Escenas de lectura

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Visto desde el exterior el acto de la lectura parece una actividad pasiva, considerada por algunos como parasitaria, pues el que lee aparentemente no produce nada más que su propio goce. Pero quien ha sido arrobado por este mal sabe de la intensa actividad interior que se lleva a cabo, los escenarios que gestan los teatros mentales en los que el tiempo cotidiano se desplaza a esa especie de ensoñación didáctica que va del reconocimiento de la obra a uno mismo. Entre los diferentes tipos de lectores existen aquellos que sienten una oscura necesidad u obcecación por compartir con otros el entusiasmo que ha despertado ese imaginario guardado entre las páginas. En ese sentido, llama la atención el caso de algunas propuestas escénicas recientes que han enfocado su atención en la búsqueda textual, no ya en la dramaturgia, sino en la narrativa contemporánea, como Conjunto vacío de Verónica Gerber Bicecci, Canción de tumba de Julián Herbert y La fila india de Antonio Ortuño. Creadores escénicos de diversas partes del país han establecido un interesante diálogo con estas obras en el arduo ejercicio de transformar la experiencia de lectura en experiencia escénica.

Las obras de teatro inspiradas en dichos libros parten de una afinidad personal de los creadores o de la coincidencia o reconocimiento en las situaciones que se presentan en las novelas. Más que adaptaciones en el sentido canónico son concebidas como relecturas que se enfrentan a la búsqueda de acciones dramáticas, a la tensión entre el paso de los tiempos narrativos a los escénicos, a la conciliación de una palabra que sea capaz de provocar imágenes en la cabeza del espectador al ser pronunciada en voz alta, así como al enorme reto de ser independientes y poder ser comprendidas sin el conocimiento previo de la obra original.

Las elecciones sorteadas responden tanto al arreglo estético requerido por el texto original como a los recursos con los que cuenta el grupo para la puesta en escena, como lo relata la directora de Flores negras del destino nos apartan, Belén Aguilar, quien trabaja a partir de la obra semiautobiográfica de Herbert: “Queríamos incluir todo, pero me di cuenta de que la adaptación no solo debía ser en términos de ‘anécdota’, quería también que quien viera la obra pudiera sentirse como yo cuando leí la novela. Me refiero a confundida, melancólica, con la sensación de que estaba teniendo una pesadilla o que estaba inmersa en una película de otra época. En ese momento la adaptación cobró otro sentido: retratar la vida de Guadalupe y la relación con su hijo, la del artista con su vocación y la del lector-espectador con la pieza.” El carácter retrospectivo de la obra original le permite a Aguilar y a su equipo construir una lectura escénica en capas que se despliegan a partir del monólogo de José Juan Sánchez (quien interpreta al álter ego del autor) y ocurre a la par de otro plano narrativo plasmado en clave cinematográfica en donde se aborda la relación con la madre (interpretada por Lorena Glinz), así como elementos escenográficos y musicales que plantean el efecto de una lectura perpetua que se recrea en cada función y potencia las dimensiones contenidas en la obra en esa convivencia simbiótica que sobrepasa a ese primer encuentro con el libro.

Ese momento pivotal durante la creación de estos espectáculos es descrito por Belén Chávez de Caracoles Teatro en su acercamiento a Conjunto vacío como “…una especie de sensación corporal que el mismo texto me daba; los dibujos, personajes y emociones que emitía me generaron el impulso de llevarlo a un montaje teatral”. La peculiar historia de Gerber sobre una mujer que regresa a la casa familiar después de una ruptura amorosa y se reconstruye en esquemas visuales o en cuerpos que le permiten continuar en esa búsqueda de identidad y fuga es retomada por Caracoles Teatro bajo la dirección de Cristian Magaloni con cierto tiento cargado de respeto que se permite libertades creativas como la escisión del personaje principal en dos cuerpos y voces (Chávez y Tania Noriega) y el uso de música y sonoridad vocal para enfatizar a los personajes o las atmósferas sentimentales. La apuesta de esta joven compañía funciona como un sugerente apéndice de la obra original y acertadamente replica el universo visual de la autora, aunque podría verse beneficiado de cierta distancia que le permita explorar a los personajes con una construcción más propia al espacio en el que se desarrolla.

En ocasiones estos ejercicios pueden valerse del trabajo de un dramaturgo, pero este no siempre es convocado por falta de presupuesto, desconfianza en su labor o creencia de que el material original pueda sostenerse por sí mismo en la escena. Ciertamente la adaptación dramática formal es un trabajo independiente, regularmente solicitado por encargo, riguroso y arduo si se lo toma con el respeto que merece y que no puede realizarse en la soledad del escritorio, ya que requiere de la opinión de los responsables de escena. La fila india de Ortuño –proyecto impulsado por la fascinación que el texto ejerció en la creadora escénica jalisciense Gabriela Escatell, bajo la dirección de Karina Hurtado y adaptación de quien escribe estas líneas– sufre una considerable reducción en la trama y en su sagaz crítica alrededor del fenómeno migrante en tanto que se concentra en la perspectiva de solo uno de los personajes, pero busca fortalecerse con los recursos del teatro de sombras que la directora aporta para sostener el relato y el trabajo de la actriz en quien resuena esa pasión lectora en el escenario. Sobre la transformación de su libro a la escena, Ortuño opina: “Me parece que una obra gana capas de profundidad con diferentes visiones a la original. Obviamente en el brinco de formato se pierden cosas, pero también se gana una cierta energía alrededor del personaje. Haber visto la obra me fue muy útil para el trabajo de adaptación al cine en el que estoy metido actualmente, aunque mi visión es diferente, me permitió ver la novela con ojos frescos.”

Ante estas interesantes escenas de lectura, el espectador será quien marque o determine si estas obras pueden vivir lejos de su materia original o permanecerán como experimentos loables. Finalmente se trata de empresas de lectores enardecidos que no resistieron la tentación de mantener esos escenarios dentro de su cabeza. ~

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