El viaje al pasado de Felipe Cazals

Interesado por la historia de México, fuera pretérita o contemporánea, Felipe Cazals nos permitió asomarnos a un espejo del pasado para ver en él un reflejo del país que heredamos.
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Bien sabida es mi admiración por la mayor parte de la filmografía de Felipe Cazals por razones que saltan a la vista. Pocos directores del cine nacional filman con esa fuerza narrativa que parece salirle de las entrañas. A Felipe el cine se le dio naturalmente desde un principio y esa intuición le hizo posible abordar una diversidad de temas con la misma solvencia. En especial interesado por la historia de México, ya sea pretérita o contemporánea, Cazals nos permitió asomarnos a un espejo del pasado para ver en él un reflejo del país que heredamos. Un país aquejado desde siempre por la ignorancia, la violencia, el caciquismo y la miseria; de alguna manera redimido por la picardía del desmadre.

Ya sea en el pueblo de San Miguel Canoa, la cárcel de Lecumberri, el burdel de unas lenonas homicidas, un claustro represivo de monjas, un cinturón de miseria donde puede ocurrir un filicidio, la última morada del general Santa Anna o diferentes instancias de la revolución mexicana, por mencionar unos cuantos contextos de sus mejores películas, Cazals encontró la forma de hacernos visceralmente partícipes de ese mundo que destila autenticidad. El punto de partida de su cine es el rigor. Un rigor que no permite el artificio, la recreación chapucera, las medias tintas, la laxitud formal o la impostura estética.

El interés por la historia mexicana se vio reflejado en sus primeras películas industriales, patrocinadas por el Estado. La primera fue Emiliano Zapata (1970), proyecto iniciado, financiado y protagonizado por Antonio Aguilar, actor y cantante de múltiples cintas del género ranchero. Si bien la destreza técnica del director se aprecia en algunas secuencias de acción, la película no transciende la concepción solemne y monolítica del héroe patrio epónimo.

Cazals hizo consecutivamente otras dos películas de época, de gran presupuesto y con participación estatal. El jardín de tía Isabel (1971) sigue el penoso periplo de unos náufragos españoles del siglo XVI en tierras americanas. Dañada por cortes en su metraje, la película se precipita en su segunda parte, pero deja entrever la intención de contar una historia antiépica, donde los supuestos descubridores de un nuevo mundo no llegan a nada. Mientras, Aquellos años (1972) narra el triunfo de Benito Juárez sobre los conservadores y la intervención francesa, a mediados del siglo pasado. Esta ambiciosa superproducción no pudo superar la rigidez inherente al cine histórico, pero la habilidad formal de Cazals está siempre en evidencia.

De la trilogía del crimen realizada entre 1975 y 1976 –conformada por El apando, Canoa y Las Poquianchis– sobresale, por supuesto, Canoa como una obra maestra definitiva. Como se sabe, es la recreación de un hecho real: en 1968, cuatro trabajadores de la Universidad de Puebla son linchados por los habitantes del pueblo de San Miguel Canoa, bajo la instigación del párroco local, temeroso de la amenaza comunista que él percibe en el movimiento estudiantil ocurrido en la ciudad de México. Apoyada en un guion muy bien concebido y estructurado por el crítico Tomás Pérez Turrent, la película recurre al falso documental para desdramatizar los hechos y, a la vez, establecer un contexto que los explica. Aun cuando el espectador sabe lo que va a suceder, la secuencia climática sigue siendo estremecedora. Una vez desatada la violencia imparable, Cazals emplea su pericia formal para situar al espectador en medio de una masa vuelta histérica por la intimidación religiosa, e irracional por la bebida de alcohol. Aunque son solo cuatro personajes los que mueren en la trifulca, uno siente que ha atestiguado el derrumbe de una civilización entera.

También basada en la nota roja de los periódicos, Las Poquianchis (1976) es la recreación de los crímenes cometidos en Guanajuato por tres hermanas lenonas que llegaron a asesinar, en la primera mitad de los años 60, a varias de sus prostitutas. La película no alcanza a desarrollar todos los temas planteados –la situación del campesino mexicano, por ejemplo– y en ese sentido peca de ambiciosa. Sin embargo, la visión de las prostitutas como un eslabón más de una cadena interminable de vasallaje y explotación es de un realismo descarnado, totalmente a la contra de la tradición del melodrama cabaretero. Las Poquianchis fue uno de los éxitos de taquilla más grandes en la carrera de Cazals, y él lo explicaba en el hecho de que las víctimas eran mujeres. 

Después de dos sexenios –el de López Portillo y De la Madrid– signados por el desprecio al cine y su consecuente abandono, Cazals pasó por películas alimenticias y decepciones artísticas que lo llevaron a anunciar su retiro del cine en 1992. Por suerte, el instinto de filmar lo llevó a volver en 2000, para realizar sus cinco obras finales. Todas, salvo la docuficción Digna: hasta el último aliento (2004), son películas de época.

La primera de ellas, Su Alteza Serenísima (2000), describe los últimos tres días en la vida de Antonio López de Santa Anna, quien incluso en la agonía alberga esperanzas de recuperar el poder. Tirano de la servidumbre, aún coqueto con las visitantes guapas y rencoroso con el pueblo que lo ofende, el protagonista es una figura patética en su inconsciencia. Concebida como una pieza teatral de cámara, la película es fundamentalmente cinematográfica en su resolución y reúne soberbias actuaciones de veteranos colaboradores de Cazals: Alejandro Parodi, Ana Bertha Espín, Blanca Guerra, Ana Ofelia Murguía, Pedro Armendáriz Jr., y José Carlos Ruiz.

Filmada en 2006 Las vueltas del citrillo es la obra maestra incomprendida del período tardío del director. Durante el porfirismo, unos soldados cometen varios crímenes y tropelías bajo la influencia del pulque. Cazals evoca su ópera prima, La manzana de la discordia (1968) al abundar en un tema que ha sido constante en su filmografía: el envilecimiento de la conducta masculina a causa de un entorno social determinante.

Una de las escenas memorables de Canoa era aquella en que, durante el linchamiento climático, un par de rancheros charlaban sobre cosas tan banales como sus chivitos. No se trataba de una puntada cruel, sino de una muestra del sentido de observación del cineasta, capaz de captar ese signo humorístico que suele acompañar al horror de la tragedia nacional. Ese es el tono en que transcurre Las vueltas del citrillo. Si bien las actividades de los personajes son sórdidas y bastante tristes, la película es inevitablemente graciosa en su descripción de una picaresca ancestral.

La penúltima realización de Cazals es Chicogrande, una épica histórica en tono de western sobre la expedición punitiva que pretendía capturar a Pancho Villa tras su ataque al pueblo estadounidense de Columbus. Sin embargo, el protagonista es el villista epónimo, quien representa la lealtad y heroísmo de los hombres que pelean por un ideal. La película rinde homenaje a algunos títulos clásicos del western, al mismo tiempo que cuestiona sus convenciones en la tensa relación histórica entre mexicanos y gringos.

Finalmente, Ciudadano Buelna (2013), su largometraje número veintisiete, narra de manera episódica la carrera política y militar del revolucionario Rafael Buelna Tenorio que, si bien fue nombrado el Hijo Predilecto del estado de Sinaloa, es prácticamente desconocido por la mayoría de los mexicanos. También de corte épico, la película plantea el desencanto del protagonista al descubrir que la supuesta lucha a favor del pueblo ha sido aprovechada por los caudillos para buscar el poder. No es de extrañar que un personaje así, que no embonaba con la historia oficial de la Revolución sino, por lo contrario, acentuaba sus contradicciones, fuese borrado de manera conveniente de sus páginas.

Si bien no se trata de una de sus obras mayores, Ciudadano Buelna es la elocuente demostración de cómo las cualidades cinematográficas de Felipe Cazals se mantuvieron intactas hasta el final de su carrera.