Ignacio Peyró: La creación de nuestro mundo

Si alguien intentara extraer una antología de los mejores fragmentos de las 550 páginas de 'Ya sentarás cabeza', se quedaría con un libro de 500: así de constante y sostenida es su autoexigencia, basada en la ironía certera, en la observación aguda, en el despliegue acomplejante de cultura y buena memoria.
Favorito

Ignacio Peyró

Ya sentarás cabeza. Cuando fuimos periodistas (2006-2011)

Barcelona, Libros del Asteroide, 2020, 576 pp.

El principal deber de un escritor es dar buena cuenta de la parcela de la vida que le haya tocado conocer, contribuir con todo el talento posible al puzle común, explicarnos a todos algo cabal sobre un tiempo y un lugar. El mundo que le ha tocado vivir a Ignacio Peyró, qué se le va a hacer, es el de los buenos colegios de antaño (que, por definición, son los buenos colegios de siempre) y, ahora, el de los buenos vinos (que, curiosamente, se diría que van cambiando cada temporada).

Naturalmente conservador, por tanto, Peyró tiene un doble mérito en el que tal vez se haya reparado poco: por una parte, su estatura literaria es simplemente abrumadora, su prosa es casi demasiado buena, en el sentido de que se acumulan los aciertos, sin dejar descanso; y, por otro, el submundo de los altos pasillos y los restaurantes caros es algo que se nos ha contado desde dentro con mucha menos frecuencia de lo que tal vez pudiera parecer, y desde luego en absoluto lo ha hecho ningún otro madrileño nacido en 1980.

Cuando sus compañeros de clase, de másteres y de viajes de estudios deben de andar navegando en un yate, o negociando con saudís algunos miles de barriles, o tirándose por la ventana porque las circunstancias externas de nuestra generación nos estén impidiendo estar a la altura de lo que papá hizo y de lo que papá espera de nosotros… Peyró, aparte de cumplir de sobra con las expectativas, renovando primero el periodismo carca y, luego, escribiendo discursos políticos para cargos –digamos– bastante principales y, ahora, dirigiendo el Instituto Cervantes de Londres, se ha dedicado a la siempre sospechosa cultura, habitual jurisdicción de “los progres”.

Sin descuidar su formación en materias más edificantes, es decir, más lucrativas, él parece haberlo leído todo y en varios idiomas, y ahora se dedica a contarlo con valentía, pues, como él mismo insinúa con provocación en alguna entrada de su recién publicado diario (“Lo bueno de ser un escritor conservador es que los contrarios no te quieren y los tuyos te detestan”), no encontramos aquí precisamente una laudatio de su clase social, sino que se habla de “los pijos” en tercera persona –la upper class son los otros– y hay más bien un tono de zumba que, por suave y amable que quiera y suela ser, no podrá caer bien entre la mayoría de los suyos, pues a esas clases privilegiadas no les gusta nada que las comprendan, o desde luego que las compadezcan (y hay algo, sí, compasivo en el modo en que Peyró retrata a los pobres millonarios…): solo encajan bien lo único que esperan, que es ser admiradas o envidiadas.

De modo que si el destino de alguien es el de ser un joven escritor conservador español en el año 2020, y además no quiere uno envilecerse, y se aspira a ser alguien con decencia e integridad, entonces es muy difícil no ser una oveja negra entre los suyos, aun en el caso de alguien que, como Peyró, no busca traicionar a sus barrios, ni burlarse de ellos –es demasiado joven para ser un cínico–, ni renunciar ni un poco a su arraigada y bien confesada sensación de pertenencia a esos pudientes territorios.

Para decirlo de otro modo, el autor acierta a demostrar que se puede ser ortodoxamente católico y aun así un poco irreverente, que devorar el ABC no es incompatible con ojear sin demasiados prejuicios The Guardian. Ni siquiera le gustan los toros, y lo razona por extenso, pero los combate, claro, sin ningún fanatismo, por tratarse de un hombre inteligente. Alguien pensará que estoy exagerando y que lo que lanza a sus vecinos (que no a su familia, por la que sí demuestra una constante y reconfortante devoción) son apenas pellizquitos, pero es que, conforme se asciende en el escalafón de la jungla social, el toquecito más suave es interpretado como un torpedo. Pocas bromas por allá arriba, ni siquiera entre los más abiertos.

A lo extraordinario, en fin, de que un muchacho de su edad del barrio de Salamanca haya tirado por la literatura se junta el hecho, decisivo para nosotros, de que su literatura es de primera calidad. Habría que reunir y releer esos primeros artículos periodísticos de los que da cuenta en Ya sentarás cabeza para entender mejor su rápido ascenso, su paso casi automático del anonimato al prestigio: cabeceras cada vez mejores se atropellaban para pedirle textos y, por lo que respecta a las librerías, en 2014 estalló Pompa y circunstancia, un diccionario personal sobre Inglaterra que supuso un debut apoteósico.

Después, en 2018, Peyró puso un peldaño más en la riquísima tradición de literatura gastronómica española, y ahora nos entrega este diario, aunque, más que anotaciones cotidianas que acaban conformando una crónica (que también), lo que encontramos son piezas emparentadas con la columna periodística, muchos aforismos, no pocos recuerdos, semblanzas, paisajes, desahogos u ocurrencias. En todo caso, y aunque los tres libros responden a vertientes distintas de la no ficción, son claramente libros hermanados, y no tanto por la obviedad de que comparten padre como por el hecho de que este se va revelando en ellos, que toda una personalidad y una voz brillante y, ante todo, una mirada muy particular se está desplegando ante nosotros para enriquecer nuestra propia percepción de la realidad.

De su mano vivimos cosas que no podríamos vivir de otro modo, y lo crucial es que lo cuenta con vigor, con puntería, con gracia y hasta con una alegría constante que no palidece ante los momentos, frecuentes, de melancolía, sino que se desarrolla y se va asentando. Cuando uno es tan brillante puede permitirse no ser siempre exacto, pero también despierta la sensación de que retrata con fidelidad la realidad, que las cosas fueron o son como las cuenta, que así es como funciona.

Pero como todas las personas que valen algo, Peyró no se da del todo a conocer, no se entrega plenamente, se guarda sus secretos. Las gentes “de una pieza” o transparentes tienen demasiada buena prensa, pero incluso para dedicarse a la crónica social conviene ser un hombre reservado. No es que nuestro diarista no incurra en determinadas indiscreciones, nunca graves (pues felizmente lo hace, sobre todo hacia el final, cuando la maquinaria política decide que la prosa de ese chico le conviene, y así, años después, nos enteramos de sabrosos entresijos de la calle Génova), sino que es, en general, un hombre pudoroso. Se puede ser confidencial y tímido a la vez, y aunque Peyró tenga mucho de bon vivant, sobre todo a la hora de comer, el buen lector recibe mucha más información sobre las cosas de su alma que sobre las de su cuerpo.

Si alguien intentara extraer una antología de los mejores fragmentos de estas 550 páginas, se quedaría con un libro de 500: así de constante y sostenida es su autoexigencia, basada en la ironía certera, en cierta malicia general, en la observación aguda, en el buen humor, en la añoranza algo coqueta (y un poco precoz) de tiempos menos ruidosos o menos zafios, en el despliegue acomplejante de cultura y buena memoria, y, como siempre en la literatura que de verdad aspire a serlo, en la certeza de que no hay nada que valga nada si no contiene poesía y esperanza. Comenzaba esta reseña refiriéndome al principal deber del escritor, pero, como hombre, Peyró sabe que hay que “recordar el único deber de no desalentar, de no desesperar, de agradecer el amor escondido que vela por nosotros”. ~

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