W. G. Sebald (1944-2001)

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En Being Dead (1999), un tour de force a ras del suelo protagonizado por dos cadáveres y el ejército de alimañas que se nutre de ellos durante seis días a la intemperie, el narrador británico Jim Crace se pregunta si los retratos se transforman con la muerte, si la sonrisa de alguien que ha sido fotografiado y que acaba de fallecer se ve de golpe más fija, más tenue, "como si su boca hubiera alcanzado el punto sin retorno". Una duda similar asalta al lector de Winfried Georg Sebald, el gran escritor alemán nacido en Wertach im Allgäu el 18 de mayo de 1944 —un jueves, según él mismo nos informa— y fallecido el pasado viernes 14 de diciembre de 2001 en un accidente automovilístico ocurrido en Norfolk, cerca de su casa de Norwich, al este de Inglaterra, donde se había avecindado en 1970. Quizá, ha dicho su agente Andrew Wylie, sufrió un ataque cardiaco; se precipitó hacia el tráfico que venía por el carril contrario. Lo sobreviven, rezan las efemérides, su esposa Ute y su hija Anna, maestra de veintiocho años que lo acompañaba en el Peugeot al momento del percance. Y sus libros, habría que añadir: también lo sobreviven sus libros. Y las fotografías de sus libros, tanto las que él exhumó de misteriosas tiendas de antigüedades para engarzarlas en su insólito collar narrativo, conformando una suerte de álbum de las almas, los lugares y los objetos perdidos del siglo XX, como las que se incluyen en las solapas y que muestran a un Sebald hierático, un difunto reciente que parece haber negado la sonrisa porque no quería verse de golpe más fijo, más tenue, como si hubiera alcanzado el punto sin retorno. Y la certeza: también perdura la certeza de que, al igual que el suizo Robert Walser —espíritu afín, amante de la errancia y el orbe crepuscular, fallecido asimismo en diciembre pero de 1956, durante un paseo por los gélidos alrededores del manicomio donde transcurrieron los últimos veinticinco años de su vida—, Sebald fue fiel a sus obsesiones hasta el final y murió en movimiento. Sin embargo, a diferencia de Walser, cuyo cadáver, tendido en la nieve como una "i" rematada por el inseparable bombín negro, se conserva en una curiosa fotografía, Sebald no cuenta con una imagen mortuoria. Hay, eso sí, una declaración recogida por un diario inglés que retrata con estremecedora claridad el pensamiento sebaldiano: "Las fronteras entre vivos y muertos no están herméticamente selladas; persiste una zona opaca, un territorio de tránsito. Si existe la sensación, sobre todo entre la gente infeliz, de que hay algo como la muerte en vida, entonces es factible que el reverso también exista."
     Es justamente en ese "territorio de tránsito" donde se ubica la obra del alemán, un corpus que transgrede géneros y convenciones —"Sólo quiero escribir una prosa decente. No importa qué sea: biográfica, autobiográfica, topográfica. Siento una enorme aversión por la novela convencional"— porque su raíz está en el desplazamiento continuo, en la oscura inquietud que suscita la mudanza. Flâneur en el más estricto sentido benjaminiano, peripatético por excelencia y extraterritorial por elección propia —"Los escritores posmodernos se mueven a menudo en fronteras lingüísticas"—, Sebald suele dar a sus libros o a ciertas partes de sus libros un arranque móvil: "En octubre de 1980 viajé de Inglaterra, donde había vivido durante casi veinticinco años en una región dominada por lo general por cielos grises, a Viena, esperando que un cambio de aires me ayudara a olvidar un periodo particularmente difícil de mi vida" (Vértigo, 1990); "Hasta los 22 años de edad nunca había estado más lejos de cinco o seis horas en tren de casa, y por esta razón, cuando en otoño de 1966 decidí por diversos motivos trasladarme a Inglaterra, apenas tenía una idea aproximada de lo que allí iba a encontrarme" (Los emigrados, 1993); "En agosto de 1992, cuando la canícula se acercaba a su fin, emprendí un viaje a pie a través del condado de Suffolk con la esperanza de poder huir del vacío que se estaba propagando en mí después de haber concluido un trabajo importante" (Los anillos de Saturno, 1995); "En la segunda mitad de los años sesenta viajé en varias ocasiones de Inglaterra a Bélgica, en parte por motivos de estudio, en parte por otras razones que nunca me quedaron del todo claras" (Austerlitz, 2001). Luego de estos inicios, que dan fe de una precisión temporal cercana a la manía y que podrían constituir una especie de autobiografía atomizada, el narrador creado por Sebald —un yo nervioso tan próximo al autor que deviene sombra, doppelgänger ideal— empieza a avanzar hacia la ambigüedad y la imprecisión, hacia la "zona opaca" donde vivos y muertos conviven en extraña armonía y que no es más que la memoria, ese reino cuyos mapas están diseminados a lo largo de la obra sebaldiana.
     La memoria, advierte uno de Los emigrados, "da pesadez de cabeza, vértigo, como si […] uno estuviera observando la tierra desde muy alto, subido en una de esas torres que se alzan al cielo hasta perderse". ¿Y qué es lo que Sebald, oculto en su brumosa atalaya, registra de la tierra? Atmósferas igualmente brumosas, vespertinas, por las que vagan figuras que se antojan fugadas de los óleos del pintor romántico alemán Caspar David Friedrich. Como los de su paisano distante en el tiempo aunque no en espíritu, los personajes de Sebald —no importa qué sean: reales o ficticios o una mezcla de ambos— se nos presentan extraviados en medio de melancólicos escenarios europeos, caminando siempre rumbo a las ruinas de la Historia y de sus íntimas historias, fraguadas en el abandono y el exilio, y que, gracias a la evocación, resurgen con el mítico fulgor del Ave Fénix. Y a esas ruinas, a esas cenizas de un fuego que arde en sus diversas manifestaciones en Vértigo, Los emigrados y Austerlitz, va trepando como enredadera la prosa de W. G. Sebald, laberíntica, sinuosa, proustiana y nabokoviana a la vez, de una mórbida intensidad que nos hace pensar —ya lo señaló Pico Iyer— en un hombre muerto. Un difunto, habría que agregar, que no alcanzará el punto sin retorno, no porque se haya negado a sonreír en las fotografías de solapa ni porque haya sido un expreso fanático de los hombres y los escritores muertos, sino porque sus libros seguirán moviéndose, vivos e inquietos, hacia el futuro. –