Confesiones de un socialdemócrata perplejo

Parece cada vez más difícil sostener los valores del proyecto europeo y los ideales de igualdad de oportunidades en un mundo hostil. Además de habilidad estratégica, es imprescindible confiar en la importancia y utilidad de esos principios.
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Todo lo que vimos en enero en la toma del poder por Trump y los suyos, en el país más poderoso de la Tierra, evoca demasiado a los años treinta del siglo pasado en Alemania, a pesar de las evidentes diferencias de tiempo y realidad. Pero no fueron solo los gestos –algunos descaradamente nazis–, sino sobre todo la retórica arrogante del nuevo líder, la apelación a la nación humillada, la reivindicación de un tiempo nuevo, de una era dorada, las amenazas a todos los demás, vecinos o no, la seguridad en la victoria del “hombre fuerte”, las miradas soberbias, casi de odio, supremacistas siempre, el nacionalismo populista que ensalza valores y virtudes de un pasado glorioso, la egolatría superlativa… Tantas cosas. Ya lo escribió Shakespeare: “El diablo está vacío, y todos los demonios están aquí” (La tempestad).

Entre los muchos perseguidos e intelectuales destruidos por aquellos años del siglo pasado, siempre llamó mi atención el escritor austríaco Stefan Zweig, quien en unas memorias maravillosas –El mundo de ayer– mostraba su profunda decepción con lo que veía e intuía poco antes de dejar voluntariamente ese mundo horrible de odio y de guerra. Cuando tuve que elegir un sillón en la Academia de Yuste, elegí el nombre de este autor porque siempre admiré su literatura y su europeísmo avant la lettre.

Vienen estas referencias a cuento de las enormes disrupciones que estamos viviendo con el nuevo presidente estadounidense y de las que se vienen produciendo en nuestro mundo estos últimos años. No puedo sino mostrarme perplejo ante este deterioro de nuestros valores, ante la percepción, por primera vez en mi vida, de que el progreso que siempre viví ahora es retroceso, vuelta atrás, miradas temerosas a un pasado que jamás creí que volvería.

Las transformaciones que estamos viviendo en todos los órdenes están destruyendo nuestras viejas aspiraciones, nuestros mejores sueños. Muchos dicen que lo que está ocurriendo, especialmente después de la pandemia, es muy superior en sus impactos a los enormes cambios que se produjeron en 1989 con la caída del muro y el fin de la Guerra Fría. Creo firmemente que es así.

Entre otras cosas, porque aquellos cambios fueron interpretados en nuestro mundo occidental como cambios progresivos, en el sentido de que hacían avanzar nuestros valores civilizatorios, nuestro marco democrático, nuestras esperanzas en la tecnología como instrumento de bienestar, nuestras esperanzas en la dialéctica del Estado con la economía de mercado y en la globalización y el comercio internacional regulado como fundamentos del crecimiento económico y el progreso social. Incluso nuestra fe en los organismos internacionales reguladores de los consensos gestados a la salida de la Segunda Guerra Mundial.

El mundo vivió un fin de siglo XX cargado de esperanzas y de buenas expectativas, expresadas hasta la exageración, y por ello equivocadamente, en El fin de la historia y el último hombre de Fukuyama. Pero las puertas del infierno se abrieron muy pronto, con el terrible atentado terrorista contra las Torres Gemelas. Desde entonces, casi todo lo que ocurre en nuestro entorno ha ido a peor.

A los atentados en Estados Unidos en 2001 les siguió una larga lista de atentados terroristas con un trasfondo religioso integrista que escondía, además, una contienda civilizatoria contra las democracias occidentales y contra el espacio político europeo y norteamericano, más concretamente. Las guerras llegaron después: Kuwait, Irak, Siria, el norte de África, que quemó las expectativas de lo que ingenua y prematuramente llamamos “primavera árabe”. La invasión rusa de Ucrania y la guerra en suelo europeo y en Oriente Medio, entre Israel y sus vecinos de Palestina, Líbano, Irán, etc., estallaron después.

Al terrorismo le siguió una crisis financiera que hizo temblar las bases del sistema capitalista global y quebró el contrato social de las clases medias de Occidente, golpeadas por una deslocalización desordenada y enloquecida en busca de bajos costes laborales productivos. Millones de trabajadores sufrieron con la implosión de la burbuja inmobiliaria y con la crisis bancaria y financiera posterior. Estados Unidos, pero sobre todo Europa, sufrieron entre 2008 y 2014 la mayor crisis económica de sus últimos cincuenta años.

Fueron años de policrisis: terrorismo, depresión económica, crisis social y fenómenos migratorios fueron la base de la aparición de una suerte de nacionalismos populistas y la emergencia de “hombres fuertes” que viraban hacia la autocracia. Recordemos: Brexit, Hungría, Turquía, Rusia, China, India, Brasil… Las democracias sufrían por la tentación autoritaria y el abuso de poder de regímenes formalmente democráticos que, sin embargo, destruían los principios liberales de la democracia y eliminaban los contrapoderes que balancean ese régimen político, convirtiéndose en democracias fallidas o en abiertas dictaduras.

Esas disrupciones se multiplicaron a raíz de la pandemia, que supuso para toda la humanidad un punto de inflexión con enormes interrogantes, no solo en términos de sanidad pública sino en muchos otros campos de la vida económica, política y social. Repasemos algunos de ellos.

El orden internacional

Hemos construido nuestro internacionalismo, nuestras aspiraciones globalizadas, sobre un universo conceptual y organizativo que se está viniendo abajo. El derecho internacional, el respeto a las fronteras y a las soberanías, la prohibición de las agresiones, el comercio internacional regulado, la cooperación para el desarrollo, los objetivos de desarrollo sostenible…; todas las organizaciones creadas después de la Segunda Guerra Mundial (Naciones Unidas, Organización Mundial del Comercio, Organización Mundial de la Salud), los grandes acuerdos multilaterales, etc., están en crisis. El problema, además, es que este desmontaje va acompañado de valores y principios antagónicos a nuestras convicciones: nacionalismo frente a globalismo, religión frente a laicidad, autoritarismo frente a diálogo, intolerancia, beligerancia, desprecio a los derechos humanos, negacionismo medioambiental y, por supuesto, multipolaridad, es decir, varios polos de poder frente al multilateralismo acordado y regulado. El poder de la fuerza, en definitiva, frente al derecho y el acuerdo.

De pronto, llegó la guerra a nuestras vidas. Los europeos creíamos que nuestro destino era vivir en paz. De hecho, las generaciones que nacimos después de las guerras en España y en Europa siempre hemos mirado con miedo al pasado y optimismo al futuro, al contrario que nuestros hijos, en gran parte porque nuestra memoria estaba preñada de tragedias por aquellas contiendas y sus consecuencias. Pero nuestras convicciones respecto a la paz, las normas del derecho internacional y el multilateralismo y nuestra confianza en las organizaciones internacionales que gobiernan el mundo eran tales que llegamos a creer que ese horizonte bélico jamás llegaría hasta nosotros.

Y sin embargo ha llegado. Ucrania está muy lejos, pero las consecuencias de una victoria rusa no se detendrán ahí. Nikolái Pátrushev, uno de los asesores más influyentes de Vladímir Putin, hablaba recientemente en una entrevista en Pravda “de la desaparición de Ucrania, amenazaba directamente con anexionar los países bálticos y Moldavia y exigía que Europa sea compartida por los nuevos imperios” (Le Grand Continent, 15/1/2025).

No sabemos cómo ni cuándo ni dónde nos afectará, pero el riesgo de una Europa en guerra por defender a una república báltica o por intentar ayudar a Dinamarca a no ser expoliada por “el amigo americano” es cada día mayor.

El telón de fondo del riesgo bélico y de las urgencias presupuestarias por destinar una parte importante del gasto público a una nueva carrera armamentística reside en una nueva concepción del “desorden internacional”. El Estado nación sobre el que hemos construido el derecho internacional, sus principios y las organizaciones internacionales que lo rigen (Naciones Unidas agrupa a 193 países), está siendo despreciado y sustituido por un mundo de ¿nuevos? imperios: Estados Unidos, Rusia, China, India, que se erigen en nuevos poderes globales y del espacio. Es la ley de la fuerza y no del derecho lo que determina el futuro. Es el America first aplicado a cada batalla comercial, tecnológica o bélica a la que cada país se enfrenta.

La crisis democrática

Poco a poco, sin saber muy bien cómo ni por qué, las democracias entraron en crisis, y cuando creíamos que el destino del mundo era su paulatina integración en un marco de convivencia que siempre hemos considerado más justo y más eficaz que ninguno otro, ha ocurrido todo lo contrario. Los regímenes autoritarios de partido único y de “hombres fuertes” se expanden por el mundo y los regímenes democráticos de origen y de constitución se ven asaltados y atacados por actitudes iliberales y tentaciones autocráticas que destruyen los pilares sobre los que se asientan las democracias: las libertades, las elecciones y el Estado de derecho.

Siempre creímos que la democracia era “un camino de perfección”, que diría Santa Teresa, un proceso que requería aprendizaje y maduración en virtudes ciudadanas que nos harían mejores colectivamente, y contribuirían a profundizar en los sistemas participativos y representativos y consolidar las instituciones en las que se fundamenta. Pero todos los días observamos la preocupante degradación de nuestros sistemas democráticos, afectados por múltiples y muy diversas razones en casi todos los lugares del mundo. Crisis de partidos, de sistemas electorales, fragmentación representativa, polarización política, mal funcionamiento de las instituciones, cuestionamiento de la separación de poderes, etc. Y peor: una pérdida alarmante de confianza en la eficacia del sistema democrático para enfrentar y resolver los problemas ciudadanos.

Cuando hicimos la transición política española, un izquierdismo contaminado nos llevó a creer que la democracia era solo un instrumento, un medio para alcanzar estadios superiores de justicia social y de igualdad. Hoy sabemos que la democracia no es forma, es fondo. Que no es un medio, es un fin, y sin ella no hay fines superiores. Por eso entristece tanto comprobar que en tantas democracias contemporáneas nos dejemos llevar por disputas partidarias de poder, mientras los senderos peligrosos del populismo y el fascismo nacionalista destruyen nuestro sistema democrático.

Esta apelación a la responsabilidad de los demócratas se explica también porque son constatables los apoyos ideológicos y el esfuerzo intelectual que están recibiendo las teorías antidemocráticas en el mundo entero. Frente a nuestras convicciones democráticas, se presentan hoy tres caballos de Troya cargados de poderosos instrumentos destructivos. Los ideólogos del Kremlin reiteran su interesado argumentario nacionalista contra la diabólica democracia occidental. China ofrece, en su nuevo mundo conquistado (África, Asia y América Latina, principalmente), su eficiente Estado de partido único, exhibiendo su increíble desarrollo económico de los últimos treinta años. Pero, atención, en Estados Unidos la nueva oligarquía tecnológica y algunos teóricos no muy lejanos a la Heritage Foundation reclaman un CEO para el Estado, un “monarca” moderno, para dirigir y ejecutar con rapidez y determinación los destinos de un Estado concebido más como una empresa que como el continente convivencial de una ciudadanía compleja y plural. La democracia es demasiado lenta y compleja, tiene demasiados filtros como para ser gobernada en el siglo XXI bajo sus estrictas y pesadas reglas. Este es el fundamento de su peligrosa teoría.

La información

Cuando llegó internet, fuimos muchos los que creímos que la democracia daría un salto extraordinario en la participación, al convertir a todos y cada uno de los ciudadanos en protagonistas de la información, al empoderarles para elegirla y recibirla libremente y para emitir sus propias opiniones. Una red que no solo democratizaba la opinión sino que abría la posibilidad de gobernar mediante una mayor conexión y consulta permanente con la ciudadanía.

Hoy sabemos que ese poderoso instrumento tecnológico no ha fortalecido la democracia sino que la ha banalizado y polarizado. Peor aún: estamos asistiendo a la utilización de las grandes plataformas tecnológicas de la comunicación y de la conversación pública como arietes de campañas políticas al servicio de líderes e ideas abiertamente antidemocráticas y como estructuras de la desinformación y la mentira, utilizadas a veces por poderes ocultos para manipular la opinión pública hacia sus intereses.

El monopolio de esos nuevos poderes, que están en manos de individuos supermillonarios que se someten al poder político del presidente estadounidense, es algo que jamás creímos que pudiera ocurrir. Las escandalosas imágenes que nos han mostrado a estos nuevos dueños del mundo en los salones del poder han revelado el peligroso trueque que se está produciendo en ese mundo disruptivo. A cambio del apoyo del presidente, ellos consiguen favores fiscales, subvenciones multimillonarias y mercados desregulados, y, de paso, conquistan los mercados universales apropiándose de los datos personales de sus usuarios. ¿Cómo no preocuparnos de que esas plataformas destruyan la voluntad colectiva libre, es decir, la libertad misma, y determinen el gobierno y sus líderes? ¿Cómo no preocuparnos si dos supermillonarios van a tener en sus manos las órbitas satelitales que faciliten la interconectividad humana? ¿Cómo no alarmarnos si los bienintencionados intentos europeos por regular la inteligencia artificial y la transparencia de las plataformas, para proteger la verdad y los derechos de los ciudadanos, chocan contra oligopolios universales que desprecian y burlan esos esfuerzos?

Europa

Europa, nuestro sueño, nuestra esperanza frente a tantas cosas, algunas propias y otras comunes al resto de los europeos, mira a este mundo con perplejidad e impotencia. Hemos sido capaces de construir una unión supranacional extraordinaria, cosa que nadie ha hecho en la historia ni en el mundo. Hemos erigido un bello edificio de unidad en la diversidad. Hemos levantado, a golpe de crisis, una Europa más grande y más fuerte. Solo mirando este primer cuarto de siglo merecen ser destacados pasos gigantescos, inéditos: la moneda común, la ampliación a veintiocho miembros, la superación de la crisis del euro, el Brexit, la pandemia, el Next Generation, la unidad frente a Rusia y la solidaridad con Ucrania… Eppur si muove. Europa avanza, a pesar de todo. Pero la acumulación de nuevos retos en esta múltiple disrupción geopolítica, tecnológica y económica nos tiene frente al espejo de nuestra realidad: una demografía horrible, una seguridad inexistente, gaps tecnológicos insuperables, dependencias energéticas y de seguridad económica muy graves, un mundo hostil, un fracaso migratorio suicida y unas opiniones públicas cada vez más nacionalistas y euroescépticas, por no decir abiertamente contrarias a los avances de integración que necesitamos. Un escenario de crisis verdaderamente existencial.

¿Cómo no mirar alarmados nuestro futuro europeo con esta contradicción insalvable entre gobiernos nacionalistas y necesidades integradoras tan evidentes? ¿Cómo haremos posible nuestros esfuerzos de innovación y de productividad si no somos capaces de crear un nuevo Next Generation o un espacio común de investigación en toda Europa? ¿Cómo crear un ejército y una industria militar europeos si no se quieren compartir planes y fuerzas militares? Demasiadas preguntas sin respuesta en momentos dramáticos de acoso exterior.

Siempre he vivido Europa como ese espacio supranacional en el que diluir nuestros viejos nacionalismos. Europa como cuarto círculo concéntrico de un reparto federal de la esfera pública, desde la ciudad a Bruselas. Europa como faro civilizatorio de Estado social y de derecho, con derechos humanos, con dignidad laboral, con un 40% del pib en recaudación fiscal, con seguridad social y Estado del bienestar. Europa como modelo de equilibrio social y cohesión regional. Y sin embargo, nunca como hoy me he preguntado si este proyecto es sostenible en este mundo hostil.

La izquierda

También produce perplejidad el retroceso electoral de la izquierda y más aún la pérdida de estima de nuestro proyecto entre los trabajadores y las clases más desfavorecidas. Esas derrotas electorales en los barrios y los cinturones industriales de muchas ciudades europeas, atraídos por ideologías y proyectos políticos antagónicos a los socialistas, duelen y preocupan. Las victorias electorales de la extrema derecha en tantos países a los que hemos admirado por su democracia y su construcción social nos interpelan sobre las razones de esas preferencias políticas, especialmente entre los jóvenes.

Es posible que hayamos cometido errores al creer que la globalización económica y el comercio internacional eran condición de crecimiento y de solidaridad universal, sin proteger suficientemente a los trabajadores y a las clases medias afectadas por la competencia internacional. Es posible que nuestras políticas en favor de la igualdad de múltiples identidades marginadas o maltratadas socialmente nos hayan desviado de nuestra tradicional conexión con las clases trabajadoras. Pero eso era también socialismo y no creo que debamos arrepentirnos de causas que están en la base de nuestras convicciones y en el adn de la igualdad y la emancipación de los seres humanos.

Cuando nos ocupamos de la mujer y de todas las causas del feminismo, de los derechos iguales de las personas ante la vida, cualquiera que fuera su orientación sexual; cuando establecimos leyes que reconocían esos derechos y los de otras minorías por razones de discapacidad o de otras causas de discriminación, no estábamos diluyendo nuestra ideología en lo que ahora llamamos despectivamente woke de izquierdas. Creímos y creemos que eran causas que hacían avanzar la conciencia moral de nuestra sociedad, que construían un mundo más justo sobre valores y principios más acordes con la dignidad de los seres humanos.

Y sin embargo, más allá de algunos excesos y del monopolio informativo en el que caímos con esos temas, la izquierda no ha conseguido vertebrar el conjunto social con esas causas, como tampoco lo ha hecho con su voluntad integradora de las migraciones. ¿Cómo no preocuparse ante el rechazo social que expresan las sociedades europeas a una inmigración que necesitamos como el respirar? ¿Cómo puede la socialdemocracia europea volver a ser un partido mayoritario en los grandes países europeos, Alemania, Italia, Francia…, venciendo esos estados de opinión alarmistas y defendiendo principios de apertura ordenada y de una integración laboral y social que nuestras economías necesitan?

Hay un tridente cultural que ataca los valores de la izquierda: el nacionalismo, que hace girar toda la agenda reivindicativa sobre aspiraciones identitarias, localistas y casi siempre insolidarias, el rechazo a las migraciones y la intolerancia hacia los otros, incluyendo la falta de compasión por los problemas ajenos y un anarcoliberalismo de nuevo cuño contra la regulación, lo público y la política, que equivale a un cuestionamiento del Estado. Unido todo ello a la crisis democrática y a la de sus instituciones, nos preguntamos en qué marco operar, sobre qué base sociológica podremos construir nuestro edificio de la igualdad y la justicia social.

Nos enfrentamos, además, a un dilema de difícil solución. Los márgenes fiscales no nos van a permitir grandes conquistas en nuestros Estados del bienestar. Nuestras opiniones públicas dan por conquistadas las esferas actuales de protección y de políticas sociales y, con matices, los partidos de centro derecha respetan ese statu quo social. Pero las deudas públicas acumuladas y los déficit fiscales de la mayoría de los países europeos no permiten más gasto y el horizonte demográfico y geopolítico exigirá más inversión en innovación, cohesión y defensa. ¿Cuáles serán entonces nuestras banderas sociales?

Por supuesto, la igualdad de oportunidades para todos ante la vida, esa sencilla y formidable manera de explicar nuestra ética socialista, sigue teniendo razón de ser y largos caminos por recorrer. Pero muchas de nuestras propuestas para avanzar superan los marcos nacionales y se enfrentan a muros infranqueables, disolviéndose en la desgobernanza global y en los enfrentamientos geopolíticos de las grandes potencias. La fiscalidad supranacional a las grandes fortunas y el combate al fraude fiscal internacional, las iniciativas para hacer sostenibles y responsables socialmente a las empresas, los acuerdos multinacionales en materia medioambiental, la dignidad laboral internacional y otras muchas medidas semejantes son propuestas tan bellas como utópicas todavía, en este mundo descreído y competitivo que nos rodea.

Es este cúmulo de decepciones y retrocesos lo que configura lo que todos llaman ya una nueva era, que no parece nueva sino muy vieja y muy mala, en el sentido de que la novedad no equivale a progreso y avances en el bienestar, en la democracia y en la justicia, como había ocurrido hasta ahora en los dos siglos de revolución industrial.

Hay muchos pasajes literarios que reflejan ese estado de ánimo, por otras muy diferentes circunstancias, pero quizás la más oportuna puede ser la del autor que citamos al principio de este artículo, Stefan Zweig, quien ante el colapso de la Europa liberal y humanista reflexionaba así sobre la civilización que le rodeaba: “Ninguna generación ha experimentado como la nuestra tal retroceso desde alturas tan vertiginosas a profundidades tan abismales. En un solo día, el mundo en el que habíamos creído se derrumbó.”

Soy de los que siempre que se comparan estos espacios temporales de nuestros dos siglos esgrime con convicción las enormes diferencias de nuestras respectivas realidades: la Alemania asediada por las sanciones de la Primera Guerra Mundial, la inflación descontrolada, los turbulentos efectos políticos de la Revolución soviética en varios países europeos y otras muchas cosas nada tiene que ver con la Europa actual. Pero la patada al tablero que está dando Trump al mundo y los peligros a los que se enfrentan hoy nuestros valores y aspiraciones, suficientemente descritos ya y bien conocidos por quienes tenemos información, no son menores. Rearmarse pues frente a ellos y hacerse fuertes en nuestras convicciones democráticas y de dignidad humana, en nuestros principios de tolerancia y pluralismo, en nuestras aspiraciones de convivencia en libertad con cohesión social y justicia, en nuestra exigencia de multilateralismo ordenado, de paz y de cooperación, en nuestra fe y confianza en el derecho y en el diálogo, es más necesario que nunca. ~


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