Jinetero

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I.

¿Qué tienes, jinetero,
qué tienes tras esa mirada
                           que aprendiste aviesa
que me parece turbia aunque sea
                           tan clara?
Aclara; claro que es clara tu mirada.

                           Pero.
                                         Jinetero.
¿Qué tienes? ¿Qué te acongoja?
Entiendo que estés harto, jinetero,
pero ¿qué tienes?

Tienes tu cuerpo que es una isla,
tu isla que es un cuerpo,
tienes las islas de tus sueños
                           (mirando el cerco en Santa Clara)
oh archipiélagos de deseos
¿a cuántas brazas de profundo sueñas?
(durmiendo anoche me metían un tiro).

Pero, cuando despiertas, ¿qué tienes?

Tienes tu cuerpo de hambre,
                           tu untado cuerpo de hombre,
tu rotundo cuerpo de hambre
tu hambre.

¿Y qué más, aparte
de tu brillante cadena de oro,
tu anillo, tu sonrisa, tu tatuaje,
                           tu escurridiza isla, tu antebrazo,
jinetero?
                           Tu Virgen Mambisa
                           que proclamaron los veteranos,
el oro de tus cabellos y tus canciones.

                           (“¡Llorarás!”)

             La botella de ron vale diez pesos.
             Vale centésimos en otros lares.

Jinetero. Anda, dime, ¿qué tú tienes?
Si eres como Lázaro, el poderoso,
             el amigo del Señor
                           (y el Cristo lloró)
y yo, que estoy llorando.

No puedo darte el mundo que tú quieres.
Ya ni siquiera alcanza para mí.
Allá también es el horror, afuera
                           (pregúntale a Reinaldo).
Mira. Pero. Fíjate. Muy dentro
la presencia te sonríe y llama.

                           Abre caminos.

 

II.

Y dice Imperio, que no de Oriente,
¿quién es de Ochún? ¿quién es de Yemayá?,
                           ¿quién es de Obatalá? ¿Quién
             es de Changó?

(Tu santísima espada)

Eros eterno. Éter. Jinetero.
En algún momento levantas tú tu mano.
Para Babalú Ayé. Pero.

(Todos son de Eleggúa, el que abre los caminos.)

             Lo admito; yo te admiro, omó (a caballo
te monta la divinidad). Jinetero.
                           Pero.
             ¿No ves que no soy corcel de nadie?

No soy jinete de a caballo,
no soy caballo, o
soy ambos sin ser ninguno.

 

No sé yo qué tienes

jinetero, cuando las luces
te alumbran en la penumbra artificial,
la música resuena, tu premura.

Tengo sed. Tú tienes hambre. ~

Vedado, 21.12.17