La traducción literaria, entre la magia y la crítica

No es raro que las traducciones sean juzgadas con rapidez, desde un punto ciego donde confluyen industria editorial, prejuicio lector y creación.
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En plena pandemia, por parte de las autoridades culturales, surgió la Estrategia Nacional de Lectura, a la que fuimos convocados diversos sectores y gremios de la cadena del libro. En la mesa sobre traducción de literatura, la moderadora afirmó –palabras más, palabras menos– que era muy triste leer ciertas traducciones deficientes, por lo que le encantaría leer directamente en italiano para no tener que aproximarse –supuse– al adefesio traducido al español.

Este tipo de queja es muy común. La mayoría de las traducciones literarias son calificadas como “malas”. A saber, el lector identifica cosas “intraducibles”, descubre “errores básicos” o, si habla alguna lengua extranjera, prefiere acudir al original. Pareciera que, para convertirnos en un “lector crítico”, fuese imperativo señalar la deficiencia de las traducciones que leemos. Lo curioso de este fenómeno es que alumbra lo tajantemente injusta que resulta la cultura lectora no solo en México, sino en el mundo. Si la traducción simplemente se califica como buena, la figura del traductor desaparece por completo. Sin embargo, si se califica como mala, horrenda o desastrosa, los mismos adjetivos se trasladan de forma instantánea a la figura del traductor.

En aquella ocasión, para suavizar un poco la radicalidad de la moderadora, mencioné que muchas de las traducciones “malas”, que lastimosamente tuvo que leer, con certeza pertenecían al esquema más común del mundo editorial: ese en donde el traductor es un mero prestador de servicios y, por ende, la traducción literaria no es la estrella del proceso. Aunque el escrutinio de ojo acusador recae siempre en el traductor y en sus “catastróficas” formas de traducir, lo cierto es que hay otros actores que escapan de él. ¡Cuántas veces no hemos pasado los traductores literarios por esos tragos amargos al descubrir que complejas frases, figuras retóricas, anomalías pertinentes, páginas enteras, minucias clave, fragmentos de juegos de palabras, rarísimas composiciones de oraciones y otras apuestas estilísticas, de pronto, sin más, aparecen borradas de un plumazo una vez publicado el libro!

La traducción, en ese sentido, pareciera ser una cuestión de prestigio y no de especialización. Esta realidad resulta bastante evidente cuando se le permite a la gran escritora, al famoso escritor, traducir como se le dé la gana solo por ser quien es y porque asegura saber hacerlo.Dos titanes en un mismo ejemplar. Al parecer, Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, será por toda la eternidad la traducción exquisita y canónica de Julio Cortázar, lo cual refuerza aquel cuento lapidario de que solo un gigante puede traducir a otro gigante.

Por esta serie de prejuicios lectores y vicios de la industria, la tarea del traductor se ha vuelto una cuestión espinosa en tanto que, como creador, suele ser vapuleado o invisibilizado. Luego entonces, tratar de entender la desaparición del arte de este peculiar creador literario, quizás, va más allá de nuestro presente.

Durante los siglos XVII y XVIII, surgió un fenómeno que se afianzaría como pocos en el mundo literario de Francia, cuyas repercusiones se tornarían mundiales. Las traducciones literarias de los clásicos comenzaron a masificarse, sobre todo aquellas realizadas por escritores o aspirantes a serlo. Eran versiones libres que, en realidad, no hicieron otra cosa más que adaptarse por completo a los gustos lectores de le bon français (el buen francés) de la época, la misma que imponía no solo el uso correctísimo de la lengua francesa, sino la eliminación de toda aquella palabra vulgar, de todo tema incómodo o de todas las rarezas “incomprensibles”.

A Gilles Ménage le debemos una frase hecha, aún popular, con la que se designa a esa clase de traducción. Molière se burló de él en la comedia Las mujeres sabias, representada por primera vez en 1672. El personaje de Vadius era igual de arrogante y presuntuoso que Ménage, un escritor que terminó por convertirse en un conocidísimo gramático, cuyo amor y defensa de la lengua francesa lo llevaron a escribir obras que no pocos consideran hasta hoy verdaderos diccionarios etimológicos.

Se cuenta que, cierto día, al terminar de leer una larga y matizada obra traducida, con el rostro sonriente Ménage expresó que le había recordado a un viejo amor, una mujer que “era bella, pero infiel”. Sus palabras corrieron como pólvora y, a partir de entonces, por las prolíficas versiones libres plasmadas en le bon français, a aquel periodo se lo tildó como la época de “las bellas infieles”.

En 1983, luego de aquellos siglos en donde la literalidad (traducir palabra por palabra) y el absoluto respeto a “las bellas infieles” conformaron el tenor predominante de ese arte llamado traducción literaria, Jean-René Ladmiral propondría, igualmente desde Francia, la dicotomía sourcier-cibliste. Ladmiral, un doctor en filosofía interesado en las ciencias del lenguaje, fue un innovador investigador que escribiría por primera vez (desde el extinto Centro de Estudios e Investigaciones en Traducción, el cual dirigió) sobre “las ciencias de la traducción”.

Ladmiral identificó un fuerte componente intercultural en la comunicación humana. Descifrar cómo se daba el intercambio entre culturas diferentes, hasta opuestas, se volvió uno de sus objetivos primordiales. Fue así que descubrió que existe una pluralidad de culturas en oposición a aquello que, desde Francia, se autodenominaba Cultura, en un sentido unívoco. Se interesó en cómo la actividad de la traducción (en el contexto de “las bellas infieles”) podía volverse terreno fértil para construir dicotomías que ayudaran a aquilatarla mucho mejor, propiciando, así, nuevos paradigmas. La realidad cultural dio un impresionante giro: ahora las traducciones y sus autores podían ser calificados como sourciers (que se acercan a la lengua y cultura fuente) o ciblistes (que se acercan a la lengua y cultura meta).

Lo admirable de Ladmiral es que obligó al mundo editorial, al mundo lector y al mundo traductor franceses a cuestionarse con honestidad: ¿a qué lengua o cultura en el fondo atendemos: a la lengua o cultura fuente o a la lengua o cultura de llegada? Para una Francia acostumbrada a privilegiar exclusivamente los usos y costumbres de la influencia mundial de su lengua y de su enorme prestigio cultural, la propuesta de Ladmiral fue sencillamente inaceptable. Pensar en la destrucción de aquellas inacabables y veneradas traducciones, con sus larguísimas y muy lógicas oraciones, colmadas de interminables subordinadas, hermosas y mejor estructuradas, con tal de que se leyeran siempre sin problema ninguno en le bon français, era algo equiparable a un pecado mortal. Afirmar, básicamente, por otro lado, que traducir palabra por palabra, en el fondo, no era traducir, fue un balde de agua helada para quienes pensaban que el uso de equivalencias mecánicas o automáticas no se extinguiría nunca.

La dicotomía de Ladmiral me parece un buen punto de partida para comenzar a comprender y cuestionar tanto el proyecto editorial como el proyecto personal de traducción en todo libro traducido, antes de intentar siquiera ser categóricos en cuanto a la calidad de las traducciones. ¿De verdad hay palabras o conceptos intraducibles? ¿Es imperdonable utilizar el lenguaje incluyente en la traducción de obras canónicas? ¿Todo encargo de traducción carece de calidad? ¿Es éticamente válido que los escritores usen la traducción como mera herramienta de prestigio?

La industria del libro y sus actores seguimos teniendo el reto de construir un andamiaje crítico para poder esbozar respuestas a estas y otras preguntas. No basta con que las editoriales de nuestro país presuman que han puesto el nombre de las y los traductores en las portadas, se necesita propiciar un espacio previo a la obra (prólogo, introducción, prefacio) en donde se comparta qué tipo de texto está a punto de ser leído, cuál es el proyecto de traducción, los retos técnicos involucrados y todo aquello que deba ponerse sobre la mesa para que el arte de la traducción literaria pueda hacernos partícipes, por fin, de su verdadera magia. ~


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