Me gustaría poseer una buena colección de artículos académicos y sacar de allí alguna acartonada investigación cuyo título sea: “El amor es el silencio más fino: sobre las relaciones ocultas entre el objeto y la palabra y las posibilidades existenciales de la metáfora no formulada en Jaime Sabines.” Sin embargo, es sabido que este poeta chiapaneco no militó jamás en las filas de la poesía lucerista; su estética fue más bien la del peatón; era fiel practicante del pinchepiedrismo. No hay otra forma de explicarlo más que con esta breve prosa del mismo Jaime Sabines:
Hay dos clases de poetas modernos: aquellos, sutiles y profundos, que adivinan la esencia de las cosas y escriben: “Lucero, luz cero, luz Eros, la garganta de la luz pare colores coleros”, etcétera, y aquellos que se tropiezan con una piedra y dicen “pinche piedra”. Los primeros son los más afortunados. Siempre encuentran un crítico inteligente que escribe un tratado “Sobre las relaciones ocultas entre el objeto y la palabra y las posibilidades existenciales de la metáfora no formulada”. –De ellos es el Olimpo que en estos días se llama simplemente el Club de la Fama.
A los lectores de mi generación, por lo menos en una primera etapa, nos atrajo esa poesía del peatón que tropieza con la pinche piedra. Nuestras mínimas y ridículas rabietas cotidianas ya no fueron las mismas cuando descubrimos a Jaime Sabines. De hecho, para quienes fuimos jóvenes entusiastas de la poesía a principios de este siglo, el descubrimiento de la voz de Sabines fue literal: antes que lectores, fuimos sus escuchas, gracias a la estupenda grabación del recital que el poeta ofreció en el Palacio de Bellas Artes en marzo de 1996 (¡y pensar que ahora hay gente de treinta años que estaba naciendo cuando ocurría ese evento!).
Jaime Sabines no solo representó nuestra primera experiencia verdaderamente acústica de los poemas; quiero decir, de la voz de un autor que leía sus versos, y eso podía convertirse en un deleite sonoro comparable con el de escuchar música. Sabines, además, fue, para muchas personas en México, el primer encuentro real con la poesía. Se trató de una feliz correspondencia entre un estado emocional y un deslumbramiento verbal. Parece que, con el paso de los años, y mientras más nos sumergimos en la lírica, también nos alejamos de la inicial motivación de leer poemas: proveer de palabras a nuestras emociones. Hasta se nos antoja cursi vincular poesía y emoción; el poema debe ser un ejercicio intelectual, un testimonio, una búsqueda narrativa en verso, un instrumento de denuncia, una exploración individual de los temas de coyuntura; todo, menos un gabinete sentimental. Por el contrario, la función de la poesía de Sabines no era tan sofisticada; sencillamente su objetivo consistía en conmover a través del lenguaje. ¿Cómo no hallar un entendimiento poético ante nuestros propios abismos con versos como: “Entre los escombros de mi alma búscame, / escúchame. / En algún sitio mi voz, sobreviviente, llama, / pide tu asombro, / tu iluminado silencio”?
Tal vez ahora, cuando el poeta chiapaneco estaría cumpliendo cien años, su voz y sus versos ya no dialogan con las nuevas generaciones de manera tan vehemente como hace dos o tres décadas. ¿Perdió prestigio? ¿Envejeció mal su poesía? ¿Está superado su lirismo? ¿O nuestra sensibilidad ya no empata con sus poemas? Cada quien tendrá sus conjeturas, sus argumentos y sus venenos. Desde mi punto de vista, Jaime Sabines se perfila cada vez más como un poeta clásico y no como uno extranuclear. Me explico: no es ningún secreto que el principal público lector de los poetas sean los mismos poetas. Sin embargo, existen figuras dentro del gremio que escapan de ese núcleo de exclusividad: son los poetas extranucleares. Estos poetas, al salir del círculo, son más conocidos y reconocidos, citados y recitados. El impacto de la poesía de Jaime Sabines se corrobora tanto en la cantidad de copias vendidas de sus libros, como en la fama de sus recitales; sobre todo, como ya dije, el del Palacio de Bellas Artes (que yo recuerde, a principios de este siglo, ese cd era casi el único de poesía que se vendía y pirateaba masivamente).
Por un lado, para la crítica literaria, la poesía de Sabines seguirá siendo un referente indiscutible; pertenece a una generación que jamás carecerá de lectores; figuras como Enriqueta Ochoa, Rubén Bonifaz Nuño, Eduardo Lizalde, Tomás Segovia, Dolores Castro o Rosario Castellanos atraerán a nuevos curiosos de la poesía, pese a la natural escasez de aficionados a este género. Por otro lado, la obra sabiniana estará allí para verbalizar nuestros conflictos emocionales, ya sea el temor a la muerte, la lamentación amorosa o, llanamente, nuestras ganas de llorar, porque “uno puede llorar hasta con la palabra ‘excusado’ si tiene ganas de llorar”.
La pregunta sigue siendo: ¿ya no nos emociona este poeta como antes? Sin el afán de hacer pasar estas líneas por un avance de investigación rigurosa (“Sobre las relaciones ocultas…”), reafirmo mi intuición: Jaime Sabines fue un poeta extranuclear que se está convirtiendo en clásico. Muchos poetas anteriores también tuvieron esa misma suerte. Hace más de un siglo, por ejemplo, el prestigio de Amado Nervo era enorme, se dice que sus lecturas públicas fueron memorables; todavía miles de personas han de recordar el verso “¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”. Ahora, indudablemente, Nervo es un clásico en nuestra tradición lírica; Jaime Sabines comienza a serlo: es un poeta que se reformula y resignifica, admite nuevas lecturas e interpretaciones; seguirá ganando detractores, pero también sabrá acercarse a nuevos públicos. Los espirituales modernos quizás “vibren alto” cuando lean: “Lo mismo es una flor que una hormiga / y la estrella es una flor elevada / y la piedra una flor resistente.” Y a los oficinistas les dará alguna esperanza leer: “A esta muchacha de la oficina también le gusta el amor. Y entre el fárrago de papeles que la ensucian todos los días, hay hojas de sueños en blanco que guarda cuidadosamente.”
A propósito de los poetas extranucleares, existe un curioso fenómeno de recepción, ocurrido sobre todo en quienes nos dedicamos a escribir poemas. Yo le llamo “El viaje del arrepentido”. Cuando recién nos empezamos a interesar por la poesía, aparece un poeta extranuclear (en mi generación, Jaime Sabines); lo leemos, lo escuchamos, lo memorizamos, lo imitamos. Algún tiempo y algunas lecturas más tarde, nos arrepentimos de esa idolatría; renegamos de todos los poetas extranucleares que nos alentaban a escribir; los tildamos de cursis, básicos, mainstream, predecibles, sobrevalorados; incluso atacamos sus temáticas aplicando un bisturí moral acorde a la época o a alguna ideología: “este poeta reafirma un nacionalismo tóxico”, “este poeta ensalza los valores rancios del amor romántico”, etcétera. Desde luego, hay quienes se quedan en esa etapa de arrepentimiento; ni de broma releerán un poema de Sabines, mucho menos volverán a escuchar su voz: “ya me curé de su poesía, dejé de fumarlo, de beberlo, de pensarlo”, quizás afirmarán mientras abren una antología con lo último de la poesía algorítmica intuitiva de la segunda corriente del retrofuturismo húngaro. Pero este viaje del arrepentido llega a tener otra etapa: unos años después, les “levantamos el castigo” a esos poetas extranucleares, regresamos a sus poemas con un ojo crítico y sincero, acaso con la nostalgia del que alguna vez experimentó la poesía desde un impulso más emocional que intelectual. Hay un nuevo arrepentimiento, nos pesa habernos alejado. Quizá no salvemos todos los poemas, pero habrá algunos versos que nos regresen a nuestros primeros pasos por la lírica. Puede que un día, casi sin querer, abramos un libro de Sabines como abrimos un viejo frasco de perfume; y, después de algunos poemas, la memoria sensorial o melancólica nos haga decir: “ya recuerdo por qué me gustaba tanto”.
La fortuna de un poeta como Jaime Sabines es múltiple: nos enseñó a escuchar poesía, a leer poesía y (algo más importante) a releer poesía. Posiblemente hay una enseñanza adicional para los poetas: el sentido de la escritura. “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” es uno de los grandes poemas elegíacos que se escribieron en el México del siglo XX. En alguna entrevista, el poeta chiapaneco declaró que también intentó escribir un largo poema de lamentación dedicado a su primogénito, pero su rigor lo hizo abandonar ese proyecto. O sea, Jaime Sabines no escribía para obtener becas, premios, ingresar al Olimpo “que en estos días se llama simplemente el Club de la Fama”, mucho menos ensayaba “su vals de presentación en sociedad”. Escribía desde ese arriesgado lugar común de la auténtica necesidad creativa, y allí supo reconocer su voz, su manera de ser a través de las palabras.
Si la literatura fuera solo una discusión temática, desde hace tiempo ya nos habríamos olvidado de este poeta. ¿Cuántos poemas de soledad, desasosiego y desamor no se han escrito? ¿Por qué seguir leyendo el amor de Sabines, cuando los poemas de amor abundan, o incluso podemos pedirle a una inteligencia artificial que nos escriba una versión deconstruida y sin nicotina de “Espero curarme de ti”? Juzgar a un poeta únicamente por sus temas sería tan imprudente como calificar el sabor de un alimento por el plato donde se sirve. Por suerte, sabemos que nunca ha sido así. Los poemas de Jaime Sabines prosperarán para que los críticos escriban tesis doctorales sobre la metáfora no formulada, y los peatones repasen un par de versos, mientras tropiezan con una pinche piedra, o aman con el silencio más fino. ~