La soledad del escucha

Un anecdotario tan infame como hilarante de los grandes maestros de la música muestra todo lo que ha escapado a nuestros oídos a lo largo de la historia.
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Sabemos la fecha en que a Schubert le cambió la voz porque su maestro de canto anotó en una partitura: “Franz Schubert ha soltado un gallo por última vez, 26 de julio de 1812.”

Cuando Leonard Bernstein tenía dieciséis años montó una versión amateur de Carmen de Bizet con amigos de su edad en Sharon, Massachusetts, el pueblo a donde iba a vacacionar. Junto con un compañero de la escuela reescribió las letras para usar referencias locales y consiguió un piano maltrecho para la música. Decidió también que los papeles de los hombres los desempeñaran mujeres y viceversa. Leonard la hizo de Carmen, “con una peluca roja y una mantilla negra y con varios vestidos de gasa que me prestaron los vecinos de Lake Avenue, a través de los cuales se veía mi ropa interior”. La entrada costaba veinticinco centavos. Asistieron doscientas personas.

En sus años de esplendor, Franz Liszt viajaba con un pasaporte, concedido por las autoridades austríacas, que decía: Celebritate sua sat notus (‘De sobra conocido por su fama’).

Glenn Gould sobre: Gilbert y Sullivan (“los aprecio en pequeñas dosis”), el minimalismo (“aburrido a más no poder”), el rock (“insultante”), Rajmáninov (“absolutamente intolerable”), Scarlatti (“suciedad mundana”), La consagración de la primavera (“profundamente ofensiva”), Historia de un soldado (“un bodrio”).

A lo largo de su vida Beethoven padeció sordera, colitis, reuma, tifus, problemas de la piel, abscesos, gran variedad de infecciones, degeneración inflamatoria de las arterias, ictericia, hepatitis crónica y cirrosis hepática.

El día en que Alma Mahler sintió que iba a dar a luz a su primera hija, Gustav mandó a llamar a la comadrona y, mientras su esposa se retorcía del dolor, intentó calmarla leyéndole pasajes de Kant en voz alta. “El sonido monótono de la lectura era para volverme loca”, anotó Alma en su diario. “Además, no podía comprender nada de lo que leía.”

Richard Wagner difundió el rumor de que Brahms cazaba a los gatos que pasaban por la ventana de su apartamento en Viena: “Después de atravesar a las pobres bestias –escribió–, las arrastraba hasta su habitación como si se tratase de un pescador de truchas. A continuación, escuchaba ávidamente los últimos gemidos de sus víctimas y anotaba cuidadosamente en su cuaderno sus observaciones ante mortem.” A pesar de lo exacto de su descripción, Wagner nunca visitó a Brahms ni existe evidencia de sus afirmaciones.

Al intentar cruzar la frontera austríaca, dos oficiales de aduanas le preguntaron a Haydn su profesión. El músico respondió: Tonkünstler, compositor –literalmente, “artista de los sonidos”–. Uno de los oficiales no entendía de qué estaba hablando y su compañero le explicó: “Es alfarero”, convencido de haber escuchado Thonkünstler, “artista del barro cocido”. “Precisamente eso”, ratificó Haydn.

Wagner también le insinuó al médico de Nietzsche que los males de su paciente eran producto de la masturbación.

La primera advertencia de copyright musical se encuentra en una colección de motetes del compositor judío Salomone Rossi, editada en Venecia en 1623, que a la letra dice: “Nosotros, los abajo firmantes, decretamos por la autoridad de los ángeles y la palabra de los santos, invocando la maldición de la mordedura de la serpiente, que ningún israelita, dondequiera que esté, puede imprimir la música contenida en esta obra de ninguna manera, en su totalidad o en parte, sin el permiso del autor antes mencionado.”

En el siglo VIII, el Concilio de Clovesho prohibió a los benedictinos que dejaran entrar a “poetas, arpistas, músicos y bufones” a sus monasterios.

Arthur Rubinstein sobre las razones para no escuchar a otros pianistas: “Si tocan mal, me siento fatal; si tocan bien, me siento peor.”

Carta de Friedrich Engels a su hermana sobre el ídolo del momento: “El señor Liszt ha estado aquí y ha hechizado a todas las damas con su forma de tocar el piano. Las damas de Berlín estaban tan atontadas por él que durante uno de sus conciertos hubo una pelea encarnizada por tomar posesión de un guante que él había dejado caer, y hay dos hermanas que ahora son enemigas de por vida porque una de ellas le arrebató el guante a la otra. La condesa Schlippenbach llenó su bote de colonia con el té que el gran Liszt se había dejado en una taza, después de haber vertido la colonia por el suelo. […] Dicho sea de paso, por aquí Liszt debe de haber ganado al menos 10 mil táleros y la cuenta de su hotel ascendió a 3 mil táleros, aparte de lo que se gastó en las tabernas. Es un pedazo de hombre, así te lo digo. Se bebe veinte tazas de café al día, cada taza de unos 50 gramos de café, y diez botellas de champán, de lo cual se puede concluir con bastante certeza que vive en una especie de neblinosa borrachera permanente.”

De acuerdo con Séneca, el tripudium era “el estilo masculino con que los hombres antiguos solían bailar en los momentos de ocio o durante las festividades sin correr el riesgo de perder la dignidad, ni siquiera si los veían sus enemigos”.

El día en que enterraron a Beethoven, un desconocido se acercó al sepulturero para ofrecerle dinero por la cabeza del compositor.

Luego de improvisar sobre un aria de Las bodas de Fígaro, Mozart se levantó bruscamente del piano, saltó hacia donde se encontraban las sillas y mesas y se puso a maullar como un gato, asegura Karoline Pichler, presente en la sala.

El pianista Oscar Peterson al chofer del autobús en el que viajaba: “¿Podría conducir un poco más rápido o un poco más lento? No puedo dormir si el motor suena en si natural.”

Versos de Erik Satie contra Debussy, publicados póstumamente en La Semaine musicale, el 11 de noviembre de 1927:

Los mandamientos del catecismo del conservatorio
I. Solo a Diosbussy adorarás
y copiarás perfectamente.
II. Nunca melódico serás,
ni voluntaria ni involuntariamente.
III. Siempre de hacer planes te abstendrás
para componer más fácilmente.
IV. Con gran esmero violarás
las reglas válidas antiguamente.
V. Quintas paralelas usarás,
y octavas, sí, constantemente.
VI. Nunca, resuelvas, pero jamás,
ninguna disonancia, aunque te tiente.
VII. Ninguna pieza nunca concluirás
con un acorde consonante y prudente.
VIII. Acordes con novenas acumularás
al máximo, indiscriminadamente.
IX. La armonía perfecta no desearás,
solo la que el matrimonio en ti fomente.

Cuenta Nadia Boulanger que una vez vio a Stravinski agarrando de las solapas a un pobre hombre:
–Pero, señor Stravinski, no entiendo por qué tenemos que discutir así, si opino lo mismo que usted.
–¡Sí, pero por razones equivocadas, porque usted no tiene la razón!

El antiguo presidente de la organización Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS) Todd Gitlin recuerda haber presenciado una reunión de jóvenes activistas en Berkeley que pudo haber terminado con los participantes cantando a una sola voz “Solidarity forever”, el himno sindical más significativo de Estados Unidos. La poderosa imagen se vio ensombrecida por el hecho de que casi nadie se sabía la canción, de modo que poco a poco la tonada se fue transformando en “Yellow submarine”, un tema que, en la apreciación más bien resignada de Gitlin, “podía entenderse como una comunión entre jipis y activistas, estudiantes y no estudiantes”.

Lenin, después de escuchar la Appassionata, de Beethoven: “Podría escucharla todos los días. ¡Qué música asombrosa, sobrehumana! Me hace sentir orgulloso, ingenuamente, de que la gente pueda crear tales milagros.”
Y más adelante: “Pero no puedo escuchar música a menudo; me altera los nervios. Me dan ganas de decir cosas amables y estúpidas, y dar palmaditas en la cabeza a la gente que, viviendo en este sucio infierno, puede crear tanta belleza.”
Y después de pensarlo un poco mejor: “Hoy día no se puede acariciar la cabeza de nadie, pueden arrancarte la mano de un mordisco. Hay que golpear esas cabezas sin piedad. Aunque, idealmente, estemos en contra de cualquier clase de violencia. Sí… tengo un trabajo endiabladamente difícil.”

–¿Por qué no tocas veintisiete vueltas en lugar de veintiocho? –solía reclamarle Miles Davis a John Coltrane a propósito de sus larguísimas improvisaciones.
–Es que me meto en esto y me engancho y no sé cómo parar –contestaba el otro.
–¿Y si pruebas a sacarte el saxo de la boca?

Según algunas versiones, se oyeron silbidos a medio funeral de Stalin porque, en la ceremonia, Sviatoslav Richter no paraba de tocar una fuga de El clave bien temperado de Bach.

Busoni acerca de la Hammerklavier de Beethoven: “La vida de un hombre es demasiado corta como para aprender esa maldita sonata.”

De un informe laboral sobre Bach: “Muestra poca inclinación al trabajo.” ~


FUENTES:
1. Locos por la música: La juventud de los grandes compositores, de Ulrich Rühle (Alianza, 2013); 2. Music Was IT: Young Leonard Bernstein, de Susan Goldman Rubin (Charlesbridge, 2018); 3. El triunfo de la música: Los compositores, los intérpretes y el público desde 1700 hasta la actualidad, de Tim Blanning (Acantilado, 2011); 4. Vida y arte de Glenn Gould, de Kevin Bazzana (Turner, 2007); 5. Beethoven: Tormento y triunfo, de Jan Swafford (Acantilado, 2017); 6. Alma Mahler: Un carácter apasionado, de Cate Haste (Turner, 2020); 7. El pequeño gran libro de la ignorancia, de John Lloyd y John Mitchinson (Paidós, 2008); 8. Apuntes biográficos sobre Joseph Haydn, de Georg August Griesinger (Turner, 2011); 9. Wagnerismo: Arte y política a la sombra de la música, de Alex Ross (Seix Barral, 2021); 10. La música: Una historia subversiva, de Ted Gioia (Turner, 2020); 11. Ibid.; 12. El piano: Notas y vivencias, de Charles Rosen (Alianza, 2014); 12. Sound System: El poder político de la música, de Dave Randall (Katakrak, 2018); 13. Gioia, Op. Cit.; 14. Swafford, Op. Cit.; 15. El último año de Mozart, de H. C. Robbins Landon (Siruela, 2005); 16. Too Marvelous for Words: The Life and Genius of Art Tatum, de James Lester (Oxford University Press, 1994); 17. Repertorio de vituperios musicales, de Nicolas Slonimsky (Taurus, 2016); 18. Mademoiselle: Conversaciones con Nadia Boulanger, de Bruno Monsaingeon (Acantilado, 2018); 19. Los Beatles vs. Los Rolling Stones, de John McMillian (Indicios, 2014); 20. El ruido eterno: Escuchar al siglo XX a través de su música, de Alex Ross (Seix Barral, 2009); 21. Oídos que no ven: Contra la idea de música intelectual, de Mariano Peyrou (Taurus, 2022); 22. Por el camino de Richter, de Yuri Borísov (Acantilado, 2015); 23. Ibíd.; 24. La música en el castillo del cielo: Un retrato de Johann Sebastian Bach, de John Eliot Gardiner (Acantilado, 2015).


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