La vida de los otros

Tres historias de dobles.
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Franz Kafka. En un ensayo publicado en 1973, el escritor estadounidense Philip Roth cuenta la historia de dos Franz Kafka. El primero es el escritor mundialmente reconocido. Roth se centra en su vida sexual y amorosa, especialmente al final de su vida: su impotencia, la ansiedad que le produce tener pareja, su miedo al contacto físico.

“Once meses antes de morir en un sanatorio en Viena, Kafka encontró de alguna manera la fuerza de voluntad para abandonar Praga y la casa de su padre para siempre. Nunca antes había conseguido vivir solo durante mucho tiempo, independizado de su madre, sus hermanas y su intimidatorio padre.” Lo que le hace escapar es una mujer, Dora Dymant.

Kafka siempre había tenido miedo al matrimonio (“en el momento en el que decido casarme pierdo el sueño, mi cabeza arde día y noche, la vida no puede seguir llamándose vida”). En 1913, diez años antes, le pidió matrimonio a la joven Felice Bauer. Tras su respuesta afirmativa, Franz huyó y se refugió en un sanatorio. Durante meses, su prometida lo persiguió. Un año después se comprometieron de nuevo y Kafka volvió a huir. Siempre usó su enfermedad como justificación. Con Dora Dymant parece diferente. Está feliz, relajado y convencido de que quiere casarse. Roth se pregunta si será la cercanía a la muerte o un amor real. Pero cuando le pide la mano al padre de ella, lo rechaza. No puede aceptar que su hija de diecinueve años se case con un tuberculoso de cuarenta al borde de la muerte. Meses después, Kafka fallece.

¿Qué habría pasado si hubiera vivido más? Es difícil imaginárselo escapando del nazismo. Roth especula con un Franz Kafka huyendo a EEUU antes de la Segunda Guerra Mundial. “El refugiado judío que hubiera llegado a Norteamérica en 1938 no habría sido el ‘sin par humorista religioso’ de [Thomas] Mann, sino un soltero frágil y libresco de cincuenta y cinco años, exabogado de una compañía de seguros gubernamental de Praga, retirado con una pensión en Berlín cuando Hitler subió al poder… un autor, sí, pero de unos pocos relatos excéntricos […] de los que en Norteamérica nadie habría oído hablar. […]; tan solo un judío lo bastante afortunado para haber salvado la vida, poseedor de una maleta con algunas prendas de vestir, unas fotos familiares, algunos recuerdos de Praga y los manuscritos, todavía sin publicar y hechos pedazos, de América, El proceso y El castillo […], que guarda para sí por timidez edípica, locura perfeccionista e insaciables anhelos de soledad y pureza espiritual.”

El segundo Franz Kafka vive en Newark, la ciudad natal de Philip Roth. Es su profesor de hebreo a principio de los años cuarenta. Los alumnos se burlan de él. “Su aliento amargo, especiado de manera intensa con jugos intestinales.” Es un refugiado judío alemán que escapó del nazismo. Tiene sesenta años, está soltero y vive solo en una habitación de un barrio humilde de Newark. Cuando el niño Roth les cuenta a sus padres su situación, lo invitan a cenar. El padre de Philip le presenta a su hermana soltera Rhoda, que “todavía tiene miedo a los hechos de la vida”. Es un personaje que recuerda al de la tía Evelyn de La conjura contra América o a la tía Bea de Días de radio de Woody Allen: es el estereotipo de solterona de mediana edad con prisa por encontrar un marido.

Kafka y Rhoda comienzan a salir. En la familia se habla de boda. Pero tras un viaje a Atlantic City, todo se tuerce. Rhoda vuelve a casa llorando. Durante días, Kafka le envía varias cartas justificándose. El padre de Philip las lee y relee con estupor. Es un meshuga, un tipo raro, dice. El niño Roth no entiende cuál es el problema. Su hermano mayor se lo explica: ¡Sexo!

Años después, Roth recibe en la universidad una carta de su madre con el obituario de Franz Kafka. “Tenía 70 años. El Dr. Kafka nació en Praga, Checoslovaquia, y era un refugiado de los nazis. No tuvo descendientes.” Tampoco deja ningún libro, dice Roth: “ni El proceso, ni El castillo ni sus diarios. Nadie reivindica sus pertenencias, que han desaparecido; excepto esas cuatro cartas meshuga que, hasta donde yo sé, siguen formando parte de los recuerdos acumulados por mi tía solterona”.

Wilhelm Gustloff. En la novela A paso de cangrejo, el escritor alemán Günter Grass cuenta la historia de dos Wilhelm Gustloff. El primero es el líder del partido nazi en Suiza. En 1936, un judío de origen balcánico llamado David Frankfurter llamó a la puerta de su casa en Davos y le pegó cinco tiros en la cabeza. Luego se entregó a la policía. “He disparado porque soy judío. Soy plenamente consciente de mi delito y no me arrepiento de nada”, dijo tras ser detenido.

El segundo Wilhelm Gustloff es un barco con capacidad para 1.500 personas. Hitler convirtió a Gustloff en un mártir y nombró un crucero de recreo en su honor. Era el buque insignia del programa nazi Kraft durch Freude (Fuerza a través de la alegría), que subvencionaba vacaciones para los alemanes. El barco hizo varios viajes turísticos por los fiordos y el Mediterráneo, ayudó a transportar a la Legión Cóndor a España durante la Guerra Civil y, cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en un hospital flotante, un cuartel y, finalmente, en los últimos meses de la guerra, en un barco de evacuación de refugiados.

El 30 de enero de 1945 al mediodía, el Wilhelm Gustloff salió del puerto alemán de Gotenhafen (hoy Gdynia, en Polonia) con alrededor de 10.000 personas a bordo, entre personal militar y refugiados. A las ocho de la tarde, un submarino soviético lanzó tres torpedos que hundieron el barco en apenas una hora. Murieron unas 9.000 personas. A día de hoy, se considera la mayor catástrofe marítima de la historia.

Los dos Gustloff están unidos por una fecha, el 30 de enero. El 30 de enero de 1933 Adolf Hitler fue nombrado canciller de Alemania. El 30 de enero de 1936 David Frankfurter asesinó a Wilhelm Gustloff en Davos. El 30 de enero de 1945 el capitán de submarino Alexander Marinesko hundió el Wilhelm Gustloff en las aguas del Báltico.

Mi padre nació en 1940 en Elbing, a unos 100 km de donde se hundió el Gustloff. En enero de 1945 estuvo a punto de subir al barco con su familia para huir del avance de los soviéticos.

Ricardo Dudda. Creo que no hay otro Ricardo Dudda (hubo al menos un Richard Dudda, mi abuelo). Pero una vez me suplantaron la identidad. Era 2004, tenía 12 años, me acababa de mudar de Madrid a Mazarrón (Murcia). Un día, una compañera de clase me acusó de haberla insultado por internet. Traía las pruebas en la mano. Había imprimido varios mensajes que le había enviado por Messenger, el servicio de mensajería de Microsoft. Le dije que no era yo. Pero ella no entendía cómo podía negar algo tan obvio: salía mi nombre ahí. Esas cosas estaban dichas y las decía yo. El jefe de estudios le dio la razón. Las pruebas eran incontestables. Como los insultos siguieron durante días, el novio de la afectada, varios años mayor que yo, acabó interviniendo. Me esperó a la puerta del instituto y me pegó un puñetazo.

Otra de las afectadas que no me creyó fue mi primera novia. El otro Ricardo Dudda la había llamado puta varias veces. La relación se agrió, pero no fue una gran pérdida. Nuestra relación consistía simplemente en ir amarrados de la mano, como se dice en Murcia.

Meses después, visité a un amigo que todavía conservaba en Madrid. En su ordenador vi mi cuenta de Messenger abierta. Probablemente se quedaron guardados mis datos en una anterior visita. No se lo dije, y él nunca confesó. Pero no volvimos a vernos. ~