La aventura de la amistad

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Carlos Pardo

Lejos de Kakania

Cáceres, Periférica, 2019, 496 pp.

Ya el título, Lejos de Kakania, nos ofrece las dos claves que determinan el carácter de la nueva novela de Carlos Pardo: la ironía, por un lado, y por otro el culturalismo (Kakania es el sarcástico nombre con el que Musil denominaba al Imperio austrohúngaro en El hombre sin atributos). Por si al lector aún le cupiera alguna duda respecto a la avalancha de ironía y culturalismo que se le avecina, los primeros libros que aparecen mencionados, ya en la segunda página, son de Thomas Bernhard, ironista máximo.

De Bernhard aprende Pardo a utilizar la figura y la óptica del narrador engañoso para revisar su vida con tanta frialdad como distancia, retomando el proyecto novelístico que inició con Vida de Pablo y continuó con El viaje a pie de Johann Sebastian, autoficciones que no se caracterizaban precisamente por su amabilidad. Tampoco a estas páginas les ha quitado acritud, si bien ha sabido diluirla en un tono zumbón, descarada y declaradamente posmoderno.

Podría decirse que Lejos de Kakania es un libro contra las convenciones. Contra las convenciones de los géneros literarios, en primer lugar. Pardo ensaya en cada parte una técnica distinta y la agota, pero, más que para lucirse, da la sensación de que lo hace para divertirse y motivarse. Pese a su carácter fragmentario y heterogéneo, este es un libro muy pensado, muy calculado y sutilmente urdido en el que se amalgaman géneros muy dispares, desde el diario literario surtido de chismes y maldades para diversión de unos y escarnio de otros, subgénero que Pardo parodia con brillantez, al libro de viajes.

La salida en tren de Madrid, en dirección a Extremadura, con la que comienza la novela me ha hecho recordar al Cela que en otro tiempo se dirigía hacia La Alcarria también desde la estación de Atocha. Las afueras de Madrid, vistas desde la ventanilla de un vagón, siguen siendo igual de desoladoras. Aunque el protagonista, un bicho de ciudad, solo se identifica con los centros comerciales donde pasó la adolescencia, compone unas magníficas postales de las ciudades del sur de España y de las distancias desérticas que las separan de la capital. La parte del viaje iniciático por Centroeuropa es más stendhaliana y nos remite a escritores viajeros como Magris, Brodsky y Sebald, que Pardo homenajea sin sacralizarlos, cuestionando el consumismo turístico en su modalidad de consumismo cultural.

Objeto de burla son también las convenciones poéticas. El poeta a contrapelo que fue y sigue siendo Carlos Pardo se rebela aquí contra la tiranía de las generaciones, que tratan de imponer siempre una visión homogénea de la poesía a través de antologías, críticos, festivales y premios, y lanza sus dardos humorísticos contra la plaga endecasilábica y sentimentaloide que trajo a la poesía española la generación de la experiencia, con la que, sin embargo, él coqueteó en su primer, y muy temprano, libro de poemas. Pardo se mofa de la tendencia a la elevación de los poetas mezclando a conciencia lo sublime y lo escatológico y situando a los jóvenes y arrogantes vates de su generación inexistente en cuartuchos diversos, donde comparten lecturas, epifanías, chistes, bostezos, pedos, porros, cervezas, embutidos y frustraciones.

También descuartiza Pardo las convenciones sentimentales en la línea más novelesca de la trama: la crónica del derrumbe de su familia, narrada en capítulos que subrayan exageradamente la sordidez del ámbito doméstico y el friquismo de su parentela, hasta el punto de que parecen episodios de una sitcom chunga tipo Shameless. Pardo nos quiere hacer creer que el único calor que recibe el narrador engañoso es el que le da su gatita, pero no porque pretenda movernos a compasión sino para reírse de sí mismo tal como se ríe de los demás.

La tercera parte del libro, que es una novela (en verso) dentro de la novela, seguramente tiene su antecedente en un extenso poema narrativo que Pardo publicó en Los allanadores. En aquel poema, titulado “Mis problemas con el judaísmo”, Pardo intentó formular su frustrante participación en el 15-M versificando con audacia un relato de ideas.

Estriptis intelectual, pelea de gallos, escaparate de vanidades y de fraternidades volátiles, mascarada tragicómica, juego de simulaciones y de suplantaciones, examen de ingenios, descuartizamiento familiar, reflexión sobre la búsqueda de interlocutor y ensayo poético y narrativo sobre la aventura de la amistad. Tras todo ello, Lejos de Kakania se resuelve en un último viaje. El que lleva al protagonista, víctima y verdugo de sí mismo, al pueblo abandonado en el que transcurrió la infancia de su madre para esparcir allí sus cenizas. Añadido en el que certifica con dolor pero sin lágrimas el agotamiento de la amistad que vertebró su juventud y expone sus razones morales y literarias para haber escrito lo que ha escrito y como lo ha escrito, justificándose ante su aún querido amigo, ante los lectores y ante sí mismo. ~

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