La tumba de María Zambrano

AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Un autor no se reduce a sus libros publicados, sino que también se disemina en sus textos inéditos, borradores y proyectos inconclusos. Así lo demuestra Adolfo Castañón al comentar uno de los libros bocetados por María Zambrano en este fragmento del artículo “La tumba habitada”, publicado en el número 244 de la revista Vuelta de marzo de 1997.

Sobre la tumba de María Zambrano vive un pueblo de gatos. Alguno de ellos es sobreviviente de los que vivían con la pensadora en el departamento de El Retiro (que, por cierto, le fue arrendado por algunos familiares de Ortega –“Don José” y no “maestro” para ella– encantados con la idea de tener en Antonio Maura a una discípula del tío). No es un misterio lo de los gatos. El cuidador los alimenta y ellos, después de comer, toman sol y siesta sobre la hospitalaria lápida. Tampoco es del todo fortuito. Ya se sabe el amor a los gatos que tenían la filósofa y su hermana que siempre vivieron rodeadas de ellos y que se afilian por ello a otros amigos ailurófilos como Octavio Paz.

El hecho es que, entre la justicia poética y la explicación racional, la tumba de María Zambrano es un lugar habitado por los que fueron sus amigos, los gatos. ¿Lo es también en un sentido sustantivo y simbólico? El verdadero culto que hay en torno a ella indicaría que sí. Con todo, hay que decir que, desde otro punto de vista, esa devoción no ha encontrado todavía la forma editorial más digna y adecuada ya que existen manuscritos, textos y variantes inéditas, esquemas y fragmentos, un haz de génesis textuales, cartas, apuntes y borradores de los libros editados o de otros nunca concluidos que nos hacen preguntarnos si, publicada, esta obra ha sido permanentemente dada a la luz.

Mercedes Gómez Blesa –la investigadora crítica a quien se debe la edición de Las palabras del regreso– llama mi atención sobre un esquema anunciado por María Zambrano en una carta al enigmático, ubicuo y versátil Rafael Dieste. Se trata de un esquema para escribir un libro sobre la piedad que habría incluido textos sobre san Agustín, santa Catalina de Siena, san Francisco de Asís y otros más. No sé cuál sería, en verdad vivida, el hilo conductor de estos textos, pero cabe asociarlos, sin duda, tanto con los escritos mismos como con la experiencia mística y luminosa de María Zambrano, uno de cuyos primeros y olvidados textos versa precisamente sobre san Basilio.

¿Cuál fue o es la profundidad de esa experiencia? Independientemente de lo que enuncian y anuncian El hombre y lo divino, Claros del bosque, La confesión, al parecer se encuentran en los manuscritos algunos testimonios. Uno en particular me llama la atención y tiene que ver con la aparición de la Virgen que habría tenido María Zambrano en Roma, en los años cincuenta y que se referiría a un manuscrito –botella plena de agua de mar lanzada al mar, para decirlo con voz lezamalímica– donde se expone una crisis que enfrentaba la poeta-pensadora desencadenada por otra de su hermana. La pregunta sería: ¿se trató de una experiencia espontánea, una visitación accidental o se dio por el contrario como resultado de un ejercicio deliberado, de una práctica calculada y dirigida?

Una de las pocas obras que María Zambrano llevaba consigo al salir de España era una guía espiritual. A esta luz, su meditación y su metáfora del corazón acaso puedan leerse como un ensayo, un intento de rescatar para la filosofía algunos instrumentos y recursos procedentes de la mística. No para vencer o someter la razón, sino para ampliarla comprendiéndola dentro de un sistema más abierto, levantando el corazón hacia la luz racional.

Con su misticismo y su esoterismo, ¿no estaría María Zambrano buscando salvar la filosofía, proteger a la filosofía del daño que le habría hecho la “castración” racional? ¿Lo dirán los textos?

Entretanto, duermen los gatos sobre su tumba. ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: