Avatares de la libertad

Libertad. Una historia de la idea

Josu de Miguel

Athenaica

Sevilla, 2022, 128 pp.

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Académico ya de largo recorrido y habitual presencia en el debate público español, Josu de Miguel es uno de nuestros constitucionalistas más interesantes y ha tenido la feliz idea de dedicar un libro –dentro de la serie de Breviarios publicados por la editorial sevillana Athenaica– a la historia de la libertad. O, si se quiere, a las distintas dimensiones de una idea sin cuya teorización normativa y fuerza práctica no pueden entenderse las sociedades occidentales. Y aunque el debate sobre la libertad nunca ha pasado de moda, nuestra época parece exigir una reconsideración específica de este principio orientador: concurren en ella fenómenos tan distintos como el populismo iliberal, el paternalismo progresista, el llamado capitalismo de la vigilancia o la aparición de límites materiales que cuestionan ese crecimiento económico que durante más de dos siglos ha sostenido la expansión de las libertades individuales en las democracias liberales. Más que preguntarnos por el para qué de la libertad, como hizo Lenin ante Fernando de los Ríos, se trataría de determinar cuánta libertad podemos disfrutar y de precisar cómo hemos de organizarla sin poner en peligro la viabilidad misma de la comunidad política. Este libro constituye una guía inmejorable para orientarse en ese laberinto; uno que no es exactamente nuevo, sino la ampliación del que ya conocíamos.

Vaya por delante que el profesor De Miguel no es demasiado optimista: a través de las citas que encabezan el libro –Max Aub y Vladímir Jankélévitch– nos sugiere que los límites del mundo moderno han cambiado de tal manera que ser libre consiste en tomar “conciencia de la necesidad”. Dicho de otra manera, hoy será libre quien repare en el cambio que ha experimentado la realidad social en el marco de una modernidad que se enfrenta, como señaló el difunto Ulrich Beck, a las consecuencias no deseadas de su propio desarrollo. De ahí que describa su trabajo como un “ensayo realista” que no se dedica a formular principios abstractos ni a hacer declaraciones bienintencionadas; en su lugar, el autor se ocupa de las condiciones de realización histórica de un ideal cuya trascendencia jurídica no es preciso subrayar. En particular, el ejercicio de la libertad estaría condicionado en nuestros días por la aparición de un horizonte de riesgos que tal vez reclame abandonar el énfasis en los derechos para saludar “el tiempo de los deberes”; de otro modo, nos será difícil garantizar su continuidad histórica ante condiciones adversas. Basta pensar en la invasión rusa de Ucrania: mientras somos testigos del sacrificio que los ucranianos hacen para salvaguardar su soberanía, reparamos en que la defensa de las democracias en los próximos años puede exigir un esfuerzo mayor del que estamos acostumbrados.

Organizado a partir de un conjunto de emparejamientos conceptuales que relacionan la libertad con otros principios o problemas, De Miguel se maneja con soltura en el vasto terreno de la historia de las ideas políticas, proporcionando con ello un interés adicional a sus atinadas meditaciones jurídico-constitucionales. Nos encontramos así con asuntos ineludibles, tales como la distinción entre la libertad de los antiguos y la de los modernos o la inestable relación que aquella mantiene con la igualdad o el paternalismo. Pero también con esos otros aspectos de la libertad que, aun siendo decisivos para su realización histórica, han sido menos transitados por los investigadores: el tiempo, el espacio, el riesgo. En esos capítulos, escritos como los demás con impecable estilo y abundancia de referencias sin necesidad de notas a pie de página, el libro se destaca como una aportación original y oportuna al debate contemporáneo sobre la libertad. No ignorará el autor que contrae una deuda con los lectores: las constricciones materiales de la libertad en la sociedad del riesgo –o en el más amplio marco del Antropoceno– piden a gritos una exploración más profunda.

En cualquier caso, De Miguel dice en este libro todo lo que quiere decir. Y si comienza subrayando que la libertad en las sociedades premodernas suele tener una connotación defensiva, vinculada como estaba a la protección de una comunidad política precaria ante las amenazas militares provenientes del exterior, su reivindicación de los deberes tiene asimismo resonancias republicanas. La razón es evidente: también los límites del progreso moderno constituyen una amenaza para nuestras comunidades políticas. Desde que el libro fuera entregado a la imprenta, aún en plena pandemia, ha estallado una guerra y sufrimos preocupantes tensiones inflacionarias que complican más si cabe el acuerdo colectivo acerca de la libertad posible en las democracias liberales. En el libro se nos recuerda que la libertad de los modernos ha solido entenderse como el derecho del individuo a disfrutar de su vida y de sus bienes privados en el marco de un gobierno representativo de carácter limitado y garantista. Pero nos advierte: “La libertad liberal ha llegado hasta nuestros días porque ha tenido una utilidad social e histórica.” No se incluyen ahí solamente los beneficios para el ciudadano, acostumbrado al reconocimiento de un número cada vez mayor de derechos de corte social o simbólico, sino también los beneficios colectivos que proporciona el cambio social. Y cabe preguntarse si una sociedad envejecida puede seguir creando las condiciones de su propio dinamismo; por el contrario, el intento por conservar a toda costa los privilegios adquiridos por algunas de sus cohortes puede poner en peligro la estabilidad del pacto intergeneracional que veníamos dando por supuesto.

Preguntándose por el sentido de la libertad dentro de una sociedad compleja, De Miguel llama la atención sobre la aparición de mecanismos de asignación de recursos que no parecen requerir de la decisión individual (economía de datos) o tratan de influir sobre ella (paternalismo libertario). Mientras tanto, se recurre con creciente frecuencia a la excepción –crisis económicas, terrorismo, pandemia– como argumento para justificar una fuerte intervención estatal en las esferas personal, económica y civil. ¿Malos tiempos para la lírica? Por si fuera poco, el mismo ideal decimonónico del progreso, que había sobrevivido a duras penas a las catástrofes del siglo XX, se enfrenta ahora al obstáculo que representan los límites ecológicos del crecimiento económico. De Miguel parece tener poca confianza en el solucionismo ecomodernista que promete hacer sostenible el capitalismo, ya que a su juicio solo será posible evitar la constitución de mandarinatos ecoautoritarios mediante la refundación de la libertad sobre la base del cuidado ambiental; de ahí su insistencia en los deberes del ciudadano. Pero él mismo reconoce que el republicanismo cívico presenta sus propios problemas: si se suprime el ingrediente liberal de la democracia, abandonamos el terreno del constitucionalismo y nos hacemos populistas. De ahí que el desafío que tenemos delante no se resuelva mediante una grandilocuente reinvención de la libertad; se trata de identificar los medios necesarios para “evitar que se deshaga” en un periodo histórico que se define por la acumulación de crisis sucesivas sin solución de continuidad.

Este libro breve y enjundioso, tan lleno de hallazgos felices como de pistas prometedoras, no responde a la pregunta por el porvenir de la libertad; los constitucionalistas, al fin y al cabo, no son futurólogos. Lo que hace ejemplarmente es ayudarnos a comprender el pasado y el presente de una idea crucial que ha dejado una venturosa huella sobre nuestra historia; no en vano, la cultura occidental suele representarse de manera aprensiva –distópica– como un orden social donde no pudiéramos ejercitarla. De Miguel nos explica que esa tarea puede ser laboriosa; que nadie diga luego que no se le avisó. ~

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