Plutarco: De la inteligencia de los animales

Entre los siglos I y II d. C., Plutarco ya discutía las implicaciones éticas de nuestro trato con los animales, en particular el consumo que hacemos de ellos. Los apuntes que dejó en torno a su inteligencia resuenan en los actuales debates en defensa de la fauna.
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Si es posible afirmar que los animales son seres racionales, ¿esto los hace merecedores de un trato justo que obliga a la humanidad a no cometer abusos contra ellos? Este es el planteamiento central que anima el opúsculo del filósofo e historiador griego Plutarco de Queronea (45-120 e. c. aprox.), escrito durante la segunda dinastía del Imperio romano en algún momento del siglo primero de nuestra era. Combinando el género del diálogo filosófico con el debate oratorio y retórico, así como con las investigaciones zoológicas y etológicas a las que los griegos, desde tiempos de Aristóteles, denominaron historía, este texto, conocido hoy en día por su título en latín, De sollertia animalium (De la inteligencia de los animales), tiene como objetivo desarrollar una discusión sobre cuáles animales, los terrestres o los acuáticos, pueden considerarse más inteligentes. Se trata de una obrilla que forma parte de un conjunto más amplio de escritos atribuidos a Plutarco, agrupados bajo el nombre genérico de Moralia (obras morales y de costumbres), en el que se desarrollan temas relacionados con una amplísima gama de cuestiones que van desde la educación, la religión, la historia y la política hasta la astronomía, la zoología y las controversias entre las distintas escuelas filosóficas de su tiempo.

El texto presenta primero a dos personajes, Autobulo, el padre de Plutarco, y Soclaro, un amigo del autor, que sostienen un diálogo filosófico en torno a la pregunta de si los animales poseen pensamiento (diánoia) y razonamiento (loguismós), cuestión que los lleva a plantear el problema ético sobre cómo deben ser tratados si se acepta la premisa de que son seres dotados de razón. Esta discusión abre paso al debate retórico de dos jóvenes, Aristotimo y Fédimo, quienes se erigen como abogados de cada una de las dos causas: la inteligencia de los animales terrestres, primero, y la de los marinos, después. El extracto del texto que presentamos aquí corresponde al primer discurso, dedicado a los hábitos y las costumbres de una serie de animales terrestres y aéreos (toros, jabalíes, leones, mangostas, golondrinas, arañas, perros, abejas, gansos, grullas, garzas, hormigas y elefantes) y a la demostración de que, en efecto, en todos ellos es posible encontrar con claridad virtudes solidarias con la inteligencia y la razón. Los hechos reportados para cada una de las especies mencionadas revelan una suerte de complicidad con un género literario importante cultivado en la antigüedad: la paradoxografía (los relatos sobre hechos extraordinarios, maravillosos y portentosos), que viene a restar centralidad a la dimensión propiamente científica. El debate sobre la inteligencia animal interesó profundamente a Plutarco, quien escribió, además de este, otros pequeños tratados sobre el tema: Los animales son racionales, diálogo ficticio que tiene lugar en la isla de la bruja Circe entre Odiseo y uno de sus compañeros, que había sido convertido en cerdo y que defiende las maravillas de ser un animal ante las tentativas del héroe de volver a transformarlo en humano, y Sobre comer carne, una profunda crítica al consumo innecesario de carne entre los seres humanos. De estas obras, la que aquí nos ocupa es la que defiende con mayor insistencia que la razón es un privilegio que no puede ni debe negarse a los animales.

El tópico de la razón animal no era nuevo en la época de Plutarco, pues había sido ya discutido por Platón y, con más detalle, por Aristóteles, pero sobre todo por una escuela filosófica específica, el estoicismo, que se había erigido como la principal detractora de la inteligencia animal. En muchos sentidos, la obra de Plutarco es un posicionamiento crítico contra la cerrazón de los estoicos en este asunto, el cual complementa otras de sus obras dedicadas específicamente a rebatir las principales tesis filosóficas de esta escuela (véase, sobre todo, Los estoicos dicen más disparates que los poetas).

Entre las muchas cosas que merecerían comentario del texto que presentamos a continuación (el fragmento 966b3-968d1 de De sollertia animalium), vale la pena detenerse en un pasaje en específico: cuando habla sobre los elefantes y todas las maromas y volteretas a las que los obligan los humanos para entretener al público romano, Plutarco afirma que, para observar y ponderar la presencia de la razón entre los animales, es necesario atender sobre todo a aquello que no ha sido contaminado y sesgado por la intervención humana, pues los síntomas que mayormente manifiestan su inteligencia son aquellos en que no se ha entrometido la mano del hombre. Esto supone un problema sobre el que vale la pena reflexionar y que, de hecho, ha recibido diversas respuestas en la filosofía contemporánea y en los llamados animal studies: atribuir capacidad de razonamiento a los animales, por una parte, puede favorecer la empatía y, por ende, la responsabilidad ética que la humanidad debe tener hacia ellos, pero, por la otra, puede llevar a introducir un marco epistemológico de referencia ajeno que no necesariamente corresponde al estado real de los hechos en el mundo animal, lo que orilla no solo a una distorsión en la interpretación de ciertas conductas animales y el grado de racionalidad que se otorga a ellas, sino también a una no siempre positiva humanización del animal que acaba haciéndolo sufrir o alejándolo de sus instintos naturales. Piénsese, por ejemplo, en los múltiples productos de consumo que alimentan a una industria voraz poco preocupada en el cuidado efectivo de los animales y que venden vestimentas innecesarias de perros y gatos o carriolas caninas que provocan que el animal no entre en contacto con el vastísimo mundo de olores que estimulan su percepción. Esta y muchas otras reflexiones nos ofrece este riquísimo ensayo que nos arroja una mirada de hace más de dos mil años sobre un tema que hoy tiene una enorme relevancia en un mundo donde los animales están siendo exterminados por la sinrazón humana y sometidos a un sistema voraz de explotación y esclavitud que día con día los tortura inhumanamente.

De sollertia animalium

En general, entre los argumentos en que los filósofos se basan para demostrar que los animales son seres que participan de la razón está el hecho de que ellos tienen propósitos, realizan preparativos y previsiones, poseen recuerdos y emociones, cuidan a sus hijos, demuestran gratitud a quienes les han hecho bien y resentimientos contra lo que les ha hecho daño, además de que tienen la habilidad de encontrar lo que necesitan y manifiestan virtudes como la valentía, la colaboración comunitaria, el comedimiento y la magnanimidad. Debemos examinar más adelante a los animales marinos, si de ningún modo evidencian estas cualidades o si en alguna medida y conjuntamente presentan un oscuro destello, aunque sea muy difícil de observar para quien lo juzga. Por el contrario, entre los animales que caminan y que han nacido en la tierra, es posible detectar y observar ejemplos evidentes, vívidos y firmes de cada una de las cosas que he dicho.

Observa, pues, en primer lugar, cómo los toros, cuando levantan polvo durante un combate, o los jabalíes, cuando afilan sus dientes, evidencian sus propósitos y preparativos, y también los elefantes, al excavar o cortar la madera que se comen; puesto que esta les deja los dientes desafilados por el deterioro, usan solo uno para ello, mientras que procuran que el otro esté siempre afilado y puntiagudo para su protección. Y el león, por su parte, siempre camina con los pies apretados retrayendo sus garras, para que, al frotar sus puntas, no se desafilen, y para no dejar marcado el camino a quienes los rastrean. La huella de la garra de un león, en efecto, no es fácil de encontrar, y los rastros con los que se topan quienes los buscan son tan confusos y tenues que suelen extraviarlos y desorientarlos.

Ustedes sin duda han escuchado cómo la mangosta de ningún modo se queda rezagada al soldado acorazado en la batalla: se embadurna y se llena todo el cuerpo con una capa de lodo cuando se dispone a asaltar al cocodrilo.1 Podemos observar también los preparativos de las golondrinas antes de su periodo de reproducción y cómo primero ponen las ramas más firmes hasta abajo para que sirvan de soporte, y luego van moldeando en torno a ellas las más ligeras. Y si se percatan de que al nido le hace falta algo de barro que lo aglutine, al volar sobre la superficie de un estanque o del mar, la tocan con la punta de sus plumas para que estas se humedezcan, pero sin que se pongan pesadas por la humedad, y luego, colectando en ellas polvo, así lo untan y lo ensamblan a las partes del nido que se aflojan y se pandean. Y, finalmente, le dan a su obra una forma que no es angular ni con muchos lados, sino lo más lisa y esférica posible, pues de esta manera es segura y amplia y no facilita asidero alguno a las bestias que, desde afuera, conspiran contra ellas.

Ahora bien, cualquiera tendría más de una razón de asombrarse de las telarañas, arquetipo común tanto de los tejidos femeninos como de las redes para pescar. Pues, además de la exactitud de su hilo, está el hecho de que su red no es discontinua ni tiene deformaciones, sino que su secuencia está producida por una fina membrana, cuya adhesión es el resultado de una cierta viscosidad entreverada de forma invisible en ella; también está la combinación de los colores que la hace tener una apariencia volátil y brumosa, apropiada para pasar inadvertida; sin embargo, lo más notable de todo es el arte de conducción y de pilotaje que lleva a cabo su propio mecanismo. Tan pronto como una de sus presas queda atrapada en él, ella la percibe y la advierte, como cuando un hábil cazador [al sentir el peso de su presa] acorta rápidamente su red y la estrecha en un mismo punto.

Todo esto, por el hecho de que ocurre ante nuestra vista y observación cotidianas, tiene una demostración comprobable, pues de otro modo parecería un cuento o una leyenda. Como me pareció, por ejemplo, aquello de los cuervos de Libia de que cuando están sedientos lanzan piedras [a un pozo] y provocan que se llene y que el agua suba hasta que queda a su alcance. Pero, después, cuando observé a un perro en un barco donde no había marineros lanzando guijarros a una jarra de aceite medio vacía, quedé asombrado de cómo el animal captaba y entendía el fenómeno de expulsión de las sustancias más ligeras por el efecto de las más pesadas. Igualmente, también para el caso de las abejas cretenses y los gansos de Cilicia; pues aquellas, cuando tienen que rodear un promontorio ventoso, utilizan como contrapesos unas piedras pequeñitas para no ser acarreadas fuera [de su trayectoria]. Y los gansos, por su parte, por su temor a las águilas, cuando atraviesan el monte Tauro, toman una piedra bastante pesada en su boca, como si le pusieran una rienda y una brida a su propia facundia y parloteo, con el fin de que, al pasar, en silencio, no sean advertidos.

También es bastante famoso lo que hacen las grullas al volar, pues, cuando hay mucho viento y el aire sopla con violencia, no vuelan como si hiciera buen tiempo, es decir, formando un frente una al lado de la otra o una circunferencia en curva como la de la luna creciente, sino que de inmediato se reúnen en un triángulo que corta con su punta el viento que las golpea, de forma que no se desarticula su estructura. Y cuando descienden a la tierra, las que mantienen la guardia durante la noche apoyan su cuerpo en una de sus patas, mientras que con el otro pie agarran una piedra y se aferran a ella; pues la tensión de sujetar la piedra las mantiene durante mucho tiempo despiertas, ya que, cuando la sueltan, el sonido de la piedra al caer despierta de inmediato a la grulla, de modo que no debe sorprendernos demasiado el hecho de que Heracles, poniendo el arco bajo su axila y

Envolviéndolo con su poderoso brazo,
se quede dormido estrujando con su mano derecha la clava.2

Ni tampoco debe sorprendernos, por su parte, a la luz de la sagacidad de las garzas, aquel al que se le ocurrió por primera vez abrir una ostra cerrada, pues cuando una de ellas se traga un mejillón cerrado, aguanta el malestar hasta que percibe que la ostra se ha ablandado y aflojado por el calor, y, entonces, vomitándola ya abierta y desdoblada, separa de ella la parte comestible.

Es imposible explicar con precisión la organización y las previsiones de las hormigas, pero omitirlas por completo sería un descuido, pues la naturaleza no posee un espejo así de pequeño de las cosas más extraordinarias y hermosas, sino que, como en una gota de agua pura, está contenida ahí la manifestación de toda forma posible de virtud. “Ahí reside la amistad” (Ilíada 14.216), es decir, la colaboración comunitaria; ahí se presenta la laboriosidad como imagen de la valentía; ahí se muestran múltiples semillas de autocontrol, de prudencia y de justicia. El filósofo estoico Cleantes (fr. 515), aunque no aceptaba que los animales participaran de la razón, decía que había tenido la oportunidad de observar la siguiente escena: unas hormigas llegaron a un hormiguero que no era el suyo llevando consigo una hormiga muerta; algunas salieron del hormiguero, se encontraron con aquellas y, de nuevo, volvieron a entrar. Esto ocurrió dos o tres veces, hasta que, al final, ascendieron a la superficie llevando consigo, como recompensa del cadáver, un gusano, y las otras lo capturaron, les dejaron el cadáver y se fueron. Además, para todos es evidente la cortesía entre ellas cuando se encuentran: las que no llevan consigo nada se salen del camino para abrir paso a las que sí; igualmente ocurre con las masticadoras y las que trocean las cosas pesadas y difíciles de cargar, quienes procuran que se vuelvan más ligeras para la mayoría. Y respecto al modo en que esparcen sus huevos para enfriarlos en el exterior, el poeta Arato en sus Fenómenos (v. 956) lo interpreta como señal de lluvia:

Las hormigas, de su cóncavo nido,
rápidamente sacan todos sus huevos.

Y algunos no escriben para este verso “sus huevos”, sino “sus bienes”, es decir, sus cosechas obtenidas, cuando perciben que está reuniéndose moho en ellas y temen su descomposición y putrefacción. Pero su anticipación de la germinación del trigo sobrepasa por mucho a todos sus otros poderes de inteligencia, pues este no permanece seco ni incapaz de pudrirse, sino que se descompone y se hace leche al transformarse para germinar. De este modo, para que, al convertirse en semilla, no pierda su utilidad como alimento y pueda seguir siendo comestible para ellas, se comen la parte del principio de la que emerge el brote del trigo. Yo no apruebo a aquellos que, para conocerlos, deshacen, como si fuera una disección, los hormigueros, pero, de todos modos, ellos dicen que el camino de bajada que atraviesa el nido desde la entrada no es recto ni sencillo de recorrer para cualquier otro animal, sino que, a través de giros y sinuosidades, converge en tres cavidades que tienen túneles y perforaciones de las cuales una es su lugar de vivienda común, la otra es su almacén de provisiones y la tercera está reservada para los que están muriendo.

Creo que no les parecerá a ustedes inoportuno que ponga ahora sobre la mesa, después de las hormigas, el caso de los elefantes, para que aprendamos la naturaleza de la inteligencia de los cuerpos más pequeños y, a la vez, de los más grandes, pues ni en unos ni en otros está oculta ni es defectuosa. La gente suele admirar todo aquello que el elefante es capaz de aprender y asimilar, y las formas, figuras y movimientos que exhibe en los espectáculos teatrales, cuya variedad y prodigiosidad no es nada sencillo de memorizar y retener, incluso para los ejercicios y prácticas humanas. Yo, por mi parte, observo mucho mejor el modo en que verdaderamente se muestra su inteligencia en sus propios sentimientos y movimientos que no han sido objeto de instrucción y que permanecen, por decirlo así, sin mezclarse ni diluirse. En Roma hace no mucho tiempo muchos elefantes eran entrenados a pararse en posturas arriesgadas y a dar vueltas en movimientos retorcidos; uno de ellos, que era el de más lento aprendizaje, porque no entendía las órdenes nunca y por lo mismo era castigado una y otra vez, fue observado durante la noche y a la luz de la luna ensayando y practicando por sí solo las lecciones que le habían enseñado. El filósofo escéptico Hagnón relata que hace tiempo en Siria había un elefante que era criado en una casa, y su cuidador, tras recibir una porción de cebada para alimentarlo, cada día sustraía y hurtaba la mitad; pero un día, cuando estaba presente el dueño de la casa y lo estaba supervisando, el cuidador suministró la porción completa, y el elefante, mirándolo a los ojos y estirando su trompa, agrupó y separó en dos partes la cebada, con el fin de delatar, de la manera más elocuente posible, la injusticia del cuidador. Y otro elefante, cuyo cuidador solía mezclar su porción de cebada con piedras y tierra, un día que estaba cocinando carne, tomó un puñado de ceniza y la aventó en su cazuela. Y en Roma un elefante, que estaba siendo torturado por unos niños que le andaban picoteando la trompa con sus lápices, tomó a uno levantándolo en lo alto como si lo fuera a destrozar y los que estaban ahí se pusieron a gritar, pero él, sin temblar, lo volvió a soltar y se fue de ahí creyendo que aterrorizarlo era suficiente castigo para un joven de esa edad. Sobre los elefantes agrestes y autónomos se relatan muchas cosas admirables como, por ejemplo, la manera en que cruzan los ríos: el más joven y pequeño es el que se propone a atravesarlo antes que los demás; y estos, quedándose parados, observan si el nivel del agua lo sobrepasa en profundidad, lo que significa que aquellos que son más grandes tendrán una margen mayor de seguridad para tener confianza [y cruzar así el río]. ~

Introducción y traducción del griego de Bernardo Berruecos Frank.

  1.  Se refiere al camuflaje de las mangostas para robarse los huevos del cocodrilo.
    ↩︎
  2.  Fragmento de una tragedia antigua cuyo autor no ha sido identificado. ↩︎


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