Guerra de clases

Un grupo de un entorno social muy reducido, con una imagen nostálgica y muy particular del Reino Unido, y una ética de la irresponsabilidad donde ser gracioso era más importante que decir la verdad, fue determinante en el Brexit y la política británica.
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Los chicos de las public schools

{{Public school designa al grupo de escuelas independientes privadas de pago más antiguas, caras y exclusivas de Inglaterra y Gales. [N. del T.]}}

salen a un mundo que no está totalmente formado por hombres que provienen de las public schools, ni siquiera por anglosajones, sino por hombres tan variados como las arenas del mar; a un mundo de cuya riqueza y sutileza no tienen la menor idea.

E. M. Forster, “Notes on the English character”

((E. M. Forster, Delphi complete works of E. M. Forster (ilustrado), Delphi Classics, online.))

En la public school la clase trabajadora estaba representada sobre todo por los criados del centro, que iban desde los porteros a los scouts (esencialmente, señoras de la limpieza). Algunos de ellos trabajaban en el mismo colegio desde la adolescencia hasta la jubilación. Sus acentos de la zona del West Country eran a menudo objeto de burla, a veces afectuosa. En los años ochenta, el Oxford del que venían estaba en caída libre. En 1936, Cowley, un suburbio en la carretera de las escuelas, había tenido las fábricas de coches más grandes del mundo fuera de Estados Unidos.

{{Jan Morris, Oxford, Oxford, Oxford University Press, 1987, p. 30.}}

 Pero en los años ochenta esta dominación se desmoronaba. La fuerza de trabajo del sector automovilístico pasó de unas 25.000 personas en los años setenta a unas 5.000 a comienzos de los noventa.

{{Anónimo, “bmw: A lookback at tension on the frontline”, Oxford mail, 17 de febrero de 2009.}}

 Ciertamente, los puestos de trabajo en el sector del automóvil fueron sustituidos por otros en el floreciente sector de servicios de la ciudad, pero no los ocuparon necesariamente las mismas personas. En el kilómetro y medio cuadrado del Oxford en el que se movían los estudiantes de licenciatura, esa carnicería era un leve murmullo que ocurría fuera de escena.

En el cuerpo estudiantil, mayoritariamente originario del sur de Inglaterra, había categorías completas de la población británica que apenas estaban representadas. El único estudiante afrocaribeño de mi college escribió una tesis sobre los afrocaribeños en Oxford. “¿Cuál es el porcentaje de afrocaribeños en Oxford?” Respondió: “¿Porcentaje? Hay seis afrocaribeños en toda la universidad.”

La estructura de clases del Oxford previo a la licenciatura era esencialmente bipartita: clases medias frente a clases altas. Toby Young lo retrató en un capítulo de un libro de 1988 titulado The Oxford myth, una colección de ensayos de exestudiantes recientes, editado por la hermana de Boris Johnson, Rachel. En lo que se convertiría en un estilo característico de ofensa deliberada, Young dividía a los alumnos en dos categorías: “socialites” (con lo que se refería a las clases altas) y “manchas”, la raza “pequeña, vagamente deforme”, con acné y anoraks, compuesta de chicos que no habían ido a las public schools, originarios “de zonas como Slough, Bracknell y Milton Keynes” y que “caminaban por los patios de la universidad como si llevaran una caravana colgada en la espalda”.

((Toby Young, “Class”, en Rachel Johnson, The Oxford myth, Weidenfeld & Nicholson, Londres, 1988, p. 3.))

Había pasado la mayor parte de mi infancia fuera de Inglaterra, y me asombró la tradición de educar a cada clase y género por separado. La mayor parte de los estudiantes de clase media habían llegado de cómodos colegios estatales (a menudo de las pocas grammar schools supervivientes), o de colegios privados que no tenían estudiantes internos. Sin embargo, en el contexto de Oxford esa gente se podía felicitar de sus orígenes humildes. Esta es la modesta respuesta de Young a la pregunta de si era miembro del pijo Bullingdon Club: “No. Soy un chico de la comprehensive;

{{El Bullingdon Club es un exclusivo club masculino para estudiantes de Oxford. Las comprehensive schools son centros educativos estatales que no seleccionan a sus alumnos a partir del mérito académico.}}

 el Buller no era para gente como yo.”

{{Toby Young, “When Boris met Dave: The Bullingdon years”, Observer, 27 de septiembre de 2009.}}

 (De hecho él y yo fuimos al mismo colegio, junto a Hamstead Heath.) De manera similar, cuando Dominic Raab se presentó como candidato para ser líder de los tories en 2019, lo único que lo distinguía en un campo casi completamente compuesto por varones de Oxford era que había asistido a un colegio estatal: una grammar en el frondoso Buckinghamshire. En una entrevista, presumió de no haber tenido niñera (“¡No!”).

{{Tim Shipman, “Interview: will Dominic Raab become Britain’s next primer minister?”, Sunday Times, 5 de mayo de 2019.}}

 Incluso Dominic Cummings (Durham School) podía protestar en Twitter en nombre de dos compañeros de colegio privado: “Si piensas que Gove y Boris son pijos literalmente no tienes ni idea de lo que significa ser pijo.”

{{Encontrado en https://twitter.com/dominic2306/status/1418592811704803331.}}

 Eso era colocar el listón del pijerío bastante alto.

La clase alta de Oxford podía ser intimidante para la clase media y la pequeña cohorte de estudiantes de clase obrera. En la década de 1980, “el lugar parecía una enorme public school en la que a algunos de nosotros nos habían colado por equivocación”, recuerda Andrew Adonis.

{{Andrew Adonis, “State schools and the quiet revolution at Oxbridge”, Prospect, 28 de Julio de 2021.}}

 Muchos de ellos llegaron a Oxford inseguros, terriblemente vestidos e intentando encontrarse a sí mismos. De repente tenían que entrar en comedores ataviados con togas, y ponerse en pie mientras se bendecía la mesa en latín. Algunos (sobre todo mujeres) luchaban con el síndrome del impostor, convencidos de que los habían admitido por error, temerosos, como le había ocurrido al joven de clase obrera Dennis Potter en la década de los cincuenta, de que “Oxford estaría lleno de gigantes intelectuales”. (“Estaba lleno de pigmeos enfermos”, concluyó.)

((Walter Ellis, The Oxbridge conspiracy, Londres, Penguin, 1995, p. 287.))

En 2019 un tutor me dijo que las alumnas o los alumnos menos pijos a menudo requerían que les confirmaran constantemente que eran lo bastante listos como para ir a Oxford. En cambio, estudiantes de lo que llamaba “la brigada de Jacob Rees-Mogg” necesitaban que les dijeran constantemente que no eran tan listos como creían.

No hacía falta que los estudiantes de clase media se preocuparan tanto. El establishment británico busca de manera perenne extraños para sumarlos a sus filas. Una función de Oxford siempre ha sido seleccionar a esa gente e iniciarla en la vida de la clase dirigente, con criados incluidos. Mientras que en el continente las clases medias ascendentes en buena medida desplazaron o decapitaron a la aristocracia, en Gran Bretaña “podían ellas mismas adquirir algunas de las actitudes, e inflexiones del habla, de la clase alta, si tenían la educación de un ‘caballero’”, escribe A. N. Wilson en The victorians. El sistema expandía la base de talento de la élite británica y castraba a posibles líderes revolucionarios.

((A. N. Wilson, The victorians, Londres, Arrow Books, 2003, p. 279.))

Y así, durante su tiempo en Oxford, nuevos reclutas eran adiestrados para que se sintieran cómodos en los espacios del establishment. Un coetáneo mío, hijo de una madre soltera de clase media baja, se encontró frente a un viejo dilema en una cena formal al poco de empezar la universidad: ¿cuál de los muchos cuchillos y tenedores junto a su plato debía usar? Para su alivio, el don que presidía anunció: “Los que no estén acostumbrados a esta cantidad de cubertería, se empieza por fuera y se va hacia dentro.” En la misma cena este hombre recibió un consejo que lo ha guiado a través de una exitosa carrera en el establishment. “Cuando hay un plato de fruta, nunca comas la naranja, porque mancha.” Para gente así, escribe Walter Ellis, ir a Oxbridge “es el segundo bautismo. Tus padres se te perdonan, ve y no peques más”.

{{Walter Ellis, op. cit., p. 52.}}

 Pero los que ascendían a menudo pagaban un precio: la separación permanente de sus padres, ciudad natal, amigos de la infancia.

A los chicos de las public schools Oxford les parecía poca cosa, un paso en un camino que habían visto venir desde la más tierna infancia. Los llamo chicos de las public schools en parte porque para ellos la escuela era una experiencia más formativa que para el resto de nosotros. Los internados en particular ayudaron a crear una casta de señoritos, donde extraños escogidos como Johnson –hijo de clase bohemia media alta– podían iniciarse aprendiendo los códigos y reglas discursivas desde los siete años. “La experiencia [del internado] estaba diseñada para producir una mentalidad compartida”, escribió Richard Beard en Sad little men.

((Richard Beard, Sad little men, Londres, Harvill Secker, 2021, p. 2.))

Mientras que nosotros pasábamos ocho horas al día con nuestros compañeros de clase, los chicos de las public schools pasaban veinticuatro. A nosotros nos había dado forma sobre todo la casa de nuestros padres, y a ellos los definía la escuela, que a menudo los había caracterizado con apodos que en la práctica sustituían a sus nombres de pila. En el caso de Johnson era al revés: los no iniciados lo llamaban por su nombre, Boris, pero solo los íntimos lo llamaban por su nombre verdadero, Al. El efecto que se delineaba era el mismo: un nombre para los de dentro, otro para los de fuera; arriba y abajo.

Para los señoritos que habían ido a una escuela particularmente “hereditaria” como Eton, sus conexiones con las familias de sus compañeros de clase se podían remontar generaciones. Para un etoniano como Cameron, la escuela siempre seguiría siendo su red más densa: era Eton, más que Oxford, la que le daría algunos de sus ayudantes y aliados políticos más cercanos, de manera notable su jefe de gabinete, Ed Llewellyn, su ministro de políticas gubernamentales Oliver Letwin, y el jefe de la Junta de Política del Número 10, el hermano de Boris Johnson, Jo. Mi argumento de que Oxford es una variable independiente que da forma al poder británico se aplica más a Johnson, Gove, Hannan y otros que a Cameron.

La mayor parte de los chicos de las public schools se criaron casi por completo dentro de su casta. Stanley Johnson, el padre de Boris, afirmaba que nunca había conocido a ningún chico de una grammar school antes de ir a Oxford.

{{Sonia Purnell, Just Boris: The irresistible rise of a political celebrity,Londres, Aurum, 2011, p. 23.}}

 El propio Boris describió a los miembros de la casta como “una laxa confederación de estudiantes de clase media, invariablemente originarios de las public schools, que comparten los mismos acentos y esnobismos, y que se encuentran en las mismas fiestas”. (Fíjate, de nuevo, en ese engañoso término de “clase media”.) Esa gente tenía “el rechazo inglés de clase media por la conversación política”, escribió Johnson, y sin embargo formaban una máquina política natural.

((Boris Johnson, “Politics”, en Rachel Johnson, op. cit., pp. 70-71.))

Desde entonces he leído que algunos estudiantes de clase alta se burlaban de las clases medias y llamaban a sus miembros “domingueros” o “plebeyos”, así como “manchas”. No recuerdo haber oído esos términos en Oxford, quizá porque no pasaba suficiente tiempo con pijos. Solo el uno por ciento de la población británica asiste a internados,

{{Robert Verkaik, Posh boys, Londres, Oneworld, 2018, p. 293.}}

 pero tantos miembros de esta casta iban a Oxford que podían separarse en su propio universo privado. Internos como Johnson llegaban a Oxford cuando ya conocían a docenas de personas del colegio. En Oxford, sus redes de clase se activaban automáticamente y conocían a los pijos que todavía no conocían. Eso significaba que no necesitaban mucho al resto de la población estudiantil, con excepción de las mujeres atractivas. (Había una escasez crónica de mujeres entre las clases pijas oxonienses, porque menos chicas pijas seguían la senda de Oxbridge.)

Rees Mogg me dijo:

El beneficio de ir a Eton es que estás acostumbrado a algunas de las cosas que tiene Oxford. Estás acostumbrado a vivir fuera de casa, y muchos de tus coetáneos no. Creo que eso es una ventaja. Yo estaba acostumbrado a que me educasen en hermosos edificios viejos, había crecido con eso, era parte de mi vida. Eso te ayuda en la experiencia de Oxford.

En los años ochenta, las clases altas estaban recuperando la confianza que les habían arrebatado durante la era socialdemócrata entre 1945 y 1979. En ese periodo el Reino Unido había perdido su estatus de superpotencia, y lo había superado económicamente gran parte de Europa occidenal, pero por otro lado, más que nunca antes, se había convertido en Una Nación. En 1979, las “desigualdades de ingresos británicas alcanzaron su punto más bajo desde que existen registros” , escribe Danny Dorling, profesor de geografía en Oxford.

{{Danny Dorljing, “New Labour and inequality: Thatcherism continued?”, Local economy, agosto de 2010.}}

 Pero entonces llegó Margaret Thatcher, que restauró la desigualdad.

Aunque se veía como el azote de las castas osificadas, era una orgullosa defensora de la riqueza y los colegios privados. Durante su reinado, el privilegio y el acento correcto se convirtieron en algo que celebrar de nuevo. En Oxford, asociaciones decadentes revivieron. Dafydd Jones, un joven fotógrafo local que empezó a fotografiar las fiestas de alumnos de Oxford a comienzos de los años ochenta (y que seguía fotografiando a algunas de las mismas personas cuando eran poderosos en Londres unas décadas después), recordaba en 2020:

Los alumnos ya no se vestían como vagabundos de pelo largo. De pronto el atuendo formal y la corbata negra se volvieron de rigor. Lo veía en parte como una reacción contra el estilo desenfadado de los sesenta y setenta. Retrospectivamente, fue después de la elección de Margaret Thatcher, y los ricos se beneficiaron de generosos recortes fiscales y se habían vuelto a sentir confiados.

(Dafydd Jones, Oxford: The last hurrah, acc Art Books, Woodbridge, 2020, Introducción.)

En 1981 Granada Television emitió Regreso a Brideshead de Evelyn Waugh. El protagonista, el estudiante de Oxford con osito de peluche Sebastian Flyte, es un etoniano disoluto con melena rubia y encanto lánguido. La serie de televisión (más que la novela de Waugh en sí) ayudó a dar forma a la atmósfera del Oxford de los años ochenta. A manera de respuesta creó un aura de glamur en torno al pijo.

El Oxford de los años veinte imaginado por Waugh puede no haber existido nunca, pero era extrañamente reconocible en los estudiantes más ricos de los años ochenta. Las seis décadas que habían pasado habían traído la depresión, la guerra y la socialdemocracia. Ahora, por primera vez desde la generación de Brideshead, una cohorte de ricos dorados podía disfrutar de Oxford sin preocuparse mucho por las aburridas ideas de izquierdas o el mundo exterior. Los ochenta fueron la era del rugiente Sloane en esmoquin, orgulloso de ofender a los desempleados “locales”.

En torno a la época en que se emitió Brideshead, el periodista del Sunday Times Ian Jack visitó Oxford para escribir un reportaje sobre la nueva generación de alumnos. Un estudiante llamado Rupert Soames, el nieto de Churchill, le dijo: “Mira, los alumnos pasaron los sesenta pensando que el mundo estaba mal organizado y que podían hacer algo para arreglarlo. De manera totalmente equivocada, resultó. Ahora la gente se toma menos en serio a sí misma, lo que resulta muy, muy atractivo.”

{{Ian Jack, “Bright young things revisited: how Cameron’s generation made Oxford their playground”, The Guardian, 25 de septiembre de 2015.}}

 Soames explicaba:

Somos un grupo de gente que ha llegado a Oxford con una base de amigos del colegio, y en conjunto somos más ricos que el alumno medio y solemos tener padres famosos.

La parte del traje de gala solo es para convertir la fiesta en un acontecimiento: o haces que la gente conduzca un buen trecho hasta tu casa en Northumberland o haces que se disfracen. Así que damos a las fiestas un tema, y a veces en Oxford los temas pueden ser asquerosos.

–¿Por ejemplo? –preguntó Jack.

–Cóctel de clítoris.

Soames le contó a Jack su ambición: “Ser rico y amar y casarme con una mujer hermosa.” Jack preguntó cómo de rico. “Muy, muy rico. Tan rico como sea posible.”

Hasta la gente que no pertenecía al “grupo de Soames” quería sumarse a la diversión. El futuro periodista de derechas James Delingpole, un chico de una familia relativamente ordinaria de clase media de Birmingham que en Oxford se vestía como un hacendado tory, recordaría, con una risotada: “Quería que me adoptase la aristocracia.”

{{John Dower (director), When Boris met Dave, docudrama, 2009.}}

 Owen Matthews, que ahora escribe sobre Rusia, dice:

La atracción era sobre todo estética. Consciente o inconscientemente, copiábamos la extraña mezcla de adoración e ironía de Waugh. Me parecía precioso fumar cigarrillos ovalados y salir con chicas que llevaban vestidos vaporosos. Pasábamos mucho tiempo vestidos con corbatas negras y tirándonos unos a otros al estanque. Me parecía que era el espíritu del lugar. En nuestros zapatos calados de cuero y nuestros tweeds, jugábamos a ser miembros de ese mundo perdido, y el jugador estrella era Jacob Rees-Mogg. Parecía un antídoto contra el declive y falta de estética que habíamos conocido en nuestra infancia. Recuerdo crecer en los setenta, cenando a la luz de las velas mientras la basura se amontonaba en la calle.

Pero la mayoría de los chicos de public schools de los años ochenta diferían del indolente Sebastian Flyte de Waugh en un aspecto decisivo. Querían “triunfar”, hacerse ricos y famosos en la Gran Bretaña de Thatcher. Ya habían llegado a Oxford equipados con un acento de la clase dirigente, habilidades retóricas y la capacidad de sentirse seguros en cualquier lugar del establishment, unas cualidades que el resto de nosotros solo adquiriríamos en la universidad. Chicos de escuelas como Eton o Winchester venían de familias que esperaban el éxito, y eso hacía que su ambición no tuviera límites.

Crucialmente, además, mientras que la mayoría de los niños se cría en hogares donde se les ama de manera incondicional, los alumnos de los internados crecieron en instituciones donde se les valoraba por su aspecto y sus logros. El éxito se convirtió en la capa que llevaban en la vida. El capítulo de Boris Johnson que se titula “Política” en el libro de su hermana no trataba de ideales. Trataba de cómo trepar hasta el cénit político.

{{Oliver Taplin, “Dark yuppy blues”,The Times, 16 de junio de 1988.}}

 Recordando su tiempo en Oxford, meditaba: “Qué grupo de codos afilados, empujones y básicamente tipos repelentes éramos… Cuando Toby Young empezó un artículo de [la revista estudiantil] Cherwell con las palabras ‘Trabajo más y tengo mejores resultados que nadie que conozca’, reímos aprobando esa ética abominable.”

((Sonia Purnell, Just Boris, Londres, Aurum Press, 2012, p. 62.))

Tuve un atisbo de ese mundo de clase alta al final de mi primer año, cuando un amigo de Oxford me invitó al día de puertas abiertas de su antiguo internado. Era uno de los viajes de descubrimiento que hice a las casas de amigos universitarios por Gran Bretaña, desde Hampshire a Stockport pasando por Northumberland.

Esta vez, tras un viaje en tren hacia el interior de la campiña inglesa, cenamos en la vieja “casa” de mi amigo en el colegio. El director y su mujer conocían bien a mi amigo y tenían ganas de saber cómo le iba en Oxford. Dormimos en una sala con otros diez chicos, y nos despertó una campana a las siete. Sentí pena por ellos. En mi infancia yo había tenido un espacio íntimo, un dormitorio para mí, un hogar donde podía refugiarme para huir de las presiones de la vida pública adolescente.

Pasé gran parte del día de puertas abiertas viendo el partido de cricket entre los alumnos y los ex, mudo de admiración. Eran chicos de mi edad, locos por el cricket como yo, pero su técnica estaba a años luz de la mía. El campo era perfecto y junto a él estaban las redes donde les habían enseñado un día tras otro entrenadores profesionales.

En la cena, el director pronunció un discurso a los padres donde celebró la derrota de los laboristas en las elecciones generales de 1987, más de dos años antes. Daba por sentado que los laboristas, que habían querido bajar los humos a las public schools, eran considerados por todos los presentes el enemigo, una fuerza maligna que pretendía destruir el mundo que él y los padres amaban. El mensaje subyacente del director era que el privilegio que esos chicos habían recibido a los siete o los once años era correcto y normal y legitimado por el tiempo, y que solo “socialistas” podían soñar con algo tan antinatural como arrebatárselo. Sentí que estaba en presencia de una casta. Ahí estaba la solidaridad de clase de la que hablaban los marxistas, pero en las clases altas en vez de en el proletariado.

Una sensación de esa visita que permanece conmigo más de treinta años después es el placer estético. La escuela de mi amigo, posada en su esplendor rural, podría haber sido una localización de Brideshead. Crecer en este tipo de escenario idílico inglés formó a los chicos de la public school. Cuando no estaban en el colegio, muchos vivían en una casa familiar rural también idílica, por lo general en el sur de Inglaterra. El país que amaban era antiguo e inmaculado, o al menos los victorianos lo habían manipulado para que pareciese antiguo e inmaculado.

La belleza inglesa antigua e inmaculada era más que su estética. Era su ideología, el núcleo de su visión del mundo. El protagonista de Retorno a Brideshead no es Sebastian Flyte; es una vieja casa rural inglesa, Brideshead, siempre bajo la amenaza existencial de la modernidad.

Para Waugh, Brideshead era el alma de Inglaterra, aunque solo una minúscula fracción de la población inglesa viviera en lugares parecidos. Los viejos edificios ingleses podían incluso ser el sentido de toda la empresa nacional. En su época de columnista del Telegraph, Boris Johnson defendió a la gente “nauseabundamente rica” sobre la base de que “si la historia británica no hubiera permitido indignantes recompensas financieras para unas pocas personas de la cúspide social, no habría Chatsworth ni Longleat”.

((Andrew Adonis, “Boris Johnson: The prime Etonian”, Prospect, 9 de junio de 2021.))

La arquitectura es el elemento más tangible del legado que separaba a los pijos de todos los demás. Como señaló un amigo de la infancia de Cameron, “Es un verdadero inglés, a quien le encantaría defender lo que ve como la verdadera Inglaterra, pero su Inglaterra real es diferente a la de casi cualquier otra persona.”

((Robert Verkaik, op. cit., p. 135.))

Cuando los nostálgicos tories de Oxford veían las afueras del propio Oxford –el tipo de feo paisaje de posguerra en el que vivía la mayor parte de los británicos–, tendía a parecerles una aberración horrenda. Las “fábricas y las viviendas sociales parecían intrusos en un dominio antiguo”,

{{Jan Morris, op. cit., p. 273.}}

 escribió Jan Morris. La ciudad se había convertido en una “Motópolis mal planificada”, se quejaba John Betjeman, que pensaba que “las entradas a Oxford son lo peor que tiene”.

{{Encontrado en https://archive.org/stream/in.ernet.dli.2015.186344/2015.186344.The-Best-Betjeman_djvu.txt.}}

 El don de Oxford J. R. R. Tolkien basó “La Comarca”, el hogar paradisiaco de sus hobbits, en el perdido pueblo de las West Midlands donde había crecido antes de que lo engulleran los suburbios de Birmingham.

((Rumeana Jahangir, “The hobbit: how England inspired Tolkien’s Middle Earth”, BBC News, 7 de diciembre de 2014.))

Kingsley Amis se quejó en “Su Oxford”:

Para llegar al centro giras a la izquierda, no a la derecha,

y conduces casi hasta Abingdon antes

de pasar ante solares en construcción

garito de paella, peluquería, tienda de música,

Por sucios callejones hasta el viejo hotel

con fachada nueva…

((Neil Powerl, Amis & son: Two literary generations, Pan Macmillan, Londres, 2012, p. 198.))

El amigo de Amis de los tiempos de Oxford Philip Larkin dirigió esas acusaciones contra todo el país.

Y eso será Inglaterra desaparecida,

las sombras, los prados, las veredas,

los concejos, los coros tallados.

Habrá libros, permanecerá

en galerías, pero todo lo que quede

para nosotros será cemento y neumáticos.

((Philip Larkin, “Going, going” (1972), encontrado en https://www.poeticous.com/philip-larkin/going-going.))

Y Roger Scruton escribió en su “oración fúnebre” para Inglaterra: “La vieja Inglaterra por la que lucharon nuestros padres ha quedado reducida a unos pocos lugares aislados entre las autopistas.”

{{Citado en Anne Applebaum, The twilight of democracy, Nueva York, Doubleday, 2020, p. 82. Hay traducción al castellano (El ocaso de la democracia, Debate).}}

 Tras la muerte de Scruton en 2020, Johnson tuiteó desde Downing Street: “Hemos perdido al mejor pensador conservador moderno.”

((Boris Johnson, “rip Roger Scruton”, https://twitter.com/BorisJohnson/status/1216674269721219072?ref_src=twsrc%5Etfw.))

Conservadores como Scruton, Johnson y Cameron situaban la “Inglaterra real” en el pasado preindustrial. Encontraron otra versión de ella en el kilómetro y medio cuadrado del centro de Oxford. Esta fracción de la ciudad donde vivía la mayor parte de los alumnos parecía intacta por cualquier cosa desde la guerra civil. Oxford “nunca había sido bombardeada ni quemada”, señalaba Jan Morris.

{{Jan Morris, Oxford, op. cit., p. 34.}}

 Su conservación no era totalmente accidental. Los poderosos británicos tenían un vínculo sentimental con su antiguo lugar de recreo. En 1956, un viejo plan para construir una carretera a través de Christ Church Meadow llegó a una reunión del gabinete conservador. Peter Snow escribe: “En mitad de la crisis de Suez [el gabinete] encontró tiempo para debatir el asunto y, de manera poco sorprendente (cinco de sus miembros venían de Christ Church), detuvo la propuesta.”

{{Peter Snow, Oxford observed: Town and gown, Londres, John Murray, 1992, pp. 25-6.}}

 La carretera nunca se construyó. Hoy, Christ Church sigue siendo un espécimen tan perfecto de la inmaculada y vieja Inglaterra que podría servir como decorado para las películas de Harry Potter.

De pie en el patio de la universidad por la noche, al mirar a tu alrededor no siempre podías saber si estabas en 1988 o en 1688. La universidad parecía estar a noventa kilómetros y varios siglos de Londres. La atemporalidad tenía sus ventajas intelectuales. En Oxford era posible tratar el presente como un momento pasajero que no debía eclipsar los milenios pasados. En el mejor de los casos, esa actitud podía alentar una vida intelectual libre de las preocupaciones o las modas contemporáneas. Una tutoría sobre John Stuart Mill estaba totalmente dedicada a Mill, y no era un debate sobre Thatcher.

Por otro lado, vivir en el pasado tenía desventajas. “Oxford es muy bonito, pero no me gusta estar muerto”, dijo T. S. Eliot.

{{http.}}

 Anthony Sampson, autor de The anatomy of Britain, pensaba que “los conjuros y encantamientos de Oxford y Cambridge” alentaban a sus graduados a “estar preocupados por el pasado, a asumir que las estructuras son permanentes e inmutables”.

{{Anthony Sampson, The changing anatomy of Britain, Londres, Hodder & Stoughton Ltd, 1982, p. 167.}}

 El paraíso atemporal de Oxford inspiró a sus habitantes a producir fantasías atemporales como Alicia en el país de las maravillasEl hobbitNarnia y, tras una incubación que empezó a finales de los ochenta, el Brexit. ~

Traducción del inglés de Daniel Gascón.

Este texto es un fragmento de Chums. How a tiny caste of Oxford tories took over the UK (Profile Books).

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