Cuentan que al final,
cuando él en su jardín,
llegaba, una tarde sí
y otra también, un gorrión
a posarse en sus rodillas.
¿Qué habría entre ellos?
Este, gorrión, al fin y al cabo,
le habría dicho cuéntame
los asuntos del coyote
con el que Joseph vivió unos días,
encerrados ambos,
aviador y coyote americano,
en una caja de vidrio;
la sabiduría que guarda
la miel de las abejas,
o la de ese avión caído
entre la nieve. Cuéntame
cómo se vuelve a vivir
cuando uno está envuelto
–huesos rotos, quemaduras,
heridas de metralla–
en la grasa de una foca
y el fieltro de un sombrero
que el aviador derribado
usaría desde entonces.
Pero muy poco, o nada
es lo que sabemos.
Y, sin embargo, parecidos
a ese gorrión,
nos asalta la inquietud.
Tal vez se dijeron las cosas
que no requieren de gorjeos
ni de palabras.
Tal vez esa reunión
consistía en solamente
estar ahí, lejos del coyote,
el avión en llamas y la liebre
muerta. Lejos del pizarrón
donde el aviador quiso
explicar todas esas cosas
que allá, muy lejos, entre
el dolor, el fuego y la nieve
fue aprendiendo.
Tal vez se dijeron nada,
pues todo aquello,
eso que la cabeza del aviador
bajo el sombrero de fieltro
sabe ahora, el gorrión
lo sabía desde siempre. ~
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