El buen salvaje

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Arthur Rimbaud

Obra completa bilingüe

Edición, traducción, introducciones y apéndices de Mauro Armiño

Atalanta, Vilaür (Gerona), 2016, 1518 pp.

 

“No se puede ser serio con diecisiete años”, sentenció en su poema “Novela” un muchacho que, para hacer remotamente verosímil la propia formulación de tal verso (y adoptando así la perspectiva de un poeta maduro que recuerda una barrabasada que hiciera de adolescente), tuvo que ocultar que quien escribía, en realidad, aún no había cumplido los dieciséis. Dentro de lo extraño que es todo lo que tiene que ver con Rimbaud, no puede extrañar que quien abordara así sus primeros intentos poéticos llevase poco tiempo después (porque en el caso de este poeta todo sucede en muy pocos años) al arranque de su primer libro, Una temporada en el infierno, esa otra celebérrima afirmación en la que el imberbe yo poético no solo comete la insolencia de sentar a la Belleza en sus rodillas, sino que además la encuentra amarga, y para colmo la injuria… Quince años antes de que en 1888 Nietzsche explicase Cómo se filosofa a martillazos, Rimbaud estaba haciendo lo propio con la poesía, pulverizando toda la tradición, todo lo sagrado, todo lo canónico, para explorar nuevas formas de verdad y de belleza deliberadamente emparentadas con la blasfemia, el escándalo, lo prohibido, y extrayendo de la depravación un resultado textual que, al contrario de lo que ha sucedido con los intentos de provocación y las supuestas ofensas de otras corrientes literarias, no resulta en absoluto ingenuo, sino que más bien, al releerlo, mantiene su enorme potencia subversiva, su energía original. Seguramente han sido el talento y el misterio los conservantes de ese fulgor, y donde otros fracasaron al descender directamente y sin más a lo escatológico, lo crudamente sexual, lo iconoclasta. Rimbaud debió de intuir que todo eso resultaría al cabo ingenuo y caducaría tristemente si no se hacía con armas poéticas sólidas, y, sobre todo, si no se llegaba más allá, de modo que para él lo escandaloso no fue un destino sino un medio, y a través de él llegó a donde permanece todavía hoy, siempre joven y selvático, tan feroz como feraz, convertido en el gamberro del Olimpo, un diablo en el Paraíso.

Desde su mismísimo primer poema, “Los aguinaldos de los huérfanos”, escrito y publicado con quince años, donde nos habla de “la alegría permitida” o “el ángel de las cunas”, el mundo de Rimbaud delata un talento insólito, e inaugura un mundo que, en cierto sentido, es inocente y puro, pues nacía sin desbastar y sin apenas precedentes. Rimbaud no tuvo padres, pues no admiró plenamente a ningún poeta anterior a él (apenas “perdonaba la vida” a Baudelaire, aunque con enormes reservas, pues, según escribe Rimbaud en una carta de 1871 a Paul Demeny, “vivió en un medio demasiado artístico, y la forma, tan alabada en él, es mezquina: las invenciones de lo desconocido exigen formas nuevas”), y lo cierto es que tampoco tuvo hijos, al tratarse de un poeta estrictamente inimitable, desconcertante, con evidente vocación de isla: entender cabalmente su mensaje y, por tanto, su legado, pasaba por dinamitar todo lo recibido y por tanto despreciar también las lecciones y conquistas del propio Rimbaud. Alguien podría pensar que fue la vanguardia la que hizo exactamente eso, recoger el espíritu indomable de Rimbaud (y de Sade, y de Lautreamont…) sin reconocer su paternidad, pero los ismos tendieron a mirar de reojo al poeta de Charleville, y entre las numerosas bobadas de André Breton está la de haber acusado a Rimbaud de no haber impedido plenamente esa retorcida interpretación de su poesía en la que Paul Claudel quiso ver la historia de una conversión religiosa (ver la nota de Mauro Armiño en la página XLVII).

Los lectores españoles podemos comprobar de nuevo la vigencia de esa obra tan breve como desesperadamente intensa en un volumen intachable de la editorial Atalanta que recoge por fin lo que su título anuncia. La edición es flamante, descomunal, irresistible, y el trabajo filológico y lingüístico de Mauro Armiño es ejemplar, estrictamente admirable. Yo no estoy muy familiarizado con el “asunto Rimbaud”, pero parece difícil llegar más lejos en el barrido bibliográfico y en lo que esta edición tiene de puesta al día del estado de la cuestión sobre el poeta. El corazón del libro, por supuesto, son los versos (y las prosas poéticas), ofreciéndose todas las versiones y variantes conocidas de los poemas, pero ese corpus se ve envuelto por la correspondencia conocida y por los escritos escolares (algunos en latín) de Rimbaud, todo lo cual se presenta además envuelto por otros curiosos materiales ajenos (de la familia, de Verlaine, de la policía…) en los que Rimbaud se ve aludido, y finalmente, todo queda impecablemente enmarcado y explicado en los muchos paratextos del propio Armiño: una introducción de naturaleza esencialmente biográfica en la que sin embargo se aportan las primeras pistas sobre la evolución poética del autor (aunque en el caso de Rimbaud lo de “evolución” parece inadecuado y funciona mejor esa metáfora de “meteoro” con la que Armiño comienza su prólogo), una cronología (necesariamente breve, pero exhaustiva), un “Diccionario Rimbaud” en el que se ven glosadas las personas que fueron importantes o relevantes en la vida del poeta, una bibliografía crítica que también enumera las principales (no todas) traducciones recientes al castellano (hubiera sido estupendo que no atendiese solo a las últimas sino también a las remotas, para explicar de paso la recepción de Rimbaud en España en los primeros años) o, finalmente, un extenso aparato de notas en el que se ven comentados todos los poemas.

La rabia de Rimbaud, tan incomprendida (en el sentido de inexplicada) como fecunda, dio lugar a una obra inmortal que a su vez creó un mito que nos obliga a releer aquella obra de un modo aún más atento y enriquecedor, lo cual alimenta y aumenta el mito. Se crea un bucle ya no atractivo sino hipnótico que nos obliga a volver periódicamente a Una temporada en el infierno, a Iluminaciones, a los poemas dispersos o a ese pequeño relato autobiográfico, “Un corazón bajo una sotana”. “Apelo a tu asco mismo, de todo y de todos, a tu perpetua cólera contra cada cosa”, le escribió Verlaine, que lo conocía mejor que nadie, en una carta de 1875 en la que subrepticiamente le manda a paseo para siempre (dos años después de dispararle, asunto al cual se dedica una breve sección independiente: “El affaire de Bruselas”), de modo que esa actitud era real, no una pose de maldito que en tantos otros casos disfrazaba frustraciones leves o directamente postizas de jóvenes privilegiados. El asco y la cólera de Rimbaud eran silvestres, campesinos, naturales, y él, aparte de salvajemente significativos, supo hacerlos perdurables, perennes, eternos.

Lo malo de leer es que te quedas frío, rígido, como aletargado… a no ser que lo que tengas entre manos sea un libro como este, colosal y electrizante, lleno de sugerencias, de fuerza y de una hermosura más luminosa y al cabo menos inmoral de lo que probablemente él hubiera deseado. ~

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