En 1979, la revolución de los clérigos chiitas en Irán logró derrocar a un régimen que durante varios años había sido gobernado por la dinastía Pahleví. Durante el asalto, un grupo de estudiantes iraníes simpatizantes de la revuelta irrumpió en la embajada estadounidense y tomó como rehén al personal diplomático. El evento puso en crisis al gobierno de Jimmy Carter y hay quien piensa que contribuyó a su derrota en las elecciones de 1980 frente al candidato republicano, Ronald Reagan.
Como respuesta a la captura de los diplomáticos, el presidente Carter envió una fuerza marina y militar. Entre los que estaban dispuestos en la Estación Gonzo –desde donde se brindaría protección aérea a las diversas actividades en mar y tierra de la operación Garra de Águila– se encontraba un joven con un destino venturoso: Steve Bannon.
Educado en un hogar de clase trabajadora de origen irlandés, Bannon puede considerarse, solo hasta cierto punto, el representante de una curiosa mezcla de izquierda populista y pensamiento medieval. La biografía de Bannon podría considerarse la del sueño americano. Un oriundo de Norfolk, Virginia, que se abre camino, contra todo pronóstico, y logra penetrar varias áreas dominadas por la élite estadounidense, de Wall Street a Hollywood. Se trata de un personaje contracultural que conoce bien el Leviatán contra el que siempre ha querido sublevarse.
Después de una breve pero fructífera incursión en el mundo militar, Bannon estudió en la universidad más influyente de Estados Unidos: Harvard. Ahí, escogió matricularse en la Escuela de Negocios, con el fin de ser reclutado por algún centro financiero de Wall Street. Después de ser rechazado por varios, logró ser admitido en Goldman Sachs, ubicado en el centro de la acción del mundo financiero mundial. Bannon utilizó su influencia en el área de adquisiciones y fusiones para convertirse en productor de Hollywood. Por un tiempo, incluso, obtuvo ganancias de la sitcom más exitosa en los noventa: Seinfeld. Siempre con un espíritu aventurero, Bannon incursionó también en el mundo de la industria de las apuestas en Shanghái, donde se dio cuenta de la importancia de la cultura de los gamers. Quienes juegan videojuegos no son realmente jóvenes aislados en un sótano. Más bien constituyen una cultura –como se percató Bannon– poblada de gente que discute asuntos públicos y políticos con cierta seriedad. Este inframundo tenía ligas con lo que después se conocería como el Alt-Right, la derecha alternativa populista y radical que, con el tiempo, se convirtió en parte de la base del movimiento trumpista.
Visto así, se puede decir que Bannon logró situarse en el centro donde confluían poderosos inversionistas con ideas de derecha –como la familia Mercer–, grupos conservadores y religiosos que se habían radicalizado debido al triunfo de Barack Obama, así como los nuevos medios de comunicación de la derecha radical que se encontraban en los márgenes de cadenas conservadoras como Fox News.
Habiendo sido relativamente exitoso como inversionista, Bannon aprovechó su paso por los grandes estudios de Hollywood para producir películas y documentales en los que criticaba a la izquierda progresista, al Partido Demócrata, a la pareja Clinton, a las élites globalizadoras, al llamado Deep State, al fascismo islámico, a la Unión Europea, a las políticas de China, a los activistas del cambio climático y a la arrogancia de la generación de los baby boomers con su ethos contracultural de los sesenta. En el momento en que ingresó al universo de Trump, Bannon encabezaba exitosamente el medio de comunicación Breitbart News, una pieza clave para propinar invectivas ocurrentes contra los enemigos de la derecha cristiana.
¿Pero cuáles son las ideas del hombre que la revista Time denominó en 2017 el segundo hombre más poderoso del mundo?
Para entender a Bannon hay que comprender la prehistoria del pensamiento reaccionario conservador en el siglo XX. Bannon es un admirador de diversas figuras de lo que se conoce como el movimiento tradicionalista, nacido a principios del siglo XX en Europa y cercano al fascismo, al terrorismo, al antisemitismo y al catolicismo más conservador. Los tradicionalistas suponen que hay una sabiduría primigenia que comparten varias religiones existentes, tanto occidentales como orientales. Según sus simpatizantes, este saber profundo acerca de la naturaleza y la condición humana fue transmitido de generación en generación desde el alba de la civilización y aun antes. No obstante –aunque mucho depende también del tipo de pensador que se analice–, más o menos a mediados del segundo milenio de nuestra era, tal transmisión cesó. La solución a esto consiste en abrazar la metafísica oriental o recuperar la tradición católica de Occidente e iniciar una revuelta contra la principal culpable: la modernidad.

Como todo movimiento intelectual, el tradicionalismo tiene un centro y una periferia. El núcleo corresponde a quien muchos identifican como su fundador: René Guénon. Geopolíticamente, el tradicionalismo se puede considerar de origen mediterráneo. No es casual, entonces, que haya tenido mucha influencia tanto en Europa como en el orbe islámico. Como ha dicho Mark Sedgwick –uno de los historiadores más connotados sobre este movimiento–, el tradicionalismo en Europa se acercó al fascismo –sobre todo a través de Julius Evola– y, dentro del islam, al sufismo. No es casual que Guénon haya terminado sus días en Egipto, donde se convirtió a la fe de Alá y cambió su nombre por el de Abd al-Wâhid Yahyâ.
Se podría decir que el objetivo de los tradicionalistas es recuperar lo que el sacerdote católico, médico y filósofo del Renacimiento italiano Marsilio Ficino denominó philosophia perennis. La idea de que existen verdades eternas que han sido descubiertas por todas las grandes religiones. De acuerdo con Guénon, el siglo vi antes de nuestra fue un momento determinante en el mundo, pues fueron descubiertas simultáneamente estas verdades primigenias. Esta proposición recuerda un poco la noción de la “Era Axial”, propuesta por el filósofo alemán Karl Jaspers, según la cual aparecieron grandes pensadores en China, la India y el Mediterráneo entre el 800 a. C. y el 200 antes de nuestra era.
Pero hay una diferencia entre el filósofo Jaspers y el teólogo Guénon: mientras el primero no necesariamente le otorgó un estatus de verdad a lo que dijeron el Buda, Sócrates o los autores del Pentateuco, el segundo creía que lo dicho por los antiguos sabios esconde verdades perennes.
Es bajo esta luz que se pueden entender los anhelos de tradiciones como el ocultismo, la teosofía, el hermetismo o incluso el de algunas logias masónicas que cautivaron a poetas, artistas e intelectuales en los siglos XVIII y XIX. Aunque Guénon tomó algunas nociones de todas estas sectas, la verdad es que el tradicionalismo conlleva una crítica poderosa a la modernidad.
Esta valoración negativa del curso que ha seguido la civilización occidental se funda, para Guénon, en la distinción entre Oriente y Occidente, por un lado, y en la crisis sufrida por la disolución de la Edad Media en Europa. A su modo de ver, Oriente –la cultura china, la india y la islámica– no ha perdido su relación con “la intelectualidad pura” de los orígenes. La prueba de ello es que se ha resistido, pese a todo, a sucumbir al proyecto moderno que ha inundado Occidente desde poco antes del Renacimiento.
¿Pero en qué consiste ese proyecto? En primer lugar en ser una cultura materialista. El materialismo no es únicamente una filosofía política y económica, como la de Karl Marx, sino una especie de destino. Una consecuencia de tal Weltanschauung es lo que él llama el “cientismo”, que no es realmente la ciencia de la philosophia perennis, sino su perversión. Como Martin Heidegger, más o menos al mismo tiempo –La crisis del mundo moderno, quizás la principal obra de Guénon, se publicó en 1927, el mismo año que Ser y tiempo–, el pensador francés fustigó el carácter calculador de la sociedad industrial que reduce la realidad a la manipulación matemática.
De ahí que Steve Bannon sea un gran crítico tanto de la cultura de Silicon Valley como de lo que él llama “el hombre de Davos”. Visto así, no es casual la hostilidad que mostró Bannon con el nombramiento de Elon Musk como responsable del Departamento de Eficiencia Gubernamental, a pesar de que en teoría ambos concordaran en la necesidad de reducir la burocracia federal.
Como exponente de la clase de magnates tecnológicos en Silicon Valley, Musk representa el resultado de la hipertecnologización de la civilización occidental que tanto censuraba Guénon. En contraposición, Bannon piensa que el gobierno de Trump debe impulsar políticas públicas que beneficien a los trabajadores y a las clases bajas, sobre todo de las zonas de la América roja republicana. El sueño de Bannon es el de familias blancas, cristianas y nacionalistas, cuyos paterfamilias se fatigan en las fábricas de la segunda revolución industrial y que los domingos atienden ceremonias religiosas del protestantismo y catolicismo anglosajón. No los nerds de Silicon Valley, sino los saludables trabajadores del hierro y el acero, con cachuchas de maga que se saben de memoria la letra de “The Star-Spangled Banner”, serán la base de la América nacionalista del futuro.
Pero la crítica de Bannon a lo que Daniel Bell llamó la “sociedad postindustrial”, Zbigniew Brzezinski la “era tecnotrónica” o Alvin Toffler la “tercera ola”, no se detiene en Estados Unidos, sino que tiene alcance global. Quizás más que los emprendedores digitales de la bahía de San Francisco, el principal blanco de las invectivas de Bannon sea el Foro Económico Mundial con sede en Davos, Suiza. Situado en la región que inspiró La montaña mágica de Thomas Mann, Davos se ha convertido en el símbolo –entre varios miembros de la derecha radical en Europa y Estados Unidos– de un proyecto globalizador que en última instancia es contra natura. Peter Thiel ha llegado a decir –en una descripción que hubiera hecho sonreír a Guénon– que la globalización es el Anticristo.
Para Bannon, personajes como Klaus Schwab –fundador y dirigente del Foro de Davos– no representan el progreso hacia algo mejor, sino más bien la “decadencia de Occidente”, en palabras de Oswald Spengler. Sin duda, Bannon habría estado de acuerdo con Naphta y en contra de Settembrini en sus discusiones por ganarse el alma del joven Hans Castorp en La montaña mágica. Tiene un significado que las reuniones anuales de los ricos y potentados del mundo se desarrolle en un lugar que Thomas Mann había elegido para colocar su hospital de enfermos de tuberculosis.
En este sentido, Bannon le ha dado un curioso giro a una idea desarrollada por Guénon: la visión cíclica de la historia. A partir de sus estudios sobre la India, Guénon propuso que la era moderna se encontraba al borde de una gran crisis que la destruiría. En esta cosmogonía, la “cuarta edad” en la que vivimos es la “época de oscuridad” o Kali-Yuga. Su oscuridad se debe a que el Occidente industrial y tecnológico ha significado un continuo encubrimiento de las verdades primigenias descubiertas en el alba de la civilización. Mientras más se desarrolla Occidente más escapa a la sabiduría inaugural y permanente que Oriente ha aprehendido y aprendido. El resultado de este proceso es el colapso de la civilización occidental.
Bannon le ha dado diversos usos a esta visión apocalíptica de la modernidad. En 2016 señaló que la cuarta época de la historia mundial se caracterizaría por una “guerra existencial global” entre el Occidente judeocristiano y el fascismo islámico. Al parecer la conversión de Guénon al sufismo musulmán no le ha impedido a Bannon proponer una guerra religiosa contra el mundo islámico. Parte de su crítica a Europa –que se empalma con la realizada por Guénon– señala que la secularización del mundo europeo y su rechazo de sus orígenes cristianos lo ha dejado indefenso ante la supuesta invasión del mundo musulmán de tierras europeas. De ahí sus reproches a las políticas de puertas abiertas de la canciller alemana Angela Merkel.
Bannon también ha encontrado una manera de aplicar la historia cuasi-sagrada de Guénon a su país. Basado en la obra de dos historiadores un tanto oscuros –Neil Howe y William Strauss–, Bannon ha propuesto la idea de que Estados Unidos se encuentra en su cuarta crisis civilizacional. La primera habría sido la Revolución, que independizó a la república estadounidense de la Corona británica; la segunda, la guerra civil de 1861-1865; la tercera, la Gran Depresión de 1929-1933 y la cuarta está sucediendo ahora. De acuerdo con Howe y Strauss, los ciclos históricos en la historia estadounidense ocurren cada ochenta años, con periodos de veinte años que se caracterizan por distintos “estados de ánimo”: elevación, despertar, desenmarañamiento y crisis. En esta historiografía, Trump es la promesa de un nuevo periodo que dará un renovado impulso a la rueda cíclica del tiempo.
Se pensaría que estos intentos más bien irreflexivos, excéntricos y vulgares de explicación de la historia se encontrarían lejos de influir en las políticas del líder de la nación más poderosa del planeta. Habría que pensarlo dos veces antes de concurrir con esta opinión. Bannon no solo fue el arquitecto de la campaña exitosa que llevó al triunfo a Donald Trump en 2016, sino que el presidente estadounidense le permitió permanecer en la Casa Blanca durante sus primeros momentos como titular del ejecutivo. Sabemos, por ejemplo, que desde ese cargo Bannon maniobró contra los intereses de la Unión Europea.
Aunque Bannon abandonó su puesto –voluntaria o involuntariamente– en el gobierno trumpista relativamente pronto, esto no significa que haya roto relaciones con Trump, dejado de operar en favor de su movimiento ni de ser una personalidad influyente en el discurso público. Incluso, hoy mismo, el presidente se mantiene en contacto con él.
En Washington D. C., no lejos de la Corte Suprema, Steve Bannon insulta las ondas hertzianas estadounidenses con mensajes de la Edad Media. ~