Con Cárdenas, la Revolución, en proceso de enfriamiento desde 1930, se recalienta hasta niveles insospechados por las prácticas del agrarismo, la escuela socialista, la expropiación de bienes a las compañías petroleras y el apoyo oficial a toda clase de colores rojos. El día cumbre fue el 18 de marzo de 1938. A partir de ese día se inicia el despinte de una revolución que Ávila Camacho condujo hasta el rosa desleído. En vez de campañas contra los curas, los latifundistas y los imperialistas, se emprenden campañas de alfabetización, industrialización y concordia internacional. Mientras la Segunda Guerra enfurecía a millones de europeos, asiáticos y norteamericanos, los antes enfurecidos habitantes de México deponían sus odios, entraban a una revolución sin violencia.
En la cúspide de la revolución, Daniel Cosío Villegas se da a la tarea de poner en marcha y rápido desarrollo grandiosas construcciones culturales: la revista El Trimestre Económico, la editorial el Fondo de Cultura Económica, el transtierro a la Nueva España de cerebros de la Vieja España y la construcción, con tales acarreados, de un par de sucesivas instituciones: la Casa de España en México y El Colegio de México. Desde que le falló en 1935 la Secretaría de Relaciones Exteriores (Cosío estuvo a punto de ser el jefe de ese ministerio) y la embajada en Portugal (Cosío fue encargado de negocios allá en 1936) se consagró de tiempo completo a convertir El Trimestre en una estimable publicación periódica, a publicar en el Fondo, entre 1935 y 1948, 389 libros de la mayor importancia, a poner en México dos centenares de sabios de la intelectualidad española y a construir con esa gente institutos de excelencia como El Colegio de México, tan altamente elitista, que nace con el modesto propósito de ser el olimpo de la república en el terreno de la ciencia social. De 1937 a 1949 fue caudillo de los intelectuales mexicanos pese a que en ese entonces escribió poco: el folleto contra El fascismo japonés; el artículo sobre “La crisis de México” o sobre lo que a México le pasaba y le podía pasar; 135 notas acerca de los Estados Unidos e Iberoamérica y el ensayo en que desmentía una tesis tricentenaria, la tesis de la riqueza natural del territorio mexicano, el viejo mito que veía en México un cuerno de la abundancia.
A través del cuarto trecenio de su vida, don Daniel desarrolló su cuerda de empresario eficaz, respetable, honesto, docto, trabajador, rotundo, ahorrativo, inventivo, cerebral, tan práctico como idealista, tan riguroso como tolerante, tan complejo que dejó imágenes encontradas en quienes trabajaron con él. Antonio Alatorre dice: “Era grato tenerlo de jefe.” Javier Márquez lo recuerda “altanero, tosco, injusto y cruel”. No puede negarse que tuvo el don de mando. Nadie le dice ineficaz; nadie tampoco, enemigo del trabajo. Trabajaba quince horas diarias y en lo requerido en cada momento. Hacía de todo: estar al día en publicaciones en otras lenguas cultas, corregir pruebas de imprenta, programar cursos, hablar con impresores y con altos funcionarios, hacer cuentas, comprar sillas, mesas, focos, papeles y plumas, volar de un extremo a otro de América, convenir con un autor sobre la publicación de su libro, escribir cartas e informes, violentarse, ponerse rojo de rabia, romper sin miramientos el mecanuscrito de una obra mal hecha o mal traducida.
Pese a sus frecuentes y remotos vuelos y a sus constantes oscilaciones entre la razón y la pasión, la soledad y la amistad, el silencio y el barullo, la prisa y el sosiego, el buen vivir y el ascetismo, siempre desde una posición de izquierda, liberal y proaliada, se impuso su sabiduría. No obstante su repudio del poder establecido, Cosío se volvió notablemente poderoso, muy respetado en sus papeles de líder del Fondo de Cultura Económica, director de estudios económicos del Banco de México, profesor universitario, mayordomo de El Colegio de México y responsable de aquel análisis de la crisis de su patria que produjo huracanes de cólera en políticos y sabios agachones y llevó a Cosío a una quinta etapa de su vida desde 1950, a la de historiador del porfiriato, del México moderno y liberal. Según llegó a creer, el estudio de ese México, tan olvidado por los historiadores, ayudaría a interpretar mejor al de ahora y, por lo mismo, contribuiría a su mejoría y buena marcha. Para reseñar la nueva jornada de Cosío me sirvo de mis propios recuerdos. En diciembre de 1952, cuando seguía estudios de posgrado en París, en un mes en que el frío se metía hasta la cocina, recibí la carta de invitación para incorporarme al Seminario de Historia Moderna de México, presidido por el sempiterno “todólogo” Daniel Cosío Villegas, entonces aspirante a salvar a su país por el conocimiento histórico. Aceptada la invitación, dejé los agridulces días de Europa, hice un viaje de dos semanas a través del Atlántico, una travesía autobusera y sin apresuramientos de norte a sur de los Estados Unidos. Me incorporé al famoso seminario en la primavera de 1953, a poco del debut de don Adolfo Ruiz Cortines, el segundo civil presidente de la república en la era revolucionaria.
A la serie de caudillos adustos, militares, batalladores y solemnes siguió la serie, inaugurada por Miguel Alemán, de los ejecutivos risueños, civiles y no contaminados por rencillas revolucionarias. Alemán mantuvo en asta la bandera avilacamachista de la unidad nacional e izó la bandera de la industrialización. Como se manejaron millones de pesos en la hechura de presas, caminos carreteros, fábricas, palacetes de mármol y no sé cuántas construcciones archivistosas, algunos opinantes de la prensa maldijeron al régimen de Alemán. La maledicencia condujo a Ruiz Cortines a su célebre etapa de abstención y de ahorro. El régimen “codo” del “viejito” produjo quietud en el interior de México. En el decenio de los cincuenta, se vive sin mayores zozobras en todas partes. La guerra fría entre Estados Unidos y la urss dejó de preocupar a la gente; la guerra de Corea no fue próxima ni de gran susto, y la lucha cubana todavía no daba color. Al momento de subir López Mateos a la presidencia de la república, el color rosa y la tarde sin viento eran lo característico de estas y otras latitudes. La exhumación del pasado liberal de México se hizo en medio de una calma chicha.
Cosío, para poder consagrarse a sus investigaciones históricas, cede el Fondo a don Arnaldo Orfila y la secretaría del Colegio al antropólogo Daniel Rubín de la Borbolla y al filólogo Antonio Alatorre. Don Alfonso Reyes le enmienda la plana, nombra secretario al poeta Manuel Calvillo. Al percatarse de la enormidad de la tarea de reconstruir la vida de México de la República Restaurada al presente, Cosío pide el auxilio de un buen número de jóvenes investigadores, funda el Seminario de Historia. Algunos integrantes de la empresa se ocuparían de la época liberal y otros de la época revolucionaria. Los investigadores contratados para examinar testimonios de la Revolución no pudieron seguir haciéndolo. Entonces don Daniel y sus fieles se constriñen a la época moderna, a la etapa 1867-1910. A principios de 1952 arranca el trabajo colectivo en un proyecto que fraccionaba la época liberal en dos periodos (República Restaurada y porfiriato) y cada uno de los periodos en tres secciones: vida política, vida económica y vida social. El director, con dos o tres ayudantes, toma la responsabilidad de las secciones de la vida política en ambos periodos y responsabiliza a Francisco Calderón de la vida económica en la República Restaurada; a Luis González, en compañía de Emma Cosío y de Lupe Monroy, de la vida social en el mismo periodo; a Moisés González Navarro y ayudantes, de igual vida en el porfiriato, y a una cadena de distinguidos economistas, de la prosperidad porfiriana. En un enorme salón de la Secretaría de Hacienda se leían, de nueve de la mañana a dos de la tarde, libros, periódicos y un sinfín de documentos. Don Daniel, instalado en el fondo del salón, ponía uno de sus brillantes ojos al libro y el otro al equipo. Solo la escritura fue a solas, ya en la casa de cada quien, ya en algún cuarto de El Colegio de México, entonces en un caserón colindante con un jardín. Los borradores fueron debatidos en reuniones del seminario. En 1955 apareció el volumen uno de la multivoluminosa Historia moderna de México.
Los tres primeros tomos, publicados entre 1955 y 1956, atraen amistades y enemistades, aplausos y rechiflas. Cosío es alabado por los legos y maldecido por algunos colegas. También recobró la buena voluntad de los poderosos y de las figuras sobresalientes de la opinión pública. Por esto, el caballero águila ya no pudo seguir su trabajo de tiempo completo en la Historia. Otra vez estuvo en el servicio oficial. Entre 1957 y 1963 repartió las horas disponibles entre el seminario, la presidencia de El Colegio de México, la presidencia del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas, la supervisión de las revistas Historia Moderna, fundada por él en 1951, y Foro Internacional, otra fundación suya de 1960; las visitas y halagos de sus admiradores, las conferencias de El Colegio Nacional, el aula magna de la república a donde fue llamado en 1950. Desde entonces don Daniel, mientras volaba de un continente a otro, hacía mil cosas. Entretanto, algunos historiadores se ensañaban con sus estudios históricos.
Algunos creyentes en la investigación histórica individual, y no en equipo, desaprobaron la costumbre danielesca de hacer búsqueda colectiva. Otros historiadores tenían una fe ciega en los manuscritos como fuentes de verdad histórica, pero descreían de los impresos, utilizados mayoritariamente en la confección de la Historia moderna. No pocos investigadores de izquierda vieron con verdadera preocupación que Cosío explicara por las personas y sus intenciones, en vez de explicar por una ideología de moda, en vez de acudir a las fuerzas productivas, los modos de producción y de clases. Los rastreadores del pasado que se consideraban de vanguardia veían en Cosío Villegas a un historiador narrativo, que, para colmo de males, usaba un idioma inteligible y ninguna de las jergas científicas. Sobre su obra cayeron los dicterios contradictorios de idealista, positivista, amateur, tecnócrata, reaccionaria, revolucionaria, sin plan, demasiado planificada, sin unidad, sin diversidad, profusa, defectuosa. Pocos repararon en su mayor y real defecto: el ser inmanejable por el volumen colosal de sus numerosos volúmenes.
La diezvoluminosa Historia moderna de México fue la hazaña dirigida por un hombre que miraba desde muy alto, no por un patrono común y corriente; por alguien con sabiduría, no solo con erudición. Los dirigidos trabajamos a nuestro entero gusto, con ideas previas, prejuicios y métodos aprendidos de Gaos, Zavala, Iglesia, Medina, Marrou, Braudel, Weber y alguno más. Cada quien vio aquella época desde su propio mirador. Cada quien puso al servicio de la búsqueda todo su tiempo, su interés y su ciencia, inspirado en el jefe a quien ninguno logró pisar los talones ni mucho menos salir adelante. En el equipo, el maestro se llevaba los campeonatos de laboriosidad, inteligencia, acopio de materiales, número de páginas escritas, lucidez y eficacia en la exposición. Los que habíamos estudiado para historiadores hubimos de reconocer la superioridad de Cosío. Como superaba a los profesionales sin siquiera haber cursado ninguna materia del currículum de historia, dimos en pensar que para ser buen clionauta lo de menos era una licenciatura, maestría o doctorado de historia, y lo verdaderamente importante, un poco de seso, de sensibilidad y de otra cosita.
Por lo demás, la Historia, quizá por gorda y cara y no tanto por el repudio de los del gremio, jamás se vendió como pan caliente y probablemente fue poco leída. La influencia lograda por don Daniel mediante esa obra no admite los calificativos de vasta y profunda. Ha servido como cantera de datos, no como libro de lectura habitual y modelo a seguir. La popularidad alcanzada por Cosío se debe en una mínima parte a la Historia, en una parte mayor, a sus conferencias en El Colegio Nacional, pero sobre todo a su crítica de la actualidad palpitante, al politólogo y periodista que fue el último Cosío, el de los sexenios de Díaz Ordaz y Echeverría, del que estuve cerca gracias al cultivo de su amistad y a la lectura de sus obras.
La amistad nació en la comida de los lunes y en un trío de empresas editoriales donde fui, pese a mi inferioridad en edad y saber, su copiloto. Cuando El Colegio de México se muda al edificio mondrianesco de las calles de Guanajuato, Cosío da en reunirse, lunes tras lunes, en la Lorraine o en el Gallego, para charla y cometunga, con un grupo de colmexianos constituido generalmente por Luis Medina, Lorenzo Meyer, Mario Ojeda, Rafael Segovia, Bernardo Sepúlveda, Samuel del Villar, Enrique Krauze y yo. Allí se debatía todo lo divino y lo humano, pero principalmente los sucesos políticos del día. También lo traté muy de cerca mientras se cocinaban las Historia mínima, Historia general e Historia de la Revolución, en las que él fue jefe y yo ayudante. Como era suscriptor del Excélsior, no me costó trabajo ser lector de sus artículos. En contra de su costumbre, recibí regaladas sus últimas obras y las leí de un tirón recién salidas de las prensas.
Lo rememoro cuando iba a las universidades de Columbia y de Austin donde fue maestro en 1963. Recuerdo cuando le cedió la batuta del Colmex al doctor Silvio Zavala y él se sube a la Torre Latinoamericana para ponerle fin a la Historia moderna. Recuerdo cuando en 1967 coordina un seminario sobre la política exterior de México. Podría asegurar, sin ver nota alguna, que inicia sus colaboraciones en Excélsior en 1968, poco antes del conflicto estudiantil. Fui testigo del momento en que el presidente Echeverría le entrega el Premio Nacional de Letras en 1971. Veo nítidamente los instantes en que aceptó coordinar las tres historias (mínima, general y contemporánea); aquella, para la televisión, en el desayuno del premio gordo; la segunda, en mi cubículo del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México, y la tercera, en la casa de don Daniel, delante de Luis Echeverría, doña María Esther, Rosa Luz, Luis Vicente, las Lupe, las Emma, Armida y yo, después de un sencillo convite. Lo vi en mi tierra, en San José de Gracia, altamente dichoso y dicharachero. Todavía lo oigo cuando tramaba un viaje por Europa. El viaje iba a comenzar en Perpiñán, con la visita al amigo Jean Meyer, pero no se hizo porque murió repentinamente, como soldado en guerra.
En el último trecenio Cosío lee, oye, habla y escribe sin cesar; publica alrededor de cinco mil páginas: dos volúmenes de la Historia moderna, uno de Ensayos y notas, tres sobre la vida política mexicana reciente, uno sobre su Labor periodística real e imaginaria y numerosos artículos no juntados en volumen. En el último lustro, desde que le da por presentir su muerte, pone mano a la operación de sus Memorias, pues quería publicarlas en vida. En su tercera edad se dobla un poco, se llena de canas, ensordece y camina con cierta lentitud, pero sigue laborioso y lúcido. Se dice que la gula es el pecado capital propio de los cincuentones. Don Daniel cometió ese pecado hasta el último día. Se dice que a los viejos todo les aburre. A don Daniel casi nunca se le vio aburrido. Con los años no sufre ni la brillantez de la mirada ni la agresividad de su razón ni la aptitud de interesarse en esto y aquello. Algunos rasgos juveniles de signo negativo en la vejez se volvieron positivos. Así su humor que pasa del sarcasmo a la nota de burla leve. Como quiera, nunca fue hombre de risa fácil. Con los años pierde pesimismo, pero no deja de ver a los farsantes y chanchulleros que dificultan la felicidad de los mexicanos. Solo su voz, un tanto nasal y chillona, permanece igual de opuesta a su porte de caballero águila.
Ya tosijoso, pues nunca pudo deshacerse de la costumbre de fumar, da magistrales lecciones de buena conducta cívica. En sus últimas jornadas se da el gusto de prescindir de la aprobación del gobierno. Defiende con sus artículos, plenos de viveza, lógica y gracia, el derecho que tiene todo ciudadano de diferir del poder. Sin eufemismos y sin solemnidad señala las lacras de los gobernantes, incluso las del presidente de la república, a quien los escritores mexicanos consideran intocable. Gracias a su buen tino para reunir la información ad hoc y su capacidad para descubrir infundios y farsantes logra poner, en la mayoría de los casos, el dedo en la llaga. Con todo, no se limita a señalar embustes. Como dice Lorenzo Meyer, su deseo de “velar por la buena marcha del país”, lo hace también aducir remedios, soluciones concretas y de fácil aplicación para los escalofríos de la patria. Siempre fue un patriota lúcido en el diagnóstico del malestar y acertado en la prescripción de la pócima que podía hacer un México libre y feliz.
Como quiera, el influjo del caballero águila en las altas esferas de la política va a menos cuando debió ir a más. Como escritor político disgusta a la casta gobernante e influye poco en la dirección del país. Con quienes sí hizo amistades entusiastas fue con los gobernados que, como es sabido, influyen poco en el gobierno. Si estos influyeran más, la influencia de don Daniel habría sido visible y palpable en la buena marcha de la república. Los conocimientos de Daniel Cosío, por la estructura política de México y la sordera y testarudez de los mandamases, no pasó de ser grito sin eco, semilla caída en roca, luz en tierra de ciegos. Daniel Cosío Villegas, con Lucas Alamán, José María Luis Mora, Melchor Ocampo, Ignacio Vallarta, Justo Sierra, Carlos Pereyra, Antonio Caso, José Vasconcelos, Alfonso Reyes y Octavio Paz, es uno de los profetas de la sociedad mexicana. Como la gran mayoría de los citados, predicó en el desierto. Como los grandes de este país, en los momentos de indiferencia del público goza del apapache oficial, y en los momentos en que el público lo aplaude es rechazado por los señores del gran poder. Quizás estos adivinaban que Cosío con pueblo podía volverse un competidor temible de los poderosos, un filósofo-rey. A su excelente biógrafo, a Enrique Krauze, le confesó poco antes de morir: “Lo que no es política me importa un carajo.” A la pregunta de Jean Meyer:
–¿Alguna vez quiso ser presidente de la república?
Daniel Cosío Villegas, a los 75 años de edad, repuso:
–¡Siempre! Nunca quise ser otra cosa.
Su presidenciado habría sido una fortuna mayor que la del petróleo, pero quizá no tan valioso como su obra escrita. ~
Zamora, a 16 de julio de 1985.
Fragmento tomado de Cien años de Daniel Cosío Villegas,
libro editado por Fernando Vizcaíno (Clío/El Colegio Nacional, 1998).