Exámenes de conciencia

Hay poemas que son también una búsqueda de penitencia. Así lo deja ver un soneto del sacerdote y poeta Manuel Ponce, un texto inusual en su versificación donde el recuerdo de los pecados convierte la “confesión de un confesor” en materia literaria.
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El jardín increíble de Manuel Ponce incluye un soneto perfecto, aunque insólito:

Angelical y triste,
cervatilla de un dios
oculto, con tus dos
ojos apareciste.

Un momento me viste,
y el alma se fue en pos
de los cielos y los
cielos que le fingiste.

Eras una tristeza
de sacros manantiales
que fluyen con largueza.

Y en tus ojos iguales,
cierta delicadeza
de saberse mortales.

El latín del título y su significado (“Virgen viviente”) evocan, negativamente, el santoral: no se trata de la Virgen ni de las vírgenes del ciclo litúrgico, celebradas por Ponce en su Ciclo de vírgenes.

La forma es infrecuente: un sonetillo heptasílabo (con versos de siete sílabas), de rimas consonantes ABBA ABBA CDC DCD. Con rima inusual en el séptimo verso (los), encabalgado al siguiente.

Se han escrito miles de sonetos endecasílabos (de once sílabas), pero, de siete, no conozco más que este y otros de Ponce.

El primer verso es un oxímoron: angelical y triste se oponen. La tristeza no es propia de un ángel.

En el segundo, cervatilla sitúa al tú del poema como una jovencita. Verla como “cervatilla de un dios [con minúscula] oculto” refuerza la evocación religiosa y la niega otra vez como contexto: no se trata de una virgen del santoral.

El Diccionario de los símbolos de Jean Chevalier y otros (Herder, 1986, 6ª reimpresión 1999, muy posterior al libro de Ponce: 1950) dice: “La cierva es esencialmente símil femenino.” “Su belleza procede del brillo extraordinario de sus ojos, y por esta razón su mirada se compara a menudo con la de una joven.”

No hace falta recurrir al diccionario para saber que igualar ojos con manantiales es tradicional y dio lugar a la locución ojo de agua como sinónimo de manantial.

Es obvio que el “dios oculto” no es Dios, sino un dios del paraje donde pasta la cervatilla. Ahí también están los “sacros manantiales” de la tristeza que enamora al yo del poema. Solo un momento. “Un momento me viste, y el alma se fue en pos de los cielos y los cielos que le fingiste.”

Estamos ante la confesión de una tentación: la compasión equívoca, inspirada por unos ojos tristes. Una tristeza que cautiva, en vez de liberar, para ayudarle a superarla. La depresión no es angelical.

En la última estrofa, el yo se recupera y admite la ambigüedad de la situación. Es la confesión de un confesor.

Todo esto puede vivirse sin tematizarlo en un poema. ¿De dónde viene la necesidad de confesarlo? Quién sabe. Pero el examen de conciencia es una tradición milenaria.

Está en los salmos penitenciales. Salmo 32.3 “Porque callé [mi pecado], consumiéronse mis huesos, de mi gemir todo el día” (Biblia del Oso, 1569). Y en la misma traducción: Jeremías 17.9 “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso: ¿quién lo conocerá?”

Sócrates llevó la conciencia a un nivel supremo: “Una vida sin examen no merece ser vivida” (Platón, Apología de Sócrates, traducción de Antonio Gómez Robledo, 1947, 38ª edición [digital] de ILCE UNAM).

El largo poema “En el desierto. Idilio salvaje” de Manuel José Othón, firmado en 1904, dos años antes de morir, es la confesión de un entusiasmo inesperado con una “india brava”, que ella toma con tranquilidad y él con arrepentimiento. El soneto final concluye: “Y en mí ¡qué hondo y tremendo cataclismo! ¡Qué sombra y qué pavor en la conciencia y qué horrible disgusto de mí mismo!” (Manuel José Othón, Obras completas I, Joaquín Antonio Peñalosa, compilador, Fondo de Cultura Económica, 1997, pp. 508-513).

La conciencia angustiada por “esta sed constante de veneros femeninos” de Ramón López Velarde (“La tónica tibieza”, La sangre devota, 1916) toma un giro lamentable en su texto “Mi pecado”, que dejó inédito. Apareció en El minutero, libro póstumo compilado por su amigo Enrique Fernández Ledesma. La vehemencia confesional empieza en el segundo párrafo: “Por zurdo cálculo me acerqué a la segunda de las hijas de aquel notario. […] La aproveché mientras duró la comodidad de mi conciencia. Al sentirme incómodo, la saqué del calor de mis entrañas y la lancé sobre el invierno. Casi no se quejó.”

Lo peor de la confesión es su falta de sinceridad. Dice que la abandonó porque su conciencia ya no le permitió continuar aprovechándose cómodamente, pero no dice que lo más cómodo de todo fue abandonarla (Ramón López Velarde, Obras, edición de José Luis Martínez, Fondo de Cultura Económica, 1971, p. 230). ~


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