reciente colaboración con el salsero Jerry Rivera. Ni modo: el misticismo de los jipis a veces se eclipsa ante el cross merchandising. (El consuelo que nos queda es que al zapato se le caerá algún día el tacón, mientras que el disco probablemente nunca dejará de gustar.) ¿No será, maestro, que a los cacos de la guitarra callejera les entró lo globalifóbico? –

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