Dos importantes centenarios, el del fallecimiento de Rainer Maria Rilke y el del nacimiento de Ingeborg Bachmann, han eclipsado este año en nuestro país otro no menos significativo: el del nacimiento de Siegfried Lenz, una de las grandes voces de las letras alemanas del siglo XX.
Nacido en Lyck, ciudad situada en la antigua Prusia Oriental, la actual Ełk polaca, Siegfried Lenz fue una de las voces más lúcidas de la literatura alemana de posguerra, donde convivió literaria y políticamente con otros grandes de la talla de Günter Grass. Menos sensacionalista e incisivo que este, sin llegar tampoco a constituirse en conciencia de la nación como Heinrich Böll y sin la desbordante seguridad en sí mismo que caracterizó a Martin Walser, Lenz se movió siempre con la misma voluntad que ellos en el terreno político, aunque es probable que su actitud serena y tranquila, al margen de los medios de comunicación y centrada exclusivamente en su literatura, le negara la popularidad más allá de las fronteras de la lengua alemana, aun cuando una buena parte de su obra ha sido traducida a más de treinta lenguas, entre otras la nuestra.
Su experiencia como joven soldado durante la Segunda Guerra Mundial le marcó profundamente y le impulsó a escribir una obra que abordó sin descanso la necesidad de una coexistencia pacífica, siempre con el sombrío pasado que le tocó vivir como telón de fondo. El ejemplo más llamativo fue seguramente El desertor, una novela claramente antibélica que Lenz concluyó en 1952 y que la editorial se negó a publicar por motivos políticos. En ella narraba la historia de un soldado alemán que, en el frente oriental, duda cada vez más del sentido de la guerra hasta que, finalmente, decide desertar. Mucho de lo aquí narrado tiene carácter autobiográfico, pues él mismo, llegado a Schleswig-Holstein en 1939 procedente de la región lacustre de su Masuria natal, en 1943 fue reclutado por la Wehrmacht tras obtener el bachillerato de emergencia, para acabar desertando poco antes del final de la guerra. Sin un lugar al que poder dirigirse, vivió durante un tiempo escondido en un bosque de Dinamarca, hasta que los británicos lo atraparon y lo encerraron en un campo de prisioneros. Tras la negativa de la editorial, la novela quedó guardada en un cajón hasta 2016, cuando vio la luz apenas dos años después de la muerte del escritor. Aun a pesar del rechazo, que puede entenderse hasta cierto punto por la relativa cercanía del final de la guerra, Lenz no cejó en su empeño y continuó escribiendo sobre la disyuntiva que planteaba en ella y a la que se veía abocado su protagonista (y, por ende, cualquier individuo en situación similar): obedecer a las imposiciones del entorno social (la orden militar) o a los dictados de su propia conciencia (desertar), o lo que es lo mismo, a la práctica de un concepto erróneo del deber. Tan importante cuestión de conciencia plantea un conflicto ético que se convertirá en el eje central de una vastísima obra literaria (más de quince novelas, innumerables relatos y ensayos, así como un sinfín de guiones de teatro radiofónico), en la que su autor practicó una constante denuncia social.
Aunque la publicación en 1951 de su primera obra, Azores en el aire, le había dado una temprana fama que le permitió abandonar su trabajo como redactor en el periódico Die Welt, fue la obediencia ciega, incuestionada, el tema que, convertido en el núcleo de Lección de alemán (1968), un hito de la narrativa del siglo XX, lo convertiría en un escritor aclamado. Localizada en 1954 en un correccional para jóvenes inadaptados situado a orillas del río Elba, en Hamburgo, en el que su joven protagonista, Siggi Jepsen, está encerrado en una celda castigado por haber entregado en blanco una redacción para la clase de alemán, la novela aborda un conflicto de índole moral, el de “las alegrías del deber”, sobre el que el joven debe escribir y por el que se ve superado ante la cantidad de recuerdos que se acumulan en su mente. Incapaz de describirlos en una simple redacción, incumple una vez más su deber al no poder concluir el trabajo impuesto, un trabajo al que se dedicará, sin embargo, y valga la redundancia, con alegría. Exactamente igual que el policía, el padre de Siggi, que cumplirá con su deber en cuerpo y alma, pues, como agente del orden, debe obediencia ciega a los superiores que le han ordenado vigilar a un pintor amigo suyo, cuyos cuadros tiene que destruir, pues su estilo expresionista no concuerda con la estética de los que están en el poder, una situación que recuerda de una manera muy evidente a la situación de los artistas del movimiento Die Brücke durante aquellos años. Sin dudar un segundo sobre su deber de seguir rigurosamente estas órdenes, intenta incitar a su hijo a espiarlo, lo que conduce al joven a un terrible dilema moral, que acaba resolviéndose contra el padre y a favor del pintor, a quien Siggi ayuda a esconder sus cuadros. Es así como la obediencia se ve enfrentada a la necesidad, la autoridad al arte, la sumisión a la libertad, para acabar haciendo de Siggi una víctima de bandos contrarios, obligado a elegir entre la lealtad al padre o la lealtad al amigo admirado, cuya imposibilidad de pintar se convierte en el puente a través del que es posible interpretar la dificultad de escribir del propio narrador. Así pues, tanto la expresión pictórica como la escrita resultan ser los únicos espacios capaces de invocar la memoria, convirtiéndose en modos de expiar la culpa, de asumir la responsabilidad y de combatir la vergüenza. O lo que es lo mismo: arte y literatura son los dos únicos medios para curar de manera efectiva las heridas del pasado.
El estilo que Lenz había ido desarrollando en estas primeras obras, con un equilibrio perfectamente logrado entre un flujo narrativo desbordante y un vocabulario sencillo, se convirtió en el sello distintivo de su narrativa, por medio del cual demostró hasta el final que la literatura es, en realidad, una importante escuela de vida. Y ello a pesar de que, aun con los innumerables conflictos que plantea en sus textos, relacionados siempre con los traumas del pasado histórico, el público percibió en Lenz a un escritor de menor relevancia política que Grass, cuya carrera corrió en paralelo a la suya. Sin embargo, durante mucho tiempo hizo campaña electoral a favor de su amigo, el canciller federal Helmut Schmidt, con quien compartió muchas de sus reflexiones sobre estos temas, y de su partido, el SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania). Su compromiso social y político se hizo visible en 1970, cuando acompañó al canciller federal Willy Brandt en su visita de Estado a Varsovia y al campo de concentración de Auschwitz, y estuvo a su lado cuando este se arrodilló ante el monumento a los judíos del gueto de Varsovia. Porque a Lenz siempre lo movió una decidida voluntad, presente en muchos de sus textos, de reconciliación con Polonia, el país al que, una vez finalizado el conflicto, pasó a pertenecer su amada tierra natal, esa tierra que ocupa en su obra un importante papel protagonista. El paisaje del norte de Alemania, amenazado siempre por la monocromía del nazismo, que, aun finalizado el conflicto, seguía estando presente, es descrito con tal colorido y vivacidad que el lector fácilmente puede reconstruir en su mente un cuadro expresionista. Lenz puede conseguir este efecto gracias a su constante abuso de la descripción, la cual, en lugar de dificultar y dilatar la trama, como bien podría ocurrir en cualquier novela, se convierte aquí en la protagonista que hace posible que la acción avance con enorme maestría al desplegar en ella todas sus posibilidades semánticas. Necesarios para mantener viva la memoria histórica, tanto los paisajes de Masuria como más tarde Hamburgo y, en general, la costa del mar del Norte reaparecen constantemente en su obra y conforman en su totalidad un cuadro único de ese espacio nórdico del que Lenz disfrutó toda su vida. Y ello a pesar de que para él la patria no era más que un mero invento de la melancolía.
Aunque no dejó lugar a dudas sobre el lado en el que se situaba en los debates políticos, es cierto que en este terreno se mantuvo en límites discretos y no fue nunca tan enérgico como otros colegas; no obstante, su interés por la realidad del país permite que su obra pueda entenderse también como de amplia magnitud política, pues abordó de forma intensa y continuada las consecuencias de la historia alemana, la posición de las víctimas frente a los verdugos, así como la responsabilidad de la conciencia frente al deber, hasta el punto de formular estas cuestiones con una precisión cuyo nivel no ha llegado a alcanzar ningún otro autor, lo que ha hecho que los lectores siempre hayan sabido ver en él a uno de los mayores cronistas de la posguerra alemana.
Su voluntad de asimilar y superar el pasado puede leerse no solo en otra de sus grandes novelas, Museo local (1988), sino también en sus numerosas colecciones de relatos. Pero la obra de Lenz es mucho más que todo esto. Es una obra de visiones y tiempos enfrentados, de una Alemania que lucha por racionalizar y superar lo irracional y casi insuperable de su pasado y de su presente, una Alemania que podría leerse, sin embargo, como cualquier otro espacio geográfico y que permite reflexionar sobre una cuestión que sigue siendo hoy, por desgracia, de actualidad: la libertad y la privación de ella. Porque una de las lecciones más importantes que es posible aprender de la obra de Lenz es que toda libertad (tanto la artística como la personal) es susceptible de ser arrebatada cuando no se trata más que de una mera ilusión o de un engaño, autoimpuesto o impuesto por otros. Como en casi ninguna otra obra de un autor alemán, Lenz plantea una y otra vez esta cuestión de radical importancia para la supervivencia, pues para él la democracia y la libertad se basan precisamente en la disposición de cada individuo a cuestionar la autoridad y a asumir responsabilidades.
En relación directa con la privación de libertad, así como con los espacios de su Masuria natal, se encuentra también otra de las importantes cuestiones sobre las que Lenz, un gran amante de la naturaleza, alerta en su obra y con la que se convirtió en un precursor de la defensa del medio ambiente ante su creciente destrucción. Por su protección abogó directamente, apelando a las autoridades allí presentes, en el discurso que pronunció en 1988 con motivo de la entrega del Premio de la Paz de los libreros alemanes, con una frase que parecería escrita hoy mismo por cualquier defensor del entorno medioambiental: “El calentamiento del clima terrestre provocará la expansión de los desiertos, el deshielo de los casquetes polares y un aumento del nivel de los mares tal que países enteros quedarán inundados. Ya ni siquiera hace falta mucha imaginación para imaginarse la Tierra sin vida.” Las continuas contradicciones entre la economía y la protección del medio que plasmó en sus textos lo llevaron a exponer con rotundidad la única salida posible a la impasibilidad de los responsables políticos: “Si los representantes de los gobiernos no se muestran preocupados por nuestras vidas, tenemos la legitimidad para actuar por nuestra cuenta.”
Esta advertencia insistente y continua sobre la catástrofe climática es solo un ejemplo más del compromiso político y la clarividencia de Lenz, un escritor que nunca optó por recluirse en una torre de marfil y que desde sus paisajes del norte supo cuestionar las estructuras sociales y transmitir a sus lectores que la memoria y el cambio eran necesarios, dotando así a su obra de una decidida atemporalidad, en tanto que los conceptos de culpa, deber y obediencia, descritos en escenarios en los que uno puede reconocerse a sí mismo hoy en día, no han dejado de mantener, cuando no aumentar, su relevancia en nuestro mundo globalizado.
Durante sus últimos años de vida, aquejado de diversos problemas de salud que lo confinaron a una silla de ruedas hasta su fallecimiento en 2014, Lenz amplió su espectro temático con cuestiones igualmente relevantes como el dolor, el envejecimiento o el deterioro, no solo del individuo, sino también de la cultura y la naturaleza.
Ciudadano honorífico de Schleswig-Holstein, de Hamburgo y de su ciudad natal, Siegfried Lenz recibió numerosos premios por su obra, entre ellos el Premio Goethe de la ciudad de Frankfurt y el Premio Lew Kopelew de la Paz y los Derechos Humanos. Para el narrador que había perdido su tierra natal escribir era “una buena forma de comprender a las personas, sus traumas y sus conflictos”. Tal vez por eso nunca reconoció más patria que la escritura. ~