Gabriel Zaid: ingeniero social

Gabriel Zaid ha ejercido la creación, pero también la crítica. Ha analizado la cultura y sus condiciones de producción. Ha observado la política y la economía –el poder, el papel del Estado, la función de las empresas, la endogamia perniciosa de la academia– con perspicacia e independencia, y ha propuesto un proyecto de desarrollo alternativo.
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He leído mucho a Zaid, cada mes en Letras Libres. Un ensayista de alcance universal. He leído Los demasiados librosCronología del progresoEl secreto de la fama, obras originalísimas. Lo mismo discute a Condorcet que a Aristóteles. Entrelaza ideas económicas, sociológicas, filosóficas y literarias a través de un hilo fino: el sentido común. Pero nada de eso me habría dado una idea de lo que me cuentas. Es misterioso Gabriel Zaid.

¡Es curioso que utilices ese adjetivo! Un día don Daniel Cosío Villegas me dijo: “Óigame usted, ayúdeme a resolver el misterio Zaid.” Evidentemente lo leía y quería conocerlo. Y logré que don Daniel nos invitara a comer, y que Gabriel –que es el hombre más reservado del mundo– aceptara la invitación con su esposa, la pintora Basia Batorska. Debe de haber sido en el otoño de 1974.

¿Cómo recuerdas su perfil intelectual de entonces?

Fui descubriendo ese perfil. En los años sesenta, había publicado libros de poemas y una teoría sobre la creatividad, no solo en la literatura y el arte sino en la vida: La poesía, fundamento de la ciudad, que después incluiría en La poesía en la práctica. En 1971 compré su antología Ómnibus de poesía mexicana, que apareció por entonces y que, como indica su nombre, incluía una selección de toda la poesía mexicana: desde la poesía náhuatl –y, de hecho, poemas de muchas lenguas indígenas– hasta el siglo XX, desde la vanguardia hasta las canciones románticas y populares. Es un libro de cabecera para todas las generaciones, y se sigue vendiendo. Cuando lo conocí acababa de publicar Leer poesía, una lección de crítica de poesía: textos breves, puntuales, nítidos, que van al corazón del poema y revelan los elementos formales: no solo el qué, sino el cómo del poema. De principio de los setenta es también un libro suyo que se volvería bestseller internacional: Los demasiados libros. Tiempo después, cuando leí Cómo leer en bicicleta. Problemas de la cultura y el poder en México, pude valorar mejor la crítica literaria y cultural que había publicado en los años sesenta. Lo que más me llamaba la atención era su independencia. No se detenía ante los consagrados: podía elogiar Blanco, el poema de Octavio Paz, y con igual naturalidad encontrar confuso el libro de Paz Corriente alterna. Por influencia de C. Wright Mills, según me dijo, aplicó la imaginación sociológica al aparato cultural. No solo las obras se convertían en temas legítimos: también las editoriales, las librerías, los procedimientos de difusión, los lectores. Así comenzaron a aparecer sus críticas al poder en la cultura: la pedantería académica, los golpes bajos entre escritores, la profusión de premios inútiles, el protagonismo, la superficialidad, la inane poesía de protesta, las malas antologías, la falsa crítica académica y otras prácticas de la “canalla literaria”, término proveniente de la correspondencia entre Marx y Engels que Zaid –buen lector de ambos– retomó para describir la atmósfera literaria mexicana. Todo eso era notable, pero muy pocos apreciaron la adaptación lúdica que hizo de géneros insólitos: convertir, por ejemplo, la astrología en crítica literaria. Un hallazgo de humor e ironía. No me precio de haber valorado ese aspecto esencial de su crítica. De la eficacia no me queda duda.

¿No aparecía la política en su obra de entonces?

Aparecía y ejercía la crítica política. Publicó un poema contra Díaz Ordaz cuando aún era presidente. Hay un texto suyo de 1969 muy importante. Es una crítica al libro El intelectual y la sociedad, que había coordinado el poeta salvadoreño Roque Dalton, en el que un grupo de intelectuales declaraba que por amor a la Revolución cubana eran capaces de dejar de ser intelectuales. Del lema castrista “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada” Zaid desprendía sucesiva y lógicamente, como en una demostración matemática, que ningún intelectual podía ir contra la verdad, contra el sentido de la historia, contra el poder revolucionario, contra el bloque soviético, contra el deber de obedecer. Y bajo esas premisas, en efecto, era mejor dejar de ser intelectual. Esos intelectuales proponían una especie de Revolución Cultural china autoimpuesta. Como decía Étienne de La Boétie, el amigo de Montaigne: “la servidumbre voluntaria”. Ese texto –según me contó– irritó a los cubanos, al grado de que le pidieron a uno de sus hombres en México que lo rebatiera. Don Arnaldo Orfila Reynal, el editor de Siglo XXI, se enteró y le ofreció a Zaid detener la respuesta. Orfila era un gran empresario editorial y un hombre de izquierda, conocido y reconocido; pudo haber intervenido recurriendo a su autoridad. Zaid, claro, se negó. No quería deberles favores a los cubanos. La respuesta aquella apareció (redactada por Federico Álvarez, intelectual comunista español de la vieja guardia y muy afín a Cuba), lo mismo que una carta de varios autores contra Zaid. “Así fui excomulgado”, me dijo un día con toda naturalidad, al recordar esos hechos.

Si Orfila era de izquierda activa, ¿cómo es que era tan amigo de Zaid?

Como consultor de empresas, autor y amigo de la casa, Zaid era una pieza clave en Siglo XXI. Un hombre honrado como era Orfila (que en Argentina se había ganado la vida como productor agropecuario) valoraba todo lo que Zaid aportaba: sus libros, su crítica y su consejo. El mundo editorial siempre le interesó mucho a Zaid. Había escrito en 1955 una tesis sobre la industria editorial. Orfila me dijo alguna vez: “Aprecio muchísimo a Gabriel. No juega a ser de izquierda.” Sus amigos en la revista Siempre! se sorprendían cuando les decía, simplemente: “No soy revolucionario.” ¿Cómo era posible? No creía en el socialismo, nunca se entusiasmó por la Revolución cubana.

Representaba un tipo distinto de intelectual.

Sin duda. Antes de conocerlo fui testigo de un episodio que lo pinta de cuerpo entero. Fue en el verano de 1971. Echeverría, ¿recuerdas?, había prometido que se castigaría a “los responsables” de la matanza del 10 de junio. Dos intelectuales salieron a defenderlo. Carlos Fuentes dijo que había que elegir entre “Echeverría o el fascismo”. Y el editor Fernando Benítez dijo que no apoyar al presidente era un “crimen histórico”. Estaba yo en casa de Monsiváis, y sonó el teléfono. Era Zaid. Carlos, verdaderamente avergonzado, le dijo: “Lo siento, Gabriel, pero no podemos publicar el texto que mandaste. El director Pagés no quiso.” Escuché la gran carcajada de Zaid por teléfono. Colgaron, y Monsiváis me lo mostró. Decía simplemente: “El único criminal histórico es Luis Echeverría.” Desde ese momento, Zaid dejó de colaborar en el suplemento de Siempre! Esa era la imagen que tenía de Zaid: un valiente. Luego publicaron un número en el que atacaban a los liberales. Y un mes después, en septiembre de 1972, Zaid publicó en Plural una famosa “Carta a Carlos Fuentes”. Había pasado casi año y medio desde el 10 de junio. Y de la investigación, nada. Sin embargo, Fuentes (y, junto con él, un grupo amplio de escritores e intelectuales) seguía defendiendo públicamente a Echeverría. Zaid argumentó que Fuentes hacía un desfavor al modesto poder de los escritores poniendo su autoridad intelectual (su único y limitado poder) al servicio del poder omnímodo del presidente. Y, dado que el propio Fuentes había sugerido que su apoyo estaba condicionado a la investigación prometida, Zaid le sugirió fijar una fecha límite a su paciencia. La que él quisiera. Fuentes se rehusó. Su apoyo a ese gobierno fue permanente. En 1975 se convirtió en embajador de México en Francia. Zaid proponía y representaba lo contrario: no solo un intelectual “valiente” sino un intelectual lúcido, sólido, original, sin ligas con el poder. Su actitud me llevó a una toma de conciencia. Confirmaba la idea del intelectual que proponía y ejercía Cosío Villegas: alguien que trabaja al margen del gobierno, tiene un pensamiento heterodoxo y ejerce la crítica sin cortapisas. Zaid era más definido y claro frente al poder en México que muchos revolucionarios. Existían vías alternas legítimas de ser intelectual que no eran las habituales y hegemónicas de la izquierda. Podía uno ser crítico y opositor sin ser “de izquierda”.

La conversación con Zaid y su actitud independiente terminó por disolver tu disonancia cognitiva.

En varios sentidos. Por entonces circulaba un libro de C. P. Snow, Las dos culturas, que delimitaba y separaba las humanidades, por un lado, y las ciencias y técnicas, por el otro. Zaid escribió un ensayo breve, “Las dos inculturas”, en el que mostraba la profunda inconsistencia de andar separando conocimientos: un físico se enriquece mucho leyendo poemas y un historiador gana si puede comprender los modos de producción. La disonancia podía, debía, ser resuelta. Y eso quedaba claro desde su libro La poesía en la práctica. Pero mis lecturas serias y hasta sistemáticas de Zaid comenzaron con sus textos en la revista Plural. He repetido muchas veces que esos textos no solo me convencieron, sino que me convirtieron. Recuerdo en particular “El Estado proveedor”, el ensayo con que dio principio a su columna mensual “Cinta de Moebio” en esa revista. Es de octubre de 1973. Contra la opinión convencional de que el Estado (nacido de la Revolución) estaba ahí para proteger a los pobres, Zaid pensaba que la persistencia de la pobreza mostraba lo contrario: la gran insuficiencia de la oferta estatal para los pobres. Dejando al margen las intenciones teóricas o los deberes constitucionales del Estado, Zaid conectaba su experiencia de consultor de empresas con un conjunto inmenso y variado de lecturas y análisis, para auditar el desempeño práctico del Estado mexicano. Y el dictamen resultó negativo. Ese análisis no se parecía a ningún otro, porque los libros convencionales que se publicaban en la academia de México o Estados Unidos estudiaban al Estado mexicano bajo premisas puramente políticas y algunos hasta lo consideraban un caso ejemplar, una especie de milagro. Era, en esencia, una crítica al Estado. A su pobre desempeño social y al alto costo y bajísima productividad de sus ministerios, instituciones e industrias paraestatales. Probó que los entes estatales viven, sobre todo, para sí mismos.

¿O sea que el Estado construye más Estado, pero no mayor bienestar? Esto dicho en los años setenta era un atentado de “lesa revolución”. ¿Dirías que era una crítica liberal al Estado “revolucionario”?

Sí, en la medida en que los liberales por principio desconfían del Estado, pero yo más bien asocio esa crítica con una postura de responsabilidad social y de genuina preocupación por los pobres y por los campesinos que proviene de la cultura católica, en particular de la encíclica Populorum progressio. El Estado se fincaba en la mentira de que ayudaba a los pobres. Zaid hizo la auditoría de esa mentira. Doble auditoría: a la ideología de la concepción general del Estado y al caso mexicano, en particular. Y lo más notable, daba salidas. ¿Recuerdas la fórmula de Popper “ingeniería social fragmentaria”? Zaid es algo así como Popper aplicado a México. Un ingeniero social. Varios de sus artículos mensuales proponían justamente eso: una “ingeniería social fragmentaria” para México. En Posdata, Paz había planteado la necesidad de un modelo alternativo de desarrollo, pero no tenía ideas concretas y en Plural propuso volver a Fourier. Zaid le tomó la palabra, pero no apelando a las ideas del llamado “socialismo utópico” sino creando un modelo propio. Un modelo no socialista para el México tradicional. Un modelo de progreso productivo y desarrollo humano dentro del mercado y exportable a otros países atrasados. Zaid no negaba al mercado ni demonizaba a las empresas. Sus textos alentaban la apertura económica de México al exterior cuando nadie proponía esa salida.

¿Por qué te interesó esa “ingeniería social fragmentaria”?

Porque me dio ojos para ver el tema social con ojos distintos. Porque era la alternativa al socialismo. Así de simple. No un liberalismo económico ciego (con el que nunca ha estado de acuerdo), sino una ingeniería social que no considera a los pobres como si fueran menores de edad, ni a los campesinos como si fueran proletarios, sino como personas perfectamente capaces de saber qué necesitan y cómo construirlo en el lugar donde viven: finanzas cooperativas, negociaciones locales, inversión comunitaria, tecnología eficaz, barata. Y no necesitan ayuda sino libertad, que se les libere de restricciones y paternalismos, aquí y ahora, no en el reino de la utopía o mediante el crecimiento ilimitado de un Estado burocrático. Frente al modelo estatista, corporativo, piramidal y centralista de desarrollo, Zaid propuso un adelgazamiento y una racionalización productiva del aparato del Estado, pero desde luego no la abolición del Estado. Sobre todo planteó ideas prácticas dentro de la economía de mercado para favorecer la autonomía de los pobres del campo sin forzarlos a salir de sus pueblos, sin orillarlos a convertirse en nómadas de la ciudad o en migrantes. Te pondré un ejemplo que él mismo ha invocado: la obra de un religioso español que nadie recuerda en España. Me refiero a Vasco de Quiroga, que llegó a México después de leer la Utopía de Tomás Moro. Estableció en 1540 en los pueblos de Michoacán el más cumplido experimento de utopía, mucho más exitoso que los promovidos por los llamados “socialistas utópicos”, por Owen o Fourier, en la Europa del siglo xix. La división estricta del trabajo que estableció en los llamados “pueblos hospitales” de la Meseta Tarasca subsistía hasta hace poco. Cada pueblo tenía una especialidad: cobijas, muebles, madera laqueada. Yo visité el pueblo indígena de Cherán en 1968, y me admiraron sus textiles y delantales bordados. Cuando la gran escritora Sybille Bedford pasó por ahí en los años cuarenta, tuvo casi una iluminación sobre el sentido de la vida: los habitantes de aquella meseta no eran ricos, pero vivían en una armonía casi idílica con su entorno. Ahora la región entera vive en vilo debido al crimen organizado que arrasa al estado de Michoacán, pero aquel espíritu comunitario persiste, por ejemplo, en la escuela de lauderos, guitarras y artesanos de instrumentos musicales de Paracho, muy reconocida en el mundo. Así que, como ves, el modelo que proponía tiene raigambre. La utopía de Tomás Moro solo se hizo realidad en un lugar: la Meseta Tarasca de México.

¿Lo estás afirmando como una realidad o estás haciendo una analogía? Es decir: Moro habla de un lugar imaginario e imposible, y esto que me cuentas parece muy optimista…

Zaid sostuvo que había que dejar de ver al hombre del campo o de los pueblos como protagonistas de un estadio anterior, superable por el progreso en las ciudades e industrias. Había que reconocer a las pequeñas comunidades en su valor integral (como una forma de vida, una cultura, una ecología, una tradición, no solo como una forma “superable” de producción) y apoyarlas para que no buscaran el espejismo de las ciudades. El anarquismo constructivo de Zaid –eso es lo que era– tenía mejores ideas para el campo mexicano que el socialismo universitario. Por ejemplo, diseñar una oferta pertinente y barata de medios de producción que llegara a las comunidades rurales y las zonas marginadas. Pozos y bombas que no necesiten electricidad, rediseños de bicicletas, fabricación de ropa. Dio decenas de ejemplos. Hasta tenía en su oficina una biblioteca entera con libros y folletos sobre estos inventos, enciclopedias de tecnología intermedia. Advierte que ofrecía soluciones de mercado, no de Estado. ¿Sabes cuál es el ejemplo perfecto? Las máquinas de coser. No las inventó Lenin, por cierto, sino el señor Singer, que las vendió por centenares de miles en el México rural de los cuarenta. Leí ese dato en un ensayo de Tannenbaum de 1944 y al enterarse Zaid lo celebró. Otra idea que desarrolló Zaid en Plural fue el reparto en efectivo del 5% del pib entre todos los mexicanos. El carácter universal de ese reparto lo hacía inmune a la corrupción o a la manipulación política. Cumplido ese requisito, la tesis central es la siguiente: si cada mexicano recibe una cantidad igual de dinero (unos miles de pesos al año) por el solo hecho de serlo, las familias de clase media o alta no variarán su posición. Pero para las familias pobres ese ingreso (multiplicado por los cuatro miembros que la integran) hará toda la diferencia. Y también desarrolló la idea de los créditos a la palabra. Zaid aseguraba que la gente pobre los pagaría porque eran inferiores a los usurarios y porque la productividad del capital en una familia pobre es inmensamente superior a la de una familia acomodada o una gran empresa. Hasta ideó un teorema que fue validado por el doctor José Adem, matemático de prestigio mundial. Con el tiempo estas ideas se volverían muy exitosas, no solo en México, en el mundo. Zaid se adelantó al concepto del Banco Grameen de Bangladesh por el cual obtuvo el Premio Nobel Muhammad Yunus. Zaid era la prueba viva de cómo la «ingeniería social fragmentaria» es más humana que las visiones holísticas, utópicas, mesiánicas del hombre y la historia. En pocas palabras, su preocupación social no se traducía en lamentos, discursos, teorías farragosas o denuncias sino en propuestas. En 1979 reunió sus ensayos publicados en Plural y Vuelta en su libro El progreso improductivo.

Me ha sorprendido mucho lo que cuentas de Zaid. Siendo un ensayista literario universal es también un ingeniero social popperiano, adelantado a su tiempo, creador de un proyecto de desarrollo alternativo.

No en balde don Daniel quería conocerlo. Y, al tiempo de leer sobre estos temas, pudiste juntar al viejo historiador con el ingeniero poeta. Ambos eran autores de Plural. Don Daniel tenía 76 años y Zaid cuarenta. Ese día de la comida, al verlo, don Daniel le dijo: “Yo lo imaginaba a usted gordo; las imágenes que uno se forma.” Y comenzaron a hablar de esas teorías fisiognómicas, para luego pasar a temas más graves, que ya no recuerdo. Zaid escribió un texto sobre El estilo personal de gobernar en el que elogiaba su sana y liberadora impertinencia y su liberalismo, nada anacrónico y muy actual. ¿Por qué se habrá imaginado don Daniel a Zaid de esa manera? Quizá porque Zaid ha rehuido siempre cualquier reflector: no hay fotografías suyas, no da entrevistas. Yo mismo no sé mucho de su vida. Su biografía son sus libros. ~

Este artículo es un fragmento de Spinoza en el Parque México, el libro de conversaciones entre Enrique Krauze y José María Lassalle publicado recientemente por Tusquets.


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