Algo de lo que nos dejó Miguel León-Portilla

Los aportes de Miguel León-Portilla rebasaron el ámbito académico y llegaron a modificar la forma en que los mexicanos comprendieron sus raíces. A cien años de su nacimiento, recordamos al autor cuya obra ha alcanzado un lugar entre los clásicos de la historiografía nacional.
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Miguel León-Portilla (1926-2019) fue uno de los historiadores más importantes de México en el siglo XX y comienzos del XXI, excepcional por la riqueza, abundancia, rigor, variedad y relevancia de su obra y por el talento que tuvo de rebasar el ámbito académico para llegar a amplios sectores de la sociedad mexicana, por escrito y de manera oral, y transmitir la importancia del conocimiento de la lengua y la cultura náhuatl y de los pueblos originarios de México y el conjunto de América, antes y después de la conquista española. Producto de la enorme capacidad de trabajo, inteligencia, inventiva y generosidad de León-Portilla, su obra es extensa e intensa. Abarca libros, traducciones anotadas (del náhuatl, sobre todo, pero también del latín), ediciones de textos antiguos y de estudios modernos, capítulos y artículos (especializados y de divulgación), notas y reseñas, conferencias, entrevistas, coordinación de proyectos colectivos. Su Compendio curricular abarca 223 páginas, y no incluye todo. 1Quisiera recordar aquí algunos de sus aportes fundamentales.

En 1957 León-Portilla ingresó como investigador al Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, en donde trabajó hasta el final de su vida. Su maestro, el padre Ángel María Garibay K. (1892-1967), había ingresado al instituto en 1956 y se encontraba en un momento particularmente creativo de su vida académica. Acababa de publicar en 1953 y 1954 los dos tomos de su Historia de la literatura náhuatl, su obra más importante. Pero su interés fundamental estaba en la obra del franciscano fray Bernardino de Sahagún (1499-1590) y sus colaboradores nahuas. Del manuscrito de los Cantares mexicanos, resguardado en la Biblioteca Nacional de México, y de los tezcocanos Romances de los señores de la Nueva España, conservados en la Biblioteca de la Universidad de Texas en Austin, había tomado los textos de poesía lírica y épica náhuatl que dio a conocer en los años cuarenta y los siguió trabajando en pos de una edición completa (aunque severamente editada) de ambos manuscritos en los tres tomos bilingües de Poesía náhuatl, publicados por la UNAM en 1964, 1965 y 1968.

En 1956 el padre Garibay publicó una edición en cuatro volúmenes de la Historia general de las cosas de la Nueva España de Sahagún y sus colaboradores. Esto es: de la columna en español del Códice florentino (1577), sin la columna en náhuatl ni las ilustraciones. El Códice florentino no era de fácil acceso, conservado en la Biblioteca Laurenziana de Florencia, consultable en un incómodo microfilm, por lo que Garibay, sin decirlo, basó su edición en la alterada edición decimonónica de Carlos María de Bustamante (1774-1848), con graves errores, como poner Mocthecuhzoma, en lugar de Motecuçoma, que da el Códice florentino.

Con todo, el camino quedó abierto para estudiar los textos sahaguntinos en lengua náhuatl, particularmente los Códices matritenses (del Real Palacio y de la Real Academia de la Historia), gracias a que los publicó en magníficas reproducciones Francisco del Paso y Troncoso (1842-1916) en 1905-1907. Con esta intención, el padre Garibay y León-Portilla fundaron en 1957 el Seminario de Cultura Náhuatl en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, que inició la publicación de ediciones bilingües anotadas de “Textos de los informantes de Sahagún”, a cargo del padre Garibay, de León-Portilla y del joven Alfredo López Austin (1936-2021), cuya tesis de licenciatura en historia dirigió León-Portilla en 1960, al igual que lo hizo con la de maestría en 1972.

Mencioné las deficiencias de la edición del texto español de la Historia general de las cosas de la Nueva España realizada por el padre Garibay en 1956, pero el cuarto de sus tomos incluye valiosos materiales adicionales sobre la conquista de México: dos traducciones hechas por él del texto náhuatl del libro XII de la Historia general, tomado, este sí, del microfilm del Códice florentino, y de la parte sobre la conquista de los Anales de Tlatelolco, además de la “Relación de la venida de los españoles y principio de la ley evangélica”, en español, del mestizo tezcocano don Fernando de Alva Ixtlilxóchitl (1568-1648).

León-Portilla se dio cuenta de la importancia de estos textos, que daban por primera vez la visión de los indios, en su lengua, de la conquista, que hasta entonces solo se estudiaba con fuentes españolas, y pensó en hacer una edición de divulgación de estas traducciones y otras que él mismo hizo (de los “Cantos tristes de la conquista” de los Cantares mexicanos), con el título provocador de Visión de los vencidos, con una introducción general, introducciones particulares, notas, textos adicionales y dibujos, de Alberto Beltrán (1923-2002), basados en las pinturas del Códice florentino. Precisamente en 1958, al reseñar para la revista América Indígena el libro La invención de América de Edmundo O’Gorman (1906-1995), León-Portilla aceptó su llamado a estudiar el proceso colectivo europeo de comprensión del ser de América y propuso estudiar también el proceso complementario de comprensión indígena del viejo mundo.

Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista se publicó en 1959 en la misma Biblioteca del Estudiante Universitario de la UNAM en la que el padre Garibay había publicado sus traducciones de poesía náhuatl y tuvo un éxito inmediato. Se hicieron y se siguen haciendo múltiples reediciones, sucesivamente aumentadas, y traducciones a varias lenguas, incluyendo el chino y el esperanto. En México es una lectura común desde la educación preparatoria y se volvió un clásico de la literatura mexicana. La importancia de los indios y de su punto de vista en la historia de México quedó establecida y León-Portilla se volvió un personaje de importancia en la vida intelectual de México.

Visión de los vencidos también suscitó un debate sobre la posibilidad de transmitir el punto de vista indígena con documentos escritos en náhuatl pero promovidos por los frailes. De hecho, tanto el libro XII sobre la conquista de la Historia de Sahagún, como los Anales de Tlatelolco, no dan el punto de vista indígena, ni mexica, sino mexica tlatelolca, sobre la toma de la ciudad dual de México (compuesto por dos reinos o altépetl, Mexico Tenochtitlan y Mexico Tlatelolco). Ciertamente, Visión de los vencidos no es un tratado sobre la visión indígena de la conquista y sus consecuencias, y tampoco es una edición filológica crítica de estas fuentes en náhuatl, pero sirvió y ha servido para encender un interés tanto general como académico por las fuentes en náhuatl y otras lenguas indígenas y por el punto de vista indígena. Este propósito continúa hoy en las investigaciones sobre la participación de los indios al lado de los españoles en la conquista y sobre los indios en el México novohispano e independiente.

Visión de los vencidos es una invitación al estudio, y no es casual que precisamente en el año de su publicación, 1959, el padre Garibay y León-Portilla fundaran la revista Estudios de Cultura Náhuatl, compuesta por gordos y ricos tomos anuales (ahora semestrales), en donde León-Portilla nunca dejó de publicar en cada número un trabajo importante, y que hoy día constituye un corpus de conocimiento apreciable, sobre el mundo náhuatl prehispánico, colonial y contemporáneo. Dar a conocer a los indios y su punto de vista en la historia de México a través de una multiplicidad de fuentes, en náhuatl y otras lenguas indígenas, en español, en latín, en códices pictográficos, en testimonios contemporáneos, fue el propósito de toda la vida de León-Portilla.

Entre los aportes más apreciados de León-Portilla están sus traducciones y ediciones bilingües de textos en náhuatl, Trece poetas del mundo azteca (1967), los Coloquios de los Doce (1986), el Nican mopohua guadalupano (2000), los Cantares mexicanos en cinco volúmenes (2011-2019), antologías de poesía náhuatl como La tinta negra y roja (2008), las Ordenanzas de tema indígena, en náhuatl y en español, de Maximiliano de Habsburgo (1832-1867), tlatoani o emperador de México entre 1864 y 1867 (2004), Los manifiestos en náhuatl de Emiliano Zapata (1978), y varias otras traducciones.

Son muy apreciados los impresos que publicó en su colección de Facsímiles de Lingüística y Filología Nahuas, de los institutos de Investigaciones Filológicas e Históricas de la UNAM, y en otras editoriales. Menciono su edición facsimilar de 1983 del Arte de la lengua mexicana del jesuita Horacio Carochi (1586-1666), de 1645, con un amplio estudio preliminar que, entre otros temas, muestra el aprovechamiento por los lingüistas jesuitas del siglo xvii de los textos en náhuatl producidos por los lingüistas franciscanos del XVI.

Ha suscitado discusiones la opción, que León-Portilla heredó de su maestro Garibay, de disponer en sus ediciones bilingües los textos en náhuatl y español en forma de versos. Es cierto que los manuscritos originales no están así, pues son textos continuos, pero su acomodo en versos permite al estudiante de la lengua náhuatl aproximarse al idioma palabra por palabra, y tener momentos de delicia didáctica, analítica y dialógica. En esta opción León-Portilla mostró su amistosa cortesía con los lectores, que pueden consultar facsimilares si necesitan cotejos más precisos. Igualmente valiosas son las ediciones de códices realizadas por León-Portilla, entre las cuales menciono el Códice Alfonso Caso, mixteca, el Códice Fejérváry-Mayer (rebautizado Tonalámatl de los pochtecas), el Mapa de Uppsala (rebautizado Mapa de México Tenochtitlan y sus contornos hacia 1550).

León-Portilla realizó una intervención historiográfica importante en la década de 1980, cuando fue encargado de encabezar la comisión mexicana para la celebración en 1992 del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, y propuso cambiarla por la Conmemoración del Quinto Centenario del Encuentro de Dos Mundos, abierta a un conjunto amplio de investigaciones y reflexiones sobre la multiplicidad de cambios que trajo el encuentro de 1492 que implica “abrir al máximo la mira para abarcar y valorar las significaciones de los tiempos, no ya solo las del pasado, sino también las del presente y las que podían vislumbrarse en el porvenir, ya que pasado, presente y futuro se conciben como flujo ininterrumpido del existir, abriendo su estudio a todas las perspectivas”. Poco después, el primero de enero de 1994, León-Portilla oyó claramente “el aldabonazo zapatista” de la rebelión chiapaneca y se volvió un defensor razonado de la autonomía indígena.

El aporte de Miguel León-Portilla no residió únicamente en una afirmación indigenista, conocida por sus conferencias, por Visión de los vencidos y otras obras y actitudes emblemáticas. Su aporte al conocimiento del México indígena es notable y muy extenso, y muy pocos lo pueden valorar en su amplia totalidad, ni siquiera los especialistas que atesoran sus libros, ediciones, estudios. Una manera de hacernos una idea de la importancia y de la magnitud de su obra es consultar la edición de las Obras de Miguel León-Portilla, publicada por El Colegio Nacional y el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, que lleva ya más de trece volúmenes, más de cinco mil páginas, y seguirá creciendo. Cada tomo incluye una introducción del propio León-Portilla, un índice analítico y la indicación del origen editorial de los trabajos compilados. Las introducciones para cada tomo, que recapitulan las preguntas y circunstancias a las que respondió cada texto, conforman una autobiografía intelectual de León-Portilla, que anticipa la más amplia autobiografía póstuma, cuya edición prepararon su viuda y su hija.

Explicó “¿Por qué publico mis ‘Obras’?” al inicio del primer tomo: algunos amigos le sugirieron reunirlas y primero no aceptó, ya que la mayor parte de sus libros estaban en circulación. Sin embargo, se dio cuenta de que era una oportunidad para reunir sus escritos dispersos, “los hijos menores del ingenio: artículos, capítulos de obras colectivas, ponencias, discursos y, en suma, ensayos de varios géneros”, además de los estudios introductorios de sus traducciones y ediciones. Con esta idea, los primeros once gruesos volúmenes de las Obras de Miguel León-Portilla reúnen los trabajos que cuesta llamar “menores”, y solo en el tomo XII comenzó la edición de sus libros, comenzando con La filosofía náhuatlVisión de los vencidos y El reverso de la conquista. Reunidos, sus trabajos adquieren una contundencia intelectual notable, por la importancia de sus ideas para nuestro autoconocimiento y por los aportes puntuales de cada uno de sus trabajos, siempre producto de un esfuerzo particular, en una vida dedicada a devolver a la sociedad los dones intelectuales de los que fue generosamente dotado. Su obra lo eleva a la categoría de clásico de la historiografía mexicana. Es por eso que, a cien años de su nacimiento y a seis de su fallecimiento, lo seguimos y seguiremos leyendo con provecho y gusto. Al leerlo, oímos hablar y sentimos sonreír a Miguel León-Portilla, que, de esta manera, alcanzó la inmortalidad. ~


  1. 1 Miguel León-Portilla, 2019, Compendio curricular (22 de febrero de 1926-1 de octubre de 2019, Ciudad de México), UNAM (Instituto de Investigaciones Históricas), Ciudad de México, 2019. En internet. Para no cargar de notas este resumen, doy en el texto los datos bibliográficos básicos y remito a este Compendio curricular para referencias más precisas y abundantes. ↩︎


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