De las infinitas maneras de leer mal un libro, para la novela de Cervantes elegí las dos peores. La primera vez lo leí porque, seamos francos, cómo va uno a sentirse culto sin haber leído el Quijote. No se puede andar por el mundo de lectores y escritores corriendo el riesgo de confesar que no lo hemos leído, y qué latoso sería pasarse la vida disimulando. Hay libros que se deben palomear, ¿no es así? Por supuesto que no, pero muchas personas somos susceptibles a derramar la baba por este costado.
El camino al pozo de estrellarse en la lectura del Quijote está empedrado de opiniones vaporosas sobre la sabiduría, trascendencia y monumentalidad de este libro. Todo a su alrededor está como elevado al cubo, y cuando uno no es ducho en sacar raíces cúbicas y devolver los volúmenes a dimensiones abarcables, es capaz de leer sendos tomazos sin ver la gracia y el sentido del libro. Lampareados, cegados por el aura de un libro. Es el conocido síndrome de la Gioconda, que consiste en la imposibilidad de verla, no por culpa de las doscientas multinacionales cabezas, algunas greñudas y otras calvas, que dificultan la observación cuidadosa, sino a causa de las expectativas: la reputación de ser obra que suspende y arrebata, y si acaso usted es incapaz de reconocerlo, si no se cubre la boca en señal de asombro, será porque es muy bruto. Y así viene a resultar que la Gioconda es tan invisible como el Quijote ilegible.
La segunda vez lo leí para tratar de sonar inteligente, semana a semana, en un curso académico dedicado al Quijote. Inscribirse en un curso para leer el Quijote es como apuntarse en la clase de “Besos y abrazos” en lugar de buscarse una novia y aprender en la práctica. No digo que esté prohibido tomar cursos sobre el Quijote, a nadie se le ocurriría emitir una restricción tan boba. Sugiero nada más que la condición para estudiarlo en el aula debería ser haberlo leído previamente en modo subjuntivo, es decir, como si nos lo topáramos en los primeros años de su publicación y nos atrajera el rumor que corre de boca en boca sobre el deleite de leerlo. Tome usted los cursos que le pegue su real gana, pero antes léalo como lo leyeron miles de personas en diversas lenguas a principios del siglo XVII: sin tener maldita idea de quién era Cervantes y sin el peso apabullante de sentarse a leer el gran clásico de la lengua española.
La tercera vez lo leí en flagrante pragmatismo. Estaba triste, necesitaba un libro, me acerqué a la estantería, descarté a Rubén Darío, a Karen Blixen y a otros escritores que amo (no eran lo que necesitaba en ese momento), y como por magnetismo o serendipia o suerte de lector, un libro se acercó a mi mano y hojeando el prólogo leí las palabras mágicas: “Procurad que leyendo vuestra historia el melancólico se mueva a risa.” Si el Quijote fue un éxito inmediato, si cruzó el Océano y fue traducido y pirateado y se volvió a editar un montón de veces en las décadas que siguieron a su aparición en 1605, no fue porque la gente lo sintiera cifra del mundo hispánico, ni enigmática tensión entre el realismo del pueblo llano y el noble ideal de la caballería andante, ni mucho menos porque los lectores lo encontrasen ser pulido espejo de la lengua y cima de la prosa castellana. Fue porque los hacía reír. Porque está lleno de burlas y tropezones y dientes caídos y malos olores y situaciones ridículas, y porque la variedad de su invención parece entretener sin fin a los lectores.
No fueron inútiles mis primeras incursiones. En la primera, recuerdo haber disfrutado el caldo más que las albóndigas: gracias a las abundantes notas de la edición dirigida por Francisco Rico, me empapé del contexto histórico y aprendí sobre las peculiaridades de la lengua de Cervantes, sobre su vida y obra, si bien a costa de detenerme cinco o seis veces por página, que sería como pausar una gran película dos veces por minuto para buscar el año y lugar de nacimiento de aquel actor o aquella actriz. La edición que leí está llena de notas pertinentes, eruditas y sustanciosas (se encuentra a años luz de ser una pérdida de tiempo), y sin embargo es una lectura plagada de pequeñas interrupciones, como un hipo constante en la respiración de la novela.
Leer para una clase también afecta la cadencia de lectura, pues hay que ajustarse a un número de páginas determinadas por el profesor, en vez de guiarse por el soberano antojo de quien lee por gusto. Y lo de la cadencia es lo de menos: uno tiene que soplarse los comentarios de sus condiscípulos, cuyas acotaciones hermenéuticas suelen ser tan idiotas como las que uno mismo lleva preparadas, y a veces más. De aquel curso me queda solamente la idea de que cada época interpreta a su Quijote como quiere, y que si el intérprete es perspicaz –aunque sea caprichoso, como Unamuno– su lectura será estimulante, si bien nos dirá más acerca de las luchas y fatigas del entorno del intérprete, que de la obra en sí.
A esta entelequia –la obra en sí– hemos llegado, es decir a un callejón sin salida. Para salir de ahí basta darse cuenta de que una lectura despojada de prejuicios, en caso de que esto fuera posible, no es por sí misma superior a las sofisticadas interpretaciones que van llegando con el paso del tiempo. Por eso no hay prescripción en mi diatriba, nada más un reconocimiento, que no me avergüenza puesto que en asuntos de mayor peso he metido la pata, de haber fallado dos veces al enfrentarme con estas mil paginitas.
A los veintitantos lo leí porque pensé que era importante ser culto. A los treintaitantos porque creí que era importante obtener un posgrado. A los cuarenta empecé a darme cuenta de que lo importante es vivir. Tuve que llegar a esa tercera lectura desarmado de expectativas y armado de sinsabores, desengaños y decepciones, de los que la vida misma se encarga de dotarnos con generosidad, para sentarme a leerlo como si se tratase de una novedad en librerías. Suena a blasfemia, pero hay que leer el Quijote con la curiosidad y expectativa de quien lee Harry Potter. ~