La línea editorial: más allá del gusto personal

¿Cómo se conforma un catálogo editorial? ¿De qué manera cambia con el tiempo? En esta entrevista, Olga Martínez –de Candaya– conversa sobre las pautas que rigen una selección editorial, la manera en que sus libros interactúan con el mercado español y su idea de la edición como un acto de amistad.
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En los últimos años, el sector editorial hispanohablante ha experimentado una serie de transformaciones que inciden en todas las fases del proceso de producción, desde la selección editorial hasta el marketing y la comunicación. Si antes, como afirmaba Roberto Calasso, la columna vertebral de una editorial podía ser únicamente el gusto –que obedecía a criterios subjetivos y personalísimos pero que funcionaba ya como marca identificable–, en décadas recientes esto ha ido mutando con el auge de las nuevas tecnologías, la concentración de la industria del libro, la bibliodiversidad y el surgimiento de sellos independientes capaces de competir con los grandes grupos. Todos estos cambios atraviesan cada etapa de la maquinaria editorial: elegir qué se publica, cómo se produce un libro, cómo se distribuye y cómo se comunica.

Hoy en día es difícil pensar en una editorial generalista, por muy identificable que sea el gusto del director editorial –sellos como Acantilado, Siruela, Anagrama o Galaxia Gutenberg tienen ya un lugar muy reconocible en el mercado–. Esto quizá explique, en buena medida, el auge de editoriales antes consideradas “de nicho”, como Satori y Shiro (enfocadas en literatura asiática); Concreto y Tránsito (centradas en publicar obras de autoras); Dirty Works, Sajalín o Bunker Books (con énfasis en el realismo sucio y el gótico sureño); y Vinilo y Newcastle Ediciones (especializadas en memorias, libros de viaje, crónicas y ensayos), por mencionar algunos ejemplos. También resulta fascinante observar de qué modo el abaratamiento de los costes de producción ha afectado, entre otras cosas, la toma de decisiones editoriales, desde cómo diseñar un modelo de colección accesible y económico hasta cómo convertirlo en una seña de identidad e incluso crear un fenómeno editorial. No es novedad afirmar que muchas editoriales independientes funcionan como canteras de autores que, cada vez con mayor frecuencia, terminan convirtiéndose en superventas.

El sello barcelonés Candaya es un caso interesante: desde sus orígenes se planteó como una editorial centrada en la publicación de autores latinoamericanos. En una época de transición –del auge y cansancio del boom a la aparición de Los detectives salvajes–, Candaya fue pionera en la búsqueda de voces singulares provenientes de América Latina, pero también supo ver a tiempo que no podía vivir de espaldas al mercado español. Por eso resulta un ejemplo paradigmático: ha logrado aunar la especialización, el gusto y la flexibilidad en la conformación de un catálogo y, a la vez, se ha mantenido fiel a sus principios.

Esta entrevista forma parte de una serie que se asoma, precisamente, a esa maquinaria: en cada entrega, una editorial distinta explicará uno de los procesos que hacen posible un libro. En este primer texto, Olga Martínez, editora y cofundadora de Candaya, habla sobre la selección editorial y la conformación de un catálogo.

Actualmente carece de sentido concebir una editorial centrada, por ejemplo, en publicar ficción y no ficción contemporánea, en la que cabe prácticamente todo. Noto que cada vez surgen más editoriales especializadas o que interpelan a audiencias muy concretas. En Candaya, sin ir más lejos, comenzaron publicando a autores latinoamericanos, y luego fueron ampliando la línea editorial. ¿Cómo describirías la línea editorial de Candaya?

Candaya es una editorial bastante atípica, al menos en su génesis. Nació de una pasión y de casi una década de activismo. Activismo americanista y pasión por América Latina, un continente muy golpeado y siempre amenazado, pero al que Paco Robles, el cofundador, y yo debíamos algunas de las experiencias más hermosas y emocionantes de nuestras vidas.

Nuestro americanismo se forjó en la Guatemala de principios de los noventa, cuando todavía el país se desangraba en esa cruenta y larga guerra interna y estaban muy vivas, en la memoria y en sus consecuencias, muchas décadas de desprecio y opresión hacia la población indígena, algo que culminó en las perversas y aniquiladoras prácticas genocidas de Ríos Montt y su política de “Tierras arrasadas”. A Paco y a mí, y a los compañeros de Arenys Solidari –la pequeña ong local con la que impulsamos más de veinte proyectos–, nos marcó para siempre lo que vimos. Residimos de 1993 a 1999 en nueve de las 81 aldeas que hay en Cerro Pecul, un volcán inactivo, en cuyas faldas y entre cafetales viven casi 160 mil indígenas maya-quichés. Me gusta pensar que todas estas experiencias reveladoras son nuestra prehistoria, el sustrato nutritivo del que se alimenta la editorial, y el origen de nuestra manera de entender la edición: una edición anclada en el sentido de comunidad, de lealtad, comprometida y alejada de las severas exigencias del mercado.

En diciembre de 2004 nació Candaya en Canet de Mar, un pequeño pueblo del Mediterráneo catalán. Paco y yo siempre percibimos la editorial como una profundización o reformulación de nuestro amor por América. Del 2000 al 2004 fueron años muy viajeros. Empezamos, con muchas ganas de aprender, a recorrer el continente americano. En esos viajes nos dimos cuenta de que muchos de los autores latinoamericanos que llegaban a España no necesariamente representaban el verdadero canon interno de sus países. Los novelistas y poetas que sonaban en España, en Europa, no siempre reflejaban el corazón literario de cada país ni eran los referentes de las nuevas generaciones de escritores.

¿Cuáles fueron los primeros libros de Candaya?

Nuestro primer libro fue Contra la vida quieta, del poeta paraguayo Elvio Romero, y nuestra primera novela, Mariana y los comanches, del narrador venezolano Ednodio Quintero, dos escritores que abren ventanas a la contemporaneidad radical desde el arraigo –esencial e íntimo, a veces delirante– al imaginario de una tierra atravesada por mitos, enigmas y otra dimensión del tiempo.

A Elvio lo conocimos en el Cafetín Literario de Asunción. Nosotros nunca habíamos oído hablar de Elvio Romero, pero allí descubrimos que era considerado “el poeta de Paraguay”. Escuchar sus palabras y descubrir su poesía fue una conmoción para nosotros, y esa fascinación se convirtió en indignación cuando, ya en Barcelona, descubrimos que en más de quinientos años nunca un poeta paraguayo había sido publicado en España. Descubrirlo nos dejó muy tocados. De algún modo fue la semilla de Candaya, el empujón final para emprender este “llarg, difícil, perillós camí”, como diría el poeta catalán Joan Vinyoli, que han sido los casi veintidós años de Candaya: sabíamos que era una aventura incierta, pero sentíamos que editorialmente había un vacío y algo que reparar. Y a ello se sumó conocer en 2001 a Ednodio Quintero.

Fuimos a Venezuela siguiendo una pista literaria: “Un hotel en las nubes”, un artículo de Enrique Vila-Matas publicado en El País. En ese artículo, Vila-Matas describía un hotel singular –en realidad, el hotel San Francisco– en la frontera entre Los Llanos y los Andes, donde se pasa sin transición de un calor insoportable a un frío intenso. Y también citaba a un novelista, Ednodio Quintero, “el escritor más impactante de Venezuela”. Así que decidimos empezar nuestro viaje por ese hotel y por ese escritor. Cuando en la plaza Bolívar de Mérida leíamos El combate, uno de los libros de cuentos de Ednodio Quintero, nos vimos de repente rodeados por un enjambre de personas empeñadas en lo mismo: teníamos que conocer a Ednodio. Y llegó el segundo deslumbramiento y la segunda sorpresa: ¿por qué no se leía en España a este extraordinario escritor, que fundía en sus libros el vértigo de Akutagawa y las tormentas interiores de Dazai con la fiebre del Páramo y las alucinaciones del frailejón?

En esa época, ¿cómo fue la recepción inicial de los lectores españoles? ¿Cómo recibieron esta literatura latinoamericana que se apartaba de los territorios conocidos?

En estos veintidós años el contexto ha cambiado muchísimo. Cuando empezamos, eran muy pocas las editoriales españolas que publicaban a escritores latinoamericanos. Eran años de especial fascinación por la literatura norteamericana y centroeuropea, de cierto cansancio respecto a los epígonos del boom y de un gran desconocimiento, por lo menos en el lector medio, de la prodigiosa diversidad de la literatura que se escribía en América Latina. Por eso fue tan importante que Los detectives salvajes, publicada en 1998, calase tanto entre los lectores, sobre todo en los más jóvenes. Fue como un clic, el principio de la recuperación, el rescate de otras voces más plurales y disidentes.

¿Podríamos decir entonces que la vocación de Candaya es más bien panhispánica, aunque buena parte de los lectores la asocie con América Latina?

En un primer momento queríamos publicar solo autores latinoamericanos, pero pronto empezaron a llegar propuestas de autores españoles que nos gustaron mucho y que también tenían muchísimas dificultades para ser publicadas aquí. Hubo dos casos muy significativos: Avelino Hernández, el autor de la conmovedora novela póstuma Mientras cenan con nosotros los amigos, y Agustín Fernández Mallo con su sorprendente Nocilla Dream, que fue el revulsivo de una narrativa anquilosada que necesitaba urgentemente explorar y experimentar cómo se cuentan las historias en el mutante siglo xxi. En ese momento empezamos a entender que no podíamos vivir de espaldas a nuestra realidad más inmediata, a nuestro propio país y también que, modestamente, algo podíamos (y debíamos) aportar al tejido cultural de un lugar y de un momento histórico, del aquí (que para nosotros sería España, pero también Latinoamérica) y del ahora.

Candaya tiene cuatro colecciones: ¿qué implica materialmente para un libro estar en una u otra? Por ejemplo, la colección Candaya Abierta es muy peculiar en términos de selección, pero también de producción (entre otras cosas, porque las cubiertas están a dos tintas). ¿Qué hay detrás de esas decisiones?

Paco Robles siempre decía que el rostro de los libros de Candaya, de nuestras cuatro colecciones (Narrativa, Poesía, Abierta y Ensayo), era el de Francesc Fernández, nuestro diseñador. En Candaya Narrativa –donde más libros hemos publicado y por la que más se nos conoce– irrumpe el Francesc Fernández más barroco, el de las texturas, los palimpsestos visuales, los collages imposibles. Candaya Poesía es una colección que va creciendo poco a poco (solo publicamos uno o dos libros al año), pero que cuidamos mucho y nos da siempre muchas alegrías. Candaya Abierta es una colección-cajón de sastre en la que queríamos que tuviese cabida todo lo que no fuera estrictamente narrativa de ficción o poesía: crónicas, libros de viaje, diarios íntimos, aforismos, correspondencias, obras híbridas e inclasificables, ensayos literarios. Son libros blancos, que juegan solo con dos tintas: el negro y el rojo. La colección de ensayo quería recoger el principal corpus crítico sobre algunos autores que a nosotros nos gustaban mucho y que considerábamos clásicos contemporáneos: Vila-Matas, Bolaño, Piglia, Marsé, Villoro, Nooteboom, entre otros.

¿Qué criterios, digamos, “negativos” expulsan un manuscrito de la selección de Candaya, aunque sea bueno? Y al revés: ¿qué criterios “positivos” pueden salvarlo, aunque no encaje del todo en la línea editorial?

Es una de las preguntas más complejas que hay. Como te decía, Candaya es un sello bastante atípico, a veces muy alejado de algunos principios que parecen incuestionables en la ortodoxia editorial. Una vez leí que Jaime Salinas –antiguo director de Alfaguara– afirmaba que lo peor que le puede pasar a un editor es ser amigo de sus autores. Yo pienso justo lo contrario: para mí la edición es un acto de amistad, casi de amor.

Primero tienes que sentir ese clic –por un libro, y en Candaya, de alguna manera, también por el escritor–. Y luego, el proceso de edición es, de verdad, muy parecido a la experiencia del amor –el deslumbramiento, la apuesta de riesgo, la entrega y el desprendimiento–, en el que vas a intentar hacer todo lo que esté a tu alcance para que a ese libro, que reconoces como especial, le vaya bien y llegue al máximo de lectores.

Van, a modo de ejemplo, cinco de esos “criterios positivos” (su reverso serían los negativos) que, del alud de propuestas que nos llegan sin parar a nuestro correo, pueden animarnos a apostar por un libro:

Libros comprometidos con el presente, con la historia, con el dolor de los demás y, sobre todo, con el lenguaje, la forma y la literatura.

Libros arriesgados, emocional y formalmente, que traten de traducir el mundo fragmentario, contradictorio y líquido en el que vivimos. Una literatura que dinamite la ilusoria linealidad del tiempo, que funda espacios, que incorpore formas de otros ámbitos y desarme el lenguaje si hace falta. Una literatura que recorra los caminos expresivos del siglo xxi, pero huyendo siempre del experimentalismo gratuito.

Una literatura que complejice en vez de simplificar, porque solo desde lo difuso y tambaleante, desde una mirada oblicua, podremos acercarnos a este presente raro en el que tenemos que vivir. Un lector de Candaya espera una literatura que se atreva a abordar las tragedias políticas, las violencias de género o familiares, las heridas históricas, las zonas oscuras de la subjetividad, pero evitando siempre caer en lo panfletario.

Una narrativa de ambición poética, que no solo explique, sino que también haga sentir; que invite a la reflexión, pero que también emocione. Si un libro es solo una máquina conceptual, sin emoción, no es para nosotros.

Nos interesa lo que la escritora ecuatoriana Daniela Alcívar llama “literatura de la vida”: la que se atreve a explorar la intimidad, los deseos, la culpa, el duelo, las violencias silenciadas, los miedos, los legados… como han hecho, valientemente, muchas de nuestras escritoras: Mónica Ojeda, Fernanda García Lao, Florencia del Campo, Estela Sanchis o Mariana Orantes, por citar algunas. ~


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