Trofeos grotescos y otras prendas

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En la página 39 de La casa pierde, Juan Villoro habla de una voz de mujer y dice: "sus palabras sonaban arrastradas y cortantes, como si hubiera bebido esmalte de uñas". Me gustan esas figuras de matices visuales o colores que se beben. Un filósofo pone como ejemplo de deseo absurdo las ganas súbitas de beber un bote de pintura fresca. ¿De qué color?, ¿la blanca es menos tóxica?
     En la página 33, Juan tiene que describir un gordo malvado vestido con una guayabera color de rosa. ¿Y qué dice?, ¿qué puede decirse? Dice: "recorría el restorán como un monstruoso malvavisco". Me encantó. Aquí está Juan entero, su humor, su inventiva, su falta de solemnidad. Para nosotros "malvavisco" tiene precisas reminiscencias gustativas y visuales que el Diccionario de la Real no recoge, pues sólo dice que es flor de hojas sedosas.
     Me detengo. Han bastado dos párrafos para engendrar el caos. Vamos arriba, hay que empezar por el principio.
     Una pregunta inevitable de la teoría literaria es ¿proporciona la literatura alguna forma de conocimiento?, es decir, ¿explica algo? La respuesta es sí. ¿Y qué es este algo que queda explicado en, por ejemplo, un cuento? Una respuesta muy general es "después de leer un buen cuento entiendo mejor las variedades de la experiencia humana", o dicho con menos rebuscamiento, la vida de la gente.
     Un caso: supongamos que un subsecretario de Gobernación va subiendo la escalera de su dependencia y encuentra ahí una viejecita trapeando. Lo más probable es que el funcionario no registre su existencia. La gente humilde tiene la peculiaridad de ser invisible. Pero el subsecretario escucha una voz que le dice: "a los ojos de Dios esa viejecita es más importante que tú, puerco". Y se perturba, ¿quién es esa mujer, por qué dijo eso la voz? Estas dos preguntas sólo pueden responderse con narraciones.
     Para eso sirven los cuentos, para ver por dentro las existencias ajenas, esto es, para vivir imaginativamente en ellas. El valor político y moral de la tarea es muy alto porque con frecuencia en la vida, sobre todo política y económica, nos sentimos incapaces de ver al prójimo como plenamente humano, como algo más que cifras, vagas sombras. Pero la imaginación narrativa permite, como decía Whitman, "ver la eternidad en hombres y mujeres".
     Me vuelvo a detener. Ahora me pasé, me fui muy arriba y esto ya parece manifiesto o carta abierta ("mamafesta", dice Joyce en el Finnegans Wake). Regresemos a nuestro asunto.
     Esperamos del narrador que explaye ante nuestros ojos la existencia humana. Juan Villoro cumple con arte delicado y malicioso estas expectativas. Para hacerlo pone en juego las variedades de su propia experiencia que es, a Dios gracias, variada e inusual. Por ejemplo, en los deportes o en el rock, Juan no es mero aficionado irresponsable o caprichoso, sino conocedor preciso y puntual.
     Tal vez lo más característico de él sea su espíritu democrático y curiosidad insaciables hacia lo ordinario. Porque Juan Villoro, como Flaubert o Joyce, está fascinado por Don Uno-de-tantos, Don Cualquiera o Don Nadie, el Tragaldabas de la esquina, en una palabra, el humano común y corriente y sus modos de hacer inteligible el mundo que lo rodea.
     Muy pocos escritores conozco que tengan dominio tan acabado del lugar común, del "lo que se anda diciendo". Por eso sabe eludirlo siempre y jugar con él, y su prosa cobra esa inventiva y esa tersura que son deleite inacabable.
     Juan, decimos, proclama lo ordinario, los deportes, el rock, el habla popular, "lo que se anda diciendo" y hace de eso ostentación erudita y regocijada, y guarda lo académico, lo intelectual escondiéndolos como pecado. Pero no nos dejemos engañar: su literatura nace de la cruza de los dos órdenes. No en balde Villoro lo sabe todo, lo ha visto y oído todo, y ha leído todos los libros y más. No hay zona opaca de la cultura para él. Pero su discreción es exquisita. Por ejemplo, la lengua y la cultura de Alemania. Pero Juan, que ha traducido a Lichtenberg o a Schnitzler, no acentúa o pregona estas zonas de suficiencia, antes bien, las relega y recata en un segundo plano. Como buen caballero, renuncia a toda ventaja.
     Podría decirse de él lo que Russell afirmó de William James, que su espíritu democrático no alcanza a ocultar su aristo-cracia intelectual.
     Villoro ama las paradojas humanas: el personaje, por ejemplo, que no cae aplastado por sus derrotas, sino por sus triunfos. Así, cuando un boxeador suyo es liberado de la culpa que lo atormenta, queda deshecho: la culpa era el andamiaje, el esqueleto que lo sostenía en pie.
     Apariencia y realidad. Así como Villoro exhibe lo ordinario y recata lo académico, el humor y la brillantez de sus escritos ocultan la meditación triste, y hasta trágica en ocasiones. Por ejemplo, esa escena en la que la ex mujer del protagonista de uno de sus cuentos va después de mucho a visitarlo y le regala, llena de dolor, un dedo de su ex amante fallecida guardado entre algodones en una cajita blanca. En esa escena hay inventiva, y humor (el protagonista cree por un momento que es un gusano), pero también hay pesadumbre grande.
     Pienso en ese dedo, trofeo grotesco del sufrimiento. Como la piel desollada y maloliente del coyote que el hombre que se pierde en el desierto trae como prueba de su hazaña, sólo para rechifla y abucheo de su mujer y todos sus amigos. Otro trofeo grotesco.
     Cuentan que un grupo de amigos que se reunía a cantar las canciones de Schubert formó un día una comisión que fue a pedir al maestro que no hiciera canciones tan tristes. No sé si ha llegado ya el momento de formar una comisión que comparezca con el mismo pedido ante Villoro. Porque es curioso que los protagonistas de sus cuentos, de él justamente, tan lleno de alegría, vitalidad y buen sentido, sean gente devastada y sin esperanza. No sé, porque, como pedía Yeats, el escritor al trabajar debe ponerse la máscara del artista que a menudo es por completo diferente, y hasta contraria, a su rostro de carne y hueso.
     La casa pierde, aunque gane. En una prosa de Kafka un hombre se presenta a examen. Se confunde, responde mal, con torpeza, y cree que ha reprobado, pero no, se le informa que aprobó. Según las reglas, quien responde bien, reprueba, y sólo aprueban los que no aciertan. Villoro explora en su libro esta paradoja. Su libro podría llamarse también "El que gana, pierde".
     Pero cómo está fabricado, con qué arte. Un solo ejemplo: el pasado sentimental de una mujer, Guadalupe, que atiende una cervecería de traileros en el norte, se cifra así: "su momento de gloria ocurrió en Estados Unidos: vivió con un gringo que la llevó a ver El cascanueces sobre hielo. Su anticlímax […] también ocurrió del otro lado: el gringo la dejó en un dentista y no pasó por ella, como si anticipara las fundas de porcelana que le iban a desfigurar la risa". ¿A quién se le puede ocurrir una cosa así? Qué inventiva. El detalle preciso del dentista lleva la firma de Villoro. Por esa combinación de cotidianidad y rareza, melancolía y humor, lo leemos con avidez. –
      
     Texto leído durante la entrega del Premio Xavier Villaurrutia 1999 a Juan Villoro por el libro La casa pierde.