Durante siglos, la poesía fue mayoritariamente anónima y funcionaba como una suerte de cemento social, escuela informal y memoria colectiva. Esta poesía anónima aún subsiste en comunidades relativamente apartadas del tráfago moderno, en las que muchos de los momentos significativos de la vida, desde el nacimiento o la iniciación en la pubertad hasta el matrimonio o la despedida, tienen un carácter ritual y un impacto colectivo. Esta poesía sin dueño, reacia a la imprenta y ajena a prestigios y jerarquías, conforma una tradición fundamentalmente oral, que sobrevive, de forma azarosa y fragmentaria, a las batallas y asedios históricos, a la erosión de la economía moderna sobre las sociedades tradicionales y a las tendencias a la homogeneidad cultural.
El libro de Gabriel Zaid Poesía indígena del norte de México constituye un acucioso trabajo de recopilación de la poesía anónima de grupos indígenas que habitaron el territorio que, en algún momento, perteneciera a México. Se trata de un ramillete de muestras poéticas, pero también minitratados de historia y antropología, que recuperan una herencia sepultada. Esta muestra revela las características del Zaid antologador, que elude la concepción de la poesía como una forma unívoca de producción y circulación literaria y que, desde su célebre Ómnibus de poesía mexicana, incluye muchas otras expresiones como la lírica popular, la canción infantil y, desde luego, la poesía indígena.
En un volumen de poco más de doscientas páginas, Zaid reúne un concentrado poético proveniente de muy diversos grupos indígenas. En muchos casos, se trata de etnias de raigambre milenaria, con rasgos nomádicos, temperamento levantisco y gran capacidad de resistencia y supervivencia. La antología recoge 35 lenguas, algunas de las cuales ya están desaparecidas, otras subsisten en invernaderos académicos y unas cuantas, con el apoyo de subvenciones, intentan ser reimpulsadas por sus hablantes y mezclan, con diversa fortuna, la herencia ancestral con las inquietudes contemporáneas.
Los textos de esta antología son muy distintos a lo que, desde el romanticismo, se ha definido y consagrado como poesía: no son las cuitas del poeta sufriente, las profecías del poeta vidente o los deliquios lingüísticos del poeta abstracto. Se trata de una forma hablada, recitada o cantada, entrañablemente impersonal, que todavía apela a la lectura en grupo y a la retentiva en común y que se funde en una cosmovisión compartida. Esta poesía transita fluidamente de lo secular a lo sagrado y de la evocación del trabajo cotidiano a la epifanía. Hay rasgos –ritmos, cadencias, repeticiones– que son indispensables para la reproducción oral, la memorización y la transmisión por generaciones. Igualmente, a menudo constituye una expresión multidimensional que, sorprendentemente, la acerca al ideal de algunas vanguardias literarias y, también, a la poesía performativa más reciente con su mezcla de disciplinas, su preocupación por temas de identidad y ecología y su afán de comunión.
La poesía indígena tiene funciones tanto prácticas como rituales. Así, una canción puede tararearse en grupo al realizar una labor o bien puede ser parte de un ceremonial más complejo, y prolongado por días, acompañado con música, danza e ingestión de sustancias. Más que en la historia, o en las tribulaciones y las angustias de un individuo, estos poemas se nutren de las emociones compartidas, del contacto con la naturaleza y de los vínculos con lo mágico y lo divino. Así, en esta muestra pueden encontrarse poemas en torno a la creación, que mezclan mito y metafísica, como este fragmento de los cucapás:
En el principio
existieron dos seres
que brotaron
de la profundidad de la tierra.Uno hizo la luz
y creó a los hombres,
el otro era un destructor.
También pueden encontrarse imploraciones para obtener favores en beneficio de la comunidad, como esta “Oración para que llueva”, de origen pápago:
Señor, araño el aire y brota tierra.
araño el fuego y brota tierra,
araño el agua y brota tierra,
araño la tierra y brota mi sangre.
Que llueva, Señor, que llueva,
que llueva.
Igualmente es posible localizar un elogio para las labores cotidianas, como esta descripción de la hechura de atole de los cochimíes:
Al limpiar la semilla
Limpiaremos la semilla
para hacer el atole.
Para hacer el atole
limpiaremos la semilla.[Se repite 17 veces.]
Asimismo, se encuentran elogios a los ciclos del día, como este canto al amanecer, de los paipai: “Llega la claridad del alba / y yo me voy. / Me voy cargando la claridad”. O este sentido seguimiento del rumbo del sol de los yavapáis, en “Sol caminante”: “¿Quién dice que no caminas? / En todas partes, de ida y vuelta, / el corazón te adivina.”
Ya George Steiner advertía sobre la merma irreparable para las facultades humanas que implica la pérdida de una lengua, pues se extravían modos únicos de mirar, sentir y pronunciar el mundo. Por eso, cuando Zaid recupera, con una visión de conjunto, estos testimonios líricos enriquece la llamada biodiversidad lingüística y restituye el timbre de voces perdidas. Mediante esta ordenación y recuperación, el antologador le da coherencia y visión panorámica a una Babel que parecería inmanejable, pues a estos idiomas tan distintos los reúnen rasgos comunes de cosmovisión, forma de vida y marginación histórica. Con esta recopilación se confirman las virtudes zaidianas de la curiosidad, la laboriosidad y el desprendimiento, ya que el antologador no solo muestra los resultados finales de su pesquisa, sino que deja abierta una fecunda veta y comparte toda la ardua (y sin duda gozosa) trayectoria: el peregrinaje por publicaciones casi inaccesibles y la búsqueda en páginas electrónicas y sitios de YouTube; los hallazgos históricos entre atroces y pintorescos y, desde luego, la sorpresa de la poesía. Porque, aparte de ser un rechazo a la uniformidad cultural y una restitución de la memoria histórica, esta antología entraña, ante todo, una luminosa celebración de la poesía y de su carácter de prodigio y regalo colectivo. ~