Del polímata al profesor universitario

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Peter Burke
The polymath. A cultural history from Leonardo da Vinci to Susan Sontag
New Haven, Yale University Press, 2020, 352 pp.

 

Sorprenden la celeridad y el descuido con que las universidades estadounidenses de prestigio califican de “brillante” a un profesor cuando quieren darle un nombramiento o ascenderlo. Ante la nómina ecuánime de polímatas que enlista Peter Burke (Stanmore, 1937) en su libro más reciente, el mejor de aquellos profesores hace pensar en aquella frase de Tomás de Aquino: “Temo al hombre de un solo libro.” Es fácil constatar por qué los polímatas son pocos. Reconocido historiador social del conocimiento y sus crisis (de los siglos Antes de la Era Digital al día de hoy), Burke despliega un relato sosegado del polímata para separar la paja del heno, y su estimación no puede ser mejor cuando nos preguntamos si la necesitamos.

Al final de 2019, año en que Burke termina su libro, el Louvre montó la exposición “Léonard de Vinci”, concentrándose en sus dibujos y en el componimento inculto, es decir, la composición intuitiva basada en la libertad intelectual técnica que permite captar la verdad de las formas. La muestra no busca fascinar al público con la “ciencia” o los procedimientos del artista-ingeniero e inventor, sino que enfatiza la familia nómada que forman sus artilugios, cuadernos, libretas y otros útiles: unas siete mil páginas de notas y dibujos versus doce a quince cuadros. El carácter canónico de aquel uomo universale impulsa al fascinante The polymath; y las anécdotas, excentricidades e historias de otros protagonistas menos conocidos hacen del libro una absorbente defensa de la originalidad.

Según Burke –que no habla de “excéntricos”, “expertos”, “genios” o “maestros”, conceptos más o menos relacionados–, hay polímatas centrífugos o centrípetos, enclaustrados, pasivos autores de “ficciones” como Borges, H. G. Wells o Huxley, y polímatas en serie. Estos últimos, más del siglo XX, tienen intereses parecidos a los mencionados en el tercer capítulo, “The age of ‘monsters of erudition’, 1600-1700”: Kircher (recuperado por Paz para explicar a sor Juana), Pascal, Huet, Newton, Leibniz, Bayle, Vico, Swedenborg, Montesquieu, Voltaire y decenas más. Ese siglo de oro no es un simple milagro sino el resultado de cambios culturales y sociales, en donde sobresale sor Juana que, como su contemporánea la reina Cristina de Suecia, “sabía todo”. Es una centuria de diccionarios y enciclopedias.

La muestra de seis “polímatas en serie”, todos fallecidos, es particularmente reveladora por los entretelones que examina el vivaz Burke. Cuando Harvard no le renovó su contrato como antropólogo, Gregory Bateson multiplicó sus intereses en otros campos, entre ellos la multidisciplinaria “ecología de la mente” con que se hizo famoso. Herbert Simon (con Benedetto Croce y George Steiner, otro “renacentista”) no tomaba en serio las “tribus académicas”, estudió ciencias políticas, y mereció el Nobel en economía sin trabajar en un departamento universitario de esa especialidad. Por su parte el jesuita Michel de Certeau aplicó su capacidad interdisciplinaria a la sociología, antropología e historia, sin olvidarse de la filosofía o la teología. Casi cada página de The polymath contiene relatos similares del fluir y congruencia cognitiva necesarios para los polímatas, y para Burke la trama no es el alma de su libro ni lo que le da su integridad. De la misma manera, la clase, estilo o que muchos polímatas hayan sido jesuitas son más una fuente de detalles atmosféricos que un principio explicativo.

En el sexto capítulo (“A group portrait”), Burke sintetiza las características y “psicología” de esas “fuentes de conocimiento”, comenzando con la curiosidad (sor Juana y al etnógrafo Fernando Ortiz son sus muestras), imaginación, inquietud, capacidad de trabajo y otras singularidades afines, todas positivas. El historiador sigue con la discusión de la archiconocida diferencia (gracias a Isaiah Berlin) entre zorros y erizos respecto al conocimiento, mostrando (con aserciones de varios polímatas) que las dificultades de esa dicotomía no yacen en acumular información útil. Concluye con el definitorio “Síndrome de Leonardo”, es decir “la dispersión de intereses que a veces les ha impedido producir libros, terminar investigaciones o hacer descubrimientos de los que estaban cerca”: entre los practicantes están Marx (discutido más a fondo entre los fundadores de disciplinas en el quinto capítulo, “The age of territoriality, 1850-2000”), los hermanos Humboldt, Linus Pauling y De Certeau.

Cuando se ocupa del presente y los “críticos culturales” Burke no siempre escudriña según sus criterios, sino por la visibilidad políticamente correcta. Así sucede cuando elige la impenetrabilidad e hipocondría ética de Gayatri Spivak o Judith Butler, y omite a Erich Auerbach. Ni ellas ni el filólogo están entre los “500 polímatas occidentales” que constan en el apéndice; aquellas porque el registro excluye a los vivos y el alemán, sospecho, por no tomar en cuenta su impacto mundial, no menor que el de Edward Said o el de Todorov, que sí aparecen. Para recordar que los polímatas no solo florecieron en Occidente, “East and West”, capítulo con que se abre el libro, bosqueja la erudición griega, china e islámica (Da Vinci había leído a Plinio y a Al Kindi), desnivelando las suposiciones derivadas de las historias de la excepcionalidad occidental. A la vez, que Burke rastree las conexiones de esas culturas con Isidoro de Sevilla, Averroes o Ramón Llull no explica, o minimiza, el evidente occidentalismo de críticos literarios como Spivak o Said.

En “The age of the ‘man of letters’, 1700-1850”, Burke distingue a los españoles Hervás y Panduro y Jovellanos, no estrictamente como críticos literarios. Después de relatar cómo Bayle escribió casi todas las reseñas de la revista Nouvelles de la République des Lettres y resumir las redes que construyó con polímatas como Kircher y otros, se concentra en Sainte-Beuve, Tocqueville, Renan, Taine, Mill, Ruskin y Arnold. Cierta indecisión, apoyada por cotilleos, ocurre con las “nuevas mujeres de letras”, Austen, las Brontë, Sand, Staël y Eliot. Burke recuerda en el capítulo siguiente que Sontag aseveró: “No quiero ser profesora ni quiero ser periodista. Quiero ser una escritora que también es una intelectual”, y así escribió con autoridad en una docena de campos, en ensayos, la forma idónea para yuxtaponer cómo se conversa y debate a través de los siglos. Sorprende que Burke no ponga en perspectiva los logros de Barthes, del que habla brevemente, quizá porque –como para el “polímata enclaustrado” Foucault– la época de la “territorialidad” dificulta la clasificación.

Según las entrevistas recogidas por Waqas Ahmed para The polymath (2018), antecesor que Burke menciona de paso, se vende el mito de que especializarse es la única manera de llegar a la verdad, cuando la especialización no es más que un sistema obsoleto que fomenta desilusión, explotación e ignorancia; a la vez que impide creatividad, oportunidad y progreso. Para Burke se necesitan ambas vías, y el crecimiento de esa tendencia es la vértebra de su historia. El octavo y último capítulo, “The age of interdisciplinary”, examina la actualidad, para revelar negociaciones institucionales y gubernamentales (a veces semiformales) por unificar el conocimiento en teoría y práctica. Esto ha provocado una interdisciplinariedad en que la ambición y la presunción sustituyen la falta de disciplina de expertos en nada. No menos importante, luego de haber previsto las crisis que vendrán, el autor apunta a las posibilidades de la crítica digital. Como documento cultural, a veinte años de la fuente abierta Wikipedia, The polymath cuestiona si lo más importante es cómo resumir el valor económico o social del conocimiento (que no son datos sino lo que se hace con ellos), o si la división y especialización del trabajo que defendía el polímata Adam Smith admite que pueda haber polímatas desconocidos por su contexto inmediato. Los textos de un verdadero polímata –Reyes, incluido en la lista, a la que habría que añadir otros como Henríquez Ureña y Paz– estimulan e inspiran; y a través del tiempo, culturas y lenguajes facilitan un sentido de intimidad, de pertenencia para una formación futura si se quiere. Si se ha degenerado del polímata al sabelotodo y de ahí al profesor universitario es porque el primero se atreve con los tabúes y no está ligado al éxito personal o a sistemas falsamente inclusivos que le usurpen su libertad. El polímata deja que lo guíe su apetito irreprimible por saber. ~